Capítulo 21 de 23
El sonido de la puerta principal cerrándose con un golpe seco fue la señal que Amelie tanto esperaba. Desde la cocina, se asomo lo justo para ver como Sergio se alejaba por la calle, tragado por la neblina de la mañana. En cuanto el silencio invadió la casa, un suspiro de alivio escapó de sus labios. Tenía unas cuantas horas libres antes de que Ian saliera de la escuela mientras Liam estaba entretenido con sus juguetes en su corral y el caos cotidiano volviera a empezar, Amelie pensaba aprovechar cada maldito segundo para avanzar incluso adelantar trabajo por si en algún momento se le complicaba el tiempo con sus hijos o con Sergio ya que no quería que se enterara.
Amelie se apresuró a sacar la laptop que Adrián le había dejado de dónde la tenía escondida, se acomodo en el comedor y no perdió tiempo disponiéndose a trabajar, en cuanto la pantalla encendió, un par de mensajes y notificaciones de correo electrónico de Adrián la esperaban como un salvavidas en medio del naufragio.
Abrió el primer documento compartido, donde las solicitudes de los clientes para agendar citas se amontonaban en una bandeja de entrada digital. El sistema que Adrián había diseñado para Amelie era sorprendentemente intuitivo, aunque ella seguía creyendo que él era simplemente un empleado con influencias dentro de la empresa que se había compadecido de su situación.
— A ver veamos... por dónde empezamos — murmuró Amelie para mí misma, mordiéndose el labio inferior mientras acomodaba los espacios libres en la agenda virtual.
Lunes, 10:00 AM: Consulta general con el despacho de abogados asociado. (Aceptada y reubicada en el hueco perfecto entre las nueve y el mediodía).
Martes, 3:30 PM: Revisión de contratos para la cuenta de los corporativos del norte. (Asignada sin alterar el margen de descanso).
Miércoles, 11:00 AM: Junta de mediación con proveedores. (Fijada en el espacio libre de la mañana, liberando la tarde para evitar cruces).
— Perfecto, esta queda aquí sin estorbar... y esta otra la muevo al jueves por la tarde — iba diciendo Amelie en voz baja, arrastrando los bloques de tiempo en la pantalla con una sonrisa de satisfacción mientras asentía.
Una vez despejada la bandeja de citas, Amelie minimizó la ventana y abrió la segunda carpeta en la nube que Adrián le había indicado aquella vez que Amelie tuvo su ataque. El volumen de archivos digitales era abrumador, pero las instrucciones de orden y formato de respaldo venían detalladas con una buena precisión que delataba la mente metódica del hombre de negocios... aunque en su ignorancia, Amelie solo pensaba en lo considerado que había sido al regalarle un "trabajito auxiliar" tan cómodo desde casa pero aún tenía la duda sobre el sueldo ya que para ella era bastante por algo tan simple.
Amelie comenzó a mover los documentos, creando subcarpetas y aplicando la nomenclatura exacta que le pidió para asegurar los respaldos:
2026-09_Finanzas_Resp
Subcarpeta: Balances_Q3 (Formato PDF protegido, renombrado bajo la estructura VAL-FIN-2026-03-Q).
Subcarpeta: Auditorias_Previas (Archivos comprimidos con extensión .bak para evitar modificaciones accidentales).
2026-09_Legal_Resp
Subcarpeta: Contratos_Activos (Organizados por orden cronológico estricto, desde el más reciente al más antiguo).
Subcarpeta: Expedientes_Externos (Respaldados con doble copia en el directorio secundario de la nube).
— Bien, si sigo este ritmo, terminaré en menos de una hora y podré aventajar los siguientes días — pensó en voz alta, tecleando a toda velocidad mientras el parpadeo constante del cursor marcaba el compás de su concentración.
Mientras Amelie organizaba el último lote de archivos de la carpeta legal, su teléfono vibró sobre la mesa, sacándola por un segundo de la rutina.
Chat de Adrián:
¿Sobreviviendo a la avalancha de datos o ya me odias por ponerte a organizar el archivo muerto de la compañía?
Una risa baja se escapó de los labios de Amelie, sintiendo cómo el calor subía por su cuello al leerlo.
Chat de Amelie:
Nada de odiarte, señor de traje y portafolio.
