Capítulo 20 de 23
Tiempo atrás
Amelie llegó a su casa y el silencio la golpeó de inmediato; Ian se había quedado con su abue (mamá de Amelie) desde el jueves por el puente escolar. Amelie apenas procesaba la quietud cuando la puerta se abrió de golpe y Sergio entró con el ceño fruncido, indignado y a la defensiva.
- ¿Qué va a pasar con nosotros, lo vamos a intentar o qué? - soltó Sergio, con voz áspera que cortaba el aire, exigiendo una definición que llevaba meses colgando del abismo.
Amelie sentía que el poco aire que le quedaba en los pulmones desaparecía.
Todo lo que había estado conteniendo, el desvelo, la soledad convertida en rutina, el peso invisible de cargar con la vida entera mientras él solo observaba, estalló sin filtros.
- Yo ya no quiero nada contigo. Me quiero ir, quiero el divorcio, estoy cansada, estoy harta - le respondió con furia, y cada palabra salió impregnada de un desgaste profundo, de años de esperar un cambio que nunca llegaba, ni llegaría - Soy un maldito mueble más en esta casa. ¡Mírame!
Dio un paso hacia él, obligándolo a sostenerle la mirada, a enfrentarse al espejo cruel de su propia indiferencia.
- Mírame bien. Estoy hecha un desastre, completamente agotada física y psicológicamente. Me siento y me veo vieja, desgastada hasta el tuétano por este maldito cansancio crónico, por el estrés que nunca se apaga, por la desesperación de sostener sola una vida que hace tiempo estoy sola. - le seguía diciendo Amelie con desesperación -Y tú estás ahí, inmutable, sin hacer absolutamente nada por superarte, acumulando promesas vacías donde juraste mil veces que las cosas serían diferentes, que saldríamos adelante, que cambiarías. Y yo, en un maldito momento de debilidad, en un instante de patética y falsa esperanza, te creí. Te creí todo.
El aire en la sala se volvió irrespirable, pero Amelie no le dió ni la más mínima tregua, no iba a permitir que abriera la boca para justificar lo injustificable, para escudarse en sus típicas excusas de siempre.
- Y dejé de lado mis propias metas, mi propio deseo de superarme, porque según tú ibas a hacer hasta lo imposible por darnos lo mejor, por sacarnos adelante - continuó, con la voz quebrada por una rabia sorda que llevaba años acumulándose. - ¡Pero no! No has hecho nada, puta madre.
- No sé si es por flojera, por apatía o por quién sabe qué demonios pasa por tu estupida cabeza, pero la realidad es que las cosas están cada día peor. - le reprochaba Amelie - Eres un maldito conformista, te conformas con la mediocridad, con vivir al día, con no aspirar a nada mejor. Estoy harta, cansada hasta el alma, y lo peor de todo, lo que más me ahoga, es saber que tengo las malditas manos atadas.
Las lágrimas de Amelie, que tanto había intentado contener, terminaron por quebrarle la voz, pero la furia seguía empujando cada una de sus palabras, impidiéndole flaquear frente a él.
- Fui una maldita estúpida por creerte, por apostar por alguien que solo sabe destruir lo que toca - le soltó, mientras el pecho le subía y bajaba con violencia. - ¡Ya no puedo más, no me queda alma para seguir cargando con esto! ¿Y sabes qué es lo peor de todo? Que hasta tú propio hijo me ha dicho varias veces que te deje, que nos vayamos de aquí. ¿Qué clase de padre eres para que tú propio hijo me suplique que lo aleje de ti? ¿Qué clase de vida nos das si hasta Ian se da cuenta? Él mismo me lo ha dicho: que cuando estuvimos separados y estaba sola con él, conmigo no le faltaba nada, vivíamos en paz, tranquilos. ¡A ver, dime qué hago o qué le digo, eh! ¿Cómo le explico que su papá prefiere el conformismo antes que darnos una vida digna? ¡Respóndeme!
El silencio duró apenas un segundo, un destello patético donde Sergio intentó buscar alguna excusa que lo salvara del naufragio, antes de que su voz saliera baja y arrastrada, aferrándose al último clavo ardiendo.
- Pues dame tiempo para hacer las cosas... - balbuceó Sergio, intentando ganar una tregua que ya no existía.
