Capítulo 5 de 13
Tres meses habían pasado ya desde aquel fugaz, caótico e inesperado encuentro en la calle, pero el tiempo no había hecho más que intensificar la espina que se le había clavado a Adrián en la mente. En donde su mundo milimétricamente organizado, aquello era inadmisible.
Durante esas semanas, su rutina diaria en Valmont Group había seguido como siempre su marcha implacable, pero cada informe financiero, cada junta directiva y cada contrato millonario venían acompañados de un recuerdo constante. Al no saber el nombre de Amelie y su mente terca había decidido bautizarla de una forma muy particular: Cherry, por el vibrante tono rojo de su cabello corto que le recordaba a las pequeñas cerezas.
Eran las diez de la mañana de un martes cualquiera, Mateo entró a su despacho con una carpeta de proyectos. Adrián estaba de pie frente al ventanal, con la vista perdida en el horizonte de la ciudad, mientras giraba distraídamente una estilográfica entre sus dedos.
— Adrián, necesitamos revisar las proyecciones para el complejo residencial del norte antes de la junta de la una — le recordó Mateo, deteniéndose a mitad de la oficina con una ceja alzada al notar la absoluta falta de atención de su amigo. — ¿Me estás escuchando? —.
— Sí Mateo, te escucho — respondió Adrián con su voz grave, regresando al escritorio para tomar asiento. — Las proyecciones se quedan como están. Pero si el margen de ganancia baja del quince por ciento, renegociamos con la constructora —.
Mateo dejó los documentos sobre la mesa, cruzándose de brazos con una mezcla de curiosidad y fastidio fraternal.
— No estás bien. Llevas semanas así, Adrián. Estás en las reuniones, firmas lo que tienes que firmar, pero tu cabeza no está aquí. — pregunto Mateo, preocupado por su amigo — ¿Se puede saber qué demonios te pasa? ¿Es algún problema con los inversionistas asiáticos? —.
Adrián apretó ligeramente la mandíbula. No solía compartir sus derrotas ni sus obsesiones absurdas, menos con alguien tan perspicaz como Mateo.
— No, no hay ningún problema con los inversionistas — replicó Adrián con frialdad, abriendo la carpeta sin mirarla. — Solo estoy concentrado —.
— ¿Concentrado? — soltó Mateo con una risa incrédula. — Estás obsesionado con algo, y apuesto lo que sea a que no tiene nada que ver con negocios. Hace meses que te quedas mirando a la nada como si buscaras una aguja en un pajar. ¿Se trata de alguien, verdad? —.
Adrián levantó la vista de golpe, fulminando a su mejor amigo con una mirada tan intensa que habría hecho temblar a cualquier otro directivo de la empresa. Pero Mateo ni se inmutó ante la autoridad de su amigo.
— No es asunto tuyo, Mateo — sentenció Adrián, marcando cada palabra con firmeza para cerrar el tema.
— Lo sería si ese "alguien" te está haciendo perder el enfoque que tanto te costó mantener tras tu divorcio — le recordó Mateo con franqueza, dándose la vuelta para salir del despacho. — Piensa lo que quieras, pero si vas a seguir buscando a una fantasma por toda la ciudad, al menos contrata a un investigador privado si no sabes cómo buscar —.
La puerta se cerró con un clic seco, dejando a Adrián solo de nuevo en el despacho.
Adrián se recostó en el respaldo del sillón, pasándose una mano pesada por el cabello, mientras maldecía en voz baja. Mateo tenía razón en una cosa: era una locura. Habían pasado meses enteros buscando rastro de su Cherry en cada esquina, en cada calle, en cada lugar donde creía que una mujer con el cabello rojo como las cerezas pudiera aparecer.
— Cherry... - murmuró Adrián para sí mismo en el silencio de su despacho, saboreando el apodo mentalmente con una mezcla de frustración y un anhelo impropio de él. — ¿Dónde diablos te metiste? —.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa y mirando fijamente la pantalla apagada de su tableta. No le importaba si estaba loco, no le importaba el tiempo que le tomara. Tenía que volver a encontrarla cueste lo que cueste.
La frustración de Adrián por no encontrar a Amelie por ningún lado y el recuerdo constante de esa sonrisa en su mente lo llevaron a cruzar una línea que nunca antes había considerado.
En esa misma semana, sin pensarlo dos veces y harto de no tener respuesta, contrató a un investigador privado de máxima confianza para dar con ella.
******
Era un día cualquiera, por la tarde cuando el investigador privado, un hombre de aspecto sombrio, discreto y de mirada astuta llamado Rafael, entró al despacho de Adrián.
Adrián había descrito con una precisión obsesiva redacto hasta el más mínimo detalle de la apariencia física, trazo por trazo, para que un especialista pudiera armar un retrato hablado perfecto de su Cherry.
