Capítulo 6 de 13
Minutos antes de la solicitud.
El silencio de esa noche finalmente se había instalado en casa de Amelie, trayendo con ella un respiro muy necesario.
Había pasado largos minutos durmiendo al pequeño Liam con paciencia hasta que, por fin, se quedó profundamente dormido en su cama. Ian ya se había quedado dormido en su recámara, al lado de su padre, quien roncaba levemente, ajeno por completo al cansancio que cargaba Amelie sobre sus hombros.
Con pasos lentos y pesados, Amelie regreso al comedor para terminar de ordenar el desorden que había quedado pendiente: recogió unos platos y limpió la mesa.
Al terminar, Amelie en lugar de irse a su cama, apagó todas las luces, dejando que solo la claridad tenue de la calle se filtrara por la ventana, arrastró los pies a la sala y se dejó caer de golpe sobre el sillón.
Amelie cerró sus s ojos y exhaló un suspiro largo, un soplo de aire que llevaba horas acumulado en el pecho.
— Por fin... — murmuró en la oscuridad, sintiendo cómo los músculos de su cuerpo, se relajaban un poco al fin.
Esos momento de la noche eran sagrados para Amelie. Los únicos instantes de paz real que tenía en todo el día, un breve espacio de tiempo para ella, y, donde nadie pedía nada, nadie exigía atención, y donde no tenía que lidiar con la indiferencia ni los desplantes de Sergio.
Se encontraba sola, en silencio. Amelie se acomodó mejor en el sillón, abrazada a un cojín, y disfrutando de la quietud absoluta.
Con la casa sumida en silencio y Amelie finalmente descansando, el rostro de aquel hombre con el que había chocado meses atrás se coló en su mente sin previo aviso.
— Tan serio... — susurró Amelie para ella misma en la oscuridad de la sala, mientras se dibujaba una pequeña y débil sonrisa en sus labios —. Parecía sacado de una revista de modelos o protagonista de una película —.
Amelie cerró sus ojos un momento, recordando la intensidad de la mirada de Adrián, la forma en que su cuerpo alto se había quedado estático ante ella, y el contraste absoluto entre su elegancia impecable y el caos completo de su vida cotidiana.
— Imposible que se acuerde de alguien como yo — pensó, negando levemente con la cabeza, mientras abrazaba más el cojín —. Un hombre como él, debe tener el mundo entero a sus pies, podría tener a la mujer que él quisiera. Qué tontería ponerme a pensar en eso ahora.
Pero, un así, por muy extraño que parezca recordarlo, Amelie no lo sintió como una carga. Todo lo contrario, fue como una pequeña ráfaga de aire fresco en medio de ese lugar tan asfixiante, un destello fugaz de alguien que, al menos por un segundo, la vio de verdad.
Amelie tomo con pereza su celular y empezó a divagar por las redes sociales, deslizaba su dedo hacia abajo de manera casi automática, Amelie pasaba de largo los videos, memes, noticias, más noticias irrelevantes, buscando cualquier distracción que le permitiera estirar un poco más ese momento de paz antes de irse a dormir.No prestaba mucha atención a nada en particular. Hasta que, de pronto, una notificación de solicitud de amistad la hizo detenerse en seco.
'Adrián Reyes'
El nombre de aquel hombre apareció frente a ella como una pequeña luz en la oscuridad. Amelie quedó inmóvil, sentía como el corazón daba un vuelco inesperado. Sus ojos observaban la foto de perfil: era él.
Definitivamente era aquel hombre, de mirada imponente y bastante alto, aquel con él que Amelie había chocado casualmente meses atras atrás en medio de tanta gente.
— No puede ser... — murmuró conteniendo la respiración,tapándose la boca con su mano libre y con los ojos bien abiertos y fijos en la fotografía de perfil.
Un escalofrío de sorpresa y desconcierto recorrió su espalda. ¿Era una coincidencia absurdamente imposible, o la había estado buscando? Esa idea dejó sin aliento Amelie, y, por un instante, haciendo que el tormeno del agotamiento diario se desvaneciera por completo frente a la pantalla iluminada.
No había la menor duda.
Era él.
— ¿Cómo... cómo me encontró? — susurró Amelie al aire, pasando el dedo por la pantalla mientras leía su nombre una vez, otra vez y una vez más, incapaz de entender, ¿cómo alguien como él la encontró o busco hasta dar con ella?
