Capítulo 23 de 23
Las siguientes semanas transcurrieron en un torbellino de emociones encontradas y marcadas por una rutina diaria que, aunque seguía cargada de las tensiones y obligaciones de siempre, comenzaba a mostrar ligeros pero significativos cambios que iluminaban los días de Amelie.
Adrián se mantenía inmerso en las altas esferas de su corporativo, lidiando con juntas interminables, cifras y la enorme responsabilidad de dirigir una empresa, pero siempre encontrando el momento - a través de un mensaje fugaz, una llamada en el momento exacto o detalles inesperados - para recordarle a Amelie que ella ocupaba un lugar primordial en su mente.
Mientras tanto, ella cumplía fielmente con el trabajo digital que él le había confiado, organizando agendas, respaldando carpetas y sintiendo que, por fin, cada hora invertida era un paso firme hacia la independencia económica y personal que Amelie tanto anhelaba.
En medio las largas conversaciones nocturnas y los mensajes cruzados a lo largo del día entre Amelie y Adrián, un nuevo elemento se había vuelto familiar en sus pláticas: Anaís y Mateo.
Aunque físicamente aún no los conocía Amelie y jamás los había visto en persona, sentía que formaban parte de su entorno. Adrián le hablaba de ellos con una mezcla de cariño, protección y complicidad. Escucharlo hablar de su amigo y su novia con tanta naturalidad la hacían sentir cada vez más integrada en su vida, como si poco a poco estuviera desmoronándose la muralla de secretismo que al principio parecía rodear su mundo.
Aquella tarde Amelie caminaba con cautela buscando la dirección del local de Anaís, con la dirección que Adrián le había dado días atrás, señalando el camino hacia el local, pero como Amelie no es muy buena con las calles se le dificultó un poco en llegar; necesitaba darse un respiro y buscar una vela aromática que le devolviera un poco de paz.
Llevaba en brazos al pequeño Liam quien miraba para todos lados con asombro y de la mano a Ian quien ya estaba enfadado de caminar.
- Mami, ¿falta mucho? Ya me canse - preguntó Liam con voz tierna, tirando ligeramente de su mano.
- Ya casi llegamos, mi niño. Es aquí cerquita, espérame un poquito más - les respondió Amelie con una sonrisa alentadora, doblando la esquina tal como el croquis le indicaba.
Al entrar al local, conversaban animadamente una mujer de mirada vivaz y una melena larga y con ondas suaves de castaño claro con sutiles pecas en su rostro junto a un hombre alto de porte elegante. Al verlos entrar, ambos giraron la cabeza. Amelie los reconoció de inmediato por una foto que Adrián le había mandado en sus pláticas; no había duda: eran Anaís y Mateo.
- ¡Hola! Bienvenidos, pasen por favor, buscan algo en especial - habló Anaís con una calidez inmediata, agachándose un poco para saludar con la mano a Ian y Liam.
- Muchas gracias - respondió Amelie un poco penada, mientras Ian y Liam se quedaban mirando curiosos los frascos de colores - Venimos buscando una vela aromática, me recomendaron mucho este lugar.
- ¿De casualidad vienes de parte de un tipo obsesionado con los horarios, los archivos perfectos y los trajes oscuros? - preguntó Mateo con una sonrisa socarrona.
Amelie parpadeó varias veces asimilando las palabras de Mateo que hablaba muy confianzudo.
- Y tú eres... Mateo, ¿Verdad ? - le preguntó Amelie con los ojos bien abiertos.
Mateo soltó una carcajada suave, cruzándose de brazos con absoluta confianza.
- El mismo - asintió con diversión, inclinándose un poco hacia el mostrador - Así que tú eres la famosa Cherry; Dios santo, al fin te conozco; créeme, Adrián me habla de ti todo el tiempo.
Amelie se mordió el labio llena de nervios al enterarse de que Mateo sabe de ella mientras jugaba torpemente con el papel donde tiene la dirección del local.
