Capítulo 22 de 23
Ante aquella bella revelación donde Amelie le dijo que quiere a Adrián, los siguientes días se sintieron un poco más ligeros para ambos. Aunque las circunstancias seguían exigiendo discreción y las paredes de la casa de Amelie continuaban guardando silencio frente a Sergio, el aire que respiraba ya olía a esperanza.
En cuanto a Adrián, la confesión a través de la videollamada había dejado una huella imborrable en su día a día, transformando la fría presión de sus responsabilidades en un motor distinto.
Mientras Amelie dividía sus horas entre el cuidado de los niños y la organización de la carpeta en la nube, la rutina de Adrián en Valmont Group transcurría en las alturas de un corporativo inmobiliario y de tecnología de alto nivel donde el mínimo error costaba millones.
En la gran sala de juntas la tensión se cortaba con tijera. Adrián presidía la reunión semanal de estrategia junto a Mateo y los directores de división, evaluando el impacto del nuevo software de domótica y gestión de activos que el corporativo estaba a punto de lanzar al mercado.
— Los inversionistas de Italia presionan para adelantar el cierre del contrato inmobiliario en la zona norte, Adrián — le indicó Mateo con seriedad, hojeando una tablet mientras caminaba de un extremo a otro de la pantalla táctil de proyecciones — Si no firmamos el acuerdo de exclusividad tecnológico antes del viernes, la competencia nos va a arrebatar el proyecto de las torres inteligentes.
Adrián, apoyó los codos sobre el escritorio con su intimidante mirada fría y calculadora analizando cada gráfica de rendimiento.
— No vamos a ceder ante la presión de los plazos si eso compromete la seguridad de los datos de los inquilinos, Mateo — respondió Adrián con voz firme, cortando cualquier debate — Revisa de nuevo los términos de encriptación del sistema con el equipo de ingeniería. Prefiero retrasar una semana el comunicado oficial a entregar un producto vulnerable. Y asegúrate de que el departamento legal revise las cláusulas de rescisión esta misma tarde.
— Entendido. Me encargo de eso de inmediato — asintió Mateo, arqueando una ceja llena de respeto y complicidad, deteniéndose un segundo para agregar en voz baja, solo para que él lo oyera — Por cierto, te noto inusualmente paciente hoy. ¿A qué se debe el milagro? ¿Será que organizar archivos digitales en la nube te está sentando mejor de lo que pensabas?
Adrián fulminó a su amigo con la mirada mientras Mateo apretaba los labios para evitar soltar una carcajada, una sombra de sonrisa, tenue pero genuina, se dibujó por un segundo en la comisura de los labios de Adrián, rompiendo la coraza impenetrable del hombre de negocios.
— Cierra la boca Mateo, si valoras tú vida — sentenció Adrián fingiendo molestia mientras daban por terminada la junta.
Esa misma tarde Amelie se encontraba dando los últimos retoques a la limpieza de la sala, con un trapo en la mano mientras los niños jugaban en su cuarto.
De repente, unos golpes secos y firmes resonaron en la puerta principal, ella frunció el ceño, extrañada, ya que nadie solía visitarla.
Amelie caminó hacia la entrada y abrió con precaución. Al abrir, un repartidor le extendió una caja mediana, firmemente sellada y envuelta en papel mate.
— ¿ Me firma de recibido, por favor? — le pidió el hombre con amabilidad, dandole la pequeña terminal digital.
Amelie firmó y le agradeció al repartidor y cerró la puerta despacio, sosteniendo el paquete entre sus manos llena de curiosidad y extrañeza.
— Qué raro... Yo no he pedido nada — murmuró en voz baja, mientras caminaba hacia la mesa del comedor.
Dejó la caja sobre la mesa y, con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal gracias a una corazonada repentina, tomó las tijeras y abrió la caja con cuidado.
En el instante en que sus ojos enfocaron lo que descansaba en el fondo, Amelie se quedó absolutamente muda.
Era el libro de edición especial de fantasía que llevaba meses deseando y del que le había hablado a Adrián en una de sus largas pláticas nocturnas; un ejemplar de colección con acabados dorados y detalles únicos que era prácticamente imposible de conseguir en las librerías locales.
Con manos temblorosas, tomó el volumen entre sus manos y, debajo de este, descubrió una pequeña tarjeta escrita con la caligrafía pulcra e inconfundible de Adrián.
"Eres tan fuerte y autosuficiente que el mundo a veces olvida cuidarte. Yo, en cambio, te admiro en silencio; este pequeño detalle es solo una excusa para recordarte que tu felicidad es mi prioridad."
Adrián.
Amelie abrazo el libro como si fuera un gran tesoro - y lo era - mientras suspiraba llena de alegría.
Justo en ese preciso momento, el teléfono vibró con fuerza en la mesa con una notificación de un mensaje de Adrián.
Chat de Adrián:
¿Llegó a salvo tú paquete, Cherry?
Chat de Amelie:
Llegó... Y no tienes idea de lo que acabas de hacer. Estás loco, en verdad, Adrián.
