Capítulo 1 de 31
—¡No lo haré, madre! —gritó furiosa una joven alfa de cabello rubio. —¡Tiene que ser una broma, no puedo ser una destinada! ¡Maldición! ¡¿Ni siquiera eso podré elegir?!
Erza entró de golpe a la habitación de sus padres, frustrada por los cambios que su cuerpo comenzó a presentar luego de haber regresado del bosque con sus hermanos.
—Tranquila hija. — Se acercó su padre, tratando de calmarla con su aroma. —¿Qué es lo que pasó para que estés así?
Para Sorin era raro verla descontrolada. Los entrenamientos que llevaba a cabo todas las noches para ser la futura cabeza de clan le habían enseñado a calmar la ira del lobo, y siempre había demostrado tener un buen manejo de ella.
Ella intentaba con todas sus fuerzas calmarse, pero su parte interna, el lobo que la dominaba en esos momentos, no estaba de acuerdo con lo que estaba pasando. Quería salir y demostrar su ira.
Al ver la escena y entender que tenía dificultad para controlarse, su madre, Isolda, se acercó a ambos para intentar devolverle el control total a su hija.
—Erza, reacciona. — Puso una mano sobre su hombro y, al igual que su esposo, la cubrió con sus feromonas para hacerla sentir protegida. —Hija, por favor, habla con nosotros. ¿Qué sucede?
La alfa entonces, sintiendo la mezcla de ambos aromas en ella, logró reaccionar en ese momento. Con la voz temblorosa a causa de los gritos, dirigió su mirada hacia su madre para contarle su molestia.
—Mi cuerpo, madre, mi cuerpo me está exigiendo que busque a un omega. — Llevó una mano a su pecho protegiéndose de lo que sentía. —Lo vi anoche, mientras corría con Erik y Mark por el bosque, luego de los entrenamientos. Él… vino corriendo hacia mí y chocó conmigo. Entonces lo sentí. Una extraña urgencia de estar junto a él. — Cerró sus puños, intentando controlar a su lobo y poder terminar de contarles todo lo sucedido. —Me buscó con la mirada y me dijo que era mi destinado y yo… yo ya no quise escuchar más. Lo negué y hui del lugar, lo dejé ahí solo.
Sus padres escuchaban atentos, entendiendo inmediatamente a lo que su hija se enfrentaba. Su padre quería apoyarla, decirle qué era lo que realmente ocurría, pero antes de que pudiera hablarle, Isolda, con una sola mirada, le ordenó callar. Él asintió no muy seguro, obedeciendo a su alfa.
—Cariño, este es un tema delicado para la manada. Como próxima líder, creo que lo más sensato es que escuches a tu madre.
Acto seguido la abrazó y se despidió con una amable sonrisa. Regresó su vista a su alfa y solo pudo pedirle silenciosamente que fuera comprensiva con su cachorra. La vio asentir y salió del cuarto, dejando a las dos alfas arreglar sus diferencias.
Después de unos segundos, su madre se sentó en el borde de la cama y con un par de toques al colchón pidió que se sentara con ella.
—Escucha Erza. Lo que te está pasando es una bendición para el clan. — Empezó a decir con calma, tampoco quería terminar lastimando a su hija. —Cada cierto tiempo, nuestra Diosa Luna elige a dos lobos para unir sus vidas mediante un lazo sagrado llamado el destino. Es un regalo que nosotros como sus hijos debemos aceptar gustosos.
No podía aceptarlo, su madre le estaba intentando endulzar la situación, pero ella no lo sentía así, se sentía como si la llevaran a una prisión. Cuando su madre iba a continuar, gruñó y se paró bruscamente para desafiarla.
—¿Y si no quiero su regalo? ¿Qué pasa si decido no seguir la voluntad de la Luna?
Fríamente, la desafió con la mirada, esperando una respuesta. No podía entender por qué le daban un peso más sobre sus hombros. Bastante tenía con las obligaciones y entrenamientos que ni siquiera sentía que le correspondían. Era la menor, su hermano Erik debería ser el heredero, sin embargo su fortaleza y habilidades innatas la convirtieron en la alfa que todos esperaban y necesitaban.
—No puedes simplemente no desearlo, hija. Tu destino ya está forjado con ese omega y no puedes hacer nada para impedirlo. — Un suspiro cansado salió de sus labios, la terquedad de su hija iba a ser su mayor problema. —Han sido pocas las veces en que algún integrante de nuestro clan ha sido elegido por la Diosa, y en todas esas oportunidades ninguno rechazó su regalo.
—¿Y qué hay de mi libertad de elegir? — Comenzó a sentir cómo su lobo regresaba a querer tomar el control de su cuerpo, gruñidos escapaban de sus labios y su cuerpo comenzó a tensarse. —Madre, he hecho todo lo que me pidieron, incluso tomaré el mando del clan sin haberlo pedido. Al menos quería poder conocer a alguien y enamorarme libremente de esa persona — Cerró sus puños tan fuerte que sintió cómo sus garras empezaban a lastimarle la carne de sus palmas. —¡No lo aceptaré, no estoy de acuerdo en que sigan controlando mi vida!