Amelie lo miró con asco, sintiendo que cada una de sus palabras confirmaba exactamente por qué se estaba muriendo en vida a su lado.
- ¿Tiempo? ¿Cuánto tiempo más quieres? - le soltó Amelie, cruzándose de brazos mientras la furia le quemaba por dentro. - ¿Un año, tres, once años más? ¿Cuántas décadas necesitas para dejar de ser un mediocre? No, yo ya no puedo darte más tiempo. Se acabó.
Al no hallar más argumentos para defender su ineptitud, Sergio recurrió entonces al insulto más bajo y predecible para desviar la atención.
- Tienes a otro, ¿verdad? - soltó Sergio de repente, con los ojos entornados y una mueca de falsa seguridad herida.
Ese comentario fue la chispa que terminó por detonar lo poco que le quedaba de paciencia Amelie. Abrió los ojos con furia y le escupío la respuesta directa:
- ¡Ojalá, pendejo! ¡Ojalá tuviera a otro para restregártelo en la puta cara de idiota que pones y echarte en cara lo que otro sí puede hacer y tú no has tenido los pantalones para lograr!
Dio un paso hacia él, temblando de rabia, con los puños apretados hasta hacerme daño en las palmas.
- Deja de decir estupideces y de buscar culpables donde no los hay. El único responsable de que esta casa sea un infierno y de que me quiera largar incluyendo a tú hijo, eres tú, por imbécil y por conformista.
Regreso al presente
El sonido seco de la puerta al cerrarse a mis espaldas fue lo único que acompañó su regreso. Amelie entro a la casa arrastrando los pies con una pesadez infinita, cargando las bolsas del mandado como si cada producto de la despensa pesara toneladas. Sus hijos se habían quedado con su mamá, y no tendría que ir por ellos hasta el día siguiente; Sergio estaba en su turno de tarde y no llegaría hasta pasada la medianoche. La casa estaba vacía, silenciosa y fría, el refugio perfecto que tantas veces había deseado, pero en lugar de alivio, lo único que encontró fue un vacío asfixiante.
De repente, una presión brutal en el pecho le arrebató el aire. El oxígeno se volvió escaso, caliente y denso, negándose a llegar a sus pulmones mientras el corazón se aceleraba en un galope frenético. Un ataque de ansiedad, agudo y despiadado, empezó a desgarrarle por dentro.
Todo colapsó al mismo tiempo en su mente. La presión insoportable de querer irse, de saber que el divorcio era un camino minado de obstáculos imposibles, la impotencia de no encontrar un trabajo por no tener con quién dejar a los niños, y el eco constante de las palabras de Ian pidiéndole que se fueran de ahí. Y, como si el caos fuera poco, el miedo paralizante, turbio y confuso de estar sintiendo algo por Adrián, un destello prohibido y tierno que apenas empezaba a reconocer pero que le aterraba admitir. Todos los problemas de su vida se rompieron al mismo tiempo, haciendo estallar su ansiedad en mil pedazos imposibles de contener.
Las manos le temblaban de forma incontrolable, al punto de que casi se le cae el teléfono al suelo por no poder sostenerlo entre sus manos. Con los dedos rígidos y torpes por el pánico, desbloqueo la pantalla y comenzó a deslizar la agenda buscando desesperadamente un número, una tabla de salvación a la que aferrarse.
¿Pero, a quién?
Amelie recorrió mentalmente la lista de contactos y la realidad le golpeó con crueldad: no tenía a nadie. Sus amigos se habían ido alejando conforme el matrimonio se consumía en la miseria, y no había un solo refugio seguro al que pudiera llamar sin sentir vergüenza.
En medio del vértigo, con la vista nublada por las lágrimas y el cuerpo a punto de desplomarse contra el suelo, sus dedos se movieron por instinto puro, por una necesidad desesperada de supervivencia que superaba cualquier lógica. Inconscientemente, sin pararse a pensar en las consecuencias ni en lo que significaba, abrió el chat y mandó su ubicación a Adrián.
La pantalla del teléfono de Adrián parpadeó sobre la palma de su mano, iluminando la penumbra con una coordenada estática que, sin embargo, gritaba auxilio. Adrián miró el mapa con el ceño fruncido, sintiendo cómo un escalofrío helado le recorría la columna vertebral.
