Capítulo 2 de 31
Al día siguiente, Erza amaneció a orillas de un riachuelo aún transformada. Sin ganas de regresar, se levantó lentamente y observó todo el desastre que había ocasionado. El bello paisaje que horas antes había contemplado se hallaba destruido a causa de no haber podido controlar sus emociones. Se sentía avergonzada de su comportamiento, sus orejas bajaron y pequeños gimoteos salieron de su garganta.
Aulló una última vez, dirigió la mirada hacia su hogar y comenzó a correr lo más rápido que sus patas le permitían, era hora de enfrentar a su madre. Ya se encontraba más calmada, había tenido toda la noche para desfogarse. Y ahora, con la cabeza fría, quizá podría negociar con su madre y averiguar si había alguna manera de escapar de su destino.
Tal vez incluso el omega solo estaba en celo y su cuerpo había confundido aquella sensación con el vínculo de un destinado. No sería la primera vez que un omega en celo buscaba su ayuda para calmar sus necesidades. Aunque ella siempre los rechazaba, no encontraba sentido en intimar con alguien por quien no sentía nada.
Y por esa misma razón ella no podría marcar al omega, no podría amarlo si era por obligación. No quería que fuera suyo, no quería reclamarlo, no lo quería en su vida. Pero sabía cómo reaccionarían los miembros de su clan. Ellos esperaban mucho de ella, y ahora el hecho de haber sido elegida por la Luna los llenaría más de orgullo. Una felicidad que ella no compartía.
El destino puede ser tan cruel a veces...
Cuando estuvo a unos metros de su casa, la loba se impulsó hacia la ventana y en el aire regresó a su forma humana antes de entrar a su habitación. Fue directo a darse una ducha, su cuerpo estaba lleno de hojas secas y tierra que se le fueron adhiriendo en el transcurso de la noche. Al terminar, se arregló la ropa y el cabello, controló sus feromonas y salió de la habitación. Ahora solo debía afrontar a sus padres por su comportamiento.
Apenas había entrado al comedor cuando cruzó miradas con su madre. Su semblante estaba serio y su padre se encontraba preocupado. No pudo llegar a disculparse cuando su madre fue la primera en reaccionar.
—¡¿Dónde estuviste toda la noche?! —gritó furiosa al verla entrar.
—Estaba escapando de mi realidad, madre. Al menos lo intentaba hacer por una noche. — Se cruzó de brazos enfrentándola con la mirada, lanzando unos cuantos gruñidos amenazantes cuando podía. Los planes de disculparse se habían esfumado.
—Espero que lo hayas pasado bien, porque no aceptaré que sigas huyendo del camino que te corresponde. — Se levantó del asiento y se acercó hacia ella colocando una mano sobre su hombro. —En lo que hacías tu berrinche, tu padre y yo hablamos con tus hermanos para buscar al omega que se te cruzó en el camino.
Vio de reojo a su padre suplicando por ayuda, sabía que su madre a veces solía someterlo con su voz para que no tuviera más opción que obedecerla. Pero Sorin desvió su mirada, avergonzado de no poder ayudar a su hija al ser un asunto que escapaba de sus manos.
—Su nombre es Edmund, es un guapo muchacho que podría gustarte. No pertenece a ningún clan relevante como nos hubiera gustado que fuera tu pareja, pero la Luna lo puso en tu camino por algo, y eso debemos respetarlo. — Isolda no estaba para más rabietas de su hija, y antes de que pudiera defenderse, apretó con fuerza el hombro que sujetaba y siguió hablando. —Es tu omega, Erza. Y es por eso que les arreglé una salida.
—¡Madre, no puedes hacerme esto! — Se soltó del agarre y retrocedió molesta, no podía creer lo que estaba escuchando.
—Tú misma lo dijiste ayer, querida: ¿cómo amar a quien no conoces? — Le dio la espalda y regresó a su sitio para continuar con su desayuno. —Por eso mismo saldrás con él, lo conocerás y si no te gusta, pues te acostumbrarás a su compañía hasta que puedas formar un vínculo con él. Y por favor, Erza, ya no quiero más discusiones hoy. Irás y es lo último que te diré.
Quería decir algo, quejarse, gritar. Pero su madre había usado su voz de alfa con ella. No la afectaba de la misma manera que a su padre, ella no sentía el dolor ni la sumisión que sentían los omegas al escucharlo, pero seguía siendo su alfa, su líder y debía obedecerla.
