Capítulo 12 de 31
Ambas jóvenes permanecieron en la cama abrazadas. Erza continuaba con su postura de alfa protectora, pasando su mano por la espalda de la omega, tratando de calmar el pesar que sentía por aquellas noticias, sintiendo a la vez un poco de culpa por haberla arrastrado con ella y rechazar su destino sin haber pensado siquiera en las consecuencias.
Ella no sentía que sus sentimientos estuvieran equivocados, pero sí lamentaba no poder hacer mucho para calmarla, más que acompañarla. Las palabras en ese momento no servían de mucho, así que solo se limitaba a darle apoyo a su manera. Con besos en su cabeza, acercándola a ella, y dándole cariño por toda la extensión de su espalda mientras la bañaba con su aroma, siendo su refugio hasta que su corazón se calme.
Lyssandra lloró hasta quedarse sin lágrimas, quedándose en silencio, agradeciendo que su alfa la comprendiera y estuviera para ella. No sentía que hubiera cometido un error al elegirla, pero le parecía injusto la forma en que la Luna las castigaba por algo que ellas nunca pidieron.
Estaba segura de poder soportar el dolor diario, pero le angustiaba el hecho de que su marca pudiera desaparecer.
Ya no le importaba el enlobarse, eso pasaba a segundo plano si lo comparaba con todo lo que pasarían. De igual manera, toda su vida la pasó siendo solo una humana. Pero su mayor pena ahora era el hecho de que no podrían tener una manada en el futuro. Poco a poco las caricias de la alfa lograron su cometido. Sus ojos se adormitaron y cayó rendida al sueño, descansando en el hombro de la rubia.
Al darse cuenta de que se encontraba dormida, pasó un brazo por su espalda y otro bajo sus piernas con mucho cuidado. La alzó con delicadeza, temiendo despertarla en algún momento, sosteniéndola como si fuera una princesa, y procedió a acostarla en la cama.
Se quedó un momento contemplándola de cerca. Su respiración se encontraba calmada, como si minutos atrás no las hubieran destrozado emocionalmente, y solo deseaba que aquella paz nunca abandonara su hermoso rostro. Se aseguraría de que ambas pudieran deshacerse del castigo impuesto, y para lograrlo, había decidido que debían acabar con la vida de sus destinados. No tenía más dudas, por primera vez se atrevería a forjar su propio camino, lejos de las opiniones de su clan, sobre todo de su madre. Solo esperaba que Lyssandra compartiera con ella esa idea y decida permanecer a su lado.
Caminó hacia el baño para lavarse la cara. Aunque se había mantenido fuerte para su omega, no significaba que no hubiera sido afectada por las palabras de la directora. Con el agua en su rostro dejó escapar algunas lágrimas contenidas pero silenciosas, tratando de regular su aroma para no despertar a su amada.
Salió del baño y caminó hacia su cama, necesitaba relajarse un poco y descansar, pero en el camino, decidió mejor ir con su omega. Subió a la cama y, abrazándola por detrás, llenó la habitación con sus dulces feromonas haciendo que su pareja esbozara una pequeña sonrisa inconsciente.
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En las afueras de la academia, el viento soplaba fuerte y nubes grises se iban formando en el cielo advirtiendo que pronto comenzaría a llover. Los estudiantes se apresuraban en ir a sus habitaciones al ya haber terminado su jornada de clases. Sabían que la directora no les dejaría salir de la academia por si una tormenta se avecinaba, mandando a los profesores a revisar las habitaciones para cerciorarse de que nadie haya salido sin su permiso.
Solo había dos habitaciones con estudiantes ausentes. Las de Ryker y Edmund, cuyos compañeros de cuarto no eran cercanos a ninguno de los chicos y por ende, ninguno sabía dónde estaban o qué motivos tuvieron para irse.
De Edmund se sospechaba poco. Aún mantenía sus pertenencias en su cuarto, salvo su mochila. Sin embargo, Ryker sí se había tomado la molestia de llevarse todo y no dejar rastro alguno.