Un sexto sentido visceral, una corazonada afilada como un cuchillo, le advirtió con urgencia que algo marchaba mal. Sin pensarlo dos veces, con el corazón acelerándo en el pecho al compás de una mala espina, le marcó a Amelie.
El aire seguía negándose a entrar en los pulmones de Amelie; cada intento de inhalación era una puñalada de fuego en la garganta, un recordatorio cruel de que su cuerpo estaba colapsando por completo bajo el peso acumulado de los años, las peleas, el miedo y la culpa.
Amelie tenía las manos tan rígidas y temblorosas que apenas podía sostener el aparato, los dedos entumecidos por el pánico mientras las lágrimas le empañaban por completo la vista y el suelo parecía hundirse bajo sus pies.
- Por favor... - Amelie alcanzó a sollozar en un tono de voz destrozado, incapaz de articular una sola frase coherente mientras la desesperación la arrastraba.
Justo cuando el terror amenazaba con hacerle soltar el teléfono y dejarse caer de rodillas contra el piso frío, la línea se abrió. No hubo un saludo habitual; lo único que se escuchó al otro lado fue el eco de su respiración tensa y, de inmediato, sollozo roto, superficial, un silbido doloroso que escapaba del pecho de Amelie sin que pudiera detenerlo.
- ¿Estás bien? ¿Qué pasa? - preguntó Adrián, con la voz alterada por el desconcierto y una profunda angustia.
- Yo... - Amelie susurró con dificultad extrema, intentando en vano meter aire mientras sus manos temblaban de forma incontrolable contra la carcasa del teléfono. - No puedo... no puedo respirar, Adrián... tengo miedo...
Al otro lado de la línea, el silencio duró apenas una fracción de segundo, el tiempo exacto que tardó en procesar el horror de su llanto y la falta de aire, antes de que su voz se transformara en un refugio firme, urgente y absoluto que cortó de tajo el vértigo.
- Voy para allá - dijo Adrián, con urgencia protectora. - No te muevas, espérame ahí. Voy para tu casa.
En el momento en que la línea se quedó con el eco del motor encendido y pasos apresurados al otro lado, las rodillas de Amelie le fallaron por completo. No hubo una caída controlada; ella colapsó, desplomándose de golpe sobre el piso del comedor, las bolsas del mandado aún tiradas a un costado como testigos.
La ansiedad de Amelie hacia que el pecho se convirtiera en una prensa hidráulica invisible que le estrujaba las costillas, reduciendo sus pulmones al tamaño de una nuez seca; por más que abría la boca de forma desesperada, el oxígeno se volvía más denso, caliente, un vapor tóxico que le quema la garganta y se niega a cumplir su función. Las manos se le engarrotan, los dedos se volvían rígidos y hormigueaban, perdiendo el control mientras el corazón golpeaba contra el esternón como un martillo desbocado, tan rápido y violento que sentia que las paredes del tórax estaban por estallar en pedazos. El mundo se le reducia a un túnel oscuro, los sonidos se distorsionaban lejanos y huecos, y el terror más puro, frío y visceral le paralizaba el alma, susurrándole que esta vez no iba a salir de esta, que se está asfixiando en su propia casa sin que nadie pueda salvarla.
«¿Qué pasó? ¿Por qué se oyó así? ¡Mierda, respóndeme, no me hagas esto!», pensaba Adrián, con el corazón golpeándole las costillas al mismo ritmo frenético del motor. Las manos le temblaban sobre el volante, no de miedo por él, sino por el terror absoluto de llegar tarde.
- ¡Resiste, por favor resiste! - gritó Adrián al teléfono - Voy llegando, ya estoy cerca, no me cuelgues...
«Ya voy. Aguanta un poco más, ya casi llego» suplicaba Adrián, con la mandíbula tensa y la vista fija en el asfalto, dispuesto a tirar la puerta abajo con tal de sacarla de ese infierno.
Adrián piso el acelerador a fondo, rezando con cada fibra de su ser para llegar a tiempo antes de que el mundo terminara de venírsele encima a Amelie.
Amelie llegó hasta el baño tropezando con las paredes. Con un golpe torpe de la mano, logró girar la llave de la regadera. El agua fría comenzó a correr de golpe, un chorro helado y se metió de inmediato dentro del chorro directo.