Agachó la cabeza, apretó los puños y se tragó sus palabras para retirarse del lugar. ¿En serio se atrevió a planear una cita con alguien que ella estaba despreciando en este momento por su mera existencia?
No tenía alternativa, tendría que conocerlo, así que se prepararía para su encuentro. Ocultaría su aroma para que el omega no se le acerque más de lo necesario, lo ignoraría lo más que su cuerpo aguante y lo trataría tan mal, que él mismo desearía no habérsele acercado nunca.
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Por otro lado, los síntomas del día anterior habían regresado con más fuerza en el cuerpo de la omega. Lo cual le indicaba que su alfa seguramente se encontraba cerca y para su desgracia, no podría hacer mucho para evitarlo.
El calor en su cuerpo no le permitió seguir recostada y la obligó a salir de la cama para tomar un baño. Con dificultad se alistó y puso todo de sí para no dejar que su cuerpo la venciera.
—Esto es tan ridículo. ¿De qué me sirvió rechazar a tantos alfas por mi clan, si ahora gracias a la Luna soy una destinada…?— Suspiró cansada, abriendo la puerta de su habitación para bajar a desayunar. —Solo espero que los síntomas no empeoren.
Cuando ingresó al gigante comedor pudo ver a sus padres hablando con normalidad de asuntos del clan. El clan que por derecho de herencia le correspondía y por lo que tanto se había preparado, demostrando siempre que no necesitaba un alfa a su lado para poder liderarlos. Pero ahora era inevitable que tuviera uno.
Los miembros de su clan, aunque la respetaban por su posición, siempre estaban preguntando, curiosos y esperanzados, si ya había escogido un alfa, como si ella no fuera suficiente.
Conrad, al ver a su hija actuar como si nada le estuviera pasando, se paró rápidamente para correr en su ayuda, aun sabiendo que su hija odiaba que la tratara como alguien débil. Para él siempre sería su pequeña cachorra.
—Buenos días, mi niña. ¿Pudiste descansar? — Le preguntó risueño. —Permíteme ayudarte, cariño.
Retiró un asiento y la ayudó a sentarse. Siempre era muy atento con ella. Lyssandra era su orgullo, una heredera que estaba a la altura de las exigencias del puesto. La amaba demasiado. Sin embargo, su instinto de alfa no dejaba de sobreprotegerla.
—Estoy bien papá, no me trates como si estuviera muriendo. — Lo miró con algo de diversión al ver el rostro preocupado del alfa. —Pero gracias.
Conrad le devolvió la sonrisa y regresó a su asiento, mientras que su madre colocaba el desayuno frente a su hija. Depositó un suave beso en su frente y la envolvió con sus feromonas para ayudarla a relajarse.
—Por tus síntomas, diría que tu destinado está cerca, tu aroma no deja de endulzar el ambiente. — Aunque no le agradaba la idea de que debiera unirse a alguien sin haberlo conocido, el mandato de la Luna los obligaba a aceptar su regalo, y tendría que despistar a su hija para acelerar las cosas.
—No me lo recuerdes, madre. No entiendo por qué mi cuerpo debe soportar todo esto por alguien que ni conozco y no quiero conocer. — La miró con el ceño fruncido y con fastidio en su voz.
—Te sentirás mejor si no pones resistencia, corazón. Eres una omega destinada, no puedes pelear contra tu naturaleza. — Le indicó con tranquilidad mientras regresaba a su lugar.
—¿Eso quiere decir que si fuera un alfa podría rechazarlo? — Sonrió esperanzada de que así fuera, para que al conocer al alfa pudiera despistarlo de marcarla.
—Será mejor que quites esa idea de tu cabeza, Lyssandra. —Conocía a su hija de pies a cabeza y sabía lo que podría estar planeando. —Los alfas tampoco pueden escapar del destino, pero no la pasan tan mal como los omegas y por eso les es más fácil sobrellevar la situación.
—Ellos no presentan síntomas como tú cachorra. Solo son guiados por el aroma irresistible de su destinado para encontrarlo. —continuó su padre con la explicación de su esposa. —Y al estar juntos su cuerpo siente la necesidad de marcarlo.
Ginebra analizó el comportamiento de su hija, sabía que se opondría si se le decía directamente que vaya en busca del alfa, así que llevaría la conversación por otro camino para despistarla.
—Lyssandra, cariño. Que no se te olviden las compras pendientes de esta semana. Trata de no ir tan tarde, hoy habrá una feria en el pueblo.
Asintió desanimada y cansada, bufando de mala gana y comenzó a comer en silencio.
