Capítulo 30 de 31
Conrad y Sorin se encontraban fuera de la cueva, caminando en dirección al auto en un silencio absoluto. Sentían el corazón encogido por la falta de sus cachorras. Sin embargo, al escuchar los aullidos de sus hijas jurándole lealtad a la Diosa, sus lobos les pedían a gritos regresar por ellas. Controlaron sus impulsos. No podían romper su juramento porque, si regresaban, la felicidad de sus hijas y todo por lo que habían pasado habría sido en vano.
Pero había algo que no entendían. ¿Juramento para qué?
Ambos hombres se miraron, preocupados, y regresaron sus miradas hacia la cueva, ya lejana. Pudieron ver cómo dos figuras gigantes salieron de ella, aullando.
Sorin miraba encantado a su hija. Una loba de pelaje dorado, con colmillos y garras largas, capaces de desmembrar fácilmente a cualquier enemigo. Su potente aullido era digno de una alfa prodigio como ella y, después de presenciar su pelea con Ryker, no tenía ninguna duda de que su hija era alguien de temer.
Por su parte, Conrad miraba asombrado y maravillado la forma de su hija: una loba con el pelaje negro como el suyo. Era más pequeña que la alfa, pero su mirada furiosa y alerta dejaba en claro que estaría dispuesta a proteger a su alfa de cualquier peligro. Sus colmillos y garras eran ligeramente más pequeños, pero eso no le preocupaba. Su hija compensaría esa diferencia con su inteligencia y estrategia, o al menos eso pensaba él.
La Luna había liberado sus instintos más primitivos para que fueran capaces de cumplirle sus caprichos. Ninguno de los dos tenía conocimiento de que sus hijas habían sido chantajeadas a cambio de permitirles vivir y de que, a partir de ese momento, cargaban con semejante responsabilidad sobre sus hombros.
Las lobas aullaron una vez más a la Luna, dejando salir todo su dolor y, antes de que alguno de los dos cayera en la tentación de ir hacia ellas, ambas corrieron en dirección contraria de sus padres a toda velocidad. No podían voltear a verlos. Sabían que si se quedaban un minuto más en aquel lugar, no podrían apartarse de ellos.
Cuando desaparecieron de sus vistas, los hombres suspiraron pesadamente, aguantando sus lágrimas. Giraron en dirección hacia el coche estacionado y siguieron con su camino para regresar a la mansión.
Cuando llegaron, fueron recibidos por sus esposas e hijos, quienes también se hallaban afligidos por la partida de las chicas.
Ambas familias, Velkam y Faolan, se reunieron en el comedor, recordando anécdotas de sus hijas y reforzando la idea de la unión entre sus clanes. Esa noche se unieron más como familia y sus corazones abrazaron la calidez que crecía en cada uno de ellos.
—Pueden quedarse todo el tiempo que deseen, nuestro hogar es su hogar ahora. —dijo Conrad, levantando su copa.
Con una enorme sonrisa en su rostro encantado de ampliar la familia.
—Y Mark tendrá los mejores cuidados en lo que se recupera mientras tanto.
—Le tomamos la palabra Conrad, estamos muy agradecidos por haber sido recibidos con los brazos abiertos por un líder tan excepcional como usted. — Respondió Isolda.
Aún se hallaba algo reservada, su hija le preocupaba, pero tantos años siendo firme por su papel de líder no la ayudaban a demostrarlo.
Conrad se dio cuenta del semblante de la mujer.
—Señores Faolan, aprovechando que nos encontramos reunidos ahora como una familia. Me gustaría conversar con ustedes sobre unir formalmente nuestros clanes para sorprender a nuestras niñas cuando regresen.
Los Faolan se sorprendieron ante esas palabras, si eso ocurría, no habría clan en el mundo que pudiera con ellos al ser los clanes más fuertes.
—¿Qué le parece la idea Isolda? También podríamos ir planeando la unión de nuestras cachorras.
Isolda no sabía que responder, todavía se encontraba procesando todo lo que había pasado. Sorin la tomó de la mano, entendiendo el silencio de su mujer, por lo cual él fue quien respondió.
—Sería una excelente sorpresa para las chicas, Conrad.
—Perfecto. Podemos discutirlo en el transcurso de los días, tenemos tiempo de sobra. —dijo el alfa, comenzando a reír.
Ginebra se acercó a su marido quitándole la copa de la mano.
—Claro que sí, cariño. Pero ahora debemos ir a descansar. Todos lo necesitamos. — Sonrió con amabilidad, tomando al alfa del brazo para ir juntos hacia su habitación, despidiéndose de los Faolan.