Isolda perdió la poca paciencia que tenía y se puso de pie también y se acercó a ella. Ya no como madre, sino como su alfa.
—¡El regalo que nos brinda nuestra Diosa es indiscutible! ¡Aceptarás a tu destinado y esto se acabó, Erza!
La alfa más joven, furiosa, empezó a liberar por completo sus garras y colmillos. La ira la estaba dominando, ya no solo era el destinado, sino que su madre tampoco la entendía.
—¡No puedes obligarme a amar a alguien que no conozco! ¡E incluso si lo conociera, tenlo por seguro que no sería amor, solo sería cumplir un capricho!
Con lágrimas en los ojos por la falta de empatía de su madre, le dio una última mirada y salió corriendo de la habitación. Necesitaba estar lejos, despejarse, pero en el camino se le atravesó su padre. Lo ignoró mientras él gritaba su nombre, llamándola. Pero ella ya se había marchado.
Sorin regresó a la habitación, le daría el tiempo necesario a su cachorra para calmarse. En ese estado era realmente peligrosa.
—Isolda, ¿qué fue lo que pasó? Nuestra hija acaba de marcharse mientras lloraba.
—Ya se le pasará, solo está frustrada por haber sido elegida. — Se acercó a su esposo y pasó su mano por su rostro de manera delicada, bañándolo con su aroma. —Hay que darle su espacio y necesito tu apoyo para convencerla de aceptar a su destinado.
Él entendía a su hija, sabía que todo el clan tenía muchas expectativas sobre ella, y cuando se enteraran de que era una destinada, todo empeoraría para ella.
—Alfa… ¿Realmente nadie puede rechazar el regalo de la Diosa?
La alfa lo miró, pero no dijo nada, entendía la preocupación de su esposo, y entendía la carga adicional de su hija. Pero no podía permitir que sufra. Tendría que aprender a amar a su destinado, y ella estaría ahí para ayudarla.
La rubia partió en dirección al bosque. No tardó mucho en despojarse de sus prendas para no desgarrarlas y al entrar al bosque liberó por fin al lobo. Sus huesos comenzaron a romperse y crear unos nuevos, los colmillos y el hocico empezaron a tomar forma, el pelaje la cubrió totalmente y de su columna emergió su cola, transformándola en una poderosa y temible bestia.
Sin embargo sus pensamientos no dejaban de perseguirla, el hecho de ya haberse presentado su destinado le complicaría más la vida quitándole lo único que pensaba que podría ser capaz de elegir.
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En otra zona del gigantesco bosque, en las afueras de una mansión en específico, se encontraba Lyssandra Velkam, lidiando por tercera vez en la semana con un alfa. Era una chica mayor que ella, de un clan poco conocido.
—Vamos, Lyssandra. — Se acercó a ella, intentando seducirla con su aroma. —Déjame cortejarte y ser tu alfa.
—Se lo dije a muchos y también te lo diré a ti. — También liberó su aroma, contrastando el de la alfa. —No necesito de ningún alfa. Soy más que capaz de liderar a mi clan yo sola.
La alfa se sorprendió, normalmente los omegas caían rendidos cuando liberaba sus feromonas. La omega sonrió con satisfacción al ver la confusión de la mayor. Su padre le había enseñado a controlar sus sentidos para no caer en esos trucos baratos de alfas aprovechados. Se acercó y desafiante continuó.
—Ustedes los alfas piensan que soy una omega cualquiera que caerá con sus apestosos aromas. — Le dio la espalda y comenzó a avanzar dispuesta a regresar a su hogar. —Soy una Velkam. Y tú no eres nadie. Que no se te olvide.
Dejó a la alfa en ese mismo lugar, herida en su orgullo. Era satisfactorio para ella el saber que los ponía en su lugar y dejaba en alto su apellido. Para ella, todos esos alfas eran unos interesados, egoístas y codiciosos.
A pocos metros de su hogar, comenzó a sentir un mareo repentino. Sus feromonas comenzaron a liberarse sin su permiso y su temperatura subió de un momento a otro. Su cuerpo le estaba exigiendo algo que ni ella misma entendía.
Con pasos apurados corrió hacia la mansión, esperando que sus padres supieran lo que estaba pasándole.
Al entrar, en el gran salón se encontraban Conrad y Ginebra charlando animadamente sobre asuntos importantes de su clan. Eran los líderes, y ella, incluso siendo omega, era su heredera y próxima líder, por eso muchos alfas se le acercaban, buscando obtener, a través de ella, la posición de futura cabeza de clan.
Con esfuerzo llegó hasta ellos y sus padres interrumpieron de repente su conversación volteando preocupados hacia su dirección. El aroma que desprendía de su cuerpo era demasiado dulce e intenso para tratarse de su celo.