Rafael observó los bocetos preliminares antes de levantar la vista hacia el imponente CEO.
— Los trazos son muy claros, Adrián, y la descripción de los rasgos es sumamente específica: el cabello corto rojo vibrante con un lado rapado, la complexión, las mejillas redondas, los grandes ojos cafés oscuros y las dos perforaciones negras en los labios, la descripción es perfecta. — Comenzó diciendo el investigador con tono profesional, cruzándose de brazos. — Pero tengo que serte sincero: no va a ser fácil encontrarla —.
Adrián lo observó con la mandíbula tensa, con los bocetos en su mano, que, los bocetos del papel empezaban a cobrar vida como si fuera una fotografía impresa de Amelie.
— No te contraté para que me digas lo difícil que es, Rafael, te contraté para que la encuentres — le dejó en claro Adrián con su voz grave y cortante, dejandole en claro que no aceptaría ni la más mínima excusa.
— Lo entiendo, y haré mi trabajo — respondió Rafael con calma, sin dejarse intimidar por la presencia del empresario. — Solo te advierto la realidad del asunto. La ciudad es gigantesca, hay miles de personas, y si ella no está registrada en bases de datos públicas con movimientos recientes, o si mantiene un perfil bajo, buscar una aguja en un pajar se queda corto. Dime exactamente dónde fue el choque, por dónde se fue, y veremos qué sale —.
Adrián exhaló despacio, apretando el bolígrafo tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos. No importaba el tamaño de la ciudad o lo complicado que fuera el rastreo; la idea de no volver a verla ya no era una opción que su mente estuviera dispuesta a tolerar.
— Haz lo que tengas que hacer Rafael, pero encuéntrala — sentenció Adrián con una frialdad absoluta. — Quiero saber quién es —.
La puerta de su despacho se cerró tras la salida de Rafael,Adrián de nuevo se quedo solo y con uno de los bocetos en su mano, no le importaba cuánto tardaría o lo difícil que sería, pero tenía en claro una cosa, no descanysaria hasta dar con su Cherry.
«No va a ser fácil», la frase de Rafael resonó en su mente como un sumbido molesto, avivando una chispa de irritación.
Adrián apartó la mirada del boceto por un instante, cerro los ojos para dejar que los recuerdos hicieran el trabajo. De inmediato, su mente proyectó la escena con una claridad insultante: el destello vivo de su cabello corto rojo, la forma en que sus grandes ojos lo habían examinado sin el menor ápice de interés fingido, sus labios con esas dos perforaciones negras que rompían con cualquier molde predecible que Adrián estaba acostumbrado a ver, su figura llena de curvas reales y rollitos, desprovista de cualquier pretensión de pasarela.
«Cherry...», pensó, saboreando el apodo con una mezcla de frustración y un anhelo sordo que detestaba admitir. «¿Dónde diablos estás? ¿Cómo es posible que te hayas esfumado así?»
— Estúpido... — se regañó así mismo en un susurro ronco, negando con la cabeza y pasando una mano pesada por su rostro. — Te estás volviendo loco por una completa desconocida que probablemente tiene su vida hecha, y, tal vez ni se acuerda de ti —.
Pero, por alguna extraña razón, Adrián, sentía que no era así. La recordaba con una claridad aterradora. Recordaba el choque accidental, la vergüenza genuina en su rostro, la forma en que se había alejado con total naturalidad y cómo, contra todo pronóstico, se había girado solo para regalarle una sonrisa limpia que no pedía nada a cambio.
Adrián caminaba de un lado a otro en su despacho, sintiendo que la paciencia, una virtud de la que presumia en los negocios y frente a todos, se le evaporaba por completo. La idea de que una mujer desconocida, a la que ya la había bautizado como Cherry, se hubiera desvanecido sin dejar el mínimo rastro en una ciudad de millones de habitantes, lo frustraba de una manera que no sabía controlar.
«Una maldita sonrisa y lograste lo que nadie en dos años», reflexionó con amargura, recordando las barreras inquebrantables que había construido tras su divorcio, los muros que levantó para protegerse del interés y la manipulación de la gente que lo rodeaba.
Y, sin embargo, allí estaba él, pagando a un investigador privado, frente a un boceto en papel, dispuesto a mover cielo, mar y tierra por una mujer cuyo nombre ignoraba por completo.
— No me importa lo que cueste, ni lo difícil que sea dar contigo, Cherry — murmuró para sí mismo en la penumbra del despacho, con esa voz grave resonando con una determinación obsesiva mientras volvía a mirar el rostro dibujado. — Voy a encontrarte, Cherry. Te juro que voy a encontrarte —.
Mateo entró al despacho sin llamar, como siempre lo hace, se detuvo en seco al ver los papeles desplegados sobre el escritorio. Sus ojos, rápidos y analíticos, recorrieron el retrato hablado de Amelie. Guardó silencio, procesando durante unos segundos antes de cerrar la puerta con llave.