El impacto del agua helada sobre su piel fue como un latigazo eléctrico en medio del ataque.
El tiempo perdió su forma, disuelto en el golpeteo constante del agua fría contra las baldosas y la ropa empapada de Amelie. De pronto, el eco sordo de unos pasos rápidos y pesados rompió la quietud desde la entrada de la casa.
- ¿Amelie? - la voz de Adrián llegó a través del pasillo, cargado de una cautela temerosa, buscando una respuesta que el sonido del agua devoraba por completo.
Al no obtener respuesta más que el ruido de la regadera, Adrián no esperó una invitación. Se adentró en la casa siguiendo el rastro del baño, y con una extrema delicadeza, como si temiera que un movimiento en falso terminara de romperla, empujó la puerta y la abrió despacio.
La escena que encontró Adrián al otro lado lo golpeó de golpe, congelándolo en la puerta. Verla ahí, tirada en el piso bajo la regadera hecha un ovillo, con la ropa pegada al cuerpo, temblando de frío y de miedo, abrazada con fuerza a sus propias rodillas mientras el agua la empapaba por completo, le perforó el alma.
Ver su vulnerabilidad absoluta - el desastre físico y emocional de una mujer que se había quedado sin fuerzas para sostenerse en pie - lo atravesó con una mezcla devastadora de impotencia, rabia contra el mundo que la había arrastrado a eso, y un amor tan profundo y doliente que le apretó la garganta hasta dejarlo sin aliento. Sintió que el corazón se le caía al suelo al constatar cuánto daño acumulaba bajo esa superficie frágil, y una desesperación sorda lo invadió al comprender que, por mucho que quisiera, no podía borrar de un plumazo todo el dolor que habitaba en ella.
- Cherry... - logró susurrar apenas, con la voz rota, un hilo tembloroso que apenas escapó de sus labios al verla en ese estado doloroso
Adrián no lo dudó ni un solo instante.
Se dejó caer de rodillas dentro de la regadera, completamente vestido, y se metió bajo el chorro de agua fría que no tardó en empaparlo por completo también.
Se deslizó a su lado en el suelo húmedo, estiró los brazos y la rodeó con fuerza, pegando su cuerpo temblando contra su pecho.
En el momento exacto en que Amelie sintió su calor, su abrazo firme y desesperado que la sostenía para evitar que terminara de desmoronarse, el último dique que quedaba dentro de ella se derrumbó por completo.
Un grito desgarrador, crudo, liberador y lleno de toda la agonía contenida durante meses salió desde lo más profundo de las entrañas de Amelie, un alarido que ahogó el sonido del agua y sacudió cada fibra de su ser. Lloraba sin control, sin poder regular la respiración, aferrándose a los brazos de Adrián como si fuera lo único sólido en medio de un universo que se desintegraba.
- Estoy aquí - le dijo Adrián al oído, con la voz rota por la angustia pero firme, intentando construir un muro contra el caos que me devoraba -. Respira conmigo, despacio. Eso es... así.
Amelie apoyó la frente en su hombro, sintiendo su calor a través de la tela empapada mientras intentaba obedecer el ritmo pausado de su pecho.
- No tienes que pensar en lo que pasó. No tienes que explicar nada ahora - continuó diciendo, mientras una de sus manos acariciaba con infinita paciencia su cabello revuelto, apartando los mechones mojados de su cara - Escucha mi voz. Estás aquí. Estás a salvo.
Cada palabra de Adrián era un pequeño flotador en medio de aquel océano oscuro que amenazaba con ahogar a Amelie de nuevo. El llanto seguía sacudiéndola, pero el vértigo empezó a ceder un poco ante la presencia de alguien que no exigía explicaciones, que solo se quedaba a sostener los escombros.
- No voy a irme - susurró Adrián con una seguridad absoluta, pegándose más a su pecho, ignorando el frío y el agua helada que los cubría por completo - Puedes cerrar los ojos si quieres. Yo me quedo.
Respira otra vez conmigo... uno... dos... tres...
Amelie hizo un esfuerzo sobrehumano, inhalando con torpeza el aire denso sobre la regadera.
- Eso es. Muy bien - murmuró Adrián con suavidad - No importa cuánto tarde. Cuando esto pase, seguimos hablando. Y si vuelve a pasar, volveré a quedarme.