- Mucho gusto, soy Anaís - intervino Anaís para romper el momento de nervios de Amelie, mientras la abrazaba con total confianza - No le hagas caso a Mateo, solo le encanta exagerar.
- Mucho gusto, Anaís... de verdad - respondió devolviéndole el abrazo con calidez mientras sentía que el hielo se derretía por completo.
Amelie regresó la mirada hacia Mateo, quien la observaba con una ceja alzada y una sonrisa de triunfo, y Amelie decidio devolverle la jugada con la misma moneda.
- Pues ten cuidado con lo que dices, Mateo - le dijo bromeando ladeando la cabeza con una sonrisa traviesa - Porque por lo que sé... Adrián dice que tú eres el que le causa la mitad de sus dolores de cabeza en la oficina.
Mateo abrió los ojos exagerado drama, llevándose una mano al pecho en señal de ofensa fingida, mientras Anaís estallaba en una carcajada que llenó todo el local.
- ¡Traición! - exclamó Mateo fingiendo indignación, mientras una sonrisa divertida se le escapaba de los labios - Voy a tener que hablar muy seriamente con mi amigo sobre esta difamación. Pero bienvenida al club, Amelie... ahora entiendo perfectamente por qué el jefe perdió la cabeza.
Poco después Mateo les había conseguido a Ian y a Liam dos conos gigantes recubiertos de chocolate y chispas de colores. Los niños recibieron los helados con los ojos iluminados de pura felicidad, devorándolos a bocados con una velocidad alarmante.
Pero el pequeño Liam termino bañado en helado, su carita llena de helado al igual que su ropa y manos, sonreía triunfante mientras aplaudía ante la situación de la guerra del helado.
Anaís soltó una carcajada cristalina mientras se apresuraba a buscar servilletas.
- ¡Vaya, creo que el helado decidió adoptarlo a él!, gran idea Mateo - bromeó Anaís, negando con la cabeza entre risas mientras se arrodillaba para empezar a limpiar el pequeño desastre.
- ¡Ey, yo solo quería consentirlos! - se defendió Mateo levantando las manos con falsa inocencia, mientras una sonrisa de oreja a oreja apareció en su rostro.
El momento transcurre entre risas, bromas y la atmósfera tan acogedora que se había formado, el tiempo pareció diluirse. Amalie ayudaba a limpiar a Liam mientras platicaba alegremente con Anaís sobre las velas artesanales, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una paz genuina, un rincón seguro donde nadie le exigía explicaciones ni la hacía sentir atrapada.
Poco después Adrián, entro al local con la respiración ligeramente agitada, como si hubiera manejado con demasiada prisa para llegar hasta ahí.
Anaís y Mateo intercambiaron una mirada rápida y cómplice; Mateo escondió su teléfono en el bolsillo con disimulo y le mostró la pantalla a Adrián con una sonrisa socarrona. Había sido el responsable de avisarle exactamente dónde estában.
- Mira nada más quién decidió unirse a la fiesta de los helados - anunció Mateo con tono burlón, cruzándose de brazos mientras observaba la cara de Adrián.
Adrián ignoró por completo el comentario de su amigo. Sus ojos se clavaron en los de Amelie, ablandándose de inmediato al verla rodeada de risas y con Liam lleno de helado y chocolate.
- Hola, Adrián - susurro Amelie, rompiendo el silencio entre ellos, mientras hacia un esfuerzo sobre humano para no ponerse nerviosa.
En ese instante, Ian, miraba con curiosidad al recién llegado, no tardó ni un segundo en clavarle los ojos y lanzarle una de sus típicas preguntas sin filtro.
- Oiga... ¿por qué mira tanto a mi mamá? -inquirió Ian con total inocencia, inclinando la cabeza mientras se chupaba los dedos manchados de chocolate.
El silencio cayó de golpe en el local. Mateo ahogó una carcajada disimulando con una tos repentina, Amelie palidecio ante la pregunta sin filtro de su hijo mientras se tapaba la cara llena de vergüenza.
