Capítulo 4 de 4
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Regresaron al lugar donde habían visto a su hija por última vez. El recuerdo y la impotencia dolía, pero se esmeraron en buscar pistas que pudieran llevarlos por un camino.
Luis apartó unas ramas con la mano, siguiendo un rastro que en realidad no veía ni con la linterna. El bosque desprendía un aroma a tierra húmeda y hojas podridas. Podía escucharse el movimiento tranquilo de las olas del mar. Pero no lograba concentrarse.
Chocó el pie contra algo que tintineó en la tierra. Se llevó la linterna a la boca y se agachó para recoger un frasco pequeño con restos de un líquido seco pegado al vidrio. Tenía grabado un símbolo casi borrado por la suciedad y la intemperie.
Lo observó unos segundos con el ceño fruncido. Un recuerdo incómodo se removió en su memoria queriendo despertar, pero la presión en su cabeza lo obligó a cerrar los ojos.
—¿Qué es?
La joven lo miraba con curiosidad. Él se retiró la lámpara de los dientes e inhaló hondo; se encogió los hombros.
—Nada importante —dijo, arrojando la cápsula entre los matorrales, que se perdió en la oscuridad—. Alguna basura.
Siguió avanzando, más enfocado en el bosque que en lo que había encontrado. Segundos después, Sara se inclinó para recoger el frasco con cuidado. Su pulgar rozó el símbolo grabado, un presentimiento extraño hizo que lo apretara un poco.
Cualquier evidencia era importante, asi que lo guardó en el bolsillo y continuó buscando sin decir nada.
Con la escasa información que pudieron reunir, junto con el rastro de hojas pisadas y huellas que siguieron, lograron llegar a una zona apartada del manglar que pronto dio paso a un bosque. Cuanto más se adentraban entre la maleza, más bochornoso se volvía el ambiente.
Luis sentía cómo el calor y la humedad del lugar se colaban bajo su ropa y se mezclaban con su sudor. Lo odiaba. Siempre lo odiaba. Se limpió la frente con la manga y se inclinó hacia adelante apoyando las manos en las rodillas.
—Es aquí —murmuró, señalando lo que tenían delante.
Frente a ellos se alzaba una capilla abandonada, una estructura en ruinas a punto de desplomarse bajo su propio peso. Las paredes de piedra estaban cubiertas de musgo y grietas, un cartel oxidado colgaba torpemente sobre la entrada con letras borrosas.
Sara avanzó empujando suavemente la puerta de madera desvencijada, que se abrió con un chirrido. Un olor a polvo húmedo los recibió. El interior estaba sumido en la penumbra, salvo por algunos rayos de luna que se filtraban por las grietas.
—Ten cuidado —advirtió el muchacho en un murmullo.
A pesar de que aún estaba resentido, seguía preocupándose por su mujer. Ella asintió sin detener sus pasos.
Mientras recorrían el lugar, Luis no podía dejar de mirar cómo las manos de Sara se movían con una familiaridad que lo ponía más que nervioso. Revisaba cada rincón con cuidado, sabía exactamente cómo buscar. Lo hacía de la misma forma en que él solía hacerlo cuando se movía mientras investigaba zonas desconocidas en equipo.
Se obligó a centrarse en su alrededor, buscando cualquier señal de su hija o de la criatura. Pero algunos recuerdos del pasado lograron atravesar su concentración.
Él lideraba una misión entre la espesa niebla. Gritos de compañeros heridos. Estruendosos disparos. La sangre en su uniforme. Marco cubriéndole la espalda en algún combate. Luego, un destello de luces frías. Un quirófano. Víctor monitoreando sus signos con manos enguantadas. Blanco. Dolor.
Parpadeó. Ahora estaba en una ceremonia, recibiendo una medalla por ser el mejor de La Sociedad el día en que fue dado de baja, renunciando a su cargo frente a un pequeño grupo. Pero faltaban cosas. Había muchos fragmentos en sus recuerdos que parecían borrados.
Un leve dolor punzante le cruzó la sien. Sacudió la cabeza, apretó la navaja y la sujetó con fuerza, tratando de que eso calmara el temblor en sus manos.
No se recordaba solo. Unas manos suaves tocaban su pecho; otras más pequeñas abrazaban su cuello. Risas pequeñas.