Chat de Adrián:
Solo quería asegurarme de que tuvieras una razón genuina para sonreír hoy. ¿Te gustó
Chat de Amelie:
¿Qué si me gustó?
Adrián ,me encantó, bastante como no tienes idea. De verdad, no debiste molestarte.
Chat de Adrián:
No es ninguna molestia, Cherry. Solo quería asegurarme de que hoy sonrieras, especialmente después de lo abrupto que fue nuestro último "adiós" en la videollamada.
Trás el repentino peso de la confesión de Amelie y la promesa implícita en las palabras de Adrián hicieron que un aleteo de nervios le recorriera el estómago. Amelie no sabía cómo manejar tanta intensidad, así que, fiel a su costumbre de huir cuando el terreno se ponía demasiado profundo, decidió cambiar de tema a toda velocidad.
Chat de Amelie:
Oye, hablando de otra cosa...
¿te enteraste de la locura que pasó hoy en la esquina con el camión de reparto? Casi tira el puesto de tacos.
Chat de Adrián:
¿Intentando huir de la conversación con una táctica de distracción tan barata, Cherry?
Chat de Amelie:
¡Claro que no! Solo... tengo curiosidad por saber si las catástrofes urbanas también le interesan a un señor de traje y portafolio.
Chat de Adrián:
Me interesa cualquier cosa que evite que cambies de tema, pero te sigo el juego por esta vez... Cuéntame qué pasó con el camión.
Mientras Amelie y Adrián conversaban con la tranquilidad de quien deja pasar las horas sin prisa, del otro lado de la ciudad Mateo repasaba mentalmente cada palabra que pensaba decirle a Anaís.
Desde aquella vez tras la tormenta los había acercado por primera vez, las visitas de Mateo se habrían vuelto un refugio constante para ella. Un mes de miradas cómplices, risas compartidas y charlas que se alargaban hasta tarde había bastado para que Mateo tuviera la certeza de lo que sentía. Quería dar el siguiente paso, formalizar lo que ya latía con fuerza en su pecho y preguntarle si quería ser su novia.
Anaís y Mateo caminaban despacio por el parque central, disfrutando de la tranquilidad del lugar.
— Me alegra mucho que hayas aceptado venir hoy, Anaís — le habló Mateo, mirándola con una sonrisa sincera mientras se acomodaba su playera — Tenía ganas de verte desde hace días.
— Yo también tenía ganas, Mateo. La verdad es que estos días se me han pasado volando desde la última vez que nos vimos en la tormenta — le confesó Anaís mientras le devolvía la sonrisa y se acomodaba el cabello que el viento mecía suavemente.
— Estaba pensando en lo rápido que ha pasado este último mes — comentó Mateo, mientras miraba de reojo la expresión de Anaís — Parece que fue ayer cuando nos agarró aquella tormenta y me refugie en tú casa después de ayudarte con esa cortina.
Anaís soltó una pequeña risa, recordando aquel día caótico.
— Ha sido un mes muy extraño, sabes? — confesó ella, retomando la marcha con pasos pausados — En el buen sentido, claro. Todo ha ido muy rápido, pero al mismo tiempo se siente tan natural que asusta un poco. Contigo siento que simplemente... fluye.
Mateo dio un paso al frente para cerrarle el paso con suavidad, tomándola de las manos con delicadeza.
— No tienes de qué asustarte, pecosita — afirmó Mateo con voz firme y tranquilizadora — Yo también he sentido ese vértigo, pero sé con absoluta certeza lo que quiero.
Anaís sintió que el aire se le escapaba por un instante al compás de los latidos acelerados de su propio corazón. Bajó la mirada un segundo hacia las manos de él, que sostenían las suyas con calidez. Un ligero temblor recorrió sus labios antes de que pudiera articular palabra, intentando calmar la tormenta de emociones que la estaba sacudiendo por dentro.
— Es solo que... todo ha ido tan rápido, Mateo — murmuró Anaís, con un hilo de voz que delataba tanto su vulnerabilidad como el profundo afecto que intentaba contener — En tan solo un mes, has logrado volverte indispensable en mis días, y la idea de que esto sea tan real me aterra tanto como me fascina. ¿Y si no soy suficiente para todo lo que tú imaginas?
Mateo apretó sus manos con un poco más de firmeza, como si con ese simple gesto pudiera disipar cualquier sombra de duda que habitara en la mente de ella.
— No tienes que ser perfecta, Anaís, solo tienes que ser tú — replicó él, acercándose más para acortar cualquier distancia restante — Desde el primer día que te vi, supe que eras alguien especial. Este mes es solo el comienzo de todo lo que me gustaría construir a tu lado, si tú estás dispuesta a seguir caminando conmigo.
Mateo tomó aire, llenó de nerviosismo y una profunda certeza latiendo en su pecho, tomo a Anaís de la cintura con una mano mientras la otra acunaba su rostro.