Zyla no tuvo más opción que pedir la intervención de la policía del pueblo para que le ayudaran con la búsqueda de sus alumnos desaparecidos. Andaba dividida por sus emociones, por una parte sentía alivio de que los chicos no se encuentren en la academia, así sus vidas no corrían peligro. Pero por otra parte le entristecía la situación de las jóvenes, ya que sin ellos no podrían realizar el sacrificio que la Luna les exigía y su castigo no tendría fin.
Para ese entonces, el castaño ya se había alejado bastante de la academia, caminaba lentamente y con dolor por sus heridas no curadas hacia la cueva que una vez le dio refugio. En su mente aún rondaban las palabras del omega. Y en parte, él sabía que tenían sentido. La forma en que la marca brillaba y cómo ambas se retorcían de dolor no era normal, era una señal de que algo malo les estaba sucediendo. Sin embargo, su orgullo y su lobo lastimado eran más fuertes en ese momento e impedían que pensara con lógica.
Debía descansar y recuperarse, ya tendría tiempo para pensar bien las cosas. Por más derrotado que se encontrara su lobo, sentía que aún estaba ligado a su destinada. La sensación en su cuerpo que se había formado desde el primer día que se enteró que era un destinado no se había esfumado aún. Y las esperanzas de que haya alguna forma de reclamarla irían creciendo con los días que pasara oculto.
Por su parte el moreno andaba sin rumbo, adentrándose en el bosque solo con un cambio de ropa y algunos alimentos que pudo sacar de su habitación y la cafetería antes de escapar. No se había relacionado con nadie en el tiempo que estuvo en la academia, agradeciendo ser invisible para los demás y no tener a nadie que lo tomara en cuenta, ni siquiera su compañero de cuarto. Eso le daba la ventaja de alejarse hasta que alguien se acordara de su existencia.
Él estaba seguro de que algo raro pasaba con ellas. Esa marca brillante le daba mala espina y de una u otra manera averiguaría lo que pasaba para alejar a su alfa de esa omega. Por el momento debía permanecer con el perfil bajo mientras intentaba averiguar qué estaba pasando.
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Las gotas comenzaron a caer y entraban con fuerza a la habitación de las chicas, quienes aún permanecían descansando. Las ventanas del balcón se encontraban abiertas, permitiéndole al frío y la lluvia entrar.
Erza fue la primera en abrir los ojos, notando que sus brazos aun rodeaban la cintura de su pareja, quien poco a poco también empezó a despertar. Reforzó el agarre, atrayéndola más hacia ella sin ganas de dejarla ir, besando con dulzura la marca en su cuello. Lyssandra comenzó a girarse con una pequeña sonrisa adornando su rostro para ver de frente a su alfa, quien la miraba con mucho cariño.
—Hola... ¿Te sientes mejor? —preguntó con voz ronca.
—Estoy más tranquila, me calma mucho cuando soy capaz de sentirte. — Llevó una mano a su marca mientras la miraba fijamente.
—Ya no podremos salir. La lluvia está fuerte y la directora comunicó que estarían vigilando para que nadie salga por seguridad.
—Que poético para un momento así. — Su voz se volvió melancólica mientras se aferraba más a su alfa, quien en todo momento le brindaba su calor. —Quiero imaginar que el cielo llora por nuestro castigo.
—Te aseguro, amor, que esto no durará mucho tiempo. Por mi parte, si poder estar contigo significa eliminar a mi destinado, tenlo por seguro que lo haría sin pensarlo. —La vio con seguridad, pero no pudo controlar el temblor de su voz. —Lo que me preocupa es que salgas lastimada cuando tengas que enfrentar al tuyo. Debe haber otra manera de…
—No debes preocuparte tanto por mí, alfa. No soy tan indefensa como parece. — La interrumpió mientras se soltaba del abrazo para acomodarse mejor en la cama. —Creo que finalmente tendré que pedirle ayuda a mi padre. Conocerás realmente lo que es estar con una Velkam, amor. — Sonrió con picardía al darse cuenta que la veía hipnotizada.