—¡Amelia! —gritó Sara de repente. Su desesperación retumbó en los pasillos.
Luis ahogó un grito y la miró incrédulo, estuvo a punto de regañarla. Podía alertar a lo que fuera que estuviera allí. Antes de decir algo, un grito infantil atravesó el aire desde una habitación cercana.
—¡Mamá, papá!
Al oírla, ambos corrieron hacia su voz.
En el centro de una habitación, iluminada por una lámpara parpadeante, había jaulas de metal, como para animales, todas vacías.
Excepto una.
Una pequeña mano se asomó entre los barrotes.
—Amelia…
La pulsera de colores chillones les confirmó lo que buscaban. Sara se apresuró a abrir la jaula mientras él miraba a cada rincón, a cada sombra con el corazón en la garganta.
—¡Salgamos de aquí! —estaba con los nervios de punta.
Cada sonido, cada movimiento volvía y resonaba dentro de él. Cuanto menos estuvieran ahí, mejor.
De pronto, sintió un cosquilleo en la nuca, era la advertencia de que algo se acercaba.
Cambió el cuchillo por un arma y apuntó hacia una de las puertas; alternando entre apuntar a la que habían entrado y la que estaba al otro lado de la sala. Lo que fuera, podría venir de cualquier lado.
Al girar de nuevo, sus ojos se encontraron con la misma criatura enorme de antes: humanoide, alta, musculosa, ahora empuñando una varilla metálica arrancada de alguna parte de la construcción.
La criatura lo miró directo a los ojos. Sus labios deformes se movieron con lentitud, y de su garganta brotó una voz áspera, grave.
—Estaba esperando —gruñó.
Espeluznante. Palabras humanas en boca de una aberración.
El impulso de retroceder lo invadió, pero Sara se adelantó, decidida a enfrentarlo. Disparó cubriendo el escape. Era casi como un acuerdo entre ambos: en cualquier circunstancia, él era quien debía sacar a su hija en caso de peligro. Cualquiera.
Guardó el arma y se puso en cuclillas para quedar a la altura de su hija.
—Cariño, súbete a mi espalda y no me sueltes por nada —le susurró con prisa.
La pequeña se aferró a su cuello. El peso lo aplastaba un poco, pero sabía que era lo mejor. Con ella en su espalda, no corría el riesgo de perderla y tenía las manos libres. Sentía sus pequeñas uñas clavadas en su piel, pero no le importaba. Lo importante era que estuviera segura.
—¡Salgamos! —gritó Sara, sabiendo que les había ganado tiempo al distraer a la criatura con balas.
Luis se ajustó a su hija y salió por la otra puerta. Sara no dudó. Giró y corrió por los pasillos justo detrás de ellos.
El muchacho frenó en seco. Unos bultos metálicos se asomaban bajo la tierra floja.
Sara chocó contra su espalda sin tiempo para detenerse.
—¡Minas! —advirtió él.
Giraron para retroceder, pero la otra salida estaba igual.
Sin opciones, Sara pasó al frente, escaneando el suelo paso a paso mientras recargaba. Luis siguió cada movimiento con su hija aferrada a su espalda. La muchacha logró salir y los esperaba por la ventana para recibir a la niña.
Un sonido rompió el silencio.
—¡At-chooo!
El estornudo de Amelia lo sacudió.
Luis se asustó y perdió el equilibrio, cayendo de rodillas entre las minas. Cerró los ojos y contuvo el aliento esperando estallar en pedazos...
Nada.
Bien.
—Perdón, papi… —susurró la pequeña, apartándole con sus manitas los rizos de la cara—. Son tus chinos.
Ahí estaba él: de rodillas entre explosivos, con su hija peinando sus cabellos. Respiró profundo. Muy profundo.
—Lo siento, Amely. Debí cortarme el cabello —murmuró sin atreverse a abrir los ojos.
Quizás un pestañeo y explotarían.
—¡Luis, concéntrate! —urgió Sara, aliviada de que nada explotara, pero sin dejar de mover las manos.
Se incorporó, acomodando a Amelia con rapidez. Estuvo a punto de dar un paso cuando, entonces, el pequeño peso desapareció.
—¡Amelia! —gritó Sara.
Luis giró, el monstruo la alzaba por el vestido.
