Capítulo 29 de 31
CUATRO MESES DESPUÉS
Las patas de la alfa se movían desesperadamente recorriendo el bosque. Estaba saliendo de uno de los campamentos con su omega en brazos. La omega se encontraba desmayada debido a su reciente pelea con el grupo de vampiros.
Ambas habían terminado con la vida de cada uno de los miembros de la secta, completamente cegadas en cumplir las órdenes de su Diosa. Varios grupos de rebeldes vampiros iban profesando su rencor contra la Diosa, destruyendo sus templos y poniendo a algunos seres en su contra, incluyendo a licántropos que se hallaban exiliados.
Lyssandra se había esforzado más de lo necesario y, al estar próxima a parir, su cuerpo comenzó a cobrarle factura. Tenía rasguños por todo su cuerpo y veneno en la sangre a causa de un ataque recibido, el cual ya comenzaba a recorrer su cuerpo.
Una vez la alfa se aseguró de que todos estuvieran muertos, levantó a su pareja y corrió con ella en dirección a su refugio. Debía tratar sus heridas lo más rápido posible. La respiración de la omega se hacía cada vez más débil a cada paso que daba. Erza aulló todo el camino con el corazón apretado.
Al tener sus cuerpos permanentemente lupinos, que se encontrara desmayada era una mala señal. Su tiempo de gestación se había reducido y su cachorro, próximo a nacer, lo haría como un lobo.
Después de treinta minutos corriendo, llegaron al refugio y la alfa la depositó con cuidado en el nido que habían hecho para la llegada de su cachorro. Lamió todas las heridas de su pareja y dejó salir sus feromonas para relajarla. Aulló con todas sus fuerzas a la Luna, suplicándole por su ayuda.
La Diosa, al escuchar los lamentos de la alfa, dejó caer desde el cielo haces de luz sobre el cuerpo herido de la loba de pelaje negro, cerrando sus heridas y expulsando lentamente los restos de veneno de su cuerpo.
La alfa la miraba atentamente esperando cualquier reacción, pero la omega seguía durmiendo. Se acercó a ella, lamió su rostro y juntó sus cabezas gimoteando, intentando despertarla. Al no obtener ninguna reacción por parte de su pareja, decidió bañarla con sus feromonas, más agresivamente para dejarla protegida y ahuyentar a cualquier animal que rondara cerca. Volvió a lamer su rostro y pasó sus patas por el rostro y vientre de su compañera. Gruñó mostrando los colmillos, y se giró para comenzar a correr hacia el bosque. Necesitaba cazar. Traería un gran banquete para su amada.
Al adentrarse en el bosque, visualizó un oso adulto comiendo distraído los restos de un animal. Erza aprovechó la distracción y colocándose en cuatro patas, avanzó lentamente, cuidando que sus pasos fueran lo más ligeros posible para no generar ningún ruido que pudiera alertar al animal. Al estar a pocos metros, se impulsó con sus patas traseras y clavó sus garras en la espalda del animal, desgarrando su carne y trepando encima buscando su yugular.
El oso se paró sobre sus patas traseras intentando librarse de la loba, pero el peso de la alfa lo desestabilizó y cayó de espaldas, aplastándola. El golpe y el peso del animal le sacaron el aire, aturdiéndola por unos segundos. En ese momento el oso se abalanzó sobre ella, pero la alfa lo detuvo con sus patas.
Con esfuerzo, la alfa consiguió derribarlo y se lanzó sobre él antes de que pudiera recuperarse. Lo rasguñó por todo el abdomen y mordió su yugular, matando a la bestia.
Esperaba que la Diosa se apiadara de su pareja y las dejara descansar por unos días. Llevaban meses yendo de campamento en campamento matando vampiros y huyendo de ellos cuando algunos lograban ubicarlas.
Erza regresó al refugio con el cadáver del gran oso entre sus patas y lo dejó cerca del nido, esperando que el aroma de la sangre fresca despertara a su pareja. Se echó frente a ella y comenzó a gimotear y mover la cola al ver cómo el hocico de la omega comenzaba a moverse al sentir el olor de la sangre.
La omega abrió lentamente los ojos buscando la fuente de ese apetecible aroma. Erza se acercó a ella, lamió su rostro y con sus patas delanteras sujetó a su pareja, ayudándola a levantarse. Sujetó su cuerpo y la atrajo hacia ella en una especie de abrazo mientras seguía lamiéndole el rostro.
Lyssandra se apartó un poco de la alfa, gruñendo ante la sobreprotección de su pareja.