Isolda y Sorin se retiraron hacia su habitación asignada, conversando sobre los temas políticos para unir sus clanes. Mientras tanto, Erik y Mark planeaban emocionados cómo sería la ceremonia de su hermana. No podían creer que su hermanita menor ya tuviera su propia familia y ahora estaban planeando su matrimonio.
Esa noche cada miembro de la familia durmió pensando en ellas y en su futuro como una sola familia.
——————
Cuatro meses ya habían pasado desde la partida de las chicas.
En un lugar apartado, se reunían los ancianos, quienes habían sido alertados por rumores de un par de lobas que estaban atacando campamentos de vampiros. Al saber de las noticias, inmediatamente se reunieron. Su deber era mantener la paz entre lobos y vampiros.
El problema era que no habían logrado identificarlas. Eran muy sigilosas y siempre atacaban de noche. Tampoco les tomaba mucho tiempo terminar con los vampiros de cada campamento sin dejar rastro alguno.
Los ancianos se encontraban desesperados por encontrarlas. Corrían el riesgo de que los vampiros cancelen el acuerdo de paz entre especies y volvieran a atacar a los lobos.
El líder de los ancianos los había convocado a una reunión donde acordaron enviar a un joven alfa explorador en busca de respuestas. Estaban casi seguros que en ese lugar encontrarían las respuestas que tanto buscaban y podría poner fin al problema.
—Viajarás hacia las tierras exiliadas. En ese lugar se encuentran familias que pactaron con la Luna. Necesitamos saber si alguien viajó a esas tierras para buscar algún dato con respecto a los rituales y pactos con ella y, si es posible, queremos que averigües hace cuánto tiempo fue.
El líder se acercó a él, entregándole un mapa con la ubicación de las tierras.
—Muchacho, no demores. Este asunto es urgente, no podemos perder más tiempo. Corremos peligro de regresar a las épocas de guerra entre lobos y vampiros.
—Como usted ordene, mi líder. Hoy mismo estaré partiendo.
—Estaremos esperando por tu regreso, muchacho.
El joven alfa se despidió con una reverencia y salió del lugar.
Subió a su coche y emprendió su viaje. Calculaba que le tomaría al menos dos semanas en llegar hasta el destino y, con suerte, encontrar las respuestas que los ancianos necesitaban.
—————
Ya había pasado un mes y tres semanas desde el último reporte de un campamento atacado. Los ataques habían parado de golpe, pero eso no les aseguraba de que en cualquier momento no volvieran a retomarse.
El explorador que habían enviado tampoco regresaba y los ancianos se preocuparon por la falta de noticias del muchacho.
Los vampiros ya habían hecho llegar al consejo una carta donde les comunicaban que si los ataques seguían, tomarían medidas drásticas y romperían con el tratado.
Les dieron un tiempo límite de ocho meses para que se movilizaran y encontraran a las responsables o, de lo contrario, ellos empezarían a cazar a los lobos que vivían por sus territorios.
El líder de los ancianos dejó aquella carta en su escritorio después de leerla al consejo y, con urgencia, tomó unos papeles que debía llenar para hacerle llegar al rey vampiro.
Antes de que los demás ancianos pudieran decir algo más, las puertas del salón fueron tocadas repetidas veces, llamando su atención.
Uno de ellos se acercó a la puerta para abrirla dejándoles ver que tras ella se encontraba el joven explorador.
—Mi señor, tenía razón. Pude encontrar lo que me pidieron.
—Dime, joven alfa, que información te brindaron y, si es posible, a quién más se la dieron.
—Un alfa llegó a esas tierras buscando una solución para un problema de destinadas. Al parecer eran unas jóvenes que perdieron a sus destinados en diferentes circunstancias haciendo imposible los sacrificios necesarios para la Luna, mi señor.
La sala se quedó en silencio y el líder dejó caer los papeles que llevaba en la mano.
No podía ser aquellas jóvenes. Eran aún unas cachorras para ocasionar semejantes problemas y asesinatos a sangre fría. Respiró profundamente recuperando su compostura.
—¿Fue un Velkam o un Faolan, aquel alfa que fue en busca de respuestas?
—Lastimosamente, mi líder, no pudieron decirme a qué manada pertenecía. Nunca daba sus datos reales.
Pero el líder no era tonto, ya suponía quiénes pudieron ser. Agradeció al joven alfa y le entregó una jugosa recompensa.
Una vez el alfa se retiró, se giró hacia los demás miembros del consejo, avisándoles que se prepararan para salir de viaje.
Visitarían a la manada más importante y poderosa de todos los tiempos.
—————
En la mansión Velkam, las familias se encontraban almorzando cuando se escucharon golpes en la puerta principal. Conrad mandó a uno de sus hombres a atender el llamado y, para sorpresa de todos, los ancianos hicieron acto de presencia en el comedor.
