Capítulo 3 de 13
Han pasado varios días, desde aquel fugaz encuentro en la calle, pero la rutina implacable de Adrián no se había detenido ni un solo segundo.
Para él, los días transcurrían bajo una precisión cronometrada y muy estricta. Su jornada comenzaba antes del alba con una sesión de pesas en el gimnasio privado de su casa, un buen baño de agua caliente antes de enfundarse en uno de sus impecables trajes a medida y camisas oscuras.
A las 7am en punto, ya se encontraba instalado en su despacho corporativo en la torre de Valmont Group. Era una oficina amplia y sofisticada, con ventanales de suelo a techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad.
El espacio estaba decorado con una elegancia sobria y moderna: maderas oscuras, detalles en acero cepillado, una gran mesa de conferencias privada, estanterías repletas de volúmenes de derecho mercantil y finanzas, y un escritorio minimalista de mármol negro donde reposaban únicamente una laptop de última generación, un par de documentos firmados y una estilográfica de alta gama. No había distracciones, solo orden y control absoluto.
Desde ese despacho, su día era un torbellino constante de alta gerencia.
Agenda del día:
7:30 - Revisión financiera.
8:15 - Reunión con dirección.
9:30 - Proyecto residencial.
11:00 - Presentación de inversiones.
13:00 - Almuerzo de trabajo.
14:30 - Revisión de contratos.
16:00 - Junta con arquitectos.
18:00 - Informes y pendientes.
A las siete y media ya estaba revisando los resultados financieros del trimestre.
— Aquí hay una diferencia — señaló Adrián mientras recorría una tabla con el dedo —. Quiero que Finanzas vuelva a revisar estos números antes de aprobarlos.
A su lado, de pie junto al escritorio con una tableta digital en la mano, se encontraba Mateo, su mano derecha, director de operaciones y, sobre todo, su mejor amigo de confianza desde los años universitarios.
Mateo un hombre de apariencia imponente y elegante, con rasgos afilados, ojos de color miel claro y penetrantes que denotan seriedad, cabello oscuro y bien peinado, es un poco más bajo que Adrián por unos centímetros. Sin embargo, detrás de esa fachada solemne, esconde una personalidad completamente opuesta: es alguien amable, simpático y divertido.
Mateo suspiró levemente.
— Ya mandé a llamar al analista de turno, pero te aseguro que es un error de redondeo en el sistema. De cualquier forma, lo revisan de nuevo antes del mediodía — respondió Mateo con calma, conociendo de sobra la exigencia de su jefe.
A las ocho y quince, la sala de juntas principal albergaba la reunión con dirección. Los directores de las divisiones de tecnología y desarrollo inmobiliario ocupaban sus asientos con evidente tensión. Las reuniones de Adrián no toleraban la improvisación.
— Los informes de la costa norte muestran un retraso del cuatro por ciento en la cimentación -comenzó diciendo el director de operaciones de la zona, intentando justificar el desvío —. Cuestiones logísticas con los proveedores de acero.
Adrián lo observó en silencio desde la cabecera de la mesa, con esa mirada intensa y seria que siempre lograba que el aire se escapara en cualquiera. No tenía la nesecidad de levantar la voz ni gesticular de más.
Su sola presencia dominaba el espacio.
— La logística no es una excusa, es parte de lo que ustedes deben prever antes de comprometer fechas de entrega con los inversionistas — intervino Adrián, con su voz grave y pausada —. Si el proveedor falla, se cambia de proveedor. No quiero retrasos innecesarios en el cronograma. ¿Quedó claro? —.
— Sí, señor Valmont. Mañana mismo cerramos con el nuevo proveedor — respondió el director, tragando saliva con difícultad.
Mateo, sentado a su lado derecho, cruzó los brazos y añadió para suavizar el golpe, aunque respaldando la decisión:
— El margen de tiempo es ajustado, señores. Necesitamos que esta fase quede lista antes de que termine el mes. — puntualizó Mateo, con voz firme — Vamos a dar seguimiento diario a ese punto —.
A las nueve y media, la dinámica cambió al enfocarse en el proyecto residencial de lujo en las afueras de la ciudad. Los planos digitales cubrían la pantalla táctil de la sala de diseño.
— El concepto minimalista está bien, pero los acabados en la fachada principal se sienten fríos -analizó Adrián, apoyando las manos sobre la mesa mientras estudiaba cada trazo. — Quiero que integren elementos de piedra natural que jueguen con la iluminación cálida al atardecer —.
— Le dará un toque sofisticado, romperá con la monotonía del vidrio y el acero — apoyó Mateo, mirando los renders con atención. — ¿Modificamos los planos de inmediato para presentárselos al comité de diseño? —.
— Hazlo. Y asegúrate de que los proveedores locales tengan la exclusividad de ese material - ordenó Adrián, antes de mirar brevemente el reloj.
Las siguientes horas transcurrieron entre la presentación de inversiones a las once, donde barajearon cifras multimillonarias con la misma frialdad con la que se revisa el clima, y el almuerzo de trabajo a la una de la tarde, donde compartieron una mesa privada en el mismo corporativo con un grupo de socios extranjeros.
A las dos y media, de vuelta en su despacho, comenzó la revisión de contratos legales junto a la asesora jurídica de la empresa.
— Las cláusulas de confidencialidad están blindadas, Adrián, pero la contraparte insiste en modificar el apartado de penalizaciones por incumplimiento de plazos — explicó la abogada, extendiendo los documentos sobre el escritorio.
Adrián hojeó las páginas, su mente calculadora detecta rápidamente el punto débil de inmediato.