Amelie se aferro a su camisa con los dedos engarrotados, sintiendo cómo el temblor de sus manos empezaba a calmarse muy lentamente, cediendo al refugio de sus brazos.
- No tienes que ser fuerte ahora mismo, déjame ser tu fuerza. - Adrián le hablaba con tanto amor, le dolía en el alma verla así.
- No estás sola - terminó diciendo Adrián, muy cerca de su oído, mientras la abrazaba con la fuerza necesaria para recordarle que ya no tenía que cargar con todo el mundo ella sola - Estoy contigo.
El agua seguía corriendo, convirtiendo el baño en un refugio caótico y helado donde el vapor frío los envolvía. Amelie apoyó la cabeza contra su pecho, sintiendo los latidos firmes de su corazón bajo su ropa mojada, y con la voz aún rota, rota por el llanto y por el desgaste de las últimas horas, finalmente logró pronunciar su nombre.
- ¿Adrián...? - le habló Amelie en un susurro suave, un hilo de voz que apenas lograba competir con el sonido de la regadera.
Él bajó la mirada, deteniendo el movimiento de su mano en el cabello de Amelie para buscar sus ojos entre la penumbra del baño y los mechones mojados que se le pegaban a las mejillas. Su expresión ya no tenía la urgencia desesperada de cuando entró corriendo a la casa; ahora solo había una paciencia infinita, un cuidado silencioso que la desarmaba por completo.
- Si Cherry, dime, aquí estoy - respondió Adrián de inmediato, apretando un poco más su abrazo, como si temiera que en cualquier momento fuera a desvanecerse - ¿Qué necesitas, preciosa? ¿Te duele algo?
- ¿Viniste por mí? - le preguntó Amelie con un hilito de voz, aferrándose con desesperación a él, con la certeza silenciosa y desgarradora de que, después de esto, ya no había marcha atrás.
Adrián detuvo un segundo el movimiento de su mano, respiró hondo y, con los ojos fijos en los de ella, le respondió con una seguridad que la hizo suspirar.
- Siempre, siempre voy a venir cuando me necesites Cherry - murmuró contra su cabello, quedándose ahí, abrazándola con fuerza bajo el agua fría, mientras afuera la tormenta de la vida de Amelie seguía esperando.
Con mucho cuidado, Adrián se puso de pie, estiró el brazo y cerró la llave de la regadera. El silencio volvió a instalarse en el baño, roto únicamente por el goteo constante del agua y sus respiraciónes aún agitadas. Salió un momento y regresó con una toalla seca.
- Ven, déjame ayudarte con esto - le dijo en un tono suave, envolviendo su cuerpo empapado con la toalla para quitarle el frío.
Sin darle tiempo a protestar o sentir vergüenza a Amelie por el estado en el que estaba, se agachó y la levantó en brazos, cargándola con una facilidad silenciosa y protectora. La llevó hasta la habitación, cruzando la puerta con paso firme. La bajó con cuidado al borde de la cama, dándole el espacio necesario para que Amelie se cambiara y respirara en privado. Antes de girarse para salir y dejarla sola, se inclinó un momento y le dio un beso tierno, lento y lleno de una comprensión infinita en la frente.
- Cámbiate con calma, te espero aquí afuera en el pasillo - le dijo en un susurro suave, cerrando la puerta despacio tras de sí.
El silencio de la habitación le devolvió de golpe a la realidad a Amelie: la ropa empapada, el desorden de su vida y el eco de todo lo que había estallado hacía apenas unos momentos. Pero en medio de ese torbellino, la puerta cerrada le recordaba que Adrián estaba ahí afuera, esperando sin prisa, cumpliendo su promesa.
Amelie se puso un pans suave y una sudadera ancha, sintiendo como el calor volvía poco a poco a su cuerpo mientras me secaba el cabello con la toalla.
- Te vas a enfermar - le habló suavemente Amelie, deteniéndose a mitad del camino, con la voz temblorosa y los ojos aún hinchados por la tormenta que acababa de atravesar.
Adrián desvió la mirada hacia ella, evaluando que estuviera un poco más entera, y una media sonrisa cansada se dibujó en sus labios, restándole importancia a su propia incomodidad.
