Capítulo 3 de 4
Hola gente! Andamos aquí publicando una historia que no para de darme vueltas por la cabeza desde hace unos siglos jaja...
⭐ Ojalá les guste ⭐
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El trayecto de regreso al hotel fue un espejismo de normalidad.
Las luces cálidas de los faroles comenzaban a encenderse una a una, derramando tonos ámbar sobre las calles empedradas. Los negocios seguían abiertos, los meseros acomodaban sillas al aire libre, y el murmullo constante del pueblo seguía en el ambiente como si nada se hubiera quebrado minutos atrás.
El aroma a sal, junto con el café recién colado y el pan dulce los envolvía en una rutina ajena, ofensiva.
Para el resto del mundo, la tarde había terminado como cualquier otra.
Para ellos, no.
El muchacho caminaba arrastrando las sandalias. Con el brazo de Sara entrelazado al suyo. Sus dedos se aferraban a él con una fuerza firme y a la vez, temblorosa.
Sentía ese agarre como una cadena que le impedía correr.
Quería ir solo. Quería adelantarse, regresar al bosque y buscar a su hija. Pero ella no se lo permitió y no pensaba soltarlo. Sabía que, si lo hacía, ya no podría alcanzarlo. Lo conocía demasiado bien y, en ese momento, le molestaba.
No tenía de otra más que suspirar, resignado. Atado a ella.
Entonces avanzaban juntos, pero todo en él iba en dirección contraria. Cada risa que pasaba a su lado, cada conversación trivial de quienes no habían perdido nada, le raspaba los nervios como la arena húmeda de hace un rato.
Amelia no estaba.
Y el mundo seguía avanzando.
Ese vacío caminaba con ellos, ocupando el espacio que antes llenaban risas, preguntas absurdas y pasos cortos que corrían de un lado a otro señalando cualquier cosa. Cada paso era una condena lenta, angustiante. Cada metro recorrido, una confirmación insoportable.
Luis mantenía la vista al frente, apretando los dientes. No confiaba en su voz. Sentía que, si hablaba, algo dentro de él terminaría de romperse. Metió la mano en el bolsillo del bañador y rozó el celular.
Marco.
El nombre apareció en su mente con una claridad incómoda.
Podía llamar. Debería llamar. Marco siempre sabía qué hacer en escenarios imposibles. Siempre tenía una respuesta, una orden, un camino que seguir incluso cuando todo parecía perdido.
Su pulgar se detuvo a milímetros de desbloquear la pantalla.
Pero en cuanto la idea tomó forma, algo se le estrujó en el pecho.
No le temía al hombre, de hecho, confiaba en él. Pero pensar en la mirada que lo esperaría del otro lado le apretó también el estómago. Temía aquella mirada expectante. Marco nunca necesitó alzar la voz para expresar decepción. Bastaba con ese gesto leve, esa pausa antes de hablar, un breve silencio para que Luis entendiera que había fallado.
«Si no puedes cargar con tu propia arma, no entres en la guerra».
La frase volvió a él como una sentencia arrastrada desde los años de entrenamiento. Nunca había sido un insulto, más bien, era una verdad brutal que Marco usaba como filtro: o estabas listo, o no pertenecías allí.
Luis apretó el teléfono hasta que el borde de la carcasa se le clavó en la palma.
Ya no se sentía listo para nada.
Guardó el celular con un gesto brusco. No iba a llamar. No todavía. Temió sonar desesperado. Temió sonar roto. Temió confirmar aquello que él mismo ya sospechaba: que no era el hombre que Marco había entrenado.
Echó un vistazo a Sara.
Ella caminaba a su lado con la mirada baja, los labios apretados, conteniendo algo que él no lograba leer. No decía nada, ni siquiera parecía prestar atención a su alrededor. Sin embargo, su postura estaba rígida, alerta, como si su cuerpo supiera que aún no estaban a salvo.
Luis apartó la mirada. Había demasiadas preguntas acumulándosele en su interior. Demasiadas imágenes que no encajaban. Demasiadas certezas que tenían rato tambaleando.
El hotel apareció al final de la calle como un refugio falso. Una fachada iluminada, música suave filtrándose desde el interior, risas apagadas provenientes del bar. Un lugar diseñado para el descanso, para la idea de seguridad.
Nada de eso era real para él ahora.
Cruzaron el vestíbulo como almas en pena. El recepcionista les dedicó una sonrisa automática que ninguno se molestó en devolver. Subieron las escaleras. Cada escalón resonaba demasiado fuerte, el silencio amplificaba cualquier sonido.
Al llegar a la habitación, Luis cerró la puerta con lentitud, pero el clic del seguro hizo un eco incómodo por toda la habitación, y el silencio que siguió fue tan denso que asfixiaba.
Permaneció de espaldas, con las manos apoyadas en la puerta, respirando hondo. Sabía que no había forma de evitarlo. Sabía que, una vez que hablara, nada volvería a ser igual.
Durante un segundo, ninguno de los dos se atrevió a hablar. El aire acondicionado zumbaba con suavidad, ajeno a todo, y desde la calle subía el eco lejano de la música y las risas de la gente disfrutando de la noche.
Sara caminó unos pasos hacia la cama, casi por reflejo. Se detuvo al escucharlo hablar.
—Sara…
Su tono salió áspero, quebrado, como si cada palabra hubiera atravesado vidrio antes de pronunciarse.
—¿Cómo es que tú…? —inspiró hondo, pero el aire no le fue suficiente. Intentó de nuevo.
—¿Cómo pudiste ver eso?
Ella cerró los ojos un instante.
—¿Por qué nunca me dijiste nada, Sara? —continuó él, ahora más rápido—. ¿Por qué nunca me dijiste que tú tambi—
Las palabras se le deshicieron en la boca. Sintió que la cabeza le iba a explotar.
Nada de lo que había vivido encajaba. Los recuerdos fragmentados flotaban sin orden: imágenes sueltas, sensaciones físicas sin contexto, voces que reconocía pero que no podía ubicar. Era como intentar armar una vida con piezas que no le pertenecían.
Las preguntas salían atropelladas, desordenadas, afiladas. Cada una le cortaba por dentro.
Y ahora ella. Su esposa. La mujer que creía completamente ajena a ese mundo. La persona que representaba la vida normal que había intentado construir con tanto esfuerzo... Ahora resultaba que había visto lo mismo que él.
Sara sostuvo el silencio con el pecho apretado. Temía que él no estuviera listo para escuchar las respuestas. Tenía miedo de romperlo más de lo que ya estaba.
Víctor había sido claro. Cruelmente claro. Le había sugerido que mantuviera el secreto, que aprovechara la oportunidad de tener la vida normal que ambos habían deseado durante años. Pero también le había advertido que ese momento llegaría. Que Luis iba a notar las grietas. Que haría preguntas. Y que exigiría respuestas.
Pero no quería que fuera así. No ahora.
No con Amelia desaparecida.
—Lo siento… —susurró por fin.
Su voz salió frágil, pastosa. Los ojos se le humedecieron, pero no dejó que las lágrimas cayeran. No sabía por dónde empezar y las manos le temblaron.
—Sé que no recuerdas nada —continuó, dando un paso hacia él—. Sé que para ti todo esto es… confuso. Pero yo estuve contigo, Luis. Desde el principio.
Él apretó los dientes.
—No. No me digas eso, Sara —murmuró—. No… así.
Sara se detuvo, buscando un lugar donde esconder sus manos.
—Escucha: lo importante ahora es salvar a nuestra hija —añadió ella, casi suplicante—. Amelia es lo único que importa.
Luis dejó escapar una risa.
—Sí… pero, ¿cuándo pensabas decírmelo? —preguntó, sin mirarla—. ¿Cuánto tiempo más ibas a seguir fingiendo que yo estaba solo en esto?
Finalmente alzó la mirada, con los ojos vidriosos. Conteniendo la presión que sentía en el pecho.
—¿Cuánto me estás ocultando?
Sara sostuvo su mirada. No esquivó la pregunta.
—Lo necesario para que no te rompas.
Sus ojos hablaron por ella más que cualquier palabra. Había culpa allí. Protección. Miedo.
El corazón se le deshizo por un segundo. Otra vez ese maldito muro dentro de su cabeza. Esa sensación de estar incompleto. De no ser dueño de su propia historia.
Apartó la mirada, incapaz de sostenerla por más tiempo. Todo dentro de él era un caos. Rabia, porque había sido engañado. Miedo, porque ya no confiaba en su memoria. Impotencia, porque Amelia estaba en manos de algo que conocía demasiado bien.
Quería gritar, exigir todo. Pero empezó a sentirse mareado y no lo hizo. Porque en el fondo, una parte de él ya sabía la respuesta. Y esa certeza silenciosa era más aterradora que cualquier monstruo.
«Amelia está allá afuera. En las garras de un monstruo», ese pensamiento era un ancla y una herida al mismo tiempo. Cada vez que se asomaba ese instante, arrastraba todo lo demás con él.
Sara se acercó despacio. Esperó un momento antes de tocarlo. Le preocupaba que un gesto mal calculado pudiera hacerlo retroceder. Cuando finalmente tomó sus manos, lo hizo con cuidado y buscó aquellos ojos que se empeñaban en mirar un rincón detrás de sus hombros.
—Por favor… —dijo en voz baja—. Confía en mí.
Luis volvió toda su atención hacia su mujer. Había tantas cosas en ese rostro que reconocía sin esfuerzo: la curva familiar de sus labios, la forma en que fruncía apenas el ceño cuando estaba tensa, el modo en que sus dedos buscaban los suyos incluso ahora.
Y, aun así, había espacios vacíos. Muchos espacios ni siquiera tenían sentido.
—Todo esto —continuó ella—, lo que estás sintiendo, lo que no entiendes… te lo explicaré. Te lo prometo.
El muchacho se tragó la incertidumbre.
—Pero Amelia nos necesita ahora —le recordó—. No después. No cuando todo esté más claro.
Él cerró los ojos un instante, respirando hondo. Contando hasta tres para calmar la rabia y contener el vértigo. Cuando los abrió de nuevo, la observó con una atención distinta. Intentando memorizar cada detalle a la fuerza.
—Yo… —empezó, y se detuvo para suspirar—. Hay cosas de ti que recuerdo. Otras no.
Sara permaneció firme. Cada vez que su esposo vacilaba, pensando en si lo que creía saber era cierto o no, la llenaba de incertidumbre.
—Lo sé.
—Recuerdo cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta —dijo despacio—. Recuerdo tu voz cuando dices mi nombre. Recuerdo que confío en ti.
Hizo una pausa. Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los de ella.
—Pero no recuerdo cuando empezamos a ser nosotros. No recuerdo cómo entraste en mi vida… ni qué parte de mí dejé en tus manos.
Aquello fue lo que más dolió decir. Sara lo sintió, y aún así no se movió. No soltó sus manos.
—No es porque no haya pasado —susurró, no tenía otra explicación más que repetir lo que ya sabía—. Es porque algo en tu cabeza decidió guardarlo. Para protegerte, quizás.
Luis sacudió la cabeza lentamente, y respiró con fuerza.
—No se siente como protección —admitió—. Se siente como si me hubieran arrancado páginas enteras.
Hizo el gesto con sus manos y apretó los dientes. La frustración iba a desbordarlo asi que finalmente bajó la mirada, necesitaba recordar por qué se estaba conteniendo. Ella permaneció callada, dándole espacio con su silencio.
—Está bien —concluyó Luis en voz baja—. No ahora.
Sara exhaló con cuidado, no se había permitido respirar hasta ese momento.
—Pero cuando tengamos a nuestra hija de vuelta… —continuó él, la miró directo y arrugó la nariz—. Por favor, no más secretos, Sara. Ni siquiera si crees que me estás protegiendo.
Ella asintió, acariciando esas manos en las que ya se marcaban las venas.
—Te las diré —respondió sin titubear—. Cada respuesta a cada una de tus preguntas.
Él sostuvo su mirada unos segundos más, atrapado entre la duda y la esperanza. No quería dudar de ella. Pero confiar también era un riesgo. Y, aun así, lo haría. Estaba dispuesto a intentarlo de nuevo.
Le confirmó apretando sus manos contra las suyas.
Entonces, Sara devolvió el apretón antes de girarse, y se agachó frente a una maleta. Apartó la ropa hasta que extrajo una caja rígida que había permanecido oculta en el fondo.
Al abrirla, el pasado que Luis había dado por terminado regresó de golpe.
Dentro había objetos que reconoció de inmediato: navajas de filo tratado, vendajes regenerativos esterilizados y sellados al vacío, piezas de armamento con diseños que solo un cazador podía identificar sin pensarlo. Eran herramientas. Familiares. Reales.
Luis sabía exactamente quién era él; pero había olvidado con quién había sido.
La Sociedad lo había dado de baja. Oficialmente. Definitivamente. Aquella vida se suponía que había terminado, y él había aceptado esa sentencia con algo parecido al alivio. No más órdenes, no más protocolos, no más monstruos. Creyó que sería una salida limpia. Quería dejar de arrastrar a otros junto con él. Sara tomó una de las pistolas y una navaja pequeña, compacta, y sin más, se las ofreció.
—Ten. Usaremos esto para defendernos.
Luis sostuvo el arma con manos que apenas sentía. El peso del metal le resultó frío y extraño, como una condena que había aprendido a cargar demasiado bien desde su adolescencia. Su cuerpo y su mente reconocían cada detalle: el equilibrio, el seguro, la textura del grip. Lo que seguía sin encajar era Sara.
De hecho, nada de aquello encajaba con la vida normal que él creía que ella había llevado desde que se conocieron. Y, aun así, la naturalidad con la que ella se movía entre ese equipo le erizaba la piel.
Ella abrió otra maleta y sacó lo indispensable: pantalones cómodos, camisetas neutras, tenis resistentes, un cinturón ancho y un par de rompevientos. Nada que llamara la atención. Nada que delatara lo que estaban a punto de hacer.
Luis dejó el arma un segundo sobre la cama. El contraste entre el metal y las sábanas coloridas le revolvió el estómago. Ese inocente choque era toda su vida entera: la ilusión de normalidad enfrentándose a algo que nunca había dejado de existir.
—No tenemos nuestras gabardinas —dijo Sara, entregándole un rompevientos anaranjado—, pero esto servirá.
«¿Nuestras?»
Mientras ella se recogía el cabello en una coleta firme, algunos mechones escaparon y cayeron sobre su rostro. Luis la observó en silencio. Cada gesto, cada movimiento concentrado, le gritaba que ella no era solo una civil arrastrada a la violencia. Daba la impresión de ser alguien que sabía exactamente dónde estaba parada.
Tal vez era verdad que había estado con él, desde el principio.
Luis se puso los jeans, la camiseta gris y el rompevientos arrugado. No era un uniforme, pero la sensación fue la misma.
Ajustó el cinturón que Sara le pasó, lleno de fundas ocultas para acceso rápido. De la caja tomó una bolsa con suplementos médicos, pequeños explosivos, la navaja y volvió a asegurar la pistola una vez más. Por si acaso.
Sara hizo lo mismo. Aseguró un par de cuchillos discretos a la altura de los tenis y ocultó otra arma en la espalda, bajo la tela.
Se miraron un segundo, evaluándose sin palabras. Aquello se sintió como un antiguo ritual; esa sincronía peligrosa que los unía a algo que, de una forma u otra, ambos habían intentado enterrar.
Nadie está listo cuando la vida decide llamar. No espera a que estés completo, ni a que entiendas quién eres ahora.
Simplemente llega… y exige una respuesta.
Los monstruos tampoco esperan. No preguntan si puedes hacerlo, ni si recuerdas cómo enfrentarlos. Llegan cuando quieren. Y al final, solo queda una decisión: huir… o avanzar.
Luis lo supo, incluso con el miedo clavado en el pecho. No había otra opción. No podía dudar ahora.
—¿Lista? —preguntó mientras se ajustaba nuevamente el arma en la funda.
Él no lo estaba.
De hecho, se sentía un manojo de nervios, torpe, incompleto. Pero, aun así, le pareció correcto preguntarle a ella. Sara levantó la vista y lo sostuvo con el mismo optimismo que usaba a pesar de que todo ardía a su alrededor.
—Siempre.
Luis contuvo un suspiro. Esa respuesta le resultó familiar, como una frase dicha antes de cruzar demasiadas puertas.
Puertas de las que no siempre se regresaba igual. De las que no sabía si iba a volver.
No recordó cuándo la había escuchado antes. Solo supo que era la primera vez que él no la recordaba.
Salieron de la habitación sin mirar atrás. La puerta se cerró, dejando dentro el último vestigio de la vida que había intentado construir.
🔶🔸 Fin del capítulo 2 🔸🔶
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