Adrián, se quedó un segundo completamente congelado, parpadeó un par de veces antes de que su mirada se suaviza. Se arrodilló levemente a la altura de Ian, manteniendo la compostura con una elegancia innata, y le respondió con absoluta calma:
- Bueno... - comenzó Adrián con cautela y una sonrisa extrañamente tierna que nunca antes le habían visto en el rostro - la miro porque tú mamá es una persona muy especial, y... digamos que se ha vuelto alguien muy importante para mí. ¿Te molesta si la miro tanto?
Ian sospecha por unos segundos, cruzando los brazos con una seriedad fingida.
- Bueno, mientras no la hagas enojar, supongo que está bien - respondió el niño con total naturalidad.
Adrián exhaló un suspiro de alivio disimulado, mientras Mateo soltaba una carcajada abierta y Anaís negaba con la cabeza, completamente encantada con la escena.
El atardecer comenzó a teñir las calles de tonos anaranjados, indicándo que era hora de volver a casa antes de que Sergio pudiera regresar. Amelie se acercó al mostrador con los niños de la mano para pagar las compras, pero antes de que pudiera sacar la billetera, Adrián se interpuso con suavidad.
- No, yo pago - dijo Adrián con voz firme, sacando su tarjeta para pagar las velas aromáticas de sándalo y ámbar que Amelie había elegido.
Anaís negó con una sonrisa divertida mientras guardaba con cuidado las velas y las ponía en una bolsita de agarradera.
- Vaya, si que te estás luciendo ¡eh!. Ten cuidado, capaz que te termina comprando toda la tienda - añadió Mateo entre risas.
- Ya guarda silencio - respondió Adrián con una media sonrisa, tomando la bolsa con las velas ya envueltas - Yo los llevo de regreso. No voy a permitir que carguen con todo esto caminando hasta su casa.
-Está bien... muchas gracias, Adrián - aceptó Amelie en un susurro.
Salieron del local y caminaron hasta la acera donde estaba estacionado el vehículo de Adrián. En cuanto Ian vio el automóvil, un Volvo XC90 de un elegante color azul marino reluciendo bajo la luz de la tarde, abrió los ojos con asombro y soltó un silbido de aprobación.
- ¡Guau! ¡Este coche es gigantesco! -exclamó Ian, corriendo a rodearlo con una sonrisa de oreja a oreja.
Amelie abrió la puerta trasera para acomodar a los niños, y en ese preciso instante, apareció una sorpresa. Justo en el asiento posterior, perfectamente instalado y asegurado, había un asiento especial para bebé de alta gama, listo para Liam.
- Adrián ¿Esto... esto es...? - Amelie balbuceó al preguntar, con la voz temblorosa mientras señalaba el asiento con el dedo.
- Bueno... pensé que si en algún momento los llevaba a pasear o necesitaban moverse, lo más seguro era viajar como se debe - explicó Adrián con total naturalidad, aunque una ligera capa de sonrojo ruborizaba sus mejillas - No iba a arriesgarme a llevarlos de otra forma.
- Adrián... gracias - alcanzo a decirle en un susurro apenas, con la voz quebrada por la emoción mientras el pecho le latía con fuerza - ¿Qué voy a hacer contigo?
- Solo déjate cuidar, Cherry - respondió Adrián en voz baja, con una ternura infinita brillando en sus ojos oscuros - que de lo demás me encargo yo.
Sin esperar más , Adrián tomo al pequeño Liam de los brazos de Amelie para acomodarlo en el asiento de bebé con mucho cuidado, ayudo a Ian con el seguro y como todo un caballero ayudo a Amelie a sentarse y cerrar la puerta del copiloto.
El trayecto de regreso se sintió inusualmente corto, envuelto en una atmósfera cálida donde la música de fondo apenas era un murmullo.
Para cuando Adrián estacionó frente a la casa de Amelie, el peso del día había vencido por completo a los niños, quienes se habían quedado profundamente dormidos en los asientos traseros.