Su sola presencia alarmó a las familias quienes dejaron de comer al instante.
Conrad e Isolda fueron los primeros en levantarse en señal de respeto, seguidos de sus parejas e hijos y guiaron a los ancianos hacia el salón.
—Es un honor tenerlos en nuestro hogar, sabios. No quiero ofenderlos, pero, ¿a qué se debe su presencia en mi territorio?
Conrad evitaba que sus gruñidos y aroma salieran sin su permiso. Muy a su pesar, no podía faltarles el respeto a los ancianos. Ginebra se acercó a él calmando a su esposo con su aroma.
El líder vio la interacción de los alfas. También desvió la mirada hacia la familia Faolan. No tenía dudas, las familias se habían unido. Se aclaró la garganta y se dirigió hacia el alfa más fuerte.
—Familia Velkam. Familia Faolan. Venimos con urgencia hacia su territorio para informarles del problema en que sus hijas están metidas.
En ese momento ambas familias se tensaron y sus aromas salieron disparados.
—¿A qué se refiere con eso? —preguntó Isolda, avanzando hacia los sabios.
—Sus hijas llevan más de cuatro meses dando caza en campamentos de vampiros. No sabemos qué motivos tienen para hacerlo, pero sus actos están poniendo en peligro nuestro tratado de paz con ellos.
El líder de los ancianos sacó los documentos que el rey vampiro le había enviado y se los mostró a los alfas, bajo las atentas miradas de los hermanos Faolan.
—Tenemos menos de siete meses para encontrarlas o los vampiros les darán caza y romperán el tratado para matar a cuanto lobo les plazca.
Ambas familias se quedaron sin aliento. Ya habían pasado cinco meses desde su partida. No sabían nada de su vida al no poder contactarlas ni seguirlas debido al juramento.
Lo que más les costaba procesar era que se habían vuelto unas sanguinarias asesinas.
Conrad y Sorin se miraron al instante al recordar el aullido de lamento que escucharon por última vez antes de que se marcharan.
—Lamentamos informarles que no sabemos nada de nuestras cachorras desde hace ya cinco meses. Tampoco tenemos conocimiento de si tendrán algún motivo para hacerlo. — Se adelantó Sorin. —Pero lo que sí podemos decirles es que nuestras hijas pactaron con la Luna a cambio de su libertad.
—Ellas no pudieron completar el sacrificio necesario de sus destinados por diferentes motivos, y eso nos llevó a buscar otra manera de librarlas del castigo, señor. — Informó Conrad.
Tendrían que ser lo más honestos posible. No pondrían en más peligro a sus hijas.
El líder de los ancianos bajó la mirada, negando con la cabeza.
—No debieron hacer eso, líderes. — Suspiró con pesar. —Nosotros prohibimos cualquier otra manera de rechazar a los destinados por temor a las acciones de nuestra Diosa. Verán… no es de conocimiento público lo que estoy a punto de decirles.
—Anciano, deje los rodeos y dígannos todo lo que sucede con nuestras cachorras. — Gruñó Conrad.
—La Diosa… es una entidad sádica y manipuladora que busca sangre y obediencia. Somos sus hijos, nuestra raza la venera y, gracias a ella, somos la raza más fuerte de la tierra. Por eso no podemos revelarnos ante ella.
—¿Todo lo que creíamos de nuestra Diosa, era mentira? —preguntó Isolda levantando la voz. —¿Por qué nos ocultan tal información? — Gruñó.
—Dígame, líder Faolan. ¿Qué podemos hacer ante la deidad de quien depende nuestra raza?
Todos en la sala callaron. Era una dura verdad revelada.
—Por favor, prosiga. —habló Ginebra.
—Al verlos reunidos como una sola familia, mis sospechas de que sus hijas sean quienes actúan como peones se confirmaron. Díganme señores, ustedes pactaron con sangre, ¿verdad?
Tanto Sorin como Conrad asintieron asustados.
—Sus vidas ahora están en las manos de la Diosa y, lo más probable, es que no les dio más opción que obedecer sus órdenes a cambio de no matarlos. Pero ahora necesito saber, ¿antes del pacto, hicieron alguna pregunta a la Diosa?
—Erza… preguntó si el hecho de que sus destinados estuvieran muertos las libraba del destino.
—¿Puede decirme qué les respondió la Diosa?
—Pues, que no fueron válidas sus muertes al no ser provocadas por ellas.
Al notar la mirada decepcionada del anciano y fijarse que los demás miembros desviaban sus miradas, un escalofrío les recorrió la espaldas.
—La Diosa aprovechó el momento de desesperación de sus hijas y las manipuló para que se ofrecieran a realizar un pacto con ella.
