Capítulo 31 de 31
Erza y Lyssandra inconscientemente aceleraron el paso, sus aromas se intensificaron y sus corazones latían rápido al estar a pocos minutos de llegar a la mansión. Se preguntaban qué habría sido de sus familias en todo el año que no estuvieron.
En la mansión, Conrad, Ginebra, Isolda y Sorin se encontraban reunidos coordinando los últimos detalles de lo que tenían preparado para sus niñas.
—Creo que ya tenemos todo listo. Mark y Erik no deberían tardar en llegar. —dijo Sorin.
—Esos muchachos. Desde que Mark se recuperó por completo se la pasan entrenando todo el día. — Sonrió Isolda, orgullosa.
—¡Ja! Isolda, esos muchachos perfeccionaron su combate. El otro día estuvieron a punto de ganar…
No pudo terminar su frase. Conrad fue el primero en percatarse del aroma a café y tierra mojada de su hija. Giró rápidamente su cuerpo en dirección a la salida y, sin esperar que alguien le preguntara qué pasaba, salió corriendo, con lágrimas en los ojos.
Al ver la reacción del alfa, los presentes se miraron, abriendo completamente los ojos al sentir el aroma de sus cachorras y salieron disparados detrás de él.
Cuando llegaron a las afueras de la mansión, pudieron ver cómo el viejo lobo cargaba emocionado a su cachorra por la cintura mientras la hacía girar en el aire. Padre e hija lloraban a mares. A su lado, Erza los miraba con una gran sonrisa conteniendo sus lágrimas por aquel recibimiento. Ella cargaba a su cachorro y reía por la imagen que tenía enfrente.
—¡Mi pequeña! No sabes cuánto te extrañamos. — Lloraba el hombre, dejándola en el suelo. —Esperábamos con ansias su llegada. ¡Queremos conocer a nuestro nieto!
—También los extrañé, padre. — Lyssandra lo abrazó fuertemente.
Antes de que Conrad se girara hacia Erza para recibirla de igual manera, Sorin e Isolda se le adelantaron, abalanzándose hacia la alfa. La llenaron de besos y abrazos mientras veían encantados al cachorro.
Ginebra, sin perder la calma que la caracterizaba, se acercó a su hija rodeándola con sus brazos.
—Me alegro tanto de que se encuentren bien, mi niña. No sabes cuánta falta nos hiciste.
—Madre...
—Oh, cariño. Tenemos tanto que contarles. — Acarició su rostro y le dedicó su mejor sonrisa.
—¿Estás bien, madre? —preguntó Lyssandra.
La conocía bien y bastaba con verla para saber que algo estaba ocultando, pero antes de que pudiera seguir con el tema, Conrad se acercó nuevamente.
—Vamos, entremos. Estaremos más cómodos todos. — Pidió sin dejar de sonreír.
Una vez que las dos familias se acomodaron en el salón, el primero en hablar, como siempre, fue Conrad.
—Cuéntennos, cachorras, ¿qué hicieron durante todo este tiempo? ¿Conservan los recuerdos del año que estuvieron enlobadas?
Ambas chicas se miraron, tomándose de la mano. La mirada de Erza mostraba inseguridad y Lyssandra asintió ante su súplica silenciosa.
—Lamentablemente sí, padre. Los conservamos y… no son nada agradables. — Suspiró apretando la mano de su pareja. —La Luna nos daba órdenes y nosotras teníamos que cumplirlas.
Recorrió con la mirada a cada uno de ellos, intentando leerlos. Se veían preocupados.
—Realmente no queremos hablar de eso. Fue muy… desastroso.
Todos asintieron, entendiendo perfectamente aquello a lo que estuvieron obligadas. Entonces Sorin desvió la conversación.
—¿El cachorro ya tiene nombre?
—Me ganaste la pregunta, querido. —dijo Isolda, viendo al pequeño que reía entretenido jugando con la cicatriz del ojo de su hija.
La pregunta hizo que el semblante de Erza cambiara, mirando con cariño a su cachorro.
—Aún no. Queríamos esperar a que estuviéramos todos reunidos para hacerlo. —mencionó Lyssandra, acariciando su pequeña cabecita.
