Capítulo 28 de 31
Después de tres días, Mark finalmente abrió los ojos. Cuando quiso acomodarse en el espaldar, sintió ligeras punzadas en el abdomen. En ese momento, la enfermera encargada de cuidarlo entró a la habitación y al verlo despierto corrió en su ayuda, llamando al doctor para que lo examinara.
Al terminar los chequeos llamaron a su familia. Erik fue el primero en entrar, corriendo hacia él, abrazándolo lo más cuidadosamente que pudo.
Cuando se separaron del abrazo, Isolda y Sorin se acercaron a él rodeándolo protectoramente.
—Estoy bien, mamá.
—Mi muchacho… Me alegro que despertaras. —dijo Isolda, manteniendo la calma.
—No vuelvas a asustarnos así. — Pidió Sorin, suspirando.
—¿Dónde está Erza? —preguntó Mark al ver que su hermana no llegaba.
—Regresó a la mansión con los Velkam. Lyssandra también fue atacada, pero hace unos días le dieron de alta. —mencionó Erik.
—¿Días? —se apartó de los brazos de sus padres bruscamente, ocasionando que sintiera otro tirón en su abdomen.
—Mark, no hagas movimientos bruscos. — Le reprochó Isolda. —Tu cuerpo aún se está recuperando.
—Perdón… solo me sorprendí.
—Descuida hijo. En un momento regresamos, iremos a firmar tu alta.
Ambos padres salieron de la habitación, dejando a Mark y Erik solos.
—¿Qué pasó con Lyssandra? ¿El cachorro está bien?
—Si… ambos están bien.
—¿Qué pasa? — Mark vio cómo Erik cerraba los puños.
—Erza quedó lastimada. Ella… perdió un ojo en batalla.
—¿Cómo está ella?
—Sabes cómo es nuestra hermana. Finge que no le importa. No quiere que sintamos lástima por ella.
—Sí… siempre fue su defecto.
Se quedaron en silencio un momento. Ambos hermanos seguían afectados por todos los sucesos de los últimos días.
Antes de que cualquiera retome la conversación, ambos padres entraron a la habitación y ayudaron a su hijo a salir de la cama. Era hora de regresar con los Velkam.
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—Claro mamá, los espero. Adiós. —Erza colgó la llamada y caminó hacia el despacho de Conrad.
Al llegar, como siempre tocó la puerta y el alfa salió de su oficina, quedando en el pasillo con Erza.
—Señor Velkam, mi madre acaba de llamarme. Dieron de alta a Mark, están de camino.
—Perfecto, cachorra. Debemos hablar oficialmente de su compromiso. Quiero que se vayan de aquí como un matrimonio.
La alfa se tensó y Conrad soltó una fuerte carcajada.
—¡Padre! Deja de molestarla. —dijo Lyssandra, intentando disimular su sonrisa al imaginarlo.
La omega acababa de salir de su habitación y se acercó al escuchar a su padre y su novia hablando en el pasillo.
—Pero cachorra. Tu alfa es muy divertida. — Se limpió una lágrima, revolviendo los cabellos de ambas. —Tranquila, Erza. Solo bromeo.
—Cla… claro señor…
—Lo importante ahora es hablar con ellos del pacto. Vamos, tu madre debe necesitar ayuda con la comida.
Las chicas asintieron y caminaron hacia la planta baja donde se encontraba Ginebra.
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Los Faolan llegaron a la mansión y fueron recibidos por un sonriente Conrad quien los invitó a pasar, impaciente por su llegada.
Erik y Sorin sujetaban de los costados a Mark, ayudándolo a caminar.
—Bienvenidos. Me alegra que estés mejor, muchacho. —dijo Conrad. —Eres un lobo muy resistente.
Mark le dedicó una sonrisa y la familia se acomodó en los sillones, a la espera de las demás integrantes.
—¡Erza, cachorra! ¡Llegó tu familia! —gritó, sentándose frente a los señores Faolan.
—Bien, cómo le dije a Erza. Son bienvenidos el tiempo que deseen. También contraté una enfermera personal para que esté pendiente de Mark.
—Gracias líder Velkam. — Respondió Isolda.
—Oh por favor. Somos familia ahora, deje las cordialidades. Puede llamarme Conrad, Isolda.
Isolda asintió, aún firme. Recordar que Erza ahora tendría su propia familia con la hija de los Velkam seguía siendo extraño para ella.
En ese momento, Ginebra apareció, seguida de las chicas. Las tres se acomodaron en sus respectivos asientos y el alfa continuó.