Cayó de espaldas, su miedo se volvió furia. Ni siquiera recordó las minas. Desenfundó el arma con torpeza.
Un leve destello en la garra que sujetaba a su hija, el brillo de un anillo, encajado en la piel del monstruo lo distrajo por un segundo.
Apuntó a la pierna de la criatura y jaló el gatillo. El tiro se desvió y la bala rasguñó el brazo del monstruo, arrancándole un alarido de furia.
Un disparo fallido pero efectivo.
Amelia cayó de las garras de la bestia. Luis la atrapó en el aire, la envolvió con fuerza contra su pecho, y corrió hacia la ventana por la que Sara acababa de salir. Ella intentó regresar al interior para ayudarlos, pero él la frenó con un grito.
Estaban tan cerca.
—¡No te acerq—
El golpe lo alcanzó antes de terminar la frase.
Se hizo un ovillo protegiendo a su hija con su propio cuerpo antes de que el impacto en la espalda le robara el aliento y el arma. No soltó a su niña, ni siquiera cuando sintió una pata presionarle una pierna.
El latigazo de dolor lo clavó al suelo.
Manoteó con desesperación hasta que la criatura logró arrancarle a Amelia de los brazos y se alejó despacio, retándolo con la mirada.
—¡Suéltala, maldito! —bramó, lanzándose otra vez, pero la rodilla le falló y lo derribó.
Aun así, siguió arrastrándose. No pensaba detenerse. Si tenía que morir ahí, lo haría defendiéndola, aunque tuviera que morderle la garganta o arañarle el hocico con las uñas.
—Solo te busca a ti —siseó la criatura mientras huía rápidamente—. Estás atrapado.
Escuchó el leve clic de un detonador, seguido del pitido de una alarma y la risa de la criatura retumbó por la capilla. Los bultos de tierra se iluminaron con una luz roja que parpadeó con rapidez.
Apenas tuvo tiempo de arrastrarse y cubrirse tras una mesa metálica.
Las minas estallaron una tras otra haciendo que la capilla entera se viniera abajo en una lluvia de piedra, polvo y fuego.
Ambos jóvenes salieron arrastrándose entre el humo, con los pulmones llenos de polvo y el corazón hecho trizas.
El monstruo permanecía agazapado en la oscuridad del bosque, mirando desde lejos, oculto entre las raíces. Sostenía entre sus garras a Amelia.
—Shh… —le susurró a la niña, que lloraba en silencio.
Volvió la mirada hacia aquel muchacho. Estaba exactamente como lo querían: vivo, desesperado. El cazador había sobrevivido a la trampa.
Mejor así. No había prisa, ya habría otra oportunidad.
La criatura giró lentamente, se relamió el hocico y se adentró en el bosque, borrándose entre la penumbra como si nunca hubiera estado ahí, mirando.
Luis golpeaba el suelo con los puños, escupiendo todos los insultos que se sabía para maldecir sus manos inútiles, su puntería, su existencia. Cualquier cosa que tuviera que ver con él.
—¡No! ¡torpe, incompetente! ¡ESTÚPIDO! ¡IMBÉCIL!
Se puso de pie mirando alrededor hasta que sintió a Sara abalanzarse sobre su pecho. Sus puños le golpearon una y otra vez con rabia.
—¡Estaba en tus brazos! ¡Luis! —gritaba.
No la detuvo. Ya lo sabía y se merecía cada uno de esos golpes.
—Sara… lo siento
Los puños se debilitaron unos segundos después, y su frente se apoyó contra su pecho, ahogada en sollozos.
—No debí haberla soltado —añadió, acariciándole el cabello mientras aún le temblaban las manos—. Pero la encontraremos.
Ella levantó la cabeza, lista para otra ronda de insultos, cuando vio el artefacto en su mano. Le sorprendió que en algún momento le hubiera alcanzado a colocar un rastreador a su hija.
—Un regalo de Víctor —la interrumpió.
Tal vez Luis no recordaba a Sara en su pasado, pero supuso que, si lo conocía tanto como él, entendería a qué se refería.
—Ahora mismo, agradezco su paranoia, jeje —agregó.
La muchacha asintió con una chispa de esperanza en su mirada; ahora tenían otra oportunidad de salvarla.
🔶🔸Fin del capítulo 3🔸🔶
Holaaa ¿alguien ahí? 🥹
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