Sintió un cosquilleo en el pecho. Con toda la emoción de volver a verlos, no habían hablado del nombre de su hijo. Desvió su vista hacia su alfa y supo que pensaba lo mismo que ella. Rio y negó con la cabeza.
—Por cierto, madre. ¿Dónde están Erik y Mark? — Ladeó la cabeza.
—Ellos…
Ginebra estuvo a punto de decir que desde hacía meses salían a entrenar desde temprano, incluso había días que se quedaban afuera. Fue Conrad quien la interrumpió para que no se le escapara nada. Estaba consciente de la sorpresa que ellos querían darle a su hermana.
—Salieron a cazar. Deberían llegar en cualquier momento.
—Bien, entonces… lo diremos cuando estemos todos juntos. — Sonrió Erza.
Después de eso, los padres comenzaron a contarles lo que habían hecho durante ese año. Los Faolan viviendo ahora con los Velkam, la unión política de las manadas, la recuperación de Mark…
Erza también aprovechó para contarles algunas cosas de su vida lobuna, molestando a Lyssandra al recordar cómo siempre le gruñía por todo y que su cachorro tenía su mismo carácter, haciendo que se sonrojara y los padres rieran fuertemente al imaginarlo.
Cuando las risas se apagaron y quedaron unos segundos en silencio, Conrad decidió que sería la hora de contarles lo que venían posponiendo a lo largo del día.
—Chicas, sabemos todo por lo que pasaron y no queríamos que las cosas se dieran de este modo, pero… deben escucharnos atentamente.
Ellas asintieron y pudieron observar cómo Ginebra apretaba la mano de su esposo.
—Hace unos meses nos visitó el consejo de ancianos. Nos contaron que varios campamentos de vampiros fueron atacados por dos lobas.
Ambas chicas se tensaron y agacharon sus miradas.
—Sabemos que fueron ustedes y sabemos, mis niñas, que ustedes no lo hubieran hecho si no hubieran sido obligadas.
Erza comenzó a temblar al recordar a cada vampiro muerto entre sus garras de las maneras más brutales posibles. Lyssandra acercó más su cuerpo a ella, frotándole la espalda y cubriéndola con su aroma.
—Cuando vinieron, ya habían pasado varias semanas desde el último ataque. En ese momento nuestro primer pensamiento fue que había nacido su cachorro. — Continuó Ginebra.
—Erza, Lyssandra. — Suspiró Isolda, intentando que su voz sonara firme. —No estamos aquí para juzgarlas por sus acciones. Nosotros sabemos realmente lo que pasó, pero, lamentablemente, son decisiones políticas y… su castigo es el exilio.
El silencio reinó en la sala. Ninguno se atrevía a decir nada más.
Las chicas rechinaban sus colmillos, intentando controlarse.
—Tenemos… tenemos un mes para estar con ustedes. —dijo Sorin.
La alegría que sintieron al llegar se había convertido en amargura. Los padres aguantaban las lágrimas y ambas chicas se apoyaban mutuamente cuidando de no despertar a su cachorro que se había quedado dormido hace unos minutos.
En ese momento se dieron cuenta de que, por más que hubieran cumplido con la Diosa para poder ser libres, nunca podrían serlo por completo. La decisión que tomaron al unirse las alejaría de su familia y las separaría absolutamente de sus clanes.
Ahora solo eran ellas y su cachorro.
—¿Eso quiere decir que no los volveremos a ver? —preguntó Erza, llorando al verlos.
—No podremos hacerlo hasta que el consejo nos lo permita. No sabemos por cuánto tiempo nos mantendrán alejados.
Conrad se levantó y abrazó a ambas chicas para calmarlas.
—Este tiempo lo aprovecharemos para preparar todo lo que necesiten para el lugar al que iremos.
—¿Qué dices, padre? — Lyssandra se apartó un poco para verlo mejor.
—Lo sabrán pronto, cachorra.
Lyssandra asintió, apretando los puños.
—Creo… que iremos a descansar.
Se separó del abrazo de su padre, cargó a su cachorro y, con una mirada, pidió a Erza que la siguiera.