—Como todos saben, nuestras hijas están a la espera de su primer cachorro. Sea o no lo que hayamos esperado, es lo que está pasando. Y sé que Erza ya les comentó todo lo que tuvieron que pasar.
Todos asintieron, sintiendo una pequeña punzada en el corazón al volver a ver su rostro herido.
—Ese día, en el hospital, uno de mis hombres me llamó para decirme que había encontrado una solución que, según lo que averiguó, no implicará ningún riesgo.
—¿De qué se trata? —preguntó Isolda.
Conrad comenzó a explicar todo lo informado por Daniel sin omitir ningún detalle. La familia Faolan se sorprendía cada vez más a medida que avanzaba la explicación. Querían entender qué motivo tenían los sabios para ocultar esa información que, hasta el momento, parecía ser la más aceptable.
—Yo iré con ella. —dijo Sorin cuando Conrad terminó de explicar.
Se levantó de su asiento y se acercó a su hija. Tomó su brazo y tiró de ella para rodearla con sus brazos.
—Y cuando todo acabe, te estaré esperando con los brazos abiertos, mi niña.
Erza correspondió el abrazo refugiándose en su pecho con lágrimas en los ojos. Estaba esperando algún reproche o algunas palabras de su madre, pero solo sintió como un par de brazos más la rodeaban por atrás. Para ella, ese gesto fue suficiente.
Los hermanos Faolan y la familia Velkam miraban la escena con sinceras sonrisas y los ojos aguados.
—Entonces… — Habló Ginebra después de unos minutos y los Faolan se separaron. —Estos días aprovechémoslo todo lo que podamos.
—Acompáñennos a la mesa. Hoy mi bella esposa hizo su especialidad. — Conrad comenzó a caminar hacia el comedor, siendo seguido por todos en la habitación.
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—Erza, despierta.
Lyssandra la movía al darse cuenta de la hora. El sol ya había salido hace horas y nadie las había despertado. Esa misma tarde emprenderían camino hacia la cueva junto a sus padres.
—Vamos, alfa. Se nos hará tarde.
La rubia abrió los ojos lentamente dejando salir unos cuantos gruñidos por haber sido despertada tan temprano. Atrapó el brazo de su pareja y tiró de ella para besarla mientras frotaba con cariño su vientre.
—Extrañaré verte en esta forma, mi amor. — Se separó de ella, contemplando su rostro y cuerpo con cariño.
—Estoy nerviosa… Será la primera vez que enlobe. ¿Cómo se siente?
Erza hizo una mueca al recordar el dolor que su cuerpo pasaba cada vez que se transformaba.
—La primera vez siempre es la más dolorosa. El dolor de los huesos rompiéndose es parecido al del castigo. Pero no te preocupes, estaré contigo para calmarte.
La omega sonrió y volvió a besarla, pasando sus manos por las cicatrices de sus brazos y subiendo una mano a la de su rostro. Era la cicatriz más grande y profunda.
—Erza…
—¿Pasa algo, Lyss?
—Nada… solo... quería confesarte algo.
La alfa se apartó ladeando la cabeza. Lyssandra negó riendo por su reacción.
—No es nada malo, alfa tonta.
—¿Entonces qué es?
—Promete que no te burlarás.
—Lo prometo, amor. — Sonrió, dándole un fugaz beso en los labios.
—Bueno… me encantan tus cicatrices. — Desvió la mirada con un ligero sonrojo. —No es que me guste la idea de que hayas sufrido por cada una de ellas. Pero cada una me recuerda lo fuerte que eres.
—¿En serio te gustan? —preguntó extrañada.
—Sí. Sobre todo la de tu ojo. — Volvió a mirarla, pasando suavemente sus dedos sobre esta.
—¿Ah?
—Esta me recuerda que sobreviviste y arriesgaste tu vida por nosotros.
—Lyss… — Puso su mano sobre la que la omega tenía en su rostro. —Te lo dije siempre. Enfrentaría cualquier cosa por ti, por ustedes. — Bajó su mirada al vientre de la omega, y volvió a verla a los ojos. —Eres todo lo que necesito en la vida, mi amor. Te amo demasiado.
La omega sonreía enternecida por las palabras de su alfa.
—También te amo, mi tonta alfa.
La pareja se dejó llevar, entregándose mutuamente entre besos y caricias.
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Después de terminar con el desayuno, ambas familias quedaron un momento en silencio, mirando con nostalgia a las chicas. Los primeros en levantarse de la mesa fueron Erik y Mark, quienes se acercaron a Erza, abrazándola con fuerza.
—Cuídate, hermana. —dijo Mark. —Cuida a tu familia.
—Te estaremos esperando con ansias, hermana.
