Capítulo 7 de 13
Amelie:
No fue hasta una mañana, cuando Amelie podía descansar un par de horas mientras Liam dormía, e Ian salía de la escuela. - y después de bastantes intentos fallidos de Adrián, al mandar un mensaje -.
Al desbloquear la pantalla, el icono de la burbuja del chat apareció en la pantalla, la sorpresa de Amelie fue enorme al mirar un mensaje directo que venía del inconfundible Adrián Reyes.
Chat de Adrián:
«Hola. Sé que puede parecer extraño recibir un mensaje así de la nada, y probablemente ni te acuerdes de mí, pero la vez que chocamos en la calle... me quedé con las ganas de presentarme como se debía.
Soy Adrián.»
Amelie quedo paralizada frente a la pantalla, leyendo y releyendo el mensaje en silencio, con el corazón acelerado mientras procesaba que el mismísimo hombre con el que había chocado meses atrás le acababa de escribir directamente, y, mejor aún, la recordaba.
Amelie se quedo mirando la pantalla en total silencio, sintiendo un revoloteo cálido en el estómago. ¿De verdad se acordaba? ¿Un hombre como él, con esa presencia, se había quedado pensando en un torpe accidente en la banqueta?.
Amelie soltó una exhalación que fue medio suspiro y risa nerviosa, pasándome una mano por su cabello. Tras pensarlo un par de minutos, antes de que sus deberes la reclamarán de nuevo, decidió contestar con una mezcla nerviosismo y sinceridad.
Chat de Amalie:
«Hola, Adrián. La verdad es que sí me acuerdo, es difícil olvidar un encuentro así. No te preocupes por la sorpresa. Soy Amelie. Que gusto saber de ti.»
Amelie dejo su celular sobre la cama con el corazón latiéndole a un ritmo inusual, intentando calmar la repentina efervescencia en su pecho. «Solo fue un mensaje de cortesía, no te hagas ilusiones tontas», se repetía a si misma mientras se levantaba para atender sus deberes.
El recuerdo vívido de Adrián llegó a la mente de Amelie, esa mirada intensa, que parecía ver a través de ella mientras le hablaba con esa voz profunda y tranquila. Su cabello castaño oscuro y ondulado, cayendo naturalmente alrededor de su rostro bronceado y bien definido por la barba de unos días. Esos ojos color ámbar que tenían un brillo tan cálido pero penetrante, Amelie recordaba perfectamente, como en ese momento, la luz del sol iluminaba su rostro de una manera que rezaltaba la textura de su piel y la profundidad de su expresión seria y contemplativa, su presencia era tan fuerte que aún sentía la impresión de aquel encuentro.
Amelie aún no podía creer que él la recordara y no podía evitar morder ligeramente su labio inferior a causa de los nervios.
Adrián:
El despacho de Adrián estaba cargado de una tensión distinta. Mateo entró sin aviso, dejando una carpeta sobre el escritorio con un gesto de fastidio evidente.
— Los inversionistas de Monterrey acaban de echarse para atrás, Adrián — le soltó Mateo, cruzándose de brazos con evidente estrés. — Dicen que el riesgo con la nueva distribuidora es demasiado alto debido a las fluctuaciones del mercado. Si no resolvemos esto hoy, se cae el contrato principal y perderemos millones.
Adrián ni siquiera se inmutó. Estaba recostado en su sillón, con la vista fija en la pantalla de su teléfono, esperando con una paciencia inusual cierto mensaje.
La mención de los millones en juego y el colapso del contrato parecía deslizarse por su mente como agua en piedra.
— ¿Me estás escuchando, Adrián? Están pidiendo renegociar los términos desde cero, y eso nos dejaría en bastante desventaja. — Mateo frunció el ceño, notando la absoluta falta de urgencia en su amigo y tranquilidad.
— Solo están asustados, Mateo, eso es todo — respondió Adrián con voz grave, incorporándose y apoyando los codos sobre el escritorio, dando paso al empresario implacable, al estratega frío que dominaba cada tablero corporativo con precisión milimétrica. — Ellos no quieren echarse para atrás; lo que quieren, es tantear el terreno para ver qué tanto cedemos —.
— ¿Y cuál es tu brillante solución para salvar el contrato sin perder el margen? — preguntó Mateo con molestia.
— Simple... — dijo Adrián con media sonrisa calculadora. —Llama al director de operaciones de Monterrey. Diles que aceptamos renegociar únicamente si se comprometen a firmar la exclusividad por los próximos tres años en la región norte. Si realmente querían el trato, van a aceptarlo antes del mediodía por el miedo a que se los quitemos nosotros mismos. Y si no... que busquen otro socio que les financie el capricho —.
Mateo lo miró fijamente durante unos segundos, procesando la jugada maestra que acababa de decir Adrián, soltó una exhalación de resignación y respeto.
— Eres un maldito tiburón, Adrián... a veces me da miedo lo rápido que piensas — murmuró Mateo, tomando la carpeta de vuelta. — Me pongo en eso ahora mismo.
— Házlo — respondió Adrián, volviendo a girar la mirada hacia su teléfono con su calma renovada.
La puerta del despacho se cerró a espaldas de Mateo, devolviendo el silencio absoluto al despacho. Adrián exhaló suavemente, aflojando un poco el nudo de su corbata.
Había resuelto un problema de millones en solo cuestión de segundos, pero su mente ya estaba a kilómetros de allí, regresando al único asunto que realmente lo tenía inquieto.
Chat de Amalie:
«Hola, Adrián. La verdad es que sí me acuerdo, es difícil olvidar un encuentro así. No te preocupes por la sorpresa. Soy Amelie. Qué gusto saber de ti.»
Chat de Adrián:
«Qué alivio leer eso, la verdad dudaba de que te acordaras de mí entre tanto caos. Me alegro mucho de saludarte, Amelie. ¿Cómo ha ido todo desde entonces?»
Chat de Amelie:
«Todo bien por aquí, la rutina diaria, ya sabes cómo es esto. ¿Y tú? Me sorprende que te hayas tomado la molestia de buscarme.»
Chat de Adrián:
«Digamos que tengo buena memoria para los momentos imprevistos.»
Adrián contuvo la respiración por una fracción de segundo, con el pulso ligeramente acelerado, y deslizó la pantalla para ver la respuesta. Había algo en esa pequeña conexión digital que lograba descolocarlo por completo, despojándolo de la coraza de empresario implacable que solía llevar como una armadura.
Chat de Adrián:
«¿Cuál es tu escape favorito cuando sientes que el mundo te abruma? Aparte de tropezar con extraños en la calle, claro 😉»
La mención al tropiezo hizo que Amelie soltara una risita ahogada, sintiendo un tipo de alivio ligero que tanto necesitaba.
Chat de Amelie:
« Oye! 🫣🤣
Jaja, te juro que lo del tropiezo no fue planeado, ¡fue pura falta de coordinación! Pero hablando de escapes... Cuando el mundo me abruma, mi refugio son los libros, la música y un escape a un lugar tranquilo, perderme en una serie o película donde nadie me grite ni me pida nada es mi burbuja personal. Aunque, si pudiera elegir de verdad, un buen café caliente en una ventana viendo llover ganaría siempre. ¿Y tú? ¿Cuál es el escape de un hombre tan ocupado como Adrián Reyes?»
Del otro lado de la pantalla, en la silenciosa penumbra del despacho, Adrián soltó una exhalación que sonó casi como una risa genuina. Al leer su respuesta, la tensión que tenía acumulada en sus hombros pareció disiparse un poco, reemplazada por una calidez extraña que hacía tiempo no experimentaba.
«Una burbuja personal... café caliente y lluvia», pensó Adrián, imaginando a Amelie sentada tranquila con su taza de café contemplando la lluvia ignorando por un instante al margen del caos que él intuía que era su vida, refugiada entre páginas y notas musicales para sobrevivir al día a día.
Con los dedos deslizándose con soltura sobre el teclado, se recostó en su sillón y comenzó a teclear su respuesta, dispuesto a seguir estirando ese hilo invisible que los empezaba a conectar.