Amelie se quedé inmóvil en el sillón, aún abrazando el cojín, sintiendo una mezcla de asombro, incredulidad y un extraño revoloteo en el estómago la sacudía por completo.
La mente de Amelie, cansada de su rutina diaria, y, de buscar alguna explicación lógica, para algo que desafiaba toda probabilidad, terminó cediendo a la curiosidad.
— Total... ¿qué podría pasar? ¿No? — se dijo a así misma en su mente, encogiéndose de hombros.
Con un movimiento suave del dedo sobre la pantalla, Amelie pulso el ícono de aceptar.
Al fin y al cabo, era solo una simple solicitud en una red social. No le iba a cambiar su realidad, ni el tormeno en el que vive.
Amelie bloqueo el celular poco después, y lo dejé caer sobre el sillón, cerrando los ojos un momento para dejar que el silencio de la noche volviera a envolverla, completamente ajena a que ese simple gesto estaba a punto de dar un giro absoluto a su vida.
***********
El sol se filtraba por los ventanales del despacho de Adrián, quien marcaba al invesgador privado para decirle que ya no nesecitaba de sus servicios.
— Buen día Raúl,— le anunció Adrián con voz firme — mientras se sentaba en su sillón, — ya no nesecitare de tus servicios .
— ¿Señor Valmont? ¿A qué se refiere? ¿Encontraron algo por otro lado? — Preguntó Rafaél el investigador privado, confundido tras la llamada.
Adrián se echó hacia atrás en su sillón, mientras sostenía el boceto de Amelie, mientras una media sonrisa, triunfante y genuina, se curvaba en sus labios.
— Digamos que la encontré yo mismo -respondió Adrián con total naturalidad, recargando los codos en la superficie —. Ya no tienes que seguir buscando —.
— Bueno... supongo que es una buena noticia, aunque me deja con la duda de cómo lo hizo sin los registros que le pedí. — hablo Rafaél analizando la situación con evidente sorpresa. — ¿Necesita que verifique algo más sobre su entorno o... ? —.
— No, nada de eso — lo interrumpió Adrián rápidamente, sin dejarlo hablar. — Tú trabajo termina aquí, y no te preocupes, tú pago queda completo, exactamente como lo acordamos, afirmó Adrián, sin apartar la mirada del boceto de Amelie. — Hiciste tú parte al traerme el retrato, lo demás... fue obra del destino —.
Pero la felicidad le duró poco a Adrián tras colgar la llamada.
El sonido de la puerta de su despacho, abriéndose de golpe interrumpió el silencio y su tranquilidad.
Una mujer cruzó el umbral como si fuera la dueña del lugar, con elegancia calculada y fría. Llevaba puesto un abrigo largo de diseñador en tono marfil, el cabello rubio perfectamente lacio cayendo sobre sus hombros, y unos altísimos tacones que resonaban con eco arrogante sobre el suelo.
Su rostro, maquillado con precisión milimétrica, presumía una sonrisa tan fresca y cínica que parecía sacada de otra realidad, ignorando por completo el abismo que había dejado a su paso.
Era Camila, la ex esposa de Adrián, quien actuaba como si nada hubiera pasado, como si el tiempo borrara el recuerdo exacto de lo que hizo dos años atrás: la traición imperdonable, la infidelidad cometida en su propia casa y sobre su propia cama, destruyendo su matrimonio por completo.
— Hola, Adrián — saludó Camila con total descaro, acercándose al escritorio y apoyando una mano sobre la superficie del escritorio como si tuviera derecho a estar ahí — Que serio te ves. Supongo que sigues encerrado en este maldito despacho haciendo dinero, ¿no?.
Adrián no se movió de su asiento. Su mandíbula se tensó hasta marcarse con fuerza y sus ojos se clavaron en ella con una frialdad que daba miedo.
— ¿Qué mierda haces aquí, Camila? — preguntó Adrián, con voz baja, ronca y cargada de un peligro latente que habría hecho huir a cualquiera que la conociera bien.— ¡Lárgate de una vez antes de que llame a seguridad!, no quiero volver a verte, ni saber de ti nunca —.
Camila soltó una risita burlona, rodando los ojos con fastidio fingido ante las palabras de Adrián, y se cruzó de brazos.
— Vaya bienvenida, querido. Ya pasó bastante tiempo, ¿no crees?, Ya es hora de superar el pasado —dijo Camila con total ligereza, dando un paso más hacia el escritorio-.
Adrián se puso de pie lentamente, con una mirada fría y rígido, haciendo que Camila retrocediera ante la furia contenida que emanaba en cada uno de sus movimientos.
— ¡Largo de aquí! — bramo Adrián, señalando la puerta con una autoridad implacable, mientras las venas de sus manos se tensaban por el esfuerzo de no perder el control.— No vuelvas a pisar este edificio jamás, no vuelvas a buscarme, ¿Entiendes?, para mí estás muerta —.
Camila la miró con sorpresa y soberbia, ofendida porque su manipulación no había surtido efecto. Dio media vuelta con brusquedad, acomodándose el abrigo, salió y cerro dando un portazo.
Adrián exhaló aire con violencia, pasándose ambas manos por su rostro, sintiendo el mal sabor de boca que esa mujer le dejó.
Su mente, que un segundo antes estaba llena de la ilusión por Cherry, se había llenado de una repulsión profunda a causa de la aparición de Camila.
Justo en ese momento el recuerdo del engaño de Camila llegó de golpe.
Recuerdo:
La migraña le taladraba las sienes con un ritmo insoportable. Cada paso hacia su propia casa era una prueba de equilibrio; el estómago se le revolvía con náuseas y la luz de la tarde le quemaba las retinas. Adrián abrió la puerta con la mano temblorosa, arrastrando los pies.
— Elena... — murmuró Adrián, recordando por un segundo tardío que la mujer que cuidaba de él como una madre tenía el día libre. Estaba solo. O eso creía.
Un crujido leve, un sonido ahogado que no encajaba con el silencio habitual de la casa. Adrián frunció el ceño, llevándose una mano a su cabeza mientras avanzaba por el pasillo. El ruido se repitió, más claro esta vez. Gemidos, el roce torpe de sábanas y un eco de respiraciones aceleradas que venía directamente de su habitación.
Abrió la puerta de su habitación sin hacer ruido.
La escena lo golpeó como un puñetazo en el esternón. Camila estaba ahí, en su propia cama, enredada con otro hombre. El tiempo pareció congelarse por un segundo grotesco antes de que el mundo volviera a girar.
— ¿Adrián...? — tartamudeó Camila, incorporándose de golpe, pálida y con las sábanas cubriéndose a medias, mientras el desconocido trataba de alcanzar su ropa aterrorizado.
— Amor, déjame explicarte, por favor, no es lo que parece... —balbuceó Camila, estirando una mano temblorosa, intentando cubrirse el rostro con una mezcla de miedo y una rabia egoísta por haber sido descubierta.
El hombre desconocido ya se había puesto los pantalones a empujones, con el rostro desfigurado por el pánico, esquivando a Adrián para huir hacia la puerta principal.
— ¡Explicarme qué! — Bramó Adrián, dando un paso lento hacia ella, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. ¿Qué no es lo que parece? ¿Qué mis sábanas, mi casa, mi vida entera te quedaron grandes y necesitabas a alguien más? —.
— Fue un error, Adrián, te lo juro, yo te amo a ti... — intentó acercarse, estirando la mano hacia su brazo.
— ¡No me toques! — rugió Adrián, apartándose de un golpe seco con asco — ¡No te atrevas a tocarme con esas manos! —.
— Trabajo para la vida que tienes. Para que no te falte absolutamente nada... — su voz bajó de tono, volviéndose un susurro cargado de un desprecio absoluto. — Y tú estabas aquí, metiendo a cualquiera a nuestra cama. ¡A nuestra cama, Camila! —.
— Adrián, por favor... piénsalo, llevamos años...
— ¡Largate! — le ordenó Adrián, señalando la puerta con el dedo firme, sin titubear a pesar de que las lágrimas de rabia finalmente se asomaban en sus ojos —.
Regreso al presente:
El fantasma de la traición, la burla y del engaño que sufrió con su exmujer se levantó de golpe como un muro de concreto. Una sombra helada cruzó por su mente, nublando la euforia que sentía hacía apenas unos minutos.