—Si... creo que debemos hacerlo.
Erza les mostró una media sonrisa, incómoda, y se levantó para seguir a su omega.
Ambas entraron al cuarto de Lyssandra, que sus padres ya habían adaptado parcialmente para la llegada del cachorro. Acomodó delicadamente a su pequeño en la cuna, esperando unos segundos, asegurándose de que no despertara, y corrió hacia los brazos de su alfa.
Y colapsó. Lloró todo lo que se había obligado a contener frente a sus padres.
—¿Por qué tenemos que pasar por todo esto, Erza? ¿No podíamos simplemente amarnos sin ninguna consecuencia?
Apretó fuertemente el cuerpo de su pareja, hundiendo el rostro en su pecho.
—¡No es justo! Nos quitaron nuestra libertad. Ahora nos quitan nuestra familia, ¡y nos castigan cuando estuvimos obligadas a matar sin poder negarnos!
La alfa la atrajo más hacia ella, permitiéndose llorar a su lado.
—Yo también odio todo esto Lyss. Odio que, por más que busquemos la forma de ser libres, siempre algo pasa y nos lo arruina. — Levantó la cara de su novia, mirándola fijamente. —Pero déjame decirte que, por más obstáculos que nos ponga la vida, buscaremos siempre la manera de salir adelante. Tú, yo y nuestro cachorro. Siempre estaremos juntos, amor. Nos tenemos los tres ahora, y no quisiera pasar por esto con nadie más que contigo. Te amo demasiado, Lyssandra. — Acarició su rostro y besó sus labios lentamente, transmitiéndole todo el amor que sentía por ella a través de esa pequeña acción.
—También te amo, Erza. —dijo al separarse de ella para juntar sus frentes, con una pequeña sonrisa en su rostro. —Lysander… —susurró.
—¿Qué dijiste?
—Nuestro cachorro, se llamará Lysander. Nuestro liberador. — Tomó la mano de la alfa y la guio a la cunita para contemplar a su hijo.
Era su razón para seguir adelante desde ese momento.
—Me encanta. Es perfecto. — La abrazó, besando su cabeza. —Ustedes son perfectos.
—————
Erik y Mark habían llegado. Se encontraban cansados, llenos de heridas, sangre y sudor. Habían pasado los últimos meses en las afueras del bosque entrenando arduamente. Cuando ingresaron a la mansión, pudieron ver cómo sus padres se encontraban callados. También pudieron sentir el aroma de su hermana y Lyssandra, dándoles a entender que ya habían llegado. Por las caras que tenían los adultos, supusieron que ya les habían comunicado el castigo de los sabios.
—Padre, ¿cómo se encuentran Erza y Lyssandra? — Erik se acercó a ellos.
—Descansando, cariño. Tuvimos que darles las noticias sin ustedes.
—Solo les mencionaron lo de los viejos, ¿verdad? —susurró Mark a Conrad.
—Sí, solo eso. Pude interrumpir a Ginebra antes de que hablara de más. — Dejó salir una risa burlona, mas la tristeza seguía presente.
—Queremos ser nosotros los que les demos la noticia. — Erik se acercó al alfa.
—Eso es lo que haremos muchacho. Por ahora hay que darles su espacio. Mañana podremos conversar más tranquilos.
Ambos asintieron y se fueron a sus habitaciones, esperando que el día terminara.
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A las seis de la mañana, el llanto de Lysander despertó de inmediato a las chicas y a la familia en general. Lyssandra lo cargó y alimentó y, al terminar, Erza lo aseó y cambió para presentarlo formalmente a la familia.
Se encargarían de compartir el tiempo restante con su familia de la mejor manera posible, disfrutando de su compañía.
La puerta sonó y la voz de Ginebra se escuchó del otro lado avisándoles que se apresuraran para tomar el desayuno.
Al bajar, estaban todos reunidos en el comedor, incluidos Erik y Mark. Ellos, al verlas, saltaron de sus asientos y corrieron a llenarlas de besos y abrazos.
Erza reía y correspondía los afectos de sus hermanos mientras Lyssandra solo correspondió los abrazos impidiendo que aplastaran a su cachorro.
