Capítulo 3 de 31
En la plaza del pueblo, esa misma tarde, Lyssandra se encontraba realizando las compras encargadas. Se encontraba inquieta mirando con paranoia cada cierto rato a su alrededor. Debido a la feria que llegaría esa noche a la plaza, había más gente de lo habitual en el lugar.
Debía apurarse con los encargos para poder regresar a su hogar y poder sentirse tranquila, lejos del peligro que para ella representaba encontrarse al alfa. Le costaba cada vez más fingir normalidad, la temperatura de su cuerpo y los mareos no la ayudaban. Podía sentir que el alfa estaba cerca, acechándola. Su cuerpo tiraba de ella en dirección contraria, desesperado por sentir la presencia de su destinado.
Después de un buen rato, cuando ya estaba terminando con su lista, una fuerte punzada en su pecho hizo que dejara caer las bolsas que sostenía, desparramando los objetos por el suelo. Al pasar el dolor, se apresuró en recoger los objetos y decidió que era hora de regresar. Con urgencia comenzó a caminar lo más rápido que su cuerpo le permitía. Al luchar contra su propio instinto, le costaba más permanecer de pie.
Pero la suerte no estaba de su lado, a varios metros de ella, el alfa comenzó a avanzar entre la multitud. Llevaba días siguiendo ese dulce aroma que cada vez se hacía más intenso y supo finalmente que había llegado a su destino.
Solo necesitaba pasar entre la multitud que comenzó a formarse debido al espectáculo de fuegos artificiales por la celebración anual de la Diosa Luna. Avanzaba confiado, sin necesidad de apurarse. No quería causar un espectáculo en medio de tantos lobos ya que no sabía cómo reaccionaría el omega que estaba buscando. Pero después de haber seguido su aroma durante tanto tiempo, no pensaba dejarlo escapar.
La heredera, también atrapada entre la multitud, comenzó a empujar apresuradamente a todo aquel que se cruzara en su camino, maldiciendo las festividades que desde ese momento comenzó a odiar, impidiéndole escapar rápidamente a su mansión.
Cada vez le costaba más encontrar un camino libre, la multitud seguía llegando y chocaban con ella seguidamente, retrasando su huida.
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Cerca del centro de la plaza, Erza y Edmund seguían caminando callados y distantes.
El moreno permanecía con la mirada en el piso tras la alfa, y cada cierto tiempo, disimuladamente contemplaba su belleza. Se sentía afortunado de haber sido elegido por la Luna y tener una destinada. Siempre sintió que su vida no tenía sentido, sus padres nunca le prestaron la atención que veía a diario en las familias y nunca le demostraron algún tipo de cariño. Siempre le reprochaban por su comportamiento y cobardía haciéndolo sentir culpable todo el tiempo.
No le importaba mucho que no le dirigiera la palabra, estaba acostumbrado a estar en silencio. Su actitud tímida le impedía relacionarse con la gente como normalmente lo haría un lobo, quitándole toda esperanza de que alguna vez algún alfa se fije en él para unir sus vidas y formar una manada.
Mientras que la rubia, poniendo una distancia considerable del omega, observaba todo a su alrededor, manteniendo su mente ocupada para no caer bajo su instinto que le pedía morderlo y reclamarlo.
El aroma del omega entonces se incrementó, llamándola con desespero, ocasionando que sus colmillos comenzaran a molestarle. Apretó los puños y aceleró el paso, tapándose la nariz con una de sus manos. Necesitaba huir del lugar.
A medida que avanzaba, pudo ver cómo empezaba a formarse una multitud por la llegada de la feria, dirigiéndose entonces a esa dirección. El estar rodeada de alfas y omegas tan juntos podría ayudarle a disminuir el intenso aroma del omega, y con un poco de suerte, perderlo entre ellos por “accidente”.
Y funcionó, la mezcla de aromas pudo competir con el del omega, permitiéndole respirar con normalidad después de haber estado varios minutos sufriendo por controlarse. Su cuerpo se relajó tanto que había bajado la guardia, olvidando por un momento que escapaba del omega, para apreciar el espectáculo de luces que se comenzaba a formar en el cielo nocturno, iluminando su oscuridad.