Chat de Adrián:
«¿Música y libros? Me agrada el gusto, aunque suene a que intentas mantener la cordura en medio de una tormenta. Y en cuanto a mí... digamos que mi escape favorito solía ser encerrarme en el estudio a revisar números hasta altas horas de la madrugada, un vicio de adicto al trabajo, lo sé. Pero últimamente descubrí que un buen café y una charla inesperada por mensajes no están nada mal para desconectar.»
Adrián hizo una breve pausa, mordiéndose ligeramente el labio inferior antes de añadir un toque más ligero, queriendo sacarle a Amelie una sonrisa genuina.
Chat de Adrián:
«Pero, eso sí, te advierto que si volvemos a coincidir en la calle, tendré que comprarte un par de zapatos con suela antideslizante para evitar otro "accidente coordinado" 😉😅 ¿Qué tal va el resto de tu día, Amelie? ¿Lograste encontrar un momento de paz entre tanta locura?»
Amelie soltó una sonrisa inevitable que se dibujó en su rostro al leer el mensaje. La ocurrencia de los zapatos antideslizantes logró arrancarle una carcajada suave. Miró el teléfono con una ligereza que hacía semanas no sentía.
Chat de Amelie:
«¡Oye, no fue mi culpa! La banqueta estaba traicionera. Pero acepto los zapatos antideslizantes como prueba de tregua por el susto, jaja».
Y sobre mi día... digamos que va entre altibajos, intentando mantener la paz y sobrevivir a las exigencias de la rutina. Pero leer tú mensaje definitivamente mejoró el panorama. ¿Y tú? ¿Ya lograste escapar de los números y el trabajo por hoy, o te vas a quedar a vivir entre tantos números?»
Chat de Adrián:
«Te tomo la palabra con lo de la tregua, aunque los zapatos los entregó personalmente la próxima vez que nos veamos. Y para responder a tu pregunta... acabo de apagar la computadora y decretar el fin de los números por hoy. Me niego a vivir en el despacho, sobre todo cuando hay planes mucho más interesantes esperando allá afuera.»
Chat de Adrián:
«Espero que el resto de tu tarde sea mucho más calmada y que logres robarte un momento solo para ti, Amelie.»
Amelie leyendo y releyendo la respuesta de Adrián.
Una calidez extraña se instaló en su pecho, recorriéndole por dentro y haciendo que el aire pesado de la casa se sintiera un poco más ligero. No había una invitación formal, ni promesas exageradas, pero había una atención genuina, un cuidado sutil que nadie le ofrecía desde hacía años.
Chat de Amelie:
«Gracias, Adrián. De verdad, aprecio mucho tus palabras. Y sí, intentaré robarme un buen rato para respirar. Cuídate de no volverte parte del mobiliario de ese despacho, ¿eh?»
Adrián leyó su mensaje y una carcajada baja, ronca y genuina escapó de sus labios.
«Tan caótica, tan real... y tan perfecta», pensó Adrián, mientras tecleaba una breve despedida para dejarse respirar el resto de la tarde, mientras en su cabeza ya ideaba que hacer para encontrarse de nuevo con su Cherry.
Chat de Adrián:
«Trataré de no echar raíces en la silla. Ten una excelente tarde, Amelie. Hablamos luego.»
Y así, a partir de ese momento una complicidad silenciosa y cálida, un refugio invisible que, mensaje a mensaje empezaba a formarse, entre la pantalla de un teléfono que parpadeaba, comenzó a tejerse su hilo invisible, que empezaba a conectarlos.
Para Amelie, Adrián se convirtió en ese respiro necesario, le recordaba que existía un mundo más allá de las cuatro paredes, de su rutina y del control asfixiante que la rodeaba. Cada mensaje de él era un recordatorio silencioso de que alguien, allá afuera, realmente la escuchaba - mejor dicho, la leía - aún que, cuando, está manera no era más que un reflejo digital.
Adrián avanzaba con seguridad, guardando la invitación formal para más adelante, respetando sus tiempos sin que Amelie supiera el verdadero alcance de su interés.
Aquel simple tropiezo en la acera no había sido una casualidad del destino; había sido la chispa que, encendió un incendio imposible de apagar. Los cimientos de algo profundo, peligroso e inevitable ya empezaban a quedarse firmemente instalados.
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