Ambos padres cruzaron sus miradas y entonces lo supieron.
—Lyssandra, cachorra mía. — Se acercó el alfa, cargándola y acostándola en el sillón con la dulzura que lo caracterizaba. —¿Te encuentras bien? ¿Puedes escucharme?
Aún mareada entendía a la perfección, no le gustaba que su padre la tratara como si estuviera indefensa, pero al ser omega su cuerpo era más delicado y la preocupación de sus padres era válida.
—No sé qué me ocurre pa, estaba de camino a la mansión y me empecé a sentir mareada.
—No te preocupes mi niña. — Conrad pasó una mano por su rostro, retirándole los mechones que se encontraban pegados por el sudor. —Lo que te está sucediendo es algo normal en este caso. Acabas de presentarte como una omega destinada.
Lo miró confundida y, antes de poder contestarle, sintió la presencia imponente de su madre, también una alfa, agachándose para estar a su altura.
—Significa que estás próxima a conocer a tu alfa, cariño. Y tu cuerpo se está adaptando. — Buscó calmarla acariciando su rostro con delicadeza. —El aroma que sale de ti, lo ayudará a encontrarte.
No podía creerlo, toda su vida se había encargado de rechazar a todo alfa que intentaba algo con ella y ahora debía aceptar sin dudar a uno solo porque había sido elegida. No podía quedarse callada, aun si sus padres no tenían la culpa, necesitaba desfogar su frustración con alguien, ya que igual le molestaba que actúen como si fuera algo que celebrar.
—¿Me dices que está preparándome para pasar angustias con un desconocido? — Cruzó ambos brazos con molestia mientras se aguantaba las ganas de llorar. —No volveré a salir nunca de esta mansión si eso significa no conocer jamás a ese alfa desagradable y poder disfrutar de mi libertad en paz.
Conociendo la rebeldía de su hija, Ginebra sonrió de lado desafiándola con la mirada.
—Pues eso será imposible mi niña, ya están por comenzar tus clases de último año y saldrás de aquí quieras o no.
No pensaba ceder sabiendo que su hija estaba destinada a alguien por gracia de la Diosa Luna y ya no sería esa omega que rechazaba a todos los que se le insinuaban y querían cortejarla.
Abrazó los fuertes brazos de su esposo y pidió que la llevara a su habitación.
—Descansa cariño, tu cuerpo necesita reponerse. — El alfa abrazó a su hija, con tristeza en su mirada. Él más que nadie sabía cuánto se esforzaba por defender su título de heredera al no ser la alfa que su clan esperaba. —Siempre estaré para ti. No lo olvides.
Su padre se retiró de aquella habitación esperando que su hija se calme, dejando sola a una omega asustada por su futuro, aunque ella nunca lo admitiría abiertamente.
Pasaron las horas y no podía dejar de pensar en el tema.
Ella era una omega diferente que no dependía del poder de un alfa, era raro para su clase, pero así era ella y no dejaría que el tonto destino ni la Diosa Luna tomaran las riendas en su vida. Ella era superior en todo sentido a cualquier omega y lo demostraría, solo que en ese momento no tenía idea de cómo hacerlo.
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En las afueras de su territorio, más específicamente en el bosque, Erza se encontraba corriendo sin rumbo alguno, destrozando cada árbol que se cruzaba en su camino y dejando marcas de sus garras por todas partes. El solo hecho de pensar que debía pasar su vida con un omega que no amaba y sin posibilidad de negarse hizo que su furia creciera aún más.
No comprendía la razón por la que la Diosa la había elegido. Era una alfa poderosa, una prodigio, pero debería haber otros alfas que aceptarían gustosos su regalo.
Así pues, con su corazón roto y lastimado, se detuvo al llegar al borde de un precipicio, el límite de su territorio. Pudo observar que a la lejanía se encontraba otro bosque, donde una enorme mansión resaltaba con el brillo de la luna. Levantó su mirada hacia el cielo oscuro y, con mucho dolor, aulló fuertemente a la Luna, descargando todos sus sentimientos y penas, esperando ser escuchada por su familia incluso estando tan lejos de ellos.
El aullido fue tan potente que se escuchó en cada rincón del gigantesco bosque a su alrededor. Llegando incluso con un poco de dificultad hasta la mansión de los Velkam, donde cierta omega lo escuchó y se identificó con el dolor que transmitía.
Era un grito despiadado lleno de lamentos e injusticias que lograron tranquilizarla aquella noche al sentir que de alguna manera era comprendida. Su cuerpo se relajó al sentir que alguien más en el mundo sufría tanto como ella, ya no estaba sola.
De esa manera, la joven heredera pudo conciliar el sueño que tanta falta le hacía.
Cuánto quisiera ella también poder enlobarse y salir a desfogarse de esa manera, pero para su infortunio, nació omega y solo podría transformarse al ser marcada por su alfa y eso, eso era lo que más odiaba en el mundo.
Su libertad y poder, atados a alguien más.
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