Caminaba distraída con la mirada aun en el cielo. Avanzaba sin cuidado alguno cuando de pronto sintió cómo un cuerpo chocaba contra ella, logrando desestabilizarla y empujarla hacia el suelo. Erza gruñó fastidiada, se levantó rápidamente para enfrentar a quien se había atrevido a tirarla. Pero al levantar su vista y encontrarse con la culpable del accidente, su cuerpo y su mente quedaron en blanco.
Frente a ella se encontraba una joven de cabellos negros desordenados, ojos ámbar y piel pálida con un ligero sonrojo que ocupaba parte de su atractivo rostro. Pero lo que más llamó la atención de la alfa fue su aroma. Un fuerte olor a café y tierra mojada que invadía su sistema sin pedir permiso, causando que por un momento se perdiera en él. Inhaló profundamente cerrando los ojos. Lo disfrutó, y la asustó. Algo había en esa omega que la alfa no quería dejarla ir.
La omega mientras tanto, intentaba recomponerse rápido del choque y seguir su camino, sin percatarse que en ese mismo momento, la alfa había despertado de su trance y la había sujetado con firmeza del brazo, impidiéndole que escape. Esta acción repentina provocó que, con las pocas fuerzas que le quedaban, levantara la mirada hacia la alfa enfrentándola con el ceño fruncido y tirando de su brazo para librarse sin resultado alguno.
—¡¿Pero qué diablos crees que haces, alfa tonta?! —gritó furiosa mientras con la mirada buscaba un camino libre para seguir su camino.
La alfa se quedó callada al oír su voz, quería reclamarle, gritarle, pero nada salió de ella. Nunca antes un omega se había atrevido a gritarle de esa manera. Siempre le hablaban con respeto o timidez por su posición en la manada. Observó con más detenimiento su rostro, sin hallar ni una pizca de miedo en su mirada.
—¡Suéltame! — Tiró una vez más su brazo, librándose al fin del agarre, dejando a la rubia confundida.
Lyssandra la vio una última vez con molestia, aquella chica le había quitado tiempo valioso que sentía necesario para perder al alfa que la seguía. Pudo ver sus facciones, no iba a negar que era atractiva y de apariencia ruda por todas aquellas cicatrices que adornaban sus brazos.
Tal vez en otras circunstancias habría reaccionado diferente al ser ella la culpable de aquel choque. Pero la urgencia por llegar a su mansión le impedía totalmente seguir perdiendo el tiempo de esa manera.
Sin darle oportunidad de hablar, acomodó sus bolsas y siguió su camino alejándose del lugar, dejando a la rubia completamente perdida en sus pensamientos.
Erza comparó en ese mismo instante a Edmund con ella. Mientras su destinado era incapaz de seguirle el paso y hablarle con normalidad, aquella omega la desafió sin temor alguno. Incluso sus aromas causaban en ella reacciones diferentes. El de su destinado le hacía sentir obligada a seguirlo y el de aquella omega la relajó al instante, hasta el punto de dejarla incapaz de hablar.
Sabía que su aroma era fuerte e intenso, por este motivo muchos alfas lo pensaban dos veces antes de desafiarla y enfrentarla. Y le fascinó de sobremanera el hecho de que aquella omega no se intimidó con ella. Deseaba poder verla de nuevo.
Al percatarse que realmente había perdido a al moreno en la multitud, se sintió más tranquila por haberse salido con la suya. Siguió su camino sin preocupaciones, y salió del pueblo en dirección a su hogar. Ya había cumplido la orden de su madre, no podría reclamarle nada.
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Lyssandra ya se encontraba en los bosques de su territorio, a unos pocos metros de su mansión, cuando sintió nuevamente el tirón en su pecho lo que provocó que tropezara y cayera sin poder evitarlo. En ese momento pudo sentir como un fuerte aroma a pino y humo se acercaba a ella mientras su cuerpo no le respondía.
Estaba perdiendo la batalla y solo rogaba porque aquel alfa no se atreviera a marcarla.
—¿Te encuentras bien? — Se acercó a ella, tomándola del brazo, ayudándola a levantarse.
