Capítulo 4 de 13
En su día a día, Amelie funcionaba completamente en automático, arrastrando casi los pies con el cuerpo adormecido a causa de noches sin dormir bien, sin comer o apenas llevándose un bocado frío cuando el cuerpo se lo exigía por pura supervivencia.
Amelie estaba sentada en la silla del comedor, con el pequeño Liam de un año sobre sus piernas, intentando darle unas cucharadas de arroz con carne mientras Ian de 10 años comía a su lado. Los tres miraban en la televisión un programa de caricaturas.
La puerta principal se abrió, rompiendo el sonido de la tele, Sergio, su "marido", había llegado.
— Ya llegué — anunció Sergio desde la entrada, dejando las llaves con desgano antes de caminar hacia la cocina.
Ian dejó la cuchara sobre el plato y corrió a recibirlo, con una mezcla de ilusión y felicidad.
— Papá, mis pantalones para ir a la escuela ya no me quedan, me aprietan mucho — dijo Ian, señalándose la cintura con preocupación.
Sergio ni siquiera se detuvo a mirarlo bien; dejando la mochila en el cuarto de Ian.
— Ah, luego te compro — contestó simplemente, con una ligereza fría y desentendida, como si el problema no fuera con él ni con las necesidades de su hijo.
Amelie apreto los labios con fuerza, sintiendo cómo la rabia y la frustración le quemaban el pecho. Quiso hablar, reclamarle; pero decidió callar. No tenía energía ni ganas para discutir, y menos frente a los niños. Volvió la mirada hacia el plato de Liam tragándose el nudo en la garganta mientras el silencio volvía a instalarse en la casa.
Aprovechando que los niños estaban tranquilos, Amelie se puso a inventar una solución desesperada para arreglar los pantalones de la escuela de Ian y hacer que, por lo menos, le quedaran un poco más flojos para que pudiera aguantar unos días más.
Amelie tomo unas tijeras y empezó a descoser con mucho cuidado la parte trasera del resorte que está en la cintura, buscando ganar unos centímetros de espacio.
— Ven, pruébatelo para ver cómo te queda — le hablo Amelie a Ian con voz suave, haciendo una seña con la mano.
El niño se metió a la habitación, se puso la prenda y dio un par de saltitos frente a ella evaluando la cituacion.
— Ya no me aprieta tanto — le contestó Ian con una pequeña sonrisa de alivio, estirando la tela mientras se movía sintiendo como le quedaba el pantalón.
— Bien, así te servirá en lo que te compra tu papá unos nuevos, ¿va? — le contesto intentando sonar lo más optimista posible, aunque por dentro sabía que no sería así.
Ian, con la inocencia de un niño de su edad, salió corriendo hacia la cocina donde estaba Sergio terminando con los trastes.
— Papá, ¿sí me vas a comprar mis pantalones nuevos? — le preguntó el niño con ilusión, tirando ligeramente del borde de la camisa de su padre.
Sergio se secó las manos con un trapo con brusquedad, sin mirarlo a los ojos.
— Hey, luego, hijo — contestó simplemente, desentendiéndose del asunto con la misma ligereza de siempre.
Amelie escucho su respuesta desde el pasillo, simplemente negó con la cabeza, sintiendo un coraje profundo y silencioso se instalaba de nuevo en su pecho.
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Una tarde silenciosa y pesada Ian se acercó a Amelia con los ojos muy abiertos, sosteniendo una caja.
— Mamá, mira lo que compró mi papá! — dijo el niño, enseñándole con orgullo unos audífonos de diadema.
Amelie sentía que la sangre se le subía a la cabeza de golpe. La rabia, contenida durante tanto tiempo, estalló sin previo aviso. Dejo lo que estaba haciendo y busqué a Sergio con la mirada, encontrándolo en la sala.
— ¿En serio? - le reprocho, con la voz temblando de coraje. — ¿Te compraste audífonos nuevos en lugar de comprarle los pantalones y los uniformes al niño?, No solo son los uniformes, ¡su demás ropa ya no le queda!.