—¿Qué piensas hacer? — Le gustaba la seguridad con la que hablaba, pero igual quería estar segura de que no se expondría al peligro.
—Mi padre siempre dice que nuestra familia siempre encuentra la forma de vencer si se trata de luchar por amor. — Se paró de la cama y caminó hacia su escritorio para mandarle un mensaje a su padre. —Debo hablar con él y contarle lo que hicimos. Sé que me entenderá.
Tras esas palabras la esperanza comenzó a florecer para ambas.
Sería una lucha intensa consigo misma por su instinto protector, pero quería confiar en la decisión de su pareja. Debía apoyarla ahora que habían decidido enfrentarse a sus destinados.
Y la heredera, al no poder enlobarse, debería recurrir a sus habilidades con las armas que su padre tanto le había enseñado. Esperaba que comprendiera que había elegido ser marcada por la alfa que realmente la había enamorado, sin ponerse a pensar en las consecuencias.
—Deberíamos planear desde ahora cómo te enfrentarás a Ryker. Si él cae, ni la Diosa ni nada nos podrá separar. — Se acercó tomándola de la mano, girándola para tenerla de frente.
—Alfa, te prometo que aún si mi marca desaparece, siempre seré tuya. — La seguridad de sus palabras se reflejaron en su mirada, que brillaba con determinación y cariño al por fin dejarse amar por alguien. —Soy una Velkam, no podrás librarte de mí tan fácilmente.
—No podría escapar de ti ni aunque lo intente. — Bromeó, robándole un beso mientras compartían aquel tranquilo momento.
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En las profundidades del bosque, más específicamente en una cueva, se encontraba el castaño descansando sobre unas piedras, con su mirada perdida. Sus heridas ya habían sanado pero su orgullo seguía débil. Si quería reclamar a la omega debería luchar con aquella alfa nuevamente, pero esta vez debería matarla, sin embargo, con su lobo humillado sería más difícil realizarlo.
Al no poder hacer nada más que esperar y debido a la fuerte lluvia que caía, se adentró al interior de la cueva para resguardarse del frío que comenzaba a calarle los huesos.
Era muy profunda, y a medida que se adentraba más, la oscuridad empezaba a ganar terreno. Pero no era algo que le afectara al tener una vista adaptada por parte de su raza lobuna.
Con cada paso que daba, el camino empezaba a desnivelarse hacia abajo y pequeñas gradas agrietadas por el tiempo comenzaron a aparecer. En cierto punto imágenes comenzaron a notarse en las paredes. Imágenes de hombres lobo, vampiros, y demás criaturas venerando a la Diosa Luna se veían con detalles más que exactos. En la parte más profunda, se encontraba una mesa de rituales tallada en piedra y ardiendo en llamas azules.
Observó todo a su alrededor, concentrando sus sentidos en busca de algún rastro que le permitiera saber si alguien más había estado antes que él, pero no encontró ni escuchó nada más que el sonido de las llamas crujir.
Con duda, avanzó hacia aquella mesa de forma circular. Las llamas saltaban con furia y al estar a una determinada distancia, pudo observar en los bordes que se dibujaban símbolos que parecían pertenecer a una lengua antigua y formaban una especie de cántico. El hecho de haber encontrado algo así y no haber nadie a su alrededor alimentaba su curiosidad.
El fuego se consumió dejando la mesa con las sombras de los símbolos quemados en piedra. Pasó sus dedos por encima de las marcas aún calientes, fascinado por ser testigo de aquel espectáculo.
Cuando su mano llegó al centro, la oscuridad total regresó, y un dolor repentino recorrió su cuerpo haciéndolo caer de rodillas, para posteriormente escuchar voces a su alrededor. Se tapó los oídos ordenando que se callaran, aguantando el dolor mientras sentía su cabeza reventar.