Aún faltaban algunos días para entrar a su último año de academia y rogaba que su alfa no la encuentre para entonces. Por milésima vez en su vida, maldijo el hecho de haber nacido omega.
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En una pequeña plaza del pueblo se hallaba nervioso un joven omega. La noche pasada había sido buscado por los líderes del clan Faolan, los padres de su destinada. Cuando sus padres se enteraron del motivo de su visita, lo trataron como nunca antes en su vida. Habían hablado toda la noche y la líder del clan se había acercado a él para evaluarlo.
Lo miró de pies a cabeza, como si de un pedazo de carne se tratara, con molestia y resignación. Supo en ese momento que no encajaría del todo con su familia. El joven no pudo ni mantenerle la mirada, aquella alfa lo atemorizaba demasiado. Cuando la reunión terminó y los Faolan se retiraron de su hogar, sus padres se le acercaron felices.
Por primera vez en su vida lo felicitaron orgullosos y le ayudaron a tener todo listo para su encuentro arreglado.
Edmund esperaba poder agradarle, ser un omega digno de ella y con el tiempo, si todo salía bien, poder llevar a los cachorros de la alfa. Al pensar en todas esas cosas, sus feromonas volvieron a dispararse sin control, mientras su omega se agitaba en su interior.
Erza, por otro lado, caminaba sin ganas en dirección a la plaza. Su madre había sido muy clara con ella, y no le aceptaría más reclamos. Antes de salir la sermoneó con las miles de razones por las que era necesario conocer y relacionarse con el omega. Le dio ejemplos de cómo empezaron los vínculos de miembros de su clan que, tiempos atrás, también habían sido destinados.
Pero solo podía sentir que todo era muy injusto, ninguno de los miembros destinados de los que habló su madre tenía tanta carga sobre sus hombros como ella.
Al llegar a la plaza, el aroma del omega la hizo reaccionar y pudo ubicarlo fácilmente. Era un joven alto, delgado y moreno. Era guapo, por lo menos en eso sí estaba de acuerdo con su madre. Tal vez podría soportar un momento con él, y solo tal vez darse la oportunidad de conocerlo, como su madre le había exigido.
Pero esa oportunidad se vino abajo cuando el omega comenzó a responder únicamente con quejidos y balbuceos ridículos al no poder hablarle como era debido. Se preguntó qué era lo que le pasaba, actuaba muy diferente a la noche en que se le había acercado decidido.
Edmund sintió en ella una presencia alfa similar a la de Isolda, lo que le dificultó aún más que pudiera mirarla directamente a los ojos, jugando inquietamente con sus dedos.
Un gruñido imperceptible salió de sus labios al ver el comportamiento temeroso del omega y lo saludó solo por educación.
—Hey... soy Erza. — Levantó una mano moviéndola de lado a lado, sin intención de tener ningún contacto con el omega. —Te diría que es un gusto conocerte, pero… realmente solo vine porque mi madre me obligó. —dijo con un tono relajado y despectivo levantando los hombros y desviando la mirada, el aroma del omega comenzaba a molestarle.
Esperaba que esa muestra de desinterés hiciera que se arrepintiera rápidamente de estar ahí. Debía ser rápida con su plan, porque para su desgracia, su cuerpo buscaba con fervor la cercanía del omega. Malditas feromonas, maldito destinado.
El joven por su parte se limitó a devolverle el saludo, dejando salir un pequeño susurro indicando su nombre, aun sin poder levantar su mirada.
Esta actitud hizo que tanto la alfa como su lobo se enojaran. No podía imaginarse una vida atada a alguien tan débil y sumiso. De solo pensarlo sintió cómo su instinto le pedía retirarse del lugar.
—Okeeeey. — Dio un vistazo a su alrededor, había varios puestos de comida callejera, podría ayudarse con eso.
La alfa comenzó a caminar, sabiendo que Edmund la seguiría sin preguntar. Al pasar junto a los puestos, se detuvo frente a uno y respiró profundamente para refugiarse con el aroma de la carne.
Así, la joven pareja se adentró en la plaza, caminando a paso lento pero sin dirigirse la palabra.
Fue la cita más desagradable que pudiera existir y Erza se rehusaba definitivamente a avanzar más de lo necesario con el omega. El problema era que a medida que pasaban las horas bajo el manto del silencio, la incomodidad en la alfa crecía. Su cuerpo le exigía marcar al omega y cada vez tenía menos fuerzas para resistirse.
Necesitaba alejarse de él o pronto perdería el control de sus sentidos y cometería el peor error de su vida.
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