Capítