Capítulo 2 de 4
Hola gente!
Bienvenidos a esta nueva historia. Como siempre suelo decir: "comentarios o quejas, siempre son bienvenidas"!
Disfruten de una emocionante aventura. 🫂
🔶🔸🔶🔸🔶🔸🔶🔸🔶🔸🔶
Todo debería sentirse normal. Un viaje, unas vacaciones, una oportunidad para calmar su mente.
Solo un padre llevando a su esposa y a su hija a unas vacaciones en la playa. Sin más, ni menos.
Luis se inclinó sobre la maleta, intentando enfocar sus pensamientos en la ropa, el sol, los cócteles de frutas y el ardor del agua salada en los ojos.
Entonces ocurrió de nuevo.
El zumbido agudo y constante regresó como un cuchillazo en la sien. Primero como un destello blanco, luego fue un aroma a químicos tan fuertes que le calaron hasta la garganta. El muchacho tenía los ojos abiertos, fijos en la maleta a medio llenar que había sobre la cama.
Por un segundo, la habitación dejó de ser un cuarto cálido y se convirtió en un lugar oscuro, húmedo y frío. El aire se impregnó de humedad y carne rancia. Luces borrosas cruzaron por su mente, seguidas de agujas y correas que apretaban sus muñecas cada vez que las retorcía.
Después llegó el dolor, subiendo como fuego líquido desde la espalda. Las manos empezaron a temblar con fuerza y se cerraron en un puño.
Se tambaleó hacia atrás, jadeando. Parpadeó otra vez, y el mundo volvió a la normalidad. El dolor desapareció por completo. Frente a él solo estaba la maleta abierta, esperando que terminara con su tarea, como si nada hubiera ocurrido.
Respiró hondo. La presión en las muñecas seguía presente, aunque no hubiera nada sobre su piel.
Se llevó una mano al pecho, notando la camiseta pegada a su cuerpo por el sudor frío. El corazón le latía demasiado rápido.
No era la primera vez que algo así ocurría. Las pesadillas estando despierto se volvían más comunes de lo que podría admitir.
El teléfono vibró sobre la mesa, sacándolo de esa micro pesadilla con un sobresalto. Lo tomó despacio al ver que era un mensaje de Marco:
Luis, no desaparezcas.
Reporta si necesitas algo, ¿estás bien?
Se quedó mirando el mensaje unos segundos, con los dedos inmóviles sobre la pantalla. Hasta que esta se suspendió y luego, él mismo se rió solo.
—Claro, jefe. Solo se me desmorona el orgullo, pero usted tranquilo —murmuró con amargura.
Abrió el mensaje. Escribió: “Estoy bien”.
Dejó el pulgar detenido sobre el botón de enviar y... borró el mensaje. Quiso escribir otra cosa, pero cualquier opción en la que pensaba le parecía una verdad engañosa.
No podía hacer eso.
Dejó que el teléfono saltara sobre el colchón y la pantalla permaneció encendida mostrando el chat de Marco con mensajes que solo había leído, pero no se había atrevido a responder.
El muchacho desvió la mirada, volviendo a doblar la ropa para colocarla en la maleta.
A veces, la tentación de volver a ser un cazador de monstruos era abrumadora. Extrañaba la adrenalina que solo el peligro podía ofrecerle. Pero lo habían expulsado por su incapacidad en combate. O eso decían.
Intentó hacer que las palabras de su ex jefe no siguieran dando vueltas por su cabeza.
«¿A quién intentas engañar?», pensó.
Ahora, su familia era su prioridad. No más batallas contra monstruos. No más armas. No más miradas retadoras a la muerte.
Luis dobló la pequeña camiseta de Amelia, la colocó cuidadosamente dentro de la maleta rosa y la cerró.
Miró sus manos temblorosas. Esas manos que alguna vez sostuvieron armas con precisión letal y hoy, apenas podían sostener una camiseta pequeña sin sudar.
Suspiró y siguió empacando ahora sus cosas personales. Sabía viajar ligero; apenas con lo mínimo indispensable. Así había vivido desde niño, cuando viajaba con sus padres en aquella casa rodante.
Luego, así lo habían entrenado; los cazadores siempre viajaban de esa forma.
Su maleta naranja parecía insignificante junto a las tres enormes maletas de Sara y Amelia. Siempre le sorprendía cómo podían llevar tantas cosas para un simple fin de semana. El resto podían comprarlo o lo encontrarían en el hotel.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de risas que le sacaron un susto. No había puesto atención a su alrededor.
—¡Papá! —gritó Amelia, corriendo hacia él con un gorro de sol en las manos.
Luis se agachó para recibir todo el impacto de su hija contra su pecho.
—¡Mira, papi! ¡Tiene orejas!
La pequeña se ajustó el sombrero señalando con sus manos las orejas de oso que tenía. Él sonrió, tomó impulso para levantar a su hija en brazos y se permitió, por un momento, olvidar.
—¿Dónde está mamá? —preguntó, dándole un beso en la frente.
—Pidiendo el otro taxi —respondió ella, intentando colocarle el sombrero entre su cabello alborotado, buscaba encajarlo, pero le quedaba pequeño.
Sara entró minutos después, con unas gafas oscuras sobre su cabello castaño. Llevaba entre los brazos demasiadas bolsas que cargaba con una facilidad increíble.
«Dios… es más fuerte que yo», pensó, inflando el pecho de orgullo.
—¡Sobrevivimos al centro comercial! —anunció, dejando todas las bolsas junto a la cama—. No sabes lo que es pelear por el último flotador de pato.
Luis arqueó una ceja. Esa palabra —pelear—, se quedó rebotando en su cabeza más de lo normal. Había cosas que no terminaban de encajar con la idea de una vida tranquila que se esforzaba en llevar.
—Bueno, parece que ganaron —dijo el muchacho forzando una sonrisa, pero sin querer, sus ojos se desviaron hacia su celular que seguía en la cama.
Sara lo notó, pero se acercó hasta plantarle un beso rápido.
—¿Malas noticias… o viejos con costumbres viejas? —bromeó con una media sonrisa, fingiendo curiosidad.
Luis exhaló una sonrisa y negó rápido con la intención de desvanecer los pensamientos que lo atormentaban.
—Nada importante. ¿Listas para el aeropuerto?
—¡Sí! ¿Llevas mi osito de peluche? —interrumpió Amelia, escurriéndose de sus brazos.
Corrió hacia su maleta y la abrió como si fuera lo más urgente del mundo. La inocencia de su hija era el único lugar donde su mente se permitía descansar. Por ella y por Sara, haría cualquier cosa por mantener esa calma.
La escena le parecía tan... perfecta. Casi demasiado perfecta para alguien que alguna vez vivió con el dedo en el gatillo.
Sara lo miró un segundo más, y Luis notó el leve apretón de su mandíbula. Había cosas de las que nunca hablaban, como el tiempo que transcurrió cuando se vio obligado a dejar su trabajo luego del incidente. No recordaba a Sara antes de todo eso, había vacíos, huecos que no podía llenar, y cada vez que lo intentaba, dolía.
Ella se giró hacia Amelia, y entre las dos retomaron la emoción por piscinas, helados y castillos de arena.
Una vez listos, salieron hacia el taxi que los esperaba. La brisa fría de la tarde en su ciudad les golpeó el rostro; iba a extrañar el frío reconfortante en vez del calor bochornoso del mar.
Le tenía cierto resentimiento al mar. Le traía recuerdos de cuando era un novato buscando una región a la cual adaptarse. El océano lo había escupido vivo, dejándole claro que ese jamás sería su lugar.
«Vacaciones, Luis... vacaciones», suspiró.
El taxista —un hombre bajo, con el cabello alborotado y un pants disparejo—, lo miraba con impaciencia mientras entre los dos subían las maletas y bolsas que apenas cabían en el maletero. Luis intentó ignorarlo, pero el hombre tenía una forma incómoda de observar, por momentos parecía capaz de perforarle la nuca con los ojos.
Las manos le sudaron y sin querer, se le resbaló una maleta. Al agacharse a recogerla, un mareo lo golpeó tan fuerte que la dejó caer de nuevo, se abrió y algunas cosas rodaron por la banqueta.
No era débil, solo... estaba algo mareado.
—Tranquilo, hombre… —retumbó la voz de su archivista en la memoria—. Son secuelas de tu coma.
La frase llegó acompañada de aquel olor mentolado que se solía impregnar en la ropa cada vez que Víctor estaba cerca. Podía recordarlo recargado contra la camilla, con el cigarro apagado colgando del labio y esa sonrisa socarrona.
—Bebe esto, niño. O desmáyate como los débiles, tú eliges —había dicho Víctor mientras lo obligaba a beber un brebaje verdoso que ardía peor que el aroma.
—No pongas esa cara. De por sí ya empiezas a parecerte a Marco; será más evidente antes de que te des cuenta.
Luis tragó en seco. Su cuerpo debía adaptarse a su nueva realidad, pero parecía volverse más débil con cada día que pasaba. A veces recuperaba fuerza y entusiasmo; otras, le temblaban las manos por cualquier cosa.
Quizá debería ir al médico en vez de estar tomando brebajes de dudosa procedencia que Víctor insistía en llamar “medicinas”.
El muchacho se apresuró a guardar todo de nuevo y cerró la maleta. Apretó los dientes al incorporarse despacio, esperando que el vértigo cediera. Todavía sentía los ojos del taxista, evaluando cada torpeza que cometía. Apenas colocó la maleta junto a las otras y alejó las manos cuando la puerta del maletero se cerró de golpe.
Luis subió al taxi en el asiento del copiloto y trató de hundirse en el sillón. Abrió la ventana. Necesitaba aire. Mucho aire.
El avión llegó la madrugada siguiente, después de volar toda la noche, ahora estaban en su destino: un pequeño pueblo costero de aspecto prometedor, con una playa amplia, calles empedradas, casas coloridas y un constante aroma a mango y café. Un paraíso pintoresco lleno de encanto y promesas de tranquilidad.
Cuando terminó de subir las maletas y las bolsas a la habitación en el primer piso, su cuerpo no daba para más. Se dejó caer con pesadez sobre la cama.
El colchón era duro y rechinaba al menor movimiento, pero para él se sintió como flotar entre nubes suaves y esponjosas.
Aprovechando que Sara y Amelia se habían quedado en el área de juegos, cerró los ojos un minuto.
Solo un minuto.
Trató de concentrarse en regular su respiración. Ya no se sentía en plena forma como cuando era un cazador de monstruos, cuando aún era ágil, rápido, valiente. Eso lo frustraba.
Seguía siendo joven, claro. Y fuerte, a veces.
Pero hacía tiempo que sentía que algo dentro de él estaba mal; que algo había cambiado luego de despertar del coma.
En segundos, ese breve descanso se transformó en una trampa.
Su corazón, en vez de acompasarse, comenzó a latir cada vez más fuerte. Cada golpe resonaba en sus oídos con un ritmo inquietante. Su garganta se cerró poco a poco, y un nudo incómodo empezó a asfixiarlo.
Un escalofrío le erizó la piel.
El clic fue leve. Pero en su cabeza sonó como el pestillo de una compuerta cerrándose. Luego vino el zumbido bajo, constante, que se expandió por la habitación como un enjambre eléctrico. El aire acondicionado acababa de encenderse.
Abrió los ojos de golpe. Su corazón martilleaba, cada latido retumbando en su cráneo como una alarma. El zumbido no era por el aire frío. Era de una máquina. El preludio antes del dolor.
En un instante, saltó de la cama. Tembloroso y con los ojos calientes, con la mano cerrada en torno a las llaves, los bordes clavándose en su piel, pero estaba listo. Listo y preparado, con un arma improvisada.
¿Para qué?
Por un momento, dudó. Algo en esa pesadilla parecía demasiado físico, demasiado real. Pero se obligó a creer que eran solo secuelas, como estaba escrito en el informe de La Sociedad: estrés postraumático.
Se repitió ese concepto hasta que sonó convincente. Pero no.
—¿Amor? ¿Qué pasa?
La voz de Sara lo hizo volver. Ella estaba al borde de la cama con el cabello ligeramente húmedo por el calor, Amelia dormía entre sus brazos.
La muchacha lo miraba con calma, sabía que él nunca les haría daño. Luis bajó la vista. Respiraba como si hubiera huido de algo durante kilómetros.
—Una pesadilla —masculló, aunque ni siquiera estaba seguro de qué había pasado.
Sara dejó a su hija en la cama de al lado, la arropó con cuidado y luego se sentó junto a él, posando la mano sobre la suya para calmar el temblor.
—Es normal después de lo que te pasó, cariño —susurró con esa suavidad que lo sostenía cuando todo lo demás fallaba—. Y tranquilo, no me asustas tan fácil.
Luis suspiró ante la sonrisa de su esposa. Aflojó las llaves que cayeron sobre la colcha con un leve tintineo. Pero el zumbido seguía allí, constante, esperando el momento exacto para volver a arrastrarlo hacia ese lugar oscuro que visitaba cada vez más seguido.
—Perdón, amor —se disculpó con la voz seca—. Prometí ser normal. Ya sabes… olvidar todo ese rollo militar. Por ti, por nuestra hija.
Siempre le había mentido sobre ser un militar en vez de ser un cazador de monstruos, cambiando bestias por balas. Al final, ¿cuál era la diferencia?
Miró a la pequeña dormir, tan tranquila, tan ajena a su oscuridad, y suspiró.
—Pero creo que la normalidad no es para mí —añadió.
Ella se mantuvo en silencio, escuchando. Sabía que necesitaba hablar, entonces solo se acomodó a su lado. Más cerca.
—Llevo cuatro meses sin armas, sin batallas —divagó, dejándose caer de nuevo en la cama—. ¿Por qué sigo sintiendo que sigo peleando?
Sara apartó los rizos rebeldes de su frente con un gesto suave.
—Tu mente solo intenta protegerte. Lo importante es que estás aquí, con nosotras —explicó, rozando su mejilla con la yema de los dedos—. Me gusta la vida tranquila que llevamos hasta ahora. No necesito nada más. De hecho… no quiero nada más.
Sin más comentarios, ella se recostó sobre la cama y Luis se acurrucó a su lado. Aún tenían tiempo de descanso antes de salir a la aventura en cuanto saliera el sol.
Unas horas más tarde, una vez que la mañana los recibió con entusiasmo, los tres salieron a buscar algo para desayunar y comenzaron a recorrer las calles empedradas del pueblo, intrigados por descubrir más sobre su encanto.
El aroma a pan recién horneado y la risa de los pueblerinos flotaban en el aire, dándole al lugar una calidez turística. Había papalotes de colores surcando el cielo, globos gigantes flotando entre las calles y burbujas danzando con el viento, reflejando arcoíris breves bajo la luz del sol antes de explotar.
Se tomaron fotografías en cada rincón que a Sara le parecía hermoso. Buscaba la iluminación perfecta, los ángulos correctos; si algo estaba un centímetro fuera de lugar, ella misma se esmeraba en alinearlo.
Amelia iba sentada sobre los hombros de su padre. Era la única forma de mantenerla cerca o se iría corriendo tras lo primero que encontrara llamativo. Él la sujetaba de las zapatillas para mantenerla estable sobre su cuerpo.
De pronto, Sara ahogó un gritito de sorpresa y se detuvo.
—Espérate, espérate. No te muevas —pidió, levantando su celular.
Luis obedeció y se quedó congelado a mitad de un paso con el equilibrio dudoso. La luz de la mañana le golpeaba el rostro y realzaba el tono dorado de sus ojos, algo que Sara siempre intentaba capturar en cuanto tenía oportunidad.
—Te ves bien con ese color de luz —comentó ella, mientras ajustaba unos centímetros su posición y acomodaba los pliegues de su ropa.
Amelia se inclinó hacia adelante para aparecer también en la foto, saludando a la cámara con una radiante sonrisa.
—¡Otra! ¡Otra foto, mami! —animó, rodeando con sus brazos la cabeza de su padre y aplastando suavemente sus rizos.
Luis se quejó, haciendo que Sara soltara una risa.
—Tienes demasiado cabello, amor. Un día de estos te lo voy a cortar dormido.
El muchacho bufó, pero se le escapó una sonrisa mientras acomodaba con cuidado a su hija para que no se resbalara. Sus hombros anchos cargaban a la niña como si no pesara nada, aunque él mismo seguía arrastrando ese cansancio interno que no desaparecía por completo. Aun así, mantenía aquella postura fuerte y firme, sabía que debía hacerlo, no solo por él, sino por ella. Para no fallarle.
—Pero a mí me gusta… —refunfuñó sonriendo.
Y aunque últimamente la cabeza se le hundía demasiado en pensamientos agobiantes, a pesar de todo, con ellas todavía podía permitirse momentos así: ser juguetón de vez en cuando y reírse por tonterías. Sus risas conseguían aliviarle el pecho, aunque fuera solo por un instante.
Fingió hacer un puchero mientras se acomodaba el flequillo aplastado, y Sara volvió a capturarlo en una brillante foto antes de que dejara de mirarlas así.
Un par de fotos después, Sara acomodó el teléfono entre las bolsas, programó el temporizador y corrió hacia ellos para apretujarse en una foto familiar. Quince segundos era mucho tiempo para discutir cómo acomodarse entre risas.
—Muévete un poquito a la derecha —pidió, dándole unos leves empujones.
Luis permaneció en su lugar, mirando cómo ella intentaba moverlo.
—Pero estoy a la derecha —dijo, reprimiendo una sonrisa.
—Tu otra derecha.
El joven parpadeó un par de veces.
—Ah… cierto. Perdón, perdón. Es que tengo cuatro derechas —resopló mientras se recorría hacia un lado.
—Menos, eso fue demasiado.
El muchacho alzó ambas manos, indignado. El tiempo se agotaba y todavía no encontraban una buena pose.
—Solo ponte donde estabas —indicó Sara, cruzando los brazos.
—Amor...
Ella soltó una risilla suave mientras se acomodaba el flequillo detrás de la oreja.
—No es mi culpa que no sepas posar.
—Estoy de pie… ¿Cómo se hace mal eso?
—Créeme, siempre encuentras la forma.
Amelia se tapó la boca para contener una risita, pero no pudo evitar soltar una carcajada pequeña y contagiosa.
Luis las observó: a su hija, feliz por una discusión que no significaba nada, y a su mujer, intentando contener la sonrisa mientras seguía empeñada en conseguir la fotografía perfecta.
Entonces, cuando el temporizador emitió los últimos pitidos, esbozó una gran sonrisa. Sin pensarlo, rodeó la cintura de Sara con un brazo y la atrajo hacia él.
—¿Qué haces...? —alcanzó a preguntar ella.
El muchacho no respondió; simplemente le plantó un beso en la mejilla justo cuando la cámara tomó la fotografía.
El destello congeló el momento para siempre: Amelia sonriendo desde los hombros de su padre, Sara atrapada entre la risa y la sorpresa, y él observándolas con ternura.
Parecía haber olvidado todo lo demás.
Caminaban por una plaza en el centro del pueblo. La joven compraba algunas cosas con una anciana que ofrecía souvenirs. Luis continuó caminando un poco para pasar el tiempo mientras ella decidía qué comprar. La pequeña sobre sus hombros, de vez en cuando se sostenía de sus cabellos, enredaba y definía sus rizos con sus deditos.
Hasta que señaló un animal sobre un árbol.
—¡Mira, papi! —Amelia colocó una mano sobre su cabeza para señalar con la otra, pero al hacerlo bajó aún más los rizos sobre su frente y no lo dejaba ver—. ¡Es un gato gordo! ¿No crees?
El muchacho se apartó el flequillo con una mano para mirar el callejón y la sonrisa desapareció.
El “gato” se erizó antes de escabullirse entre contenedores y cajas de basura. Alcanzó a ver una cola con espinas y un pelaje rugoso.
No, no era un gato.
Era un pequeño monstruo. Asustadizo e inofensivo.
Siempre lo descolocaba ver criaturas que no deberían existir en un entorno común, seguro. Pero, sobre todo, a veces le preocupaba que su hija pudiera notarlas.
Con frecuencia, los niños veían cosas. Cosas que no sabían nombrar, sombras que el mundo adulto ignoraba a pesar de convivir en el mismo espacio. La mayoría no entendía qué estaba mirando y, con el tiempo, simplemente dejaban de verlos.
En muchos, aquella habilidad desaparecía gradualmente al crecer. Se volvían parte de la gente común y seguían adelante con sus vidas sin siquiera recordar aquellos destellos extraños. Pero había casos en los que no se iba del todo. Esa habilidad se quedaba borrosa, intermitente. Y otros en los que despertaba a la fuerza.
La habilidad de Amelia era débil. Apenas un destello. Luis deseaba que se mantuviera de esa forma; sabía qué precio se pagaba cuando dejaba de serlo. Ya no era tan fácil volver atrás.
Él haría lo que fuera para que su niña nunca estuviera entre esos casos. Deseaba que nunca se desarrollara del todo. Si desaparecía, sería incluso muchísimo mejor.
—Si, hija. Es un gato gordo —confirmó con una risilla nerviosa.
Cerró los ojos un segundo para contener un suspiro. Había cosas que se heredaban sin querer.
Apretó un poco los tenis de Amelia, las pequeñas luces de las suelas parpadearon antes de volver a apagarse. La niña se rió y el muchacho se dio vuelta para regresar a la seguridad de la multitud.
Los monstruos no solían acercarse a zonas donde había gente. Eso no era una garantía, pero después de pasar años como cazador, había aprendido a apreciar cualquier ventaja que redujera las probabilidades.
Después de pasar casi todo el día en la frescura del agua del mar, decidieron ir al arenero cerca de un manglar que tenía un pequeño parque infantil con juegos seguros y a su medida. Amelia jugaba con otros niños en un rincón; sus risas se mezclaban con el bullicio del resto.
Mientras tanto, él descansaba recostado en una cama de redes bajo una sombrilla, agradeciendo un respiro del calor abrasador; pero se removía una y otra vez, por más que buscaba una mejor posición, el brazo —por alguna extraña razón— le estorbaba. Por un momento llegó a preguntarse si sería más cómodo dormir sin un brazo. Se rió.
Terminó observando a su alrededor. Entre los amigos, las familias y vendedores ambulantes, había personas que no encajaban completamente. No parecían ser locales, pero tampoco le daban la impresión de ser simples turistas.
Esa forma de caminar con los talones ligeramente hundidos y firmes sobre la arena, esa manera de mirar el horizonte con los ojos entornados; no eran actitudes de cualquier persona.
Podía ver a un par de muchachas, una fingía leer con un semblante serio, pero de vez en cuando, alzaba la vista para mirar alrededor; la otra escribía con prisa antes de que las ideas se las llevara la brisa. Un pescador izaba y ajustaba las redes una y otra vez; un salvavidas observaba el horizonte con sus binoculares sin realmente prestarle mucha atención a los nadadores.
Removió los pies en la arena fresca y un pequeño cangrejo emergió pinzando las tenazas. El muchacho contuvo un grito cuando el animal se alejó moviendo las tenazas sobre su cuerpo.
De la nada, recordó a su primer instructor caminando a su lado, firme y seguro mientras que a él se le hundían los pies cuando la arena se licuaba queriendo devorarlo.
El hombre llevaba el torso descubierto y un brazalete resistente en el brazo izquierdo. Sobre él, resaltaba el símbolo de un ancla rodeada por dos círculos perfectos que lo identificaban como un líder.
Recordaba las olas revolcándolo sin piedad. Rodar, tragar medio mar y salir escupiendo agua, arena y conchitas como si el océano hubiera decidido vivir dentro de él. La arena entraba en su boca, su nariz, y llegaba hasta sus pensamientos. Las olas lo golpearon quince veces, pero solo recordó claramente las primeras cinco antes de que lo dejaran girando como ropa en la lavadora.
«Ahora no…», pensó. Apretó los labios y los ojos un momento.
Cuando los abrió, volvió su atención hacia su hija que reía con otros niños. Le parecía curiosa la facilidad con la que podían hacer amigos, aunque fuera por un rato. Mientras ella estuviera bien, su incomodidad con la playa podía quedarse solo en eso, en recuerdos.
—Recoge tu orgullo, novato. Se ahogó por ahí, en la segunda ola —su instructor, con esa voz capaz de romper mares, volvió a filtrarse en su tranquilidad—. No eres para esto.
Suspiró. Le daba nostalgia el trabajo que le costó adaptarse a cada lugar, a cada bioma, buscando una zona dónde quedarse. De todos los instructores con los que había estado entrenando, de todos los lugares donde fue enviado; el bosque fue lo único que sintió suyo desde el primer día. A veces, le parecía una trágica ironía siendo que ahí lo perdió todo.
El sol comenzaba a caer, tiñendo el mar de un rojo espeso que le recordó cosas que no quería nombrar. Su mirada perdida, primero en un punto vago de la playa, terminó por concentrarse en su mujer. Su esposa.
Ella avanzaba hacia él con una bandeja de helados, con los pies descalzos y firmes contra la arena. Atrapó el sombrero que el viento le arrancó con una precisión que parecía ensayada. El movimiento fue limpio, rápido y bastante natural. Y bastante preciso.
Por un segundo, no vio el ligero vestido azul cielo ondeando bajo la brisa ni el bikini celeste adornado con flores blancas. En su lugar, la vio vestida con una camisa gris, con la caída pesada de una gabardina oscura, agitada por el mismo viento que solía acompañar el olor a pólvora y sangre.
Parpadeó, y la imagen se desvaneció.
—¿En qué piensas? —preguntó ella al llegar frente a él, con una suavidad despreocupada.
—En lo que daría por congelar este momento —mintió a medias, sin apartar la vista de sus ojos castaños, brillantes—. Y en lo hermosa que te ves siempre —coqueteó con una sonrisa suave.
Sara se sonrojó y le ofreció un vaso con su helado favorito: chicle de menta que ya comenzaba a derretirse.
Tomó el helado con cierta torpeza, sintiendo la humedad fría resbalar por su piel. Sus dedos rozaron los de Sara apenas un segundo, pero no fue suficiente para disipar la inquietud que lo invadía desde que salió de su casa. O, mejor dicho; desde que salió del hospital.
Ella se ajustó el vestido y se recostó en la silla de al lado. Después de acomodarse el cabello, buscó con la mirada a Amelia y relajó los hombros al encontrarla.
A su alrededor, las risas infantiles y el estallido de burbujas continuaban mezclándose con el ambiente cálido y salado que venía del mar.
Minutos después, el intenso sol comenzó a apagarse, pareció como si una nube densa y pesada cruzara por el cielo sin previo aviso.
Pero Luis sabía que no era una nube común. La extraña penumbra cubrió el parque y, de repente, los niños dejaron de correr. El bullicio alegre se desvaneció dejando un silencio inesperado.
Uno dejó escapar el hilo de su papalote y otro apretó un oso de peluche. Sus pequeños rostros se giraron al unísono hacia los árboles, con curiosidad y miedo.
Los adultos no percibieron nada. Seguían con sus sonrisas ajenas.
Algunos revisaban sus celulares, otros charlaban con demasiado entusiasmo con comida y bebidas en las manos.
Luis ya estaba de pie. Sara también. Tenía los ojos fijos en el mismo punto entre las hojas, con el cuerpo rígido, y las manos ligeramente tensas sobre el vaso casi vacío. Quizás era el instinto maternal, esa alerta que despierta en cualquier madre cuando siente que algo amenaza a su hijo.
Un rugido desgarrador rompió la calma, tan grave como un trueno. Retumbó en su pecho y le arañó los tímpanos con una vibración que casi lo hizo tirar el resto del helado.
Conocía demasiado bien ese tipo de rugidos. Eran esos que anunciaban el inicio de un ataque.
Los pequeños reaccionaron gritando y chillando con sus voces agudas. Corrieron hacia sus padres, tropezando, cayendo, con lágrimas rodando por sus mejillas. Los padres los abrazaban sin entender nada, sin haber oído el rugido ni percibir la amenaza que se aproximaba.
No todos podían verlo.
Sin embargo, un par de surfistas que caminaban por la orilla dejaron caer sus tablas y el pescador se quedó quieto. Los tres giraron hacia el sonido. Estaban tensos, alertas.
Entre los adultos, había muy pocos que compartían esa capacidad. O esa condena. Nunca supo bien cómo llamarla, pero para él siempre había sido una maldición.
Para La Sociedad, tenía un nombre sencillo y neutral: «La Visión». Una etiqueta que usaban para clasificar a quienes veían demasiado y justificar por qué solo los cazadores cargaban con ello.
Algo emergió de entre los árboles.
Un lobezno enorme, con la piel gris que palpitaba como carne viva y venas resplandecientes dibujando un mapa extraño bajo la superficie. Tenía ojos de un rojo que los hacía brillar, y cuando se fijaron en Luis, el tiempo se detuvo. Luego se giraron hacia Amelia que se levantó para correr junto a sus nuevos amigos.
La criatura, con un movimiento veloz, extendió una garra inmensa y levantó a la niña del suelo con una facilidad inquietante, tan frágil, tan pequeña en ese agarre monstruoso.
Luis apretó los puños. Quiso moverse y reaccionar como solía hacerlo antes. Pero cuando dio el primer paso, la pierna le respondió con torpeza. Se lanzó hacia adelante, y el pie derecho chocó contra la base de la sombrilla, haciéndolo caer de boca contra la arena. Al levantarse, las manos se le resbalaron y la arena húmeda le raspó el rostro.
Maldijo entre dientes, incorporándose con las manos resbaladizas y el corazón desbocado.
Amelia trató de gritar, pero el sonido nunca salió de su boca.
La criatura exhaló una leve nube gris y los ojos de la niña se cerraron. Cayó dormida.
Justo como en sus pesadillas; él solo era un simple observador sin capacidad de reaccionar a tiempo.
Entonces, el monstruo lo observó, disfrutando de su impotencia.
Sus fauces se abrieron, dejando escapar una voz grave, inhumana, pero con un tono burlón que lo dejó helado.
—Ven por ella… cazador —gruñó la criatura, arrastrando las palabras con una voz profunda y gutural.
Dudó haber escuchado bien. Sabía que pocos monstruos tenían la capacidad de hablar.
En un parpadeo, la criatura se desvaneció entre los árboles con Amelia colgando entre sus garras.
—¡No! —gritó Luis, sin poder moverse.
El llanto de los demás niños comenzó a perforar sus oídos, cada sollozo le martillaba la cabeza. Seguía de rodillas, con las manos hundidas en la arena, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. Su mente se nubló.
«No, no, no… con mi hija no…», pensaba mientras la angustia le revolvía el estómago.
Un instante. Solo unos cuantos segundos, y todo su mundo se redujo a esa pequeña fracción de tiempo.
Sintió la mano de Sara en su espalda intentando contenerlo. Pero él sin pensarlo, se levantó. El aire ardía en sus pulmones y la ansiedad lo empujaba hacia adelante. Los pensamientos giraban descontrolados y su cuerpo ya no respondía a la razón.
Solo quería correr, buscarla, rescatarla.
Se lanzó hacia el manglar. Cada zancada le dolía en los pies.
Sabía que no podía escapar de ellos. Jamás lo haría. Había vivido una vida llena de sangre y odio, un destino que, obviamente iba a dejar huellas imborrables.
Pero... ¿por qué Amelia? ¿Por qué no simplemente venir directamente por él? Él era el cazador. No ella.
—Ten cuidado, Luis —retumbó en su memoria la voz de Marco—. Ellos saben dónde duele más.
Por años había intentado convencerse de que podía mantener ambos mundos separados. Al final, los monstruos parecían encontrar una forma de seguirlos a todos y a cada uno de ellos.
Las ramas le azotaban el cuerpo y los pies se le habían llenado de barro y hojas secas, pero aun así siguió adelante.
Porque así era antes. Porque así había sobrevivido siempre.
Continuó hasta que la ausencia de huellas lo detuvo. Cuando perdió el rastro, se dejó caer de rodillas, tratando de recuperar el aliento. Estaba cansado. Correr sin rumbo no iba a cambiar nada.
Volvió al arenero con la mente hecha un caos y con el cuerpo rasguñado. Buscó a Sara con la mirada.
La encontró allí, discutiendo con un policía con shorts y camisa de mangas cortas. El oficial asentía con fastidio, con las manos metidas en el cinturón, como quien escucha a una madre histérica inventando historias. Para él, la posibilidad de un secuestro era mínima.
—Todos los niños corrieron, señora. Debe estar en algún tobogán —escuchó que respondió el agente.
El tono del hombre le hizo hervir la sangre. Si supiera... si tan solo pudiera ver las cosas como él.
Los niños berreaban aferrados a peluches o brazos que intentaban calmarlos. Los adultos, en cambio, le restaban importancia a lo sucedido, aquellas lágrimas eran simples caprichos infantiles.
Nadie, ni uno solo, había escuchado el rugido. Nadie percibió a la criatura que estuvo tan cerca de sus hijos. Nadie, excepto él.
¿Y excepto Sara?
Por un segundo, la había visto de perfil, tensa y lista para moverse. Con la misma postura que él solía adoptar antes de actuar.
—¿Y si ella…? —murmuró.
No.
Se obligó a cortar ese pensamiento antes de que creciera como una bola de nieve. Era imposible. Ella no era parte de ese mundo.
Nunca lo había sido.
Pero mientras continuaba caminando hacia ella, la vio acercarse a dos hombres que él mismo había catalogado como sospechosos hacía unos minutos. Parecía buscar algo en ese salvavidas y en ese surfista.
Entornó los ojos al mirar un pequeño sticker circular adherido en una esquina de la tabla y una cinta de tela en el brazo. Ambos tenían un diseño en particular: el símbolo de un ancla invertido.
No llamaría la atención de ningún civil. Parecían un simple sticker decorativo y un souvenir de una tienda de playa.
Pero ya había visto ese tipo de marcas antes, hacía años, en manuales, tablillas y equipos de entrenamiento.
Era el símbolo de vigilancia marítima.
Solo los cazadores costeros lo usaban cuando querían pasar desapercibidos.
Sara volvió a acercarse a ellos para hablarles, los dos jóvenes intercambiaron una mirada rápida; el salvavidas levantó una mano para finalizar la conversación, se ajustó el flotador rígido de plástico y dio media vuelta para retirarse.
El surfista desvió la mirada de Sara en cuanto notó que Luis lo estaba observando con demasiada atención. Entonces le hizo un torpe gesto en el aire; un saludo codificado que él reconoció demasiado bien y se apresuró a seguir a su compañero. Lo vio huir antes de que siquiera estuviera más cerca.
Sara llegó hacia él corriendo, con el rostro tenso; fingiendo que aquel rechazo no había ocurrido. Sus ojos estaban rojos por llorar y su rostro estaba pálido; se limpió las lágrimas con una esquina del vestido. Parecía completamente ajena al lenguaje silencioso que acababa de intercambiar con aquellos hombres.
—¿Y… esos? —preguntó Luis señalándolos con la barbilla, evitando sonar acusador o celoso.
Le echó un vistazo rápido a aquellos dos cazadores que continuaban alejándose por la orilla del agua. Como si nada.
Los cazadores costeros podían ser discretos, pero su forma de desaparecer sin desaparecer era inconfundible. Ellos no se esconden, simplemente nadie los está buscando.
—Solo… pensé que quizá habrían visto algo —respondió ella, sin sostenerle la mirada por mucho tiempo—. Estaban cerca, mirando.
Su respuesta no le convenció, pero tampoco quería insistir.
Sara no se contuvo más y lo abrazó con una desesperación muda.
Luis la apretó más hacia él. No había tiempo de pensar en otra cosa. Cerró los ojos con fuerza, deseando que, al abrirlos, Amelia estuviera allí, corriendo hacia ellos con su sonrisa radiante. Como siempre.
—¿Qué hacemos ahora? —sollozó Sara contra su pecho—. La policía obviamente no va a hacer nada, lo intenté.
El muchacho se quedó en blanco porque lo sabía. Sabía que sus compañeros no harían nada. Nunca lo hacían cuando había civiles de por medio.
El protocolo estaba por encima de todo, incluso por encima de una niña. Lo había aceptado antes. Pero hoy, lo odiaba.
—Cada segundo cuenta —murmuró ella entre sollozos.
Luis contuvo el aliento. Esa frase... Pero su mente, entrenada para analizar situaciones críticas en segundos, parecía estar colapsando.
El cazador dentro de él gritaba por respuestas, y el padre, por su hija.
«No importa si ya no puedo. Yo la encontraré», pensó volviendo a apretar a Sara contra su cuerpo.
Inspiró hondo y apoyó ambas manos en los hombros de su mujer, obligándola a mirarlo.
—Quédate aquí —le ordenó—. No te muevas del parque. Ve con la policía otra vez, insiste. Estoy seguro de que alguien hará algo.
Sara arrugó la nariz.
—Amor…
—Por favor —añadió—. Amelia podría volver. Si lo hace y no estamos aquí…
Ella dudó, mordiéndose los labios. Su mirada se desvío hacia el manglar, sin convencerse.
—Quédate aquí, ¿vale? —repitió.
Soltó sus hombros y se giró para alejarse. No iba a esperar más tiempo. Apenas dio un par de pasos, cuando ella lo alcanzó y lo sujetó del antebrazo con una fuerza que le tensó hasta el alma.
—Ir solo es un error. Nunca persigas a ciegas —la mirada de Sara era intensa, firme y decidida—. Eso que se la llevó no solo fue rápido. Fue seguro.
El muchacho se quedó quieto, desconcertado. No era una petición… era una regla. Una regla en su mundo.
—No puedo perderte a ti otra vez, Luis…
🔶🔸 Fin del capítulo 1 🔸🔶
Aún no hay comentarios
Inicia la conversación sobre esta publicación.