Sintió un escalofrío cuando lo vio, la había encontrado. El alfa era alto e imponente, un castaño con el cuerpo bien trabajado y mirada orgullosa.
La omega sintió cómo sus piernas temblaban, su temperatura subía y su aroma se disparaba mezclándose con el del alfa. No podía estar pasándole, se había esforzado mucho para poder resguardarse y a pocos metros de llegar su destino la había hallado.
—Al fin te encontré. — El alfa se veía emocionado al verla. —Eres muy hermosa…
Sin soltarla, la atrajo hacia él sin esfuerzo alguno, lastimando un poco su cuerpo cansado. Si iba a conocer a su destinado, al menos hubiera esperado que fuera de buena manera y no de esa forma tan bruta.
—¡Suéltame y piérdete horroroso! — Luchaba con desespero por soltarse de su agarre, lo cual era imposible debido a la fuerza que el alfa aplicaba. —¿Qué te pasa? ¿Esa es tu manera de presentarte? ¿Eres incapaz acaso de tener una conversación normal y por eso me fuerzas y no me dejas ir?
Con aquellas palabras, el alfa reaccionó dándose cuenta de cómo la tenía y la soltó, avergonzado de sí mismo por asustar a su omega, dándole una mala primera impresión de él.
—Lo siento, me emocioné tanto por al fin encontrar tu rastro. — Se pasó una mano detrás de la nuca mirando fijamente a la omega con deseo. —Tu aroma me guio todos estos días y no pude contenerme al verte en el suelo.
Lyssandra ignoró sus palabras alejándose unos pasos de él, frotando la zona que el alfa había lastimado.
Al sentir el silencio de parte de la omega y ver como empezaba a alejarse, se acercó a ella para presentarse como se debe.
—Me llamo Ryker Gerwulf. — Estiró su mano en forma de saludo, la cual tuvo que retirarla apenado, al ver que no era correspondido. —Amm… ¿Y tú eres…?
Puso los ojos en blanco. Era muy insistente, y ella le estaba mostrando que no tenía ningún interés en conocerlo. ¿Acaso debía ser más obvia?
—OK, Ryker. — Escupió su nombre. —Desde ahora te digo que puedes ir olvidándote de todos los planes que tengas conmigo. Yo no soy esa clase de omega que se deja marcar por un alfa que apenas conoce y no me importa que seas mi maldito destinado. —gruñó mostrando los colmillos a la defensiva.
Lejos de molestarse, el hombre volvió a acercársele sin perder las esperanzas de conquistarla.
—Si ese es el caso, bella dama, entonces conozcámonos. Ya sabemos que estamos destinados por voluntad de nuestra Diosa. Solo tenemos que aceptarlo, ¿no? — Lo dijo confiado y con una sonrisa encantadora que nunca le había fallado cuando ligaba con algún omega.
—No pienso salir contigo jamás. No quiero atar mi vida a nadie y mucho menos aceptar un destino que nunca pedí. — Estaba harta, encontraba en él una actitud orgullosa que rechazaba totalmente. Alfas así eran lo que más detestaba. —Disfruto mucho de mi soledad y así quiero que siga, así que hazme el favor y regresa por donde viniste. — Dispuesta a irse, se dio la vuelta para empezar a correr hacia su hogar, pero fue nuevamente detenida.
¿Es que acaso no podían dejar de jalarla? Todo ese asunto le estaba fastidiando y sintió cómo esta vez el alfa apretaba su brazo incluso más fuerte haciéndola soltar un ligero grito de dolor.
—Veo que no entiendes, omega. La Luna te eligió para mí. — La actitud del alfa había cambiado en un segundo, no le gustaba que los omegas le hablaran de esa manera. Era un alfa prodigio y no aceptaría esa humillación. —Por lo tanto tú me perteneces y, quieras o no, serás mía.
Ryker sostuvo el cuerpo de la heredera e inclinó su cabeza a un lado, dejando expuesto su cuello para marcarla.
Por suerte para ella, Ginebra, preocupada por la hora, salió a buscar a su hija. Había logrado escuchar la conversación de ambos. Al principio le causaba gracia ver cómo se esforzaba por rechazarlo al igual que a todos sus pretendientes. Pero al ver que el alfa comenzó a sobrepasarse con ella no dudó en intervenir.