De hecho, confieso que esté trabajo es como un milagro para mí. Aunque sigo sin entender cómo una empresa tan grande deja que una improvisada sin experiencia como yo mueva sus valiosos archivos sin supervisión.
Chat de Adrián:
Confío más en tu criterio ordenado que en el de la mitad de los idiotas que tengo en la oficina central. Además, te queda bien el papel de asistente ejecutiva Cherry.
Chat de Amelie:
Guarda tus halagos para cuando termine de respaldar todo esto, señor director en potencia. Si me equivoco en una sola carpeta, capaz que me despides antes de empezar.
Chat de Adrián:
Eso jamás va a pasar, Cherry. Sigue así... lo estás haciendo perfecto.
El repiqueteo rítmico de los dedos de Amelie sobre la mesa se detuvo en seco cuando la notificación de la aplicación de mensajería iluminó la pantalla de su teléfono. Abrió el chat y leyo el mensaje que acababa de enviarle, impulsada por una mezcla de incredulidad y un repentino recelo que no pude contener.
Chat de Amelie:
Adrián, sigo sin creerte lo de mi sueldo. Es muchísimo dinero para ser un puesto auxiliar desde casa, y más empezando apenas. ¿Estás seguro de que no hubo un error en recursos humanos o me estás pagando de más por lástima?
Desde que Amelie había recibido el primer depósito bancario la semana pasada, las cifras no le cuadraban. Vivía haciendo malabares con cada centavo, contando monedas para la despensa y estirando el sueldo raquítico de Sergio hasta el punto de asfixia; por eso, para Amelie ver aquella cantidad limpia, libre de deudas y con un cerito de más, la habían dejado sin respiración. Aquello no era un salario mínimo; era una fortuna para alguien en su situación, le quedaba bastante dinero libre el cual lo guardaba para juntar y poder salir pronto se ese lugar, era una suma que olía a favores especiales que ella no estaba segura de querer aceptar.
El teléfono de Amelie vibró con fuerza sobre la mesa. Era una videollamada entrante de Adrián.
Su corazón se aceleró en su pecho. Miró alrededor de la sala, asegurándose de que Liam siguieran entretenido con sus juguetes en la habitación, antes de deslizar el dedo para aceptar la llamada, acomodando el dispositivo contra una taza vacía para que sostuviera el ángulo mientras intentaba mantener la compostura.
La imagen de Adrián apareció en la pantalla. Estaba en su despacho con su impecable traje oscuro un look que humanizaba al temido directivo pero que no le quitaba ni un ápice de esa presencia imponente y dominante que lograba desestabilizarla con solo una mirada.
— ¿Lástima? — fue lo primero que dijo Adrián, con su voz profunda resonando a través del altavoz, mientras una chispa de genuina molestia e incredulidad cruzaba por sus oscuros ojos - ¿De verdad crees que te daría un empleo y te pagaría con base en la lástima, Amelie?
— No lo sé, Adrián - le contestó Amelie con un tono cortante, sin apartar los ojos de la cámara — No soy estúpida. Sé que estás metiendo mano ahí para ayudarme, pero no puedo aceptar que me regales dinero solo porque te da pena la porquería de vida que tengo con Sergio.
Adrián cerró los ojos un segundo, frotándose el puente de la nariz con una visible frustración antes de apoyar los codos firmemente sobre su escritorio y acercarse a la cámara, como si quisiera atravesar la pantalla como un portal para llegar con ella.
— Ey, escuchame bien — habló Adrián, con un tono de voz bajo, firme y cargado de una urgencia que la obligó a prestarle atención absoluta — Ese dinero no es un regalo, ni es caridad, y mucho menos te lo estoy dando por lástima. Cada maldito centavo que está en esa cuenta te lo has ganado con creces procesando los respaldos legales, organizando la agenda de los directores asociados sin un solo error y aguantando el caos de trabajar y atender a tus hijos y las restricciones de tu casa.
— Aun así... — intentó replicar Amelie, sintiendo que la voz le temblaba un poco ante la intensidad de su argumento.
— Aun nada — la interrumpió él sin dejar margen a réplica, con esa autoridad natural que commandaba salas enteras de juntas, pero suavizada por una nota de infinita devoción cuando se trataba de Amelie - El mercado laboral exterior es una basura injusta que castiga a las madres, te lo dije el otro día. Pero en esta empresa, el talento y la discreción se pagan al precio que valen. Y créeme, Amelie, tú trabajo vale eso y mucho más. Si te hace sentir mejor pensar que estás sobrepagada, piénsalo como una pequeña compensación por tener que soportar a un jefe tan necio como yo.