Amelie comenzó a recordarle, con una mezcla de frustración e impotencia que ya no cabía en su pecho:
— Los pantalones no le quedan, las playeras tampoco. Te recuerdo que tu hijo crece y va dejando la ropa, y el bebé va por el mismo camino de lo rápido que está creciendo. ¡Necesitan ropa urgente y a ti solo te importan tus caprichos! —.
— ¡No chingues! — grito Amelie llena de enojo. — mi mamá no tiene porque estarle comprando ropa, no es su obligación, ¡Es tuya! —.
Amelie le reclamaba enojada, soltando todo el cansancio y la frustración acumulada, mientras Sergio solo la miraba con esa indiferencia cínica que siempre ponía.
Sergio se quedó en silencio un momento, cruzándose de brazos con total pasividad ante mi reclamo, sin mostrar la menor pizca de culpa o empatía.
— Los ocupaba — le contestó simplemente, con un tono desinteresado. — Luego le compro los uniformes; total, ya van a salir de vacaciones —.
Amelie sentía que el suelo se abría bajo sus pies ante su respuesta tan descarada y egoísta.
— ¿Qué ocupabas? ¿Y tú hijo qué? — le reprocho llena de impotencia. — ¡No se trata solo de la escuela, te dije que ya no tiene ropa para diario! ¿Qué esperas? ¿Qué ande desnudo por la casa? —.
— Ya relajate, estás armando un escándalo por nada — replicó Sergio rodando los ojos con fastidio como si Amelie estuviera exagerando. — Te digo que luego veo eso —.
— Siempre es un "luego", Sergio — le soltó, sintiendo cómo las lágrimas de rabia contenida amenazaban con desbordarse, pero se mantuvo firme frente al niño — Pero para tus caprichos nunca hay un "luego", para eso sí hay dinero inmediato, por eso te insisto en que urge que consiga un trabajo, ¿oh no puedes? —.
Sergio solo bufó, ignorando las palabras de Amelie por completo y alejándose hacia la otra habitación, dejándola allí parada con el pecho ardiendo de coraje y la certeza absoluta de que estaba completamente sola en esa casa.
Amelie se quedó allí, con los puños apretados y el sabor amargo de la impotencia en la garganta. Verlo irse con tranquilidad como si no pasara nada, mientras ella cargaba con el peso de la casa, de los niños y de la escasez absoluta, la hizo sentir más sola que nunca.
Amelie cerro los ojos un segundo, conteniendo unas inmensas ganas de gritar, miro a su hijo, que los había estado observando en silencio con una expresión de preocupación impropia para su edad.
Amelie se agacho de inmediato para ponerse a su altura, suavizando el gesto en su rostro para no asustarlo más de lo que ya estaba.
— No pasa nada, mi amor — le hablo con una sonrisa forzada, acariciándole el cabello. — Ve a tu cuarto a jugar un rato, todo está bien.
Ian asintió despacio y se alejó, dejándola sola en la sala.
Amelie se dejo caer en el sillón, sintiendo el cuerpo pesado y el alma completamente agotada. Las palabras de Sergio resonaban en su cabeza, un recordatorio constante de su encierro. No había apoyo, no había salida, y cada día se sentía como una cuesta arriba imposible de sostener.
— ¿Cuánto tiempo más voy a poder resistir así? — se preguntó para sí misma, con la voz quebrada por el cansancio.
Miró hacia la ventana, y por un segundo, la imagen de aquel hombre alto, de mirada intensa y respetuosa, cruzó por su mente. Era un recordatorio doloroso de que, en algún lugar allá afuera, existía un mundo donde las personas al menos se detenían a mirarla de verdad, aunque fuera solo por un instante.
Amelie se dejó caer en el sillón y abrazó un cojín con fuerza, buscando un refugio que no encontraba en ningún lado.
— ¿Quién eres? — se preguntó Amelie en un susurro, mientras se recostaba en el sillón abrazando un cojín. — Ojalá supiera por lo menos tu nombre...
Amelie cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de la soledad, exhaló un suspiro largo y agotado mientras volvía a fijar la vista en el techo.
El silencio de la habitación se volvió aún más pesado, interrumpido solo por el leve zumbido del refrigerador en la cocina. El cojín entre sus brazos ya no ofrecía consuelo; se había convertido en el único testigo de su cansancio.
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