—Chicos…
Ambos jóvenes se separaron y, sin que Lyssandra se lo esperara, fue rodeada por ellos.
—Te extrañaremos, cuñadita. —dijo Erik divertido.
—Por favor, cuida de tu alfa. Puede ser muy tonta a veces. —bromeó Mark.
—¡Ey! — Se quejó Erza al escucharlos reír.
—Tus hermanos solo dicen la verdad, alfa. — La miró con una divertida sonrisa, mientras Erza se cruzaba de brazos, negando con la cabeza sin dejar de sonreír.
—Hija. Cuida a tu familia de todo peligro. — Isolda se acercó a ella, tocando su hombro, sonriendo ligeramente.
—Lo haré, madre.
—Claro que lo harás, mi niña. Sabemos lo fuerte que eres. Además, queremos conocer a tu cachorro. —dijo Sorin.
Ginebra se acercó a su hija, abrazándola dulcemente.
—No se pongan en peligro. Siempre estén juntas, son una manada ahora.
—Lo sé madre. No pienso arriesgar a mi cachorro.
—Claro que no lo harás. Erza pagará si llego a enterarme que algo te pasó. — Amenazó Conrad con los brazos cruzados mirando a la alfa.
La rubia palideció al verlo tan serio, pidiendo ayuda con la mirada a Lyssandra.
Conrad, sin poder aguantar más, rio tan fuerte por la reacción de la alfa, causando que todos en la habitación rompieran en risas, incluida Erza.
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—Es hora de irnos. — Conrad dejó caer su mano en la espalda de su hija, guiándola hacia el auto.
Erza y Sorin fueron los siguientes en subir, después de despedirse de su familia.
El auto arrancó, dejando a Ginebra y los Faolan atrás.
—¡Nos vemos! —gritó Erza sacando la cabeza por la ventana, despidiéndose con la mano.
Los hermanos y Ginebra se limpiaban las lágrimas, agitando sus brazos, despidiéndose de ellos. Isolda, por su parte, cerró los puños, aguantando sus lágrimas al ver cómo el auto se iba alejando.
—Mamá. —Erik la abrazó. —Erza se va durante un año, puedes permitirte llorar.
—Nadie te juzgará aquí, madre. —dijo Mark.
Isolda desvió la mirada hacia Ginebra, quien le sonrió brindándole esa confianza que necesitaba.
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Después de unas horas de viaje, aparcaron el auto en la entrada del bosque. Bajaron y comenzaron su recorrido a pie. Caminaban lentamente, sin querer llegar pronto a su destino. Ambos hombres hablaban de cualquier cosa que se les ocurriera con sus hijas, pasando el mayor tiempo posible con ellas.
Al anochecer ya se encontraban en la entrada de la cueva. Todos se miraron, tragando fuertemente, sintiendo sus corazones acelerarse. Se adentraron en ella y al llegar a lo más profundo, se acercaron hacia el pequeño altar.
De este, surgieron las llamas azules y unos gritos se hicieron presentes, logrando que cayeran de rodillas. Se llevaron las manos hacia los oídos, controlando a sus lobos para que no salieran.
El dolor se extendía por sus cuerpos, y sintieron corrientes frías de aire traspasar sus cuerpos. Los lycans hacían de todo para provocar a sus lobos, poniéndolos a prueba.
Después de cuarenta minutos, los gritos y el dolor desaparecieron. La temperatura bajó, y un brillo resplandeciente iluminó la cueva, dándole paso a la Diosa.
Abrieron los ojos y se levantaron al instante al ver a la entidad frente a ellos.
La Luna, al ver que ninguno se enlobaba, supo que habían llegado para realizar un pacto de sangre.
—¿Qué hacen ustedes en mi templo? — Su voz retumbó en las paredes, mirándolos con desconfianza.
Erza se adelantó un par de pasos y se paró firmemente frente a la Diosa, sin bajar la mirada.
—Diosa Luna. Nuestros destinados murieron. Necesito saber si somos libres para poder marcar a mi omega.
La Luna la miró seriamente y caminó hacia ella. Sacaría provecho de su inocencia.
—¿Acaso ustedes los mataron? —preguntó con sorna.
Erza apretó los puños, controlando sus gruñidos y la ira de su lobo.
—No, Diosa. No fuimos nosotras.
—Eso es tan triste… Me temo que las reglas no funcionan así, cachorra. —Se burló.
—Queremos realizar un pacto de sangre y recuperar nuestra libertad. — Gruño, con un destello amarillo en los ojos.