—Lyssandra, querida. ¿Quién es tu nuevo amigo? —preguntó llegando hacia ellos, ya sabiendo la respuesta, analizando la escena frente a ella.
Al ver que no estaban solos, la soltó y se presentó orgullosamente como el alfa que siguió el aroma de su destinada por varios días, esperando así que lo aceptaran para poder marcar a aquella omega que lo obligó a salir de su cómodo hogar.
—No es nadie importante, madre. Es solo un alfa perdedor y creído como todos los demás a los que he rechazado. La única diferencia es que cree que tendrá control de mi vida por ser mi maldito destinado. — Escupió esas palabras con rencor, mientras empezaba a sentir cómo Ryker soltaba sus feromonas hacia ella.
Su cuerpo volvía a traicionarla buscando su cercanía. Debía buscar una excusa para poder alejarse del lugar o iba a explotar.
—Puedes conocerme y ver que no soy un perdedor, Lyssandra. Soy el heredero del clan Gerwulf y un alfa prodigio en mi manada. — Esto último lo dijo alardeando su persona ante la mirada de disgusto de la omega y su madre. —Mañana pasaré por ti y espero poder tener tu atención, de todas maneras eres mi destinada y no puedes evitarme para siempre. — Se despidió orgulloso, esperando que con sus palabras entrara en razón y no lo volviera a rechazar aceptando definitivamente sus destinos.
—¡Tendrás que esperar afuera porque no pienso salir contigo! –gritó al verlo marcharse.
Ginebra se acercó a su hija, y al verla tan débil y cansada, pasó uno de sus brazos por su espalda, ayudándola a caminar.
Sin más, madre e hija entraron a la mansión, procesando lo que acababa de pasar.
Aunque tenía ya el conocimiento de que era su destinado, aquel alfa no le daba una buena impresión como posible pareja de su hija, dudando entonces si la Diosa Luna realmente la había bendecido con su regalo.
Al verlas entrar, Conrad pudo ver cómo su esposa sostenía a su cachorra, preocupándolo al instante. Sin esperar más, se levantó y fue directo hacia Lyssandra, cargándola con delicadeza y llevándola a su habitación.
Ya no aguantaba más, estaba realmente exhausta y se quedó dormida apenas su padre la recostó en el colchón.
Poner resistencia para que las feromonas de aquel alfa no la afectaran la había destrozado por dentro y quería arrancarse cada parte de su cuerpo por hacerla sufrir así. No podía estar más molesta al darse cuenta de que su destinado era un completo idiota.
Pero aquella noche, su subconsciente no podía dejar de pensar en aquella alfa de la feria. Su aroma fuerte de café con menta aún permanecía en su sistema. Su mirada era muy diferente a los alfas que la buscaban, profunda y tierna. Sus ojos azules resaltaban con el brillo que los fuegos artificiales dejaban en el cielo.
Pudo darse cuenta con ese breve encuentro que el aura que emanaba de ella era calmada. No era la típica alfa dominante que quería controlar todo a su paso. Sentía curiosidad por saber más de ella, pero posiblemente nunca más la volvería a ver.
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En todo el camino hacia su hogar, Erza no pudo sacar de su mente a aquella omega. Lamentaba el hecho de haberse quedado callada y no haber podido saber más de ella al dejarla ir. Lo único que no lamentaba era el hecho de haber dejado olvidado a Edmund. Las horas que pasó con él fueron las horas más aburridas de su vida.
No entendía con qué propósito la Luna los había emparejado, no tenían nada en común. De todas formas, ella no pensaba marcarlo jamás, no después de haber confirmado que aquel omega no era digno de ella y su clan.
Debía encontrar rápido cómo burlar al destino y librarse de él. Porque sin entenderlo, su mente solo pensaba en cómo volver a encontrarse con aquella omega de mirada furiosa.
Y así pasó la noche, cada una pensando en la otra, ocupando sus mentes y, sin tener idea si era posible o no, imaginando conocerse en un futuro cercano.
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