— ¿Un investigador privado, Adrián? — preguntó Mateo con una calma tensa que delataba su molestia. — ¿De verdad has llegado a esto por un choque accidental en la calle? —.
Adrián, se cruzó de brazos y mantuvo una postura rígida, y con la mirada fija en su amigo.
— No es asunto tuyo cómo manejo mi tiempo ni mis recursos, Mateo. — respondió Adrián a la defensiva.
— ¡Es que estás perdiendo la cabeza! — exclamó Mateo, acercándose al escritorio mientras señalaba el dibujo con el dedo. — ¡Mira esto! Es el retrato de una mujer cualquiera. Podría ni siquiera vivir en esta ciudad, una mujer con una vida que no tiene nada que ver contigo. Estás cruzando una línea muy, muy peligrosa, Adrián —.
Adrián invadio el espacio personal de su mejor amigo con su presencia imponente que usa para someter a sus rivales en las mesas de negocios.
— No necesito que lo entiendas, Mateo — dijo Adrián, su voz cargado de una determinación fría — Solo necesito que no te metas en mi camino —.
Mateo guardó silencio, observó el rostro de su amigo. Sabía perfectamente que, cuando Adrián se ponía así, no había argumento en el mundo que pudiera hacer cambiarlo de opinión. Se pasó la mano por el cabello, suspirando con resignación.
— Solo espero que esa mujer valga todo este desastre que estás armando, Adrián. — murmuró Mateo antes de darse la vuelta. — Porque si esto termina mal, voy a ser el primero en recordarte que te lo advertí y será igual o peor que tú divorcio -.
Mateo dejo los pendientes en el escritorio, para salir del despacho y dejar solo a Adrián, con esa obsesión que parecía que Adrián perdía la cordura por completo.
Adrián termino de revisar los pendientes y firmar documentos, el despacho quedó sumido un silencio. Adrián se quedó sentado frente al escritorio, con su celular en las manos. Por pura inercia, abrió su cuenta de Facebook que casi nunca usaba, un espacio virtual donde la gente se dedicaba a presumir fragmentos de su vida, viajes y momentos cotidianos que a él siempre le habían parecido una pérdida de tiempo.
Empezó a deslizar la pantalla sin interés, viendo publicaciones vacías de conocidos y socios corporativos, con la mente fija en el retrato hablado.
Y entonces, como si el destino decidiera jugar a su favor de la manera más insólita posible; entre las sugerencias de amistad que la plataforma solía arrojar, apareció un perfil. Una foto llamó que su atención de inmediato: era ella, su Cherry.
— Te encontré... — murmuró Adrián en la penumbra del despacho, mientras sus ojos devoraban cada imagen en la pantalla.
Sin pensarlo dos veces, entró al perfil.
Revisaba las publicaciones y las imágenes públicas que el perfil le permite al no tenerlo agregado: allí estaba Cherry, y en otras fotografías aparecía acompañada de dos pequeños... Sus hijos.
— Amelie... — susurro su nombre con suavidad, saboreándolo en los labios como algo prohibido y precioso.
Con una mezcla de impaciencia y una torpeza que jamás habría admitido ante nadie, Adrián se quedó mirando fijamente la parte de "Agregar a amigos" en la pantalla.
Adrián, a sus treinta y cinco años, con una vida controlada al mínimo detalle el hombre frío, implacable y calculador siendo el CEO, dueño y fundador de Valmont Group se sentía exactamente igual que un adolescente enamorado, con el pulso ligeramente acelerado y la incertidumbre impregnada en el pecho, hizo clic en el espacio de enviar solicitud de amistad. Se quedó mirando la pantalla, el corazón latiéndole más rápido de lo habitual, aferrado a la más mínima esperanza de que la aceptara.
«Acepta, Cherry... por favor, acéptala», se repetia, mientras su mirada se perdía en la pantalla esperando la pequeña campana de notificaciones, esperando ver la solicitud aceptada.
El eco de su propio ruego quedó suspendido en su despacho. Adrián tenía la mirada clavada en la pantalla, tamborineaba sus dedos en rl escritorio esperando desesperadamente. No parpadeaba. Solo esperaba impaciente, el eco sutil de la notificación que confirmara que el muro invisible había caído.
Treinta minutos después, la notificación sonó.
«Solicitud aceptada».
— Te tengo... — murmuró Adrián, mientras sus ojos devoraban las fotos del perfil de Amelie, memorizando cada detalle de su rostro, de sus hijos y de esa vida de la que, estaba lejos de ser sencilla.
Miraba las fotos con una fascinación febril de quien contempla un atardecer a la orilla del mar, sin saber todavía que, con ese simple clic, estaba a punto de convertirse en el terremoto definitivo que lo arrasaría todo.
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