La Luna pasó su mirada a cada uno de los visitantes. Una alfa prodigio, la omega heredera de los Velkam llevando un cachorro, un fuerte guerrero del clan Faolan y el legendario y temible líder alfa del can Clan Velkam.
Imaginó el sabor de su sangre, relamiéndose los labios. Regresó hacia el altar dándoles la espalda y les pidió seguirla.
—Para que hayan venido tan confiados, ¿debo suponer que saben en qué consiste el pacto? — Sus ojos brillaron, sonriendo sádicamente, sin ser vista por ellos.
—Sabemos lo que debemos hacer, Diosa.
—Entonces, procedan. — Se acomodó en el altar y abrió sus labios.
Los cuatro se acercaron rodeándola en un círculo. Conrad les entregó los cuchillos y estiraron sus brazos, quedando sus muñecas por encima de los labios de la Luna. De un solo tajo se las cortaron dejando caer su sangre en ella.
La sangre seguía saliendo y no había señales de que la Luna se hubiera saciado. Tener a cuatro miembros de los dos clanes más poderosos la hacía enloquecer.
Los símbolos del altar se fueron iluminando y revelaron el cántico que deberían realizar. Erza, con la mano que tenía libre, tomó la de Lyssandra, acariciándola con el pulgar. Ambas se vieron y comenzaron a recitar.
Απαρνιόμαστε το πεπρωμένο
(Renunciamos al destino)
Αποκηρύσσουμε τη ζωή μας
(Renunciamos a nuestras vidas)
Απορρίπτουμε το δώρο σας
(Rechazamos tu regalo)
Αλλά θα επιστρέψουμε στο σπίτι σου
(Mas regresamos a tu hogar)
Ζητούμε τη συγχώρεσή σας.
(te pedimos perdón)
προσφέροντας την ανθρωπιά μας
(ofreciendo nuestra humanidad)
Σας προσφέρουμε το αίμα μας.
(te entregamos nuestra sangre)
και αποποιούμαστε τα κοπάδια μας
(y renunciamos a nuestras manadas)
ώστε να μας δώσετε την ευλογία σας
(para que nos des tu bendición)
και απάλλαξέ μας από την κατάρα σου
(y nos liberes de tu maldición)
El primero en sentirse débil fue Sorin, seguido de Lyssandra, quienes comenzaron a temblar y palidecer.
La Luna, al percatarse, les hizo una señal con su mano indicándoles que ya se encontraba satisfecha. Acercó su boca a la herida de Sorin y la lamió lascivamente, cerrándole la herida. Esa acción hizo que ambos adultos se sonrojaran. Luego hizo lo mismo con el alfa y las chicas.
Una vez con sus heridas cerradas, la Diosa miró a los hombres.
—Hasta aquí llegaron ustedes.
Ambos padres dieron una última mirada a sus hijas y se despidieron silenciosamente de ellas. Cuando desaparecieron, la Diosa se giró hacia ellas.
—Ahora, demuéstrenme cuánto se aman y les otorgaré su bendición.
La Diosa se elevó, mirando atenta a las chicas.
Erza se acercó con seguridad y la abrazó con cariño, soltando sus feromonas para calmar sus temblores. Se acercó a sus labios y comenzó a besarla lentamente bajando sus manos hacia su cintura, acercando sus cuerpos posesivamente.
La heredera se relajó al sentir su aroma y rodeó su cuello. El beso fue subiendo de tono y cuando la alfa pasó la lengua por sus labios ella los entreabrió, dejándola explorar con libertad su cavidad.
La alfa comenzó a retroceder sin dejar de besarla, hasta que chocó con el altar, sentándose en este y atrajo el cuerpo de su pareja, acomodándola entre sus piernas.
Cuando el aire les hizo falta, sus miradas conectaron, y Lyssandra acarició el rostro herido de su alfa. Con un camino de besos recorrió el largo de la cicatriz, terminando en su párpado cerrado. La alfa reforzó su agarre en su cintura al verse sorprendida por esa acción.
El momento se volvió tan especial que se habían olvidado por completo la presencia de la Diosa.
Sus labios volvieron a juntarse mientras acariciaban sus cuerpos. Retiró el suéter de la omega, y depositó besos húmedos por el largo de su cuello. Bajó por su clavícula y subió nuevamente para juntar sus labios.
Las prendas superiores de ambas fueron cayendo lentamente.
La alfa apretó su muslo mientras bajaba su mirada hacia sus pechos descubiertos, llevando sus labios hacia uno de ellos, saboreándolo como si fuera la primera vez que los probaba. La omega gemía satisfecha con cada caricia de su alfa.