—No, no aceptes esa modificación. Saben perfectamente que si ceden en eso, nos exponen a demoras injustificadas. Diles que el contrato se firma bajo nuestros términos o la negociación queda cancelada — sentenció sin dudar.
— Entendido. Me encargo de rechazar esa cláusula hoy mismo — contestó la abogada tomando los expedientes y retirándose.
A las cuatro de la tarde, la junta con los arquitectos principales ocupó gran parte de la tarde. Discutieron la distribución de espacios, los metros cuadrados de áreas verdes y la optimización de energía en los nuevos edificios inteligentes. Adrián escuchaba las propuestas, descartaba lo inviable con una sola frase y aprobaba las ideas realmente innovadoras con un gesto seco.
Finalmente, a las seis, el despacho quedó en silencio, iluminado únicamente por la luz tenue de la lámpara de escritorio y el reflejo de la ciudad al fondo. Era la hora de los informes y pendientes.
Mateo seguía ahí, acomodándose en el sillón frente al escritorio, observando a su amigo con una mezcla de respeto y preocupación al notar que, por tercera vez en la tarde, Adrián se había quedado mirando fijamente la pantalla apagada de su teléfono, como si esperara ver algo que no iba a ocurrir.
— ¿Sucede algo, Adrián? — le preguntó Mateo con la confianza que les daban los años de amistad —. Has estado distraído en tres reuniones distintas hoy. Eso no es tuyo —.
Adrián parpadeó negando con la cabeza, y sacudiendo esos pensamientos intrusivos, y se pasó una mano por su cabello.
— No es nada, Mateo. Solo... estoy cansado — respondió con voz neutra, aunque ni él mismo se creía la mentira.
— Si tú lo dices...— le contesto Mateo, sin creerle mientras se retiraba del despacho de su amigo.
Por fin, Adrián se quedó solo en su despacho.
El silencio sepulcral de la torre corporativa contrastaba con el bullicio del final del día. Sin embargo, en lugar de aprovechar la tranquilidad para avanzar con los últimos informes, una extraña inquietud se apoderó de él. Se dejó caer en el sillón del respaldo, recostándose hacia atrás y pasando pesadamente sus manos por su rostro.
— Basta... — murmuró para sí mismo en voz alta, exhalando un suspiro cargado de frustración.
Por alguna razón, su mente lógica y analítica se negaba a aceptar, y empezó a recordarla.
Cerró los ojos y, con una nitidez desconcertante, el recuerdo de aquel tropiezo en la calle volvió a proyectarse en su mente. Vio de nuevo el impacto rápido, el vibrante de su cabello corto rojo y la forma en que esos hermosos y grandes ojos cafés oscuros se cruzaron con los suyos sin rastro de cálculo ni de interés.
Abrió los ojos abruptamente y se incorporó, apoyo los codos sobre el escritorio. Su mirada se perdió completamente en la penumbra, mientras los recuerdos seguían avanzando, reviviendo el instante exacto en que ella se había detenido a unos metros de distancia sobre la banqueta únicamente para sonreírle.
— Estúpido... fuiste un completo estúpido al quedarte ahí parado como un completo idiota — se regañó en voz baja, negando con la cabeza mientras una media sonrisa involuntaria, se dibujaba
en sus labios —.
— Ella se detuvo, se giro, sonrió y me miró... — recordó.
Recordó la forma en sus caderas, sus piernas y muslos grandes, en como sus rollitos en su figura se movían con absoluta naturalidad bajo la blusa negra y los jeans claros. Y sobre todo, recordó esa sonrisa pequeña, limpia y honesta, que no pedía absolutamente nada a cambio.
— Una sonrisa... y me dejó con la palabra en la boca — dijo con una mezcla de fascinación y molestia —. Ni siquiera sé cómo te llamas. ¿Quién eres? ¿De dónde saliste para venir a desacomodar mi vida así nada más?
Se puso de pie, y caminó hacia los enormes ventanales observando la ciudad, sintiendo que por primera vez en años y desde su divorcio, perdía el control absoluto de su vida se le escapaba de las manos y todo por culpa de una desconocida de la que no sabía nada, y de la cual no podía borrar ni un solo detalle de su mente.
— Tengo que saber quién es esa mujer — dijo en voz baja y exigente, apoyando una mano con firmeza contra el cristal frío del ventanal mientras las luces de la calle parpadeaban bajo sus pies. — Sea como sea, voy a encontrarla, no importa como ni cuánto tiempo me tomé —.
— Te voy a encontrar, Cherry... —.
La idea de que aquella mujer de cabello teñido en rojo y sonrisa honesta pudiera simplemente haberse desvanecido en la multitud de la gente, para no volver a verla jamás, le encendió una determinación feroz. Su mente acostumbrada a planificar cada movimiento con meses de anticipación, empezó a descartar cualquier lógica prudente, proponiendose a si mismo encontrarla sin importar nada ni el costo.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien había despertado una parte en él que creía apagada.
Una ironía difícil de digerir:
Adrián Valmont podía doblegar el rumbo de una empresa con una sola palabra, pero se hallaba indefenso ante el recuerdo de una sonrisa fugaz que se negaba a desaparecer.
Adrián no sabía si era interés, curiosidad o simplemente la necesidad de entender por qué una completa desconocida había logrado quedarse en su mente permanentemente.
Era un tipo de persistencia y absurda necesidad de entender cómo una extraña había logrado quedarse en su memoria de esa forma.
Pero una cosa era segura;
Adrián Valmont, el hombre que podía controlar una empresa entera con una llamada, no podía controlar el recuerdo de una sonrisa que duró apenas unos segundos.
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