Al apagar el motor, Adrián se bajó de inmediato y abrió la parte trasera. Con un movimiento experto y sumamente cuidadoso, cargó a Ian en sus brazos, procurando no despertarlo, mientras Amelie tomaba al pequeño Liam con el mismo cuidado en sus brazos.
Caminaron en silencio por la entrada y abrió la puerta con la llave, ingresando a la casa que a esa hora respiraba una calma absoluta.
- Acuéstalo ahí, por favor - le indico Amelie a Adrián en un susurro, señalando la cama de Ian, mientras ella avanzaba de puntitas hacia el cuarto contiguo para acomodar a Liam en su cama.
Adrián entró con pasos lentos y firmes, depositando al niño sobre las sábanas con una ternura infinita para no interrumpir su sueño. En cuanto enderezó la postura, se acercó a ella en la penumbra de la habitación, apoyando una mano cálida en su cintura mientras la miraba con ternura.
- ¿Estás agotada? - preguntó él en un susurro muy cerca de su oído, con la voz cargada de una preocupación genuina que le estrujó el corazón.
Amelie negó despacio con la cabeza, apoyando por un segundo la frente en su hombro mientras sentía que, a su lado, por fin estaba en casa.
- Adrián... - le habló Amelie en un susurro suave, sintiendo el calor de su mano en su cintura y el latido firme de su corazón en el pecho, tan cerca del de ella en la penumbra de la sala - Si sigues así, me vas a mal acostumbrar.
Amelie dejó escapar una risa suave y contenida, cuidando de no elevar la voz para no despertar a los niños que dormían plácidamente en sus respectivas habitaciones, esbozó una sonrisa lenta, cargada de una promesa muda que hizo que el aire le faltara por completo.
- Esa es la idea, Cherry - respondió en un susurro aún más bajo, pegando su frente a la de Amelie por un brevísimo instante antes de separarse con extrema lentitud - Quiero mal acostumbrarte a que te traten como siempre debieron hacerlo.
La tensión entre ellos se volvió casi tangible, un hilo invisible que tiraba de ambos lados sin que ninguno tuviera el valor - o las ganas - de romperlo. Ninguno quería dar el paso de separarse. Adrián respiró hondo y, con una lentitud deliberada, volvió a juntar su frente con la de ella, cerrando los ojos mientras hacía un esfuerzo sobrehumano por contener el impulso evidente de besarla. Sabía tan bien como ella que no era correcto, no aún, menos con los niños presentes, por mucho que estuvieran profundamente dormidos.
En ese instante, con una suavidad que derrumbo por completo a Amelie, las manos cálidas de Adrián abandonaron su cintura para subir lentamente y acunar su rostro. Sostuvo la cara de Amelie entre sus palmas con tanta ternura y una devoción tan absoluta que la dejó completamente sin aliento. Sus pulgares acariciaron sus mejillas con infinita delicadeza antes de inclinarse un poco más para (una vez más) depositar un beso suave y casto directamente en la punta de su nariz.
Una sonrisa triste y al mismo tiempo dulce se dibujó en los labios de Adrián ante la pequeña reacción de Amelie quien sonrió tiernamente y a la vez triste por no poder estar juntos aún.
- Tengo que irme, preciosa... antes de cometer una locura aquí mismo - susurró Adrián, obligándose a retroceder con un dolor visible reflejado en el fondo de su mirada.
- Lo sé... - contestó Amelie con un nudo en la garganta, sentía un dolor punzante al tener que separarse de Adrián una vez más - ve con cuidado, por favor... - le pidió en un susurro, aferrándose un segundo más a la manga de su camisa antes de que terminara de soltarse por completo.
Con el alma encogida y haciéndole honor a su promesa de cuidarla, Adrián se apartó por fin, dándole una última mirada cargada de una despedida silenciosa antes de perderse en la oscuridad del pasillo y marcharse de la casa.