- Eso es lo que menos importa ahora - respondió con una tranquilidad absoluta, dando un paso al frente para acortar la distancia - ¿Cómo estás? ¿Te sientes mejor?
-Sí, un poquito mejor... gracias a ti - le contesto Amelie levantando lentamente la mirada para encontrarse con sus ojos, donde el reflejo de la preocupación por fin empezaba a disiparse, dejando paso a una calidez.
Adrián exhaló un suspiro largo, un sonido que llevaba cargado todo el peso de la tensión que había sostenido en los últimos minutos. Con una delicadeza, levantó una mano y rozó con la yema de su pulgar su mejilla, barriendo los restos húmedos de las lágrimas que se negaban a secarse del todo.
- No tienes que agradecerme nada, ¿de acuerdo? - le respondió mientras acunaba su rostro con una de sus manos, con esa voz baja, ronca y firme que parecía tener el superpoder de ordenar los pedazos rotos del mundo de Amelie - Estoy aquí porque quiero estar, porque me importas más de lo que imaginas, Cherry.
El contacto de la mano de Adrián en la piel de Amelie la devolvió al centro de ella misma, recordándole que el infierno del ataque de ansiedad había quedado atrás, al menos por ahora. Amelie miró la ropa de Adrián empapada, el charco que sus zapatos seguían formando en el suelo, y un atisbo de sonrisa nerviosa se asomó por fin entre sus labios.
- Pero sigues chorreando agua por todos lados, vas a terminar con una pulmonía por mi culpa - le reprochó Amelie en un tono suave, intentando inyectar un poco de ligereza en medio del temporal.
Él sonrió de lado, con esa expresión cómplice y un poco terca que tanto conocía, y dio un paso más para acortar el último resquicio de espacio que quedaba entre los dos.
- En la cajuela del carro siempre llevo un cambio extra por cualquier imprevisto del trabajo o del camino. - le contestó él con voz baja, acariciándole suavemente la mejilla - Ahorita vuelvo.
Adrián se marchó a paso firme hacia la salida y, en cuestión de minutos, regresó con una bolsa. Fue al baño un momento para quitarse la ropa empapada y helada que llevaba pegada al cuerpo, saliendo poco después con una playera limpia y un pantalón seco. Amelie al verlo ya sin el peso del agua fría, una exhalación de alivio escapó de su pecho, pero al instante, el vértigo de quedarse sola otra vez - aunque fuera por segundos - la hizo estirar la mano con desesperación.
- Te quedas un rato más conmigo... por favor - Amelie le pidió en un susurro, con el alma encogida, sintiendo que soltar su mano en ese preciso instante equivaldría a dejarse caer de nuevo al abismo oscuro del que apenas acababa de salir.
Adrián no lo dudó ni un solo segundo. Dio un paso rápido hacia ella y apretó sus dedos con los suyos, entrelazándolos con una firmeza y una seguridad absoluta que le devolvieron la estabilidad que tanto había buscado durante años. Sus ojos se clavaron en los de Amelie, transmitiéndole una paz inquebrantable.
- No me voy a mover de tu lado - le aseguró con una voz firme y llena de paciencia infinita - Ven, vamos a sentarnos.
Se sentaron en el sillón, muy juntos, la mano de Adrián sosteniendo la de Amelie de una forma tan firme que parecía querer tejer un puente sobre todos los pedazos rotos que acababa de dejar atrás.
- Eres valiente todos los días, pero hoy descansa, aunque sea un ratito. Cierra los ojos y deja que yo cuide de ti. - le susurró Adrián mientras la abrazaba para que Amelie se sintiera segura -
- Dejame cuidar de esa sonrisa que tanto ilumina mis días... - confeso Adrián mientras besa con total ternura su frente, un sello de amor que ya no podía, ni quería ocultar - Si la vida se vuelve pesada y el miedo te abruma, recuéstate en mi pecho. Mis brazos son tuyos para sostener tus silencios y calmar tus latidos, déjame cuidar de ti Cherry.
El tiempo pasaba lentamente mientras el silencio que los rodeaba ya no era el vacío opresivo y solitario de antes; ahora era un espacio cálido, un respiro en medio del huracán. Amelie apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el compás tranquilo de su respiración mientras el calor de su cuerpo ahuyentaba los últimos rastros fríos del ataque y el agua helada.