Las voces se burlaban de él, risas e insultos era lo único que escuchaba, al no poder ver a nadie en ese lugar.
"Llegó el alfa sin valor", "Es un perdedor", "No es capaz de defender el regalo que le dio madre", "Vergüenza de alfa", “Tan débil que ni su lobo le responde.”
—¡Cállense! No saben nada de mí. — Rugió furioso viendo a la nada, no encontraba el origen de aquellas voces.
"Perdedor", "Madre no debió molestarse en regalarte nada", "No lo vales"
—Yo luché por ella, ¡luché por mi destino! — Estaba al borde del llanto a causa del dolor y las humillaciones que llegaban una tras otra sin parar.
Sus ojos desesperados buscaban de dónde salían aquellas voces, pero no encontraba nada. Su cuerpo empezó a arder, sus huesos se estiraron y la bestia en su interior se liberó. Ya no era él mismo, su lobo había tomado el mando y había salido sin permiso, aullando con rabia por aquellas burlas.
"Salió el lobito", "No eres merecedor de tal poder, perdedor."
Las figuras comenzaron a formarse, el lobo era ahora capaz de verlos. Al haber tomado el control, su parte espiritual pudo observar tres seres frente a él. Eran pequeños licántropos, pero tenían una anatomía diferente. Eran los primeros seres que existieron, lycans puros, los primeros creados por la Luna. El gruñido del lobo se dirigió a ellos, y al no ser capaz de hablar en su forma lobuna, trató de comunicarse con ellos de otras maneras.
—Quiénes son ustedes, ¿por qué me insultan como si me conocieran? — Gruñó mostrando los colmillos de forma amenazante. No permitiría que lo volvieran a humillar.
—Somos los primeros hijos de la Luna. Tú llegaste a nuestro santuario profanando nuestro hogar. — Habló el mayor.
—Tu presencia no es grata, invades nuestro refugio. —dijo el segundo.
—Aquí solo acuden lobos fuertes y valientes. —mencionó el tercero, agregando un dato más. —Aunque debo decirlo, hace años que nadie nos visita.
—Yo solo buscaba un refugio para sanar. No vine con otras intenciones.
—Lo ideal sería que te vayas alfa perdedor. Madre está molesta porque no fuiste capaz de proteger tu regalo.
—Sé que puedo volver a intentarlo. El sufrimiento que vi cuando la otra alfa marcó a mi omega jamás lo vi en ningún otro lobo. — Señaló con la esperanza de que ellos tuvieran alguna idea de lo que hablaba.
—Tus días están contados cachorro. Si buscas respuestas tendrás que probarnos que eres digno.
—¿Y qué es lo que debo hacer? — Se acercó a ellos, desesperado. Aquello podría ser lo que estaba buscando.
—Debes traernos un sacrificio. Solo su sangre y carne nos alimentará y te brindaremos aquello que tanto esperas encontrar. —mencionó el primero.
—No te confundas, joven lobo, no te pediremos ningún animal. No las tendrás con algo tan insignificante — Siguió el segundo.
—Deberás sacrificar a un pequeño lobo, de alma pura. Pero no debe ser cualquier cachorro. — Terminó el tercero.
El alfa se sorprendió al escuchar aquellas palabras. Los lycans frente a él le pedían un sacrificio. Para rematar aquello, hablaban de un cachorro, quien no tenía culpa de nada de lo que pasaba.
—Debes traernos un cachorro de tu propia sangre para sacrificarlo. Con eso nos probarás que eres digno del regalo que madre te brindó. — El primer hermano se acercó al lobo burlándose de él. —Así nos demostrarás que aprecias más el regalo de madre por encima de todo lo demás, estando dispuesto a matar, incluso a tu propia familia.
Si ya de por sí el sacrificio de un cachorro le era cuestionable, el haber escuchado que debía ser de su propia sangre lo era aún más. ¿Realmente podría ser capaz de sacrificar a un cachorro de su propia familia?