Un sonido leve de la puerta principal se escuchó al cerrarse indicó que Adrián se había marchado, dejándo a Amelie de pie en medio de la sala con los latidos del corazón aún acelerados por sus palabras. Amelie se dispuso a dar la vuelta para ir a la cocina a tomar un vaso con agua, cuando una vocecita ronca y adormilada la detuvo en seco desde el pasillo.
- Mami... - la llamó Ian entre sueños, asomándose por la puerta de su habitación con los ojitos medio cerrados y abrazando su almohada favorita.
- Dime, mi vida, ¿qué pasa? ¿Tienes sed o no puedes dormir? - preguntó con dulzura, sentándose con cuidado en el borde de su cama para estirar las sábanas y arroparlo de nuevo bajo el edredón.
Ian negó con la cabeza despacio sobre la almohada. Una ligera sonrisa traviesa se dibujó en sus labios infantiles mientras se tallaba los ojos con los nudillos para espantar el sueño.
- Oye, mami... ¿Veremos de nuevo a ese señor? - preguntó con curiosidad, mirándo a su mamá fijamente con sus ojos limpios.
Amelie sentía que el aire se le atragantaba en la garganta por un segundo. Sus manos se congelaron sobre el borde de la cobija y tragó saliva con torpeza, intentando disimular el nerviosismo repentino.
- ¿Qué? ¿Por qué lo dices, mi vida? - preguntó con una sonrisa nerviosa, tratando de mantener la voz lo más calmada posible.
Ian se acomodó mejor, encogiéndose de hombros con total inocencia mientras jugaba con el borde de la funda de la almohada.
- Pues... Me cae bien. ¿Es tu amigo? - preguntó curioso, inclinando la cabeza hacia un lado.
Amelie tartamudeó por una milésima de segundo, sintiendo que un niño de pocos años tenía una capacidad sorprendente para con una sola pregunta.
-Amm... Sí... es un amigo - le contestó al fin, intentando sonar natural, aunque sus mejillas delataban que la palabra "amigo" se quedaba infinitamente corta para describir lo que Adrián significaba ahora.
Pero Ian no se conformó con eso. Parpadeó pesadamente, luchando contra el sueño, pero su mente infantil seguía atando cabos con esa insistencia que a veces asustaba.
- ¿Un amigo que te mira como si fueras su lugar favorito? -preguntó Ian con una inocencia brutal, arqueando las cejas en la oscuridad.
Amelie abrió los ojos como platos, sintiendo que el calor le quemaba hasta la punta de las orejas. Se quedó sin respiración, boqueando como un pez fuera del agua sin saber dónde meterse ni qué excusa inventar ante semejante observación.
- ¿De...de qué hablas, Ian? Estás soñando, anda, cierra los ojos y duerme ya - balbuceó Amelie con un hilo de voz, avergonzada y divertida a la vez.
Ian soltó un bostezo largo y profundo, acomodándose de lado mientras el peso del sueño volvía a vencerlo por completo.
- Bueno... si tú dices que es solo un amigo... pero a mí me gusta cómo te trata, mami - murmuró ya casi en un susurro, con los ojos cerrados y la respiración volviéndose lenta y pesada - Ojalá lo veamos pronto otra vez...
Amelie camino de regreso a la sala, y con la penumbra de la noche arropando cada rincón, la ausencia de Adrián se hizo abrumadoramente presente.
Se detuvo en el centro de la sala, cruzando los brazos con un temblor ligero recorriéndole la piel. Cerró los ojos por un segundo y, por más que intentó expulsarlo de su mente, los recuerdos de la tarde la envolvieron de inmediato. Podía sentir el calor de sus manos firmes en su cintura, la forma en que su frente se había posado con la de ella en la sala, y, sobre todo, ese aroma inconfundible de su colonia mezclado con su propio aroma natural que se empezaba a volver una adicción para ella.
« Es un anhelo visceral, una urgencia ciega de entregarme, de querer ser suya, de dejar que su cariño me malacostumbre a un mundo donde el miedo ya no tiene cabida» - pensaba Amelie donde poco a poco aceptaba ese sentimiento que tanto le cuesta aceptar y empieza a sentir por Adrián - «Es jugármela entera por la certeza de un futuro libre, donde ya no duela tener que esconder la felicidad que me provoca.»