«¿Y si es igual?», la duda se deslizó en sus pensamientos de manera sigilosa, amarga y punzante. «¿Y si esta mujer también tiene un trasfondo oculto, una vida llena de mentiras, o solo se está acercando por interés... o por algo peor?»
El silencio de su despacho volvió a envolverlo, denso y pesado, y con una pregunta que resonó en su mente con la fuerza de un golpe seco:
«¿Y si esta vez es diferente?»
Adrián cerró los ojos con fuerza por un instante, pasándose una mano temblorosa por la nuca. El dolor y el cinismo que se había cultivado tras su divorcio amenazaban con destruir lo único genuino que lo había hecho sonreír en mucho tiempo.
— No puedes juzgar a alguien que ni siquiera conoces solo por el cochinero que dejó la otra — se reprochó Adrián en un susurro grave, negando con la cabeza, intentando apagar los fantasmas de su pasado con la imagen de la mujer anónima que se había metido en su cabeza sin pedir permiso.
— Mierda... ¿De verdad vas a dejar pasar la única cosa real que has sentido en años por miedo a tropezar otra vez? —.
Pero, aun así, la duda ya estaba sembrada. El pasado le había dejado cicatrices demasiado profundas, y por primera vez, el miedo a equivocarse pesaba tanto como el deseo de ver a Cherry de nuevo.
«Necesito saber cómo es ella cuando nadie la está observando. Necesito acercarme sin que mi apellido sea una sombra entre los dos».
Pensó Adrián, mordiéndose levemente el labio mientras los dedos comenzaban a moverse sobre él escritorio con una rapidez inusual.
Adrián ignorando por completo las consecuencias, tomó una decisión impulsiva que podría traerle problemas más adelante, comenzó a rellenar los campos en blanco para crear un perfil alternativo. Eligió un nombre común, una foto discreta que no levantara sospechas y configuró los detalles básicos. Estaba construyendo una mentira, una fachada digital únicamente con el fin de saber de ella realmente.
— Esto es una locura... — murmuró para sí mismo en la penumbra del despacho, mientras terminaba de crear el perfil —. Si Mateo se entera, me mata, al igual Elena —.
Terminó de configurar la cuenta, la sincronizó en su dispositivo secundario y regresó de inmediato a mi perfil real.
— Solo una oportunidad para hablarte, Cherry... — susurró a la pantalla vacía, con la mirada clavada en los ojos de Amelie, a través de la fotografía, mientras hacía clic para enviar la solicitud desde su nueva identidad oculta, sellando un pacto silencioso con el peligro y abriendo la puerta a lo desconocido.
«Es solo temporal», intentó justificarse a sí mismo en un susurro seco, intentando calmar la tormenta moral que rugía en su interior. «Solo necesito saber quién eres, asegurarme de que no estoy perdiendo la cordura. En cuanto hablemos... te diré la verdad».
Un destello de triunfo, crudo y primitivo, recorrió todo su ser, el pulso se le aceleró de una manera que no experimentaba desde los días en el que jugaba al filo del abismo para levantar su empresa. Ya no era un simple espectador admirando un retrato a través de una pantalla; ahora existía un puente, por muy invisible y frágil que fuera.
Adrián se quedó mirando el icono del chat durante varios minutos, mientras el peso de su propia farsa volvía a golpearle el pecho.
«¿Y ahora qué, genio?», se regañó mentalmente, sintiendo el dilema ardiéndole en las manos. «¿Qué le vas a decir a una mujer que no sabe quién eres? ¿Vas a inventarle una vida entera solo para calmar tu capricho?»
Adrián tenía la tentación de escribir un saludo inmediato, el cual era casi insoportable, pero el miedo a sonar desesperado - o peor aún, que Amelie lo rechace por parecer un extraño sospechoso - lo detuvo en seco.
Abrió el chat con dedos temblorosos, respiró hondo y comenzó a escribir las primeras palabras - las borro.
Volvió a escribir - lo borro se nuevo.
Y así una y otra vez, sin tener la más mínima idea de cómo entablar una conversación con Amelie.
Pero en el fondo de su mente, una voz resonó en su mente mucho más lúcida y sombría le advertía que las mentiras, por más inocentes que pretendieran ser al principio, siempre terminaban cobrando una factura muy alta.
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