Apretó los puños tan fuerte que sus garras comenzaron a lastimarlo, sus colmillos rechinaron mientras gruñidos escapaban de sus labios, cerró los ojos fuertemente conteniendo las lágrimas que se comenzaban a formar y el aroma que desprendía se intensificó tanto, que los lycans se alejaron unos metros de él.
Recordó cómo había sido felicitado por todo su clan al haber sido escogido por la Diosa, se volvió aún más respetado por ellos, sobre todo por su padre y líder. Recordó cómo la omega lo había rechazado sin darle siquiera la oportunidad de intentarlo. Recordó sus peleas con aquella alfa y cómo lo había derrotado en ambas ocasiones. Y recordó cómo se había atrevido a quitarle la pareja que le correspondía por mandato de su Diosa.
Sabía que si regresaba con las manos vacías a su hogar sería humillado y castigado por deshonrar a la Luna con su fracaso.
Realmente no quería hacerlo, sacrificar a su propia sangre iba más allá de lo que se imaginó alguna vez, pero también necesitaba su destino y el respeto de su gente. Aunque no quisiera, tenía que hacerlo.
Los minutos corrían y no había respuesta por parte del lobo, ocasionando que aumentara la duda en los hermanos de si sería capaz de demostrar su valía. Pasados diez minutos, los lycans retrocedieron, dispuestos a largarse de la cueva, llevándose consigo la imagen de un alfa miedoso que vino a irrumpir en su hogar.
—Lo haré. — Necesitaba recuperar su orgullo y su destino. Solo esperaba estar tomando una buena decisión. —Les traeré el sacrificio. ¿Cuánto tiempo tengo para cumplirles?
Los hermanos regresaron hacia el alfa. Sus dientes se asomaron en sus fingidas sonrisas, pequeñas y macabras. Deseosos de probar nuevamente sangre fresca después de años abandonados.
—Tienes dos días joven lobo. Deberás traer la presa viva y ser cuidadoso con ella. Odiamos el sabor que causa el miedo en la carne de los mortales. Solo deberás dejarlo en el altar y retirarte. — Habló el primero.
—Tú regresarás al día siguiente de entregarnos el sacrificio, a la misma hora. —mencionó el segundo.
—Solo así tendrás todas las respuestas que buscas. — Completó el tercero. —Te esperaremos con ansias, joven lobo.
—Buena suerte. — Mencionaron los tres.
—El tiempo corre ya. — Advirtió el primero, para desaparecer en la oscuridad junto a sus hermanos, dejando al lobo solo en la penumbra, permitiendo que su lado humano tome el control de su cuerpo nuevamente.
Aún herido, sin ganas de dejar pasar más tiempo del necesario, se vistió y salió de la cueva con dirección a su hogar. No había tiempo para refugiarse de la lluvia y sanar, necesitaba cumplir la petición de los hermanos, y debía apurarse.
Su territorio no estaba lejos del pueblo en el que se encontraba. Era un pueblo vecino muy acogedor y para su fortuna tenía mucha familia ahí.
Hermanos y hermanas, primos y tíos. Casi todos tenían cachorros jóvenes. Ahora solo debería decidir a quién elegiría para el sacrificio. Tenía todo el viaje para pensarlo.
Ya no volvería a permitir que nadie más lo humille, nadie más le diría débil o vergüenza de alfa. Si ese era el precio que debía pagar para recuperar su destino y su orgullo, que así fuera. Cometería ese y más pecados para mostrar su valía a los hijos de la Luna.
——————
La noche se acercaba, y una muestra de ello fue que el castigo volvió a manifestarse en el cuerpo de las chicas.
Lyssandra se encontraba leyendo tranquilamente, cuando punzadas en sus huesos se hicieron presentes obligándola a caer al piso. Erza por su parte se encontraba en su cama viendo una película cuando el dolor le llegó de golpe.
