Capítulo 11 de 21
No sé cómo llegué aquí, pero el aire huele a ozono y a miedo rancio.
Abri los ojos y el mundo se multiplicó. No era una habitación normal; era un cubo perfecto hecho de espejos. Paredes, techo, suelo... todo era un cristal pulido y frío que me devolvía mi imagen en un bucle infinito. Me puse de pie y sentí que el suelo temblaba. Me miré las manos y vi mil manos idénticas levantándose al unísono, perdiéndose en una profundidad plateada que no tenía fin.
Di un paso y el mareo me golpeó con la fuerza de una ola. Perder la noción de dónde termina el suelo y dónde empieza la pared es perder la cordura. No hay referencias, no hay esquinas seguras. Solo hay reflejos de reflejos de reflejos. Soy un insecto atrapado en un caleidoscopio perverso.
Intenté gritar, pero mi propia voz sonó extraña, rebotando en mil superficies cristalinas hasta convertirse en un zumbido ensordecedor. Empecé a llorar, no con sollozos, sino con ese hipo desesperado que te sacude el cuerpo. Lloraba porque me sentía atrapada en la peor de las prisiones: yo misma.
Giré la cabeza hacia la derecha y vi una fila interminable de "mi". Pero había algo mal. En la tercera fila, una de las figuras no parpadeó cuando yo lo hice. Me quedé helada. El frío subió por mi columna como metal líquido. Me acerqué al cristal y el reflejo me imitó, pero sus ojos estaban vacíos. Eran dos cuencas negras que me observaban con una curiosidad fria y cruel.
-No... -susurré, y la figura del espejo sonrió. Yo no lo hice. Mis labios estaban apretados por el terror, pero ella, esa cosa que vestía mi ropa y habitaba mi piel en el cristal, mostró los dientes en una mueca que no tenía nada de humana. Empecé a correr. O a intentarlo. Choqué contra una pared que creí que era un pasillo. El golpe fue seco, el dolor en mi hombro fue real, pero el cristal no se rompió. Al otro lado, mi reflejo se burlaba de mi caída. Me levanté y corrí en otra dirección, solo para chocar de nuevo. Estaba atrapada en un laberinto de plata donde cada camino me llevaba de vuelta al mismo punto: mi propia imagen degradándose en la distancia.
Me desplomé en el suelo, rodeada de mil versiones de mí misma. Cerré los ojos con fuerza, deseando que al abrirlos todo fuera oscuridad, pero el brillo plateado del laberinto seguía allí, atravesando mis párpados. Sentía la presión de mil miradas invisibles, todas mías, todas hambrientas.
El silencio del laberinto es lo peor. Un silencio que grita que estás sola, pero que a la vez está lleno de "ellos". Siento que el cristal está absorbiendo mi calor, mi oxígeno, mi alma. Estoy desapareciendo en un mar de reflejos, y sé que cuando finalmente deje de respirar, una de esas figuras cruzará al otro lado y ocupará mi lugar.
Soy la prisionera de un infinito que no me pertenece. Soy solo una imagen más en el laberinto de mi propia perdición.
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