Los hombres gruñeron al enterarse del sufrimiento que estarían pasando ahora sus hijas.
—Lo que me llama la atención, es que ya va un mes que los ataques cesaron, ¿tienen ustedes alguna información que nos ayude a entender qué pudo haber pasado?
—Tal vez... ya nació el cachorro. — Ginebra rompió el silencio.
—¿Se encontraba la omega gestando? Quiere decir que el cachorro nació completamente lobo entonces.
—Es lo único que se nos ocurre. No queremos pensar que murieron y que por eso ya no hay más ataques.
—Los mantendremos informados, señores. Pero… si son órdenes de la Luna, me temo que no podemos interponernos, o nuestro castigo será peor. No traten de buscarlas. Haremos lo posible para que los vampiros respeten el tiempo que nos dieron. Sin embargo, cuando sus hijas regresen a la normalidad, me temo, señores, que tendrán que ser exiliadas. No pueden regresar como si nada o les daremos caza. Ellas, junto a su cachorro, deberán formar su propia manada.
—¿Al menos podremos verlas antes de que las exilien? — Isolda se paró y, con lágrimas, se acercó a los ancianos, suplicando con la mirada.
—Les daremos un mes, ni un día más. Si nos enteramos que las esconden o desobedecen, sus clanes serán castigados.
Y así como llegaron, los ancianos se retiraron. Esperaban que los ataques hayan acabado de forma permanente y dar por muertas a las lobas, mientras dejaban atrás a dos familias completamente devastadas.
—————
Faltaba una semana para que al fin acabara el tiempo pactado con la Luna. Ambas lobas habían cumplido con cada misión solicitada y, la Luna, las dejó libres como recompensa para que pudieran marcharse.
Ambas corrían en dirección hacia la cueva donde todo comenzó.
El cachorro ya contaba con ocho meses de vida, siendo capaz de seguirles el paso, pero ellas no se arriesgaban y se turnaban para llevarlo en sus brazos cuando sea necesario.
La alfa y su omega recorrían los bosques con los corazones acelerados por regresar a sus antiguas vidas. Una parte de su humanidad había regresado cuando la Luna les informó que habían terminado. Mas los recuerdos de sus actos, matando como bestias descontroladas, no las dejarían tranquilas por el resto de sus vidas.
Lyssandra lo había asimilado, resignada. No podría olvidar cómo había cambiado totalmente al estar presa de sus bajos instintos. Sin embargo, no se sentía tan perturbada como se lo hubiera imaginado. Sabía que no era ella completamente.
En cambio, Erza, se sentía culpable por sus acciones. Durante todo el camino no dejaba de compararse con Ryker. Había permitido que sus instintos se apoderaran de ella al ver a su pareja herida y, desde aquel día, cada muerte que provocaba era más brutal que la anterior. No se sentía orgullosa de ninguna de ellas.
Cuando llegaron a la cueva pudieron reconocer sus pertenencias esperando por ellas. Solo les quedaba un día más y todo habría acabado. Al fin regresarían con sus familias.
Como ya era costumbre, la alfa salió a cazar en busca de alimento para su manada. Tendría que llevar presas más pequeñas, ya que al amanecer sus cuerpos regresarían a sus formas humanas. Pero lo que más deseaban ambas lobas era conocer el rostro de su pequeño.
Al amanecer, resguardadas en el interior de la cueva, se encontraban las chicas durmiendo abrazadas y completamente desnudas. Fue entonces cuando un lloriqueo rompió la calma y las despertó sobresaltadas.
Erza fue la primera en reaccionar, levantando delicadamente a su cachorro; ahora un pequeño bebé regordete de cabello negro con un gran mechón blanco.
La omega se levantó y acercó a la alfa viendo cómo tenía a su hijo en brazos.
Las lágrimas aparecieron en ambas al instante de ver el tan ansiado rostro de su pequeño, quien, lentamente, calmó su llanto gracias al aroma de sus madres. Lyssandra cargó a su hijo y procedió a amamantarlo, calmando así su hambre.
Una vez vestidas, se tomaron de las manos y emprendieron el camino a casa, ansiosas por llegar y presentar al nuevo miembro de la familia.
Pero mientras recorrían el bosque camino en dirección a la mansión de la heredera, uno de los informantes del consejo de ancianos ya las había localizado. Su deber era vigilarlas y asegurarse de que los clanes Velkam y Faolan cumplieran su palabra.
Pero para las chicas eso aún era desconocido.
Ellas solo querían reencontrarse con su familia y recuperar el tiempo perdido con ellos.
Sin saber que ya no pertenecían a ningún clan y que deberían formar su nueva manada.
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