- Cherry... - le habló Adrián, rompiendo el silencio suave que los envolvía en la sala.
Giró ligeramente el rostro para buscar los ojos de Amelie, con una chispa de curiosidad cálida brillando en su mirada, evaluando el desorden de su vida y buscando la forma de encender una pequeña luz en medio del túnel.
- Aún sigues buscando trabajo... - le preguntó, no como una duda, más bien como una puerta abierta hacia una posibilidad que ella creía totalmente clausurada por sus circunstancias.
Amelie bajo la mirada un segundo, sintiendo el viejo peso de la impotencia y la frustración apretándole el pecho al recordar sus manos atadas, los horarios imposibles y la falta de opciones.
- Sí, es muy difícil encontrar uno en mi situación - le contestó Amelie con un suspiro cansado, dejando escapar la amargura de saber que ningún lugar aceptaría a alguien sin redes de apoyo ni horarios flexibles.
Al escuchar su respuesta, Adrián se enderezó de inmediato en el sillón, soltando con naturalidad una coartada perfecta, un plan improvisado que se había inventado sobre la marcha solo para regalarle una salida, para quitarme un poco de encima la pesadumbre del encierro.
- En el trabajo me pidieron que buscara a alguien para que se encargue de agendar horarios y acomodar algunos archivos digitales... ¿te interesa? - le preguntó, mirándola fijamente, con una sonrisa cómplice y esperanzada esperando su respuesta.
- ¿Lo dices en serio? - preguntó Amelie, sintiendo que un fragmento de esperanza, pequeña y cálida, empezaba a encenderse en medio de las cenizas.
Los ojos se le abrieron de par en par, y por un segundo, el peso del mundo pareció aflojar un poco sus cadenas alrededor de su cuello.
Adrián asintió con total seguridad, esbozando una sonrisa tranquila que le devolvió el aliento.
- Sí, es trabajo en casa, de ese de home office - le explicó, con una naturalidad que me hizo suspirar de alivio - Lo único que tengo que hacer es explicarte cómo es la dinámica, dejarte una laptop de la empresa y configurarte un correo electrónico que vas a usar únicamente para las cosas del trabajo. Así de fácil.
Adrián salió un momento hacia su auto y regresó con una laptop de la empresa, asegurándose de que tuviera todo lo necesario para comenzar de inmediato. Se sentaron juntos en la mesa de la sala, muy cerca el uno del otro, y con una paciencia infinita comenzó a explicarme paso a paso la dinámica del trabajo.
- Mira, es muy sencillo - le decía mientras encendía el equipo y la pantalla iluminaba sus rostros en la penumbra de la tarde - Aquí vas a entrar para ver la agenda semanal; los clientes mandan sus solicitudes de citas y tú solo tienes que acomodarlas en los espacios libres que veas disponibles. Y en esta otra carpeta de la nube vas a organizar los archivos digitales por fecha y categoría, dándoles formato de respaldo.
Amelie ponía muchísima atención, con los ojos fijos en la pantalla, absorbiendo cada instrucción como si fuera el salvavidas que tanto había esperado. Ningún detalle se le escapaba; cada clic y cada comando que Adrián le mostraba quedaban grabados en su mente con una claridad que hacía semanas no experimentaba.
Adrián terminó de configurar el acceso y tecleó los datos de la cuenta en el sistema.
- Listo. Este es el correo que vas a usar exclusivamente para las cosas de la empresa: gestion.operativa.adrian@gmail.com - le indicó, señalando la pantalla antes de mirarla con una sonrisa de complicidad.
- Daré lo mejor de mí, dalo por hecho - le aseguró Amelie, sintiendo como una ola de energía y entusiasmo renovado la envolvía.
Amelie llevada por el impulso de la emoción y el alivio inmenso que se inundaba en su pecho, se lanzó hacia adelante y lo abrazo con fuerza por el cuello, enterrando el rostro en su hombro antes de retroceder apenas un centímetro.
Ese movimiento repentino rompió la distancia que los separaba, ocasionando que quedaran de nuevo muy cerca el uno del otro, tanto que podían sentir el calor de su respiración mezclándose.