Erza giró sus cuerpos, quedando encima de la omega para volver a besarla. Mientras una mano se entretenía en su pecho, la otra fue bajando lentamente hasta encontrar el borde de su pantalón, acariciando suavemente su vientre.
Alejó su rostro y comenzó a besar desde su cuello hasta su pecho, para seguir bajando hasta quedar a la altura de su vientre. Besó con cariño la zona y una de sus manos bajó las últimas prendas de la omega, dejándola completamente desnuda.
Se tomó unos segundos para admirarla y decirle lo hermosa que era y lo mucho que la amaba.
Seguidamente se acomodó entre sus piernas sin dejar de acariciarla. Cerró su ojo y aspiró el aroma de su amada, acercando su rostro hacia su centro, el cual ya se encontraba húmedo.
Separó sus labios inferiores y comenzó a lamer en círculos mientras con su pulgar jugaba con su clítoris, provocando que la omega arquera la espalda y gimiera más alto por sus acciones.
Lyssandra atrapó la cabellera de la rubia, sujetándola con fuerza y guiándola más hacia su centro.
La alfa lamía, chupaba y mordía con tal devoción que no tardó mucho para que la omega terminara en su boca. Tragó los fluidos de su pareja y con la lengua limpio la zona para volver a subir y besarla, dejando que se probara a sí misma.
La Luna observaba todo en silencio, complacida. Estaba lista para otorgarles su libertad, pero dejó que continuaran un poco más. Notó que habían se habían olvidado de su presencia y lo prefería así.
Sin dejar que recuperara el aliento, Erza bajó su mano hacia el centro de la omega y, con un par de dedos, acarició su zona lubricándola nuevamente sin mucho esfuerzo. Los gemidos de la omega se volvían cada vez más fuertes y aprovechó para meter un dedo mientras sus labios se entretenían en sus pechos, lamiendo y mordisqueando sus pezones.
Introdujo un segundo dedo y aumentó la velocidad de las embestidas. Sus dedos se doblaron en su interior alcanzando su punto máximo, logrando que Lyssandra terminara por segunda vez.
El sudor recorriendo sus cuerpos y sus respiraciones agitadas aumentaban el deseo en la Luna de continuar, pero su tiempo en la tierra se acortaba, decidiendo acabar con el ritual.
La alfa la abrazó y besó con cariño, deseosa de poder volver a marcarla. En ese momento la Luna se hizo presente frente a ellas, mirándolas con lujuria.
—Demostraron su amor ante mi presencia, llegando incluso a olvidar que estaba entre ustedes. — Tomó las manos de las lobas ayudándolas a levantarse. — Alfa, puedes marcar a tu omega bajo mi bendición.
Erza sonrió y su lobo aulló ante aquellas palabras. Al fin lo habían logrado. Atrajo a Lyssandra hacia ella evitando que se tapara al regresarle la vergüenza por estar desnuda frente a la Diosa. Con cuidado se acercó hacia el cuello de la omega mientras sus colmillos crecían, pero cuando estaba a punto de realizar la marca, la Luna la interrumpió.
—Una vez que se unan como pareja, dejarán su humanidad por un año, durante el cual sus lobos tomarán posesión de sus cuerpos y estarán bajo mi servicio.
La alfa cerró la boca y volteó la mirada hacia la Diosa. La sonrisa de la Luna llenaba todo su rostro y su mirada se había oscurecido.
—¿De qué servicios nos habla? —preguntó frunciendo el ceño.
—Una vez se enloben, me apareceré en tu mente al ser la alfa. Por esa conexión te guiaré a los lugares que visitarán. Acabarán con un grupo de vampiros que se dedican a destruir mis templos.
Las lobas se miraron asombradas y cuando la alfa dio un paso para afrontarla, la Luna dio unos pasos hacia a ella, tomando su barbilla.
—Ya pactaron con su sangre y la sangre de sus padres, queridas. Son mías ahora y si se niegan... — Les dio la espalda. — Sus padres pagarán con sus vidas. — La sonrisa que formó fue tan macabra que no hacía falta verla de frente para notar su sed de sangre. —Continúa, alfa. No hagas esperar a tu omega. Prometo proteger con mi voluntad al cachorro cuando nazca, mis hijos se encargarán de mantenerlo a salvo.
Erza gruñó y cerró los puños. Y Lyssandra la miraba con el ceño fruncido, sacando los colmillos.
Lamentablemente no podían hacer nada.
Acercó su boca al cuello de su omega y, dándose una última mirada en sus formas humanas, clavó sus colmillos, terminando así con el pacto.
Ambas se enlobaron y se arrodillaron, aullando fuertemente, dando paso a sus nuevas vidas como sirvientes de la Luna.
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