— Si este mes ha sido increíble, no me quiero imaginar lo que viene después, Anaís — comenzó Mateo, con la voz suave pero firme, teñida de ilusión — No quiero seguir siendo solo alguien con quien sales de vez en cuando. Quiero estar en tus días buenos y en los difíciles, quiero celebrar tus victorias y ser tu refugio cuando lo necesites.
Anaís lo miró fijamente, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza mientras el mundo entero parecía detenerse a su alrededor.
— Mateo... — murmuró ella con una sonrisa tímida, conteniendo la respiración ante las palabras de Mateo.
— Pecosita... — hablo Mateo con suavidad intentando ocultar sus nervios — Quiero que seas mi novia, compartir mis días contigo, cuidarte y construir todo lo que venga para nosotros en un futuro. ¿Quieres dar este paso conmigo?
— Si Mateo — respondió Anaís, con una sonrisa tierna en los labios ligeramente temblorosos — claro que sí, quiero ser tu novia. No hay nada que desee más.
Una risa suave y aliviada escapó de los labios de Mateo, iluminando su rostro con una felicidad inmensa. Sin poder contenerse un segundo más la abrazó con fuerza, rodeando su cintura y levantándola levemente del suelo en un gesto lleno de espontaneidad y triunfo.
Mateo apartó con infinita suavidad un mechón de cabello rebelde del rostro de Anaís y la besó. Fue un beso lento, tierno y cargado de promesas mudas, sellando bajo las estrellas el inicio oficial de una historia que ambos sabían que duraría mucho más que un simple capítulo.
Tras el beso, Mateo se apartó lo justo para volver a mirarla a los ojos, con una sonrisa radiante que apenas le cabía en el rostro, todavía saboreando la dulzura de su respuesta.
— Sabes, tenía miedo de que dijeras que no... bueno, no tanto miedo, pero los nervios siempre juegan en contra — bromeó Mateo en un susurro cómplice, mientras entrelazaba sus dedos con los de ella con absoluta naturalidad — Aunque viéndote los ojos, sabía que estábamos en la misma sintonía.
— ¿Ves? Eres un exagerado — respondió Anaís, dándole un toque afectuoso en el hombro con la mano libre — Desde esa tormenta sabías perfectamente que te iba a decir que sí. ¿O acaso lo dudabas?
— Jamás — admitió él con una sonrisa de medio lado, deteniéndose para besarle los nudillos con infinita delicadeza — Pero escucharlo decirlo en voz alta... eso es otra cosa. Me encanta cómo suena. Mi novia, mi novia pecosita.
El camino de regreso a casa de Anaís estuvo lleno de charlas ligeras, risas compartidas y silencios cómodos que ya no necesitaban explicaciones.
Cuando finalmente llegaron al portal de la casa de Anaís, Mateo se detuvo con ella frente a la entrada de su casa, reacio a dar por terminada la noche, ambos estaban conscientes de que el momento de la despedida había llegado, aunque ninguno de los dos se atreviera a dar el paso para pronunciarla.
Mateo la tomó suavemente de la cintura, acercándola con profunda ternura mientras le acariciaba la mejilla con la yema del pulgar.
— Parece que el camino se ha hecho más corto que nunca hoy — murmuró Mateo, con una sonrisa nostálgica mientras dejaba un beso suave en su frente — Odio tener que despedirme.
— Entonces no te vayas, quédate — le pidió Anaís, con voz baja, llena de una súplica suave y sincera — Quédate un rato más. No quiero despedirme de ti esta noche.
Mateo parpadeó varias veces, sorprendido ante su petición y una chispa de alegría iluminó su mirada, no tardó ni un segundo en responder, con una sonrisa cómplice que le iluminaba el rostro.
— ¿Estás segura? Porque una vez que suba, te advierto que no voy a querer irme en toda la noche — respondió él, con un tono juguetón pero cargado de una profunda ternura.
— Precisamente eso es lo que quiero — replicó Anaís, abriendo finalmente la puerta con su propia llave sin apartar los ojos de los de él - Entra, mi amor.
— Mi amor... — Repitió Mateo lleno de alegría ante las palabras de Anaís.
Anaís, que acababa de dejar las llaves sobre la repisa de la entrada, se giró al oírlo. Una sonrisa tímida pero radiante se dibujó en su rostro al ver la expresión de asombro y ternura en los ojos de él.
— ¿Te gusta cómo suena? — preguntó Anaís en un susurro divertido, dando un par de pasos hacia él para acortar la distancia.
Mateo no pudo evitar reírse suavemente, negando con la cabeza mientras extendía los brazos para rodearla por la cintura y atraerla con suavidad hacia su pecho.
— Me encanta — respondió Mateo con una sonrisa de oreja a oreja, mirándola con una devoción infinita — Podría pasarme el resto de la vida repitiéndolo y jamás me cansaría. Mi amor.
Anaís se acurrucó contra él, cerrando los ojos por un instante para disfrutar del compás tranquilo de sus latidos y de la certeza absoluta de que, tras esa tormenta que un día los cruzó, finalmente habían encontrado su lugar en el mundo.
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