—Chicos, dejen de molestarlas, las están asfixiando. — Reía Conrad al ver a los jóvenes reunidos. — Vamos a comer para poder salir temprano a disfrutar nuestro tiempo en familia.
—Pero nosotros aún no vimos a nuestro sobrino. — Reclamó Erik.
—Vamos Lyssandra, déjanos verlo. Queremos ver si tiene el rostro de Erza. — Bromeó Mark.
Lyssandra lo tenía cargado de espaldas a la familia. Miró a Erza divertida y les pidió a los chicos que se acercaran. Ambos obedecieron al instante y ella lo giró para que pudieran verlo.
—¡¡¡Pero que precioso!!! —gritó Mark cerca del cachorro, ganándose un gruñido de parte de la omega.
—¡¿Ya viste sus ojos?! —dijo Erik emocionado. —Felicidades hermanita, hiciste un buen trabajo al hacer a tu hijo.
—¡Erik! —protestó Erza, completamente sonrojada. —No digas esas cosas.
—Tienes razón, se parece más a Lyssandra. De ti nomás saco el color del ojo. — Se burló. —De seguro que ella fue quien hizo todo el trabajo.
Lyssandra se tapó la boca, conteniendo su risa.
—Si supieran… —murmuró.
—¿Dijiste algo? —preguntó Mark mientras jugaba con el pequeño.
La heredera reafirmó su postura y caminó hacia la mesa.
—No. Estás escuchando cosas.
Ambos hermanos se miraron con una sonrisa en sus rostros.
—Eso fue demasiado sospechoso. — Se acercó Mark a Erik.
—Niños, siéntense a comer y dejen de molestarlas. — Les pidió Isolda.
Los chicos regresaron a sus asientos, mientras Erza y Lyssandra cruzaban miradas para presentar el nombre de su hijo.
—Amm… como les dijimos ayer, queríamos que estuviéramos todos para decirles el nombre de nuestro cachorro. —dijo Erza
Todos dejaron de comer y las miraron atentos.
—Su nombre es Lysander Faolan Velkam. — Lyssandra lo presentó, orgullosa.
Las sonrisas de los presentes no tardaron en mostrarse mientras dirigían sus miradas al pequeño que reía al ser levantado.
—Es un nombre hermoso, Erza. Y representa lo que es para ustedes. — Isolda se levantó de su asiento y la abrazó. Se acercó a su oído y le susurró. —Perdóname mi niña, no debí gritarte por elegir tu felicidad. De verdad lamento todo lo que debieron haber sufrido. Me hubiera gustado poder entenderte cuando más me necesitabas.
Erza no se esperó tales palabras de su madre, pero sus brazos la atraparon en un fuerte abrazo mientras lloraba escondiendo su rostro en el cuerpo de la mujer. Casi no había momentos en los que su madre le demostrara cuán importante era como hija, creyendo que solo la quería por ser un prodigio.
—Mamá... yo también te quiero. — Fue lo único que pudo decir.
Se separaron limpiándose las lágrimas y se sentaron cada una en su lugar.
El resto del día, la familia se encontraba discutiendo cómo armarían el nuevo territorio que sus hijas ocuparían para formar su nueva manada. Conrad y Sorin construirían una cabaña para que se acomodaran y les dejarían algunos bienes para que pudieran sobrevivir por su cuenta.
También les informaron que solicitaron a la directora un reingreso para que terminaran su último año pendiente cuando se sintieran preparadas.
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Después de una semana llena de planificaciones y momentos familiares, emprendieron el viaje de cinco días hacia el lugar donde las chicas empezarían su nueva vida.
El lugar escogido por los ancianos, era uno que Lyssandra y Erza conocían muy bien. Era uno de los tantos lugares donde se refugiaban cuando estaban bajo el mandato de la Luna. La zona era tranquila y tenía buenos lugares y animales para cazar.
Comenzaron con la construcción de la cabaña. Lyssandra se dio cuenta de que era mucho más grande de lo planeado, sin saber que fue idea de Conrad, esperanzado de que les dieran más nietos.
—Padre, ¿no te parece que te excediste con el tamaño?