La alfa no les dio importancia y se acercó al cuello de la omega, mordiéndolo con cariño. Cuando terminó con sus muestras de afecto, dejó que la omega se adelantara y fuera hacia el cadáver del oso. La alfa le indicó con la mirada que comiera, que había cazado únicamente para ella.
La omega le mostró los colmillos, ordenándole que se acercara y así comiera junto a ella. La alfa agachó las orejas y, al quedar juntas, se abalanzaron hacia la bestia, devorando su carne.
Los primeros meses fueron difíciles. No estaban del todo seguras de estar haciendo lo correcto, pero a medida que las semanas pasaban su obediencia a la Luna se hacía más fuerte. Lo que al principio habían cuestionado terminó convirtiéndose en parte de su rutina. Ya no se preguntaban por qué debían hacerlo. Si la Luna les ordenaba matar, ellas obedecían.
Quien batalló más para controlar sus primitivos instintos fue Lyssandra. Mataba cada animal que se cruzaba en su camino sin ser necesariamente para alimentarse. Incluso la alfa sufría para contenerla al tener miedo de lastimarla a ella o al cachorro. Solo podía quedarse cerca de ella, cuidando de que nada le pasara, hasta que lograra adaptarse a ellos.
Sin embargo, había algo que comenzaba a inquietar cada vez más a la alfa. Sabía que pronto nacería su cachorro y que continuar cazando vampiros pondría en peligro a su pequeño.
Cada misión les resultaba exitosa porque ambas peleaban juntas y se protegían. Pero si cambiaban su rutina y una de las dos se quedaba para cuidarlo, dejando que la otra luchara sola, sería una muerte segura para alguna de ellas.
Por suerte para la alfa, desde el día que la Luna curó las heridas de la omega, había dejado de comunicarse con ella. Ya había pasado una semana desde aquel suceso y ambas lobas habían podido descansar tranquilas en su refugio.
Se encontraban descansando en el nido, como cada noche, brindándose calor. En ese momento, la omega se levantó sobresaltada al sentir un fuerte dolor en el vientre que la hizo rugir, despertando a su pareja.
La alfa, alertada al escucharla, se levantó gruñendo y buscó con la mirada alguna amenaza. Al darse cuenta de que su omega se llevaba las patas delanteras al vientre y gruñía, liberó sus feromonas para ayudarla a calmarse. Se posicionó detrás de ella y la envolvió con su cuerpo, masajeando su vientre y mordiendo su cuello para estimularla y distraerla del dolor.
Después de horas de gruñidos y aullidos por parte de la omega, finalmente, el cachorro había nacido: un pequeño pero robusto lobito de pelaje gris.
Sus ojos estaban cerrados y así permanecerían durante al menos dos semanas
La omega, derrotada, se recostó en el nido rodeando con sus patas delanteras el pequeño cuerpo de su cachorro, comenzando a lamerlo para limpiarlo. Erza se acostó a su lado para lamerla, moviendo la cola. Ambas lobas liberaron sus feromonas bañándolo por completo, ayudándolo a reconocerlas para que no se sintiera rechazado.
La alfa sentía el corazón acelerado al contemplar a su pequeño. Como alfa, debía estar más alerta a su entorno. Debía proteger a su familia y evitar que las encontraran. También tendría que esforzarse más para cazar y llevarle los animales más grandes a su pareja para que pudiera alimentar adecuadamente al nuevo miembro de su manada.
DOS SEMANAS DESPUÉS
Erza se encontraba llegando al refugio con las presas que había cazado para su familia cuando escuchó el aullido de Lyssandra. No parecía estar en peligro, pero su llamado sonaba diferente, cargado de necesidad. Ella aulló de vuelta haciéndole saber que se encontraba cerca. Aceleró sus pasos y, antes de que pudiera llegar a la cueva, un pequeño lobito se abalanzó directo hacia ella, aullándole y moviendo su colita al verla.
Pudo entender el llamado de su pareja. Su cachorro había abierto los ojos. El pequeño se alejó de ella y corrió de vuelta hacia la omega para seguir jugando con su cola. Erza tiró las presas que llevaba entre sus patas y corrió hacia su pequeño. Lo tomó entre sus patas delanteras y lo alzó por encima de su cabeza, acercándolo para poder mirarlo mejor.
Aulló con orgullo y dejó escapar las lágrimas al ver que su hijo compartía ambas partes de ellas: un ojo azul y otro ámbar. Lo acercó y lamió su rostro bañándolo con su aroma, recibiendo de su cachorro pequeños gruñidos. La alfa dejó escapar un pequeño gruñido divertido. Definitivamente, tenía el carácter de su omega.