Una risa nerviosa y ahogada se escapó de la garganta de Amelie a pesar de su resistencia, mientras negaba con la cabeza viendo la pantalla.
— Eres insoportable, Adrián. — le contesto con una sonrisa nerviosa — Siempre encuentras la forma de voltear las cosas para tener la razón, verdad.
— No, no tengo la razón, solo te estoy diciendo la verdad — respondió él, esbozando una media sonrisa torcida que iluminó su rostro y ablandó la dureza de sus facciones — Ahora, hazme el favor de dejar de cuestionar las finanzas de la compañía y gasta ese dinero en algo para ti. Algo que te haga sonreír. ¿De acuerdo?.
— Está bien, tú ganas... por esta vez — cedió Amelie en un susurro, sonriendole mientras miraba que el tiempo se agotaba — Tengo que colgar, Adrián, Ian no tarda en salir de la escuela, Te quiero...
Las palabras se le escaparon de los labios a Amelie por puro impulso, guiadas por la certeza absoluta de lo que ya sentía en el fondo del alma.
En el momento exacto en que la última sílaba cruzó sus labios, el mundo pareció detenerse.
Ambos se quedaron mudos, con el aliento atrapado en la garganta, sin saber qué hacer, cómo reaccionar, ni qué decir ante la magnitud de lo que acababa de romper el último bloque que les quedaba por cruzar.
El silencio era tan espeso que podía escucharse la respiración contenida de ambos, un eco digital que amplificaba el vértigo de haber cruzado la línea sin retorno.
Adrián abrió ligeramente los labios, intentando decir algo, pero de su garganta solo salió un sonido ahogado antes de empezar a tartamudear, visiblemente nervioso.
— Yo... ah... este... Yo también, Cherry... Dios, yo... — balbuceó Adrián torpemente, pasándose una mano por el cabello con torpeza, con los ojos brillándole de una intensidad abrumadora y la mandíbula tensa por el impacto de la confesión.
— Yo... yo colgaré, nos... nos vemos luego... — alcanzó a decir Amelie, tartamudeando de los nervios, con la voz temblando por completo antes de estirar el dedo con torpeza y cortar la llamada de un solo golpe.
«¿Qué acabo de hacer? «¿Por qué se lo confesé así sin más?» la mente de Amelie era un tornado de nervios y pensamientos, asustada por la reacción de Adrián ante sus palabras ¿ Y si se aleja? ¿ Seré solo un Juego para él? ¿ Cómo voy a verlo a los ojos con tremenda confesión?
Pero Amelie no había dicho ningúna mentira, era la verdad y nada más que la verdad.
Lo quería. Así de simple, así de aterrador. Lo quería con sus silencios, con su mirada protectora, con su seriedad y con esa forma de él de hacerla sentir viva en medio del infierno que era su vida.
«¿Lo dijo de verdad? ¿O ha sido un reflejo, un desliz provocado por el miedo y la urgencia de estos días?» se debatía Adrián sin poder ocultar la emoción al escuchar esa bella revelación de Amelie para él.
«Ese "te quiero" me ha atravesado el alma de lado a lado, y ahora mismo, lo único que quiero hacer es cruzar esta maldita pantalla, abrazarla y gritarle que yo la amo desde mucho antes de tener el valor de admitirlo.» suspiraba Adrián mientras sostenía en su mano el colorido hongo que Amelie le había regalado sin ocultar su cara de embobado.
Le latía el corazón a mil por hora a Adrián con las manos temblorosas ante la revelación de Amelie, él alcanzó a ver cómo la sonrisa le iluminaba el rostro antes de que la llamada se cortara definitivamente.
Una gran sonrisa se dibujó en sus labios y un destello de luz en medio de su oscura y ordenada existencia apareció en su vida. Por primera vez en años, el dinero, el poder, el corporativo y las reglas estrictas le importaban una mierda; lo único real, lo único que latía con fuerza en su interior, era el eco de la voz de Amelie repitiendo esas palabras que había estado esperando escuchar desde el primer día en que se cruzó su camino.
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