Amelie apagó las luces por completo y se acomodo en su cama intentando calmar el torrente de emociones que no la dejan conciliar el sueño.
«Caigo por él de la manera más hermosa y absurda: sin paracaídas, con el pecho abierto y el alma al desnuda.» - se confeso así misma abrazada a la almohada mientras cerraba los ojos intentando dormir.
Amelie sabía que ya no había marcha atrás y que ese sentimiento, por muy prohibido que pareciera, ya se había instalado para siempre en el rincón más hondo de su alma.
Mientras tanto afuera en la calle, Adrián no tenía ninguna intención de poner marcha su auto para ir a su casa. Se quedó allí, reclinado contra el asiento del conductor en la absoluta oscuridad de la cabina, con las manos apoyadas en el volante mientras esperaba pacientemente a que la última luz de la casa de Amelie se apagara, asegurándose de que ella y los niños estuvieran seguros y a salvo antes de irse.
El silencio de la noche le dejó el espacio libre para perderse en los recuerdos de esa misma tarde. Sus ojos se detuvieron por un instante en el asiento del copiloto, como si todavía pudiera ver el reflejo de la luz en su cabello o el destello de sus ojos cuando se rió junto a Anaís y Mateo.
«La amo. Dios, la amo con una intensidad que jamás creí, con una fuerza que no pedí pero que ya no sé cómo apagar y no quiero que se apague. Estoy dispuesto a todo por ella, a cruzar el mundo entero, a arriesgarlo todo con tal de verla libre de esa vida que la ahoga...» - se confesaba Adrián una vez más, pero un miedo lo invadió por completo. - «La amo.
Lo supe desde mucho antes de admitirlo en voz alta, y cada segundo que pasa a mi lado no hace más que confirmar que mi vida ya no me pertenece; le pertenece a ella por completo.»
«¿Qué va a pasar el día en que descubra la verdad? ¿Cómo va a reaccionar cuando se entere de que este "trabajito auxiliar" y del perfil falso, que este hombre al que llama es en realidad el dueño de Valmont Group y no un simple agente inmobiliario, y que le he mentido desde el primer segundo sobre quién soy en realidad? Si el peso de la mentira la asusta, si decide apartarse de mí por miedo a las consecuencias o por sentirse traicionada?... no sé si podré soportarlo. Pero aun con este terror clavado en el pecho, prefiero arriesgarlo todo a perderla.»
Un suspiro profundo y pesado se escapó de su pecho, empañando ligeramente el parabrisas con el frío de la noche.
- Tengo que encontrar el momento exacto... - murmuró para sí mismo en voz baja, con la mandíbula tensa y la mirada perdida en la fachada oscura de la casa - No puedo seguir sosteniendo esta mentira por mucho más tiempo, pero tampoco puedo arriesgarme a que me mire con decepción y perderla.
- No te voy a perder... No después de haberte encontrado - murmuró Adrián en voz baja para sí mismo dentro del auto, rompiendo el silencio absoluto de la noche.
Su voz sonó ronca, cargada de una determinación feroz y a la vez de un profundo temor. Estaba dispuesto a todo. A asumir las consecuencias, a soportar su furia, su decepción cuando llegara el momento de la verdad, pero estaba más dispuesto a pelear con uñas y dientes contra cualquier obstáculo con tal de protegerla a ella y a los niños.
Pero, por ahora, mientras observaba como la última luz se apagaba, indicando que Amelie por fin había terminado de acomodarse y se disponía a descansar, y se obligó poner en marcha con infinita cautela.
- Descansa, Cherry - susurró una última vez antes de presionar el acelerador con suavidad, alejándose de la calle en completo silencio, con el alma dividida entre el miedo a perderla y la certeza inquebrantable de que haría lo imposible de luchar por su amor.
Fin de la lectura
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