Corrió emocionada hacia Lyssandra con su cachorro entre sus patas y la rodeó cariñosamente, frotándose en ella. Lamió su rostro y agitó la cola con mucho fervor. Dejó al pequeño con la omega y salió a recoger las presas que había dejado tiradas para llevarlas al nido y que pudieran alimentarse.
TRES MESES DESPUÉS
La Luna volvió a susurrar en su mente, ordenándole que ya era hora de ir hacia el siguiente campamento. Sabía que en cualquier momento tendrían que dejar su hogar hasta ese momento. Por lo menos las había dejado disfrutar tres meses con su cría.
Se concentró en la voz de la Diosa, quien le mostraba el camino hacia la siguiente ubicación. Al terminar la conexión con la Luna, la alfa movió bruscamente la cabeza de un lado a otro, intentando hacer desaparecer la molestia que le causaba comunicarse de esa manera.
En la madrugada, la alfa comenzó a mover con cuidado el cuerpo de su pareja para despertarla. Mediante gruñidos le hizo saber que era hora de irse hacia el siguiente campamento. Lyssandra cargó con delicadeza al cachorro, evitando despertarlo, y comenzaron a caminar.
La alfa miraba atenta su entorno. Sus oídos hacían el doble de esfuerzo por escuchar cualquier movimiento extraño, asegurándose de mantener a salvo a su familia.
Caminaron por días sin descanso. Solo cazaban lo necesario, ya no tenían donde resguardar su comida. A unos metros pudieron divisar una cueva escondida, iluminada por un rayo lunar. Sería su nuevo refugio.
Entraron en ella y se acomodaron, construyendo un nuevo nido. Al terminar, Lyssandra salió a explorar la zona, dejando a la alfa al cuidado del cachorro.
Ella se encargaba de memorizar su entorno. Cada árbol, cada roca y cada camino las hacían más eficientes a la hora de cazar y emboscar a los vampiros por si llegaban a escapar del campamento. Una vez terminó su reconocimiento, regresó al refugio para descansar aprovechando que aún era de día.
Cuando el sol se ocultó y la oscuridad cayó sobre el bosque, uno de los lycans bajó del cielo y se presentó ante ellas.
—Cumplan con su deber. Yo cuidaré al cachorro en su ausencia.
El lycan caminó hacia el cachorro, y se acomodó cerca de él.
—Madre les prometió que su hijo estaría protegido si cumplían sus tareas.
Ambas lobas se miraron y regresaron su mirada hacia su cachorro. No parecía percatarse de la presencia del lycan.
—Su hijo no puede verme ni sentirme. Nació completamente lobo y aún no desarrolló su lado humano. Necesita tener ambos lados integrados en su cuerpo para poder comunicarse con nosotros o Madre.
Erza y Lyssandra cubrieron a su cachorro con sus feromonas y emprendieron su camino hacia el campamento.
Al llegar, un grupo de por lo menos veinte vampiros se encontraban reunidos. La mayoría de ellos eran jóvenes sin experiencia en combate, siendo atraídos por la curiosidad hacia el nuevo culto que iba creciendo en contra de la Diosa Luna.
Se adentraron al campamento, refugiándose en las sombras, teniendo cuidado de que sus grandes cuerpos llamaran la atención. Cuando estuvieron fuera de peligro, se separaron para repartirse la cacería.
La alfa avanzó hacia la derecha, encontrándose con un vampiro distraído en el teléfono. Se acercó sigilosamente, observando su entorno para asegurarse de que estaban solos. Al encontrarse segura, saltó hacia él por detrás.
Con una de sus patas aplastó fuertemente su rostro y lo jaló hacia su cuerpo sin darle la oportunidad de alertar a sus compañeros. Lo giró bruscamente y lo cargó hacia ella para morderlo cerca de la yugular, infectándolo y matando al primero de la noche.
La omega por su parte, aprovechaba el color de su pelaje para camuflarse con la oscuridad del entorno y acabar con cada vampiro que se atravesara. Los atacaba por la espalda mordiéndolos y rasguñándolos hasta matarlos. Al no tener la ventaja de un alfa e infectarlos con su saliva, ella se esforzaba más. Sin embargo, eso no le molestaba. Había comenzado a agarrarle el gusto de hacerlos sufrir antes de acabar con ellos. Su loba era mucho más salvaje que el de la alfa.
Cuando terminaron con los más jóvenes, quedaron cuatro de los más experimentados. Estos, al descubrir los cadáveres de sus compañeros se alertaron y comenzaron a buscar a los responsables de tales asesinatos.