Ambos se pusieron nerviosos, con los ojos fijos en los labios del otro por un segundo que se estiró como la eternidad, mientras la tensión silenciosa y prohibida entre ellos subía como una marea imposible de ignorar.
«Si lo besó, si me dejo llevar... sé que ya no habrá vuelta atrás. Esto es un abismo, pero nunca en mi vida me había sentido tan viva, tan vista, tan profundamente deseada como en este instante», pensó Amelie temblando ligeramente bajo su tacto, atrapada entre el vértigo del pecado y el alivio dulce de saber que, en sus brazos, por fin dejaba de importar el desastre de su realidad.
«Dios, mírala... Sus ojos, son una tortura hermosa. Deseo besarla, arriesgarlo todo solo para borrarle el dolor con los labios, pero tengo que contenerme; no puedo asustarla, no ahora que por fin me está dejando entrar...», pensó Adrián, con la mirada fija en su boca, conteniendo el impulso de acunar su rostro y cerrar el espacio que les quedaba.
«Sé que está mal, sé que es un peligro, que mi vida ya es un desastre y no necesito más complicaciones... pero, maldición, ¿cómo se supone que ignore lo que estoy empezando a sentir? Con él no tengo que fingir que todo está bien, no me hace sentir como un mueble viejo; me mira como si de verdad le importara, como si fuera alguien valiosa. Si me besa ahora mismo, no voy a apartarlo... al contrario, creo que me perdería por completo en él...» , se debatía Amelie conteniendo el aliento.
El peso de la realidad cayó sobre ellos como un balde de agua fría, disipando la bruma eléctrica que los había mantenido atrapados en ese segundo suspendido en el tiempo. Adrián parpadeó, apartando la mirada con un esfuerzo evidente, como si le costara una vida entera apartar sus ojos de los de Amelie.
- Creo que es hora de irme... - rompió el silencio Adrián, con la voz un poco más baja y tensa, mientras se ponía de pie junto a la mesa con movimientos deliberados - No quiero meterte en problemas.
- Sí, tienes razón... - le contestó Amelie con dificultad, sintiendo que un frío repentino volvía a invadir el espacio que sus brazos acababan de dejar vacíos.
La razón dictaba que se fuera, que pusiera distancia antes de que el mundo que intentaba sostener se desmoronara por completo bajo el peso de lo prohibido, pero el eco de su cercanía aún quemaba en su piel, le gritaba que se quedará.
- Gracias por todo, Adrián - Amelie le agradeció en un susurro frágil, con los ojos fijos en los de él, intentando condensar en esas pocas palabras una deuda de gratitud y refugio que jamás terminaría de pagar.
- Cualquier duda que tengas con el sistema, o si algo se te complica con los archivos, no dudes en decirme a cualquier hora, ¿sí? Estoy para lo que necesites - le recordó con esa paciencia inquebrantable que parecía no agotarse nunca con ella.
- Cherry... - le habló suavemente antes de irse, deteniéndose justo en la entrada de la puerta con la mano apoyada en el marco.
Adrián con una lentitud deliberada, acortó la distancia que ya habían empezado a marcar entre los dos. Sus manos grandes y firmes se posaron con delicadeza en su cintura, deteniéndola en seco y atrayéndola hacia él apenas lo suficiente para romper la distancia. Amelie contuvo la respiración, sintiendo el calor de su cuerpo y el roce de su ropa contra la de ella. Adrián inclinó el rostro hacia adelante y, en lugar de buscar sus labios como una tentación desesperada, le regaló un beso tierno, suave y prolongado directamente en la nariz.
- Descansa, preciosa. El lunes empezamos con el trabajo - murmuró contra su piel, con una sonrisa ligera y cómplice que la dejó con el corazón latiendo a mil por hora.
Adrián se apartó poco a poco, dándole el espacio que ambos sabían que necesitában, y cruzó la puerta para perderse en la oscuridad de la noche.
Amelie se quedó ahí de pie en la entrada, con los dedos aún temblando ligeramente por el contacto y la piel de la nariz ardiendo con una calidez que tardaría horas - incluso días - en apagarse. Cerró la puerta con suavidad y apoyo la espalda contra la madera, sintiendo que, a pesar del caos que le esperaba día a día con Sergio y con su vida, una rendija de luz acababa de abrirse paso en su mundo.
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