Aquello que experimentaban era parecido a romperse algunos huesos, acompañado de una sensación constante de fuertes golpes en el estómago. Las lágrimas bajaban por los rostros de ambas quienes recorrían a rastras el piso, buscándose en medio de tanto sufrimiento.
La alfa se había lanzado de la cama hacia el suelo para alcanzar a su pareja. Por más dolor que sintiera, no dejaría que lo pasara sola. Si por ella fuera, desearía sentir el dolor de ambas, no soportaba verla sufrir de esa manera. Con esfuerzo ambas tomaron la mano de la otra e igual que en el patio, apretaron fuertemente sus manos brindándose el apoyo que necesitaban.
Gritos desgarradores se escuchaban por los pasillos, alertando a una de las estudiantes que pasaba por ahí, dirigiéndose rápidamente hacia la habitación.
—¡Erza! —gritó Lyra abriendo fuertemente la puerta. —¿Qué les está pasando? —preguntó a sus amigas, no podía ver ninguna herida o signos de violencia que les hiciera gritar y retorcerse de ese modo.
Debía buscar ayuda. La rubia entre gritos le dijo que buscara a la directora y le avisara de su situación. Lyra asintió y fue corriendo a la dirección, mientras ambas chicas se aferraban, esta vez más cerca de un abrazo llamándose entre lágrimas y dolor.
—¡Directora! — Entró desesperada a la dirección. —¡Ayuda por favor! Debe acompañarme.
Zyla saltó rápido de su escritorio y se dejó guiar por la joven. Vio pasar un profesor y sabiendo a dónde se dirigían le comunicó que llevara a una enfermera a tal habitación con calmantes. El profesor se alejó corriendo en busca de la enfermera.
Ambas mujeres entraron a la habitación y observaron a las chicas abrazadas, siendo el refugio de la otra, compartiendo un mismo sufrimiento.
—¿Qué les pasa, directora? —preguntó con urgencia, se notaba el sufrimiento en sus amigas y le ocasionaba un malestar el verlas así.
La directora compartió la información del castigo, indicándole que no hablara con nadie más sobre el tema, y que, si fuera posible, esté al pendiente de ellas por si necesitaban ayuda otra vez. Ella aceptó, recordando la conversación que tuvo con Erza días antes y sintiéndose un poco culpable por haber inconscientemente forzado a marcar a la omega.
—Les colocaré un calmante para aliviar un poco el dolor, no puedo administrarles más, ya que sería peligroso usarlos de forma constante o en grandes cantidades. Directora, con el tiempo no podré brindarles ayuda, deberán soportar el dolor por sí mismas.
La enfermera les colocó el calmante y, una vez que hizo efecto, las acomodaron en la cama de la pelinegra, sabían que debían permanecer juntas para calmarse. Zyla sentía mucho pesar por ellas y esperaba que hubieran tomado una buena decisión para librarse del castigo de la Luna.
Solo esperaba que si decidían acabar con sus destinados, no se quedara solo en posible solución, o si no, nada hubiera valido la pena.
Después de diez minutos de sufrimiento, el dolor cesó y sin importarle su propio estado, la alfa reforzó su abrazo, calmando a su amada con ligeros cariños y besos, dejando que su aroma la cubra por completo para relajarla. Su dolor corporal no era nada comparado con la aflicción de su corazón al verla sufrir de esa manera y no poder hacer nada para protegerla.
La marca comenzó a brillar nuevamente, ocasionando que vuelva a perder la conexión con su alfa. Sentía sus abrazos y los besos, pero todo lo percibía vacío. El lazo bloqueado dejaba un hueco en su corazón.
Zyla se acercó a ellas, paciente, esperando que estén calmadas para poder comunicarles que los estudiantes ya no se encontraban en la academia y que ahora su amiga estaría pendiente de ellas.
Erza gruñó enojada. No podía permitir que su única oportunidad de librarse de aquel castigo desapareciera.
Tendría que pedirles ayuda a sus hermanos para poder encontrarlos. La decisión ya había sido tomada. Ellos debían morir.
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