La primera en ser descubierta fue la alfa, quien no pudo divisar a tiempo el ataque del vampiro por su falta de visión en ese lado. El vampiro se había abalanzado hacia ella con la intención de matarla, pero antes de que pudiera hacerlo, una sombra negra se interpuso en su camino, atrapándolo en el aire.
La omega lo alejó de su alfa, sujetando sus brazos para inmovilizarlo sacando los colmillos y gruñéndole, comenzó a desgarrarle la carne mientras lo mordía por todo el cuerpo, matándolo.
Cuando la omega alzó la vista, pudo ver cómo su alfa luchaba contra dos vampiros que atacaban su lado ciego. Aun así, la alfa se mantenía de pie, rugiendo, mostrando su superioridad de fuerza y tamaño. Necesitarían al menos cinco de ellos al mismo tiempo para acabar con ella.
Lyssandra se puso de pie, buscando con la mirada al último vampiro que quedaba cuando un reflejo brilló a espaldas de su alfa. Giró rápidamente la vista hacia la dirección contraria, percatándose de que el vampiro llevaba un arma de plata que apuntaba hacia su compañera.
La omega se abalanzó sin pensarlo, dispuesta a derribarlo. Fue en ese momento cuando el sonido de una bala y un gimoteo se escucharon, alertando a la alfa, quien pudo reconocer el cuerpo de su pareja tirado en el suelo, cubierto de sangre.
Quiso ir en su encuentro pero los molestos vampiros no la soltaban. Ellos no usaban armas de fuego con municiones de plata, estaba prohibido por el acuerdo de paz entre ellos y los licántropos. Pero al haber rumores de dos lobos rebeldes y sanguinarios atacando sus campamentos, algunos comenzaron a cargar con un arma, por si acaso.
Cansada de que no la dejaran ir a ayudar a su pareja, desgarró y mató a ambos vampiros que se encontraban conteniéndola. Corrió hacia el causante del disparo, sin importarle que este le apuntara. Debía acabar con él y llevar a su pareja lo más rápido posible al refugio para que la Diosa la ayudara con las heridas y el veneno, antes de que fuera demasiado tarde.
La herida era profunda, estaba perdiendo mucha sangre y el veneno de la plata ya había comenzado a recorrerla.
El vampiro apuntaba a la alfa con la mano temblorosa al ver cómo en segundos sus compañeros fueron destrozados. Erza le rugió y el vampiro disparó.
La alfa, sin esquivarlo, recibió el disparo, gruñéndole y mostrándole los colmillos. Se abalanzó hacia el vampiro, lo destripó y le arrancó la cabeza. Nunca había matado de esa forma, pero ver a su omega tirada en el piso rodeada de un charco de sangre la descontroló.
Corrió hacia su pareja y al asegurarse de que siguiera con vida, le sacó la bala con las garras. La cargó entre sus patas y salió corriendo hacia el refugio, aullando en el camino.
Cuando llegó, depositó a Lyssandra en el nido y aulló a la Luna pidiéndole que la salvara. Se dedicó a lamerle las heridas y bañarla con sus feromonas. La Diosa, en respuesta, iluminó a la omega y curó sus heridas, felicitando a la alfa por haber cumplido con su deber.
Al día siguiente, la omega despertó desorientada. Lo último que recodaba era haber estado en el campamento y el sonido de un disparo. Al ver a su alrededor reconoció la cueva y comenzó a gimotear llamando a su cachorro y a su alfa. Con dolor, se puso de pie y esperó la llegada de su manada.
La alfa se encontraba cerca de la cueva jugando con su cachorro cuando ambos escucharon los lamentos de la omega. El lobito comenzó a correr en dirección a su madre, pero fue cargado por la alfa quien aceleró sus pasos hacia el nido.
Al verla recuperada, corrió hacia ella lamiendo su cara y la rodeó con sus patas. Lyssandra sujetó al cachorro y lo acercó hacia ella. Frotó su cabeza contra el cuerpo de su hijo, mientras él lamía su rostro agitando la cola.
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Los meses pasaban y cada campamento caía más rápido que el anterior. La alfa ya no se arriesgaba a que hirieran de gravedad a su pareja con armas de plata y como bestia descontrolada, los mataba mutilando cada parte de ellos.
Su deber solo era cumplir con su Diosa y proteger a su manada.
Estaban cerca de cumplir el año y la Luna había disfrutado de la muerte de cada vampiro. Se encontraba satisfecha con el trabajo de las lobas.
Faltaba poco para que fueran libres.
Volverían a sus vidas humanas y podrían por fin conocer la apariencia de su pequeño cachorro.
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