—Uno nunca sabe... — dijo inocentemente, con una sonrisa en el rostro mientras le daba palmaditas en el hombro. —Bueno, cachorra, seguiré trabajando.
—Esto es muy sospechoso. —susurró, pero Erza la escuchó al pasar con Lysander en brazos.
—¿Qué es sospechoso? — preguntó, ladeando la cabeza.
—La cabaña es gigante. Se supone que solo estaremos nosotros tres, pero evaden el tema cada vez que les menciono el tamaño.
—Tal vez… tu padre espera que haya más cachorritos. — La miró sonrojada acercándose a ella. —Lyss, los habrá, ¿verdad?
Lyssandra, al escucharla, se sonrojó violentamente y huyó del lugar en busca de cualquier cosa para no responderle a su alfa, quien se reía de la actitud de su omega mientras jugaba con su cachorro.
Pasaron los días y los momentos familiares se iban sintiendo cada vez más nostálgicos.
Todos, menos ellas, eran conscientes de que estaban siendo vigilados para asegurarse de que cumplieran con el mes pactado.
Sin embargo, lo que más le causaba curiosidad a la alfa era que solo sus padres estaban nostálgicos, mientras que sus hermanos se hallaban tranquilos, aun sabiendo que estaban a nada de despedirse.
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Ya era el último día del mes. Habían acabado con los últimos detalles de la cabaña, acomodando todo lo necesario para que pudieran vivir cómodas.
Conrad les dijo que en los próximos días les haría llegar un coche y que les había dejado dinero en sus cuentas.
—Mis niñas, solo nos quedan un par de horas más para disfrutar de su compañía con nuestro adorado nieto. Les prometo que haremos todo lo posible para que los sabios les levanten el castigo y puedan regresar con nosotros. —dijo Conrad con seguridad.
Al ser de las manadas más poderosas e influyentes, podrían llegar a un acuerdo.
—El tiempo pasó muy rápido por desgracia. — Se lamentó Ginebra.
—Las extrañaremos cada día, Erza, Lyssandra. — Isolda abrazó a cada una.
La heredera se tensó al ser la primera vez que recibía una muestra de cariño por parte de su suegra.
—Y qué decir de mi pequeño Lysander. Es una pena no poder ver su primera transformación. — Completó la alfa.
Sin embargo, los hermanos no dijeron ni una sola palabra. Ellos se encontraban algo alejados de la familia, como si estuvieran planeando algo de vital importancia, causando dudas en las lobas.
Cuando la hora de partir llegó, los hermanos se acercaron a las chicas y Erik, al ser el mayor, habló por los dos.
—Es hora de despedirnos padres. Les deseamos buen viaje.
Las chicas fruncieron el ceño mientras Erik no dejaba de sonreírles.
—Cuando los ancianos nos visitaron y nos hicieron saber que debían irse, no nos pareció y decidimos seguirlos. Solicitamos renunciar a nuestras manadas para permanecer con ustedes.
Ginebra e Isolda se sorprendieron. Las chicas sintieron cómo sus corazones se llenaban de calidez.
—Sé que el señor Conrad y nuestra madre harán lo posible para que podamos regresar. Hasta entonces, nosotros estaremos siempre a su lado. Seremos parte de su manada.
—Erik… Mark… —dijo Erza conteniéndose.
—Ahora eres nuestra líder, hermana. —dijeron ambos chicos, inclinándose levemente.
Erik y Mark fueron hacia ellas y las rodearon fuertemente.
Los padres, con lágrimas en los ojos, abrazaron por última vez a sus hijos antes de subir al coche para retornar a su hogar.
Los chicos vieron en silencio cómo el coche desaparecía del camino. No tenían idea de cuánto tiempo estarían sin ver nuevamente a sus padres, pero ahora se tenían ellos.
Juntos eran una nueva manada.
Su calma fue interrumpida cuando un pequeño aullido llamó su atención y todos desviaron sus miradas hacia el pequeño cachorro.
Lysander había sacado sus pequeñas garritas.
Sonrieron ante la escena y juntos caminaron hacia su nuevo hogar, y su nueva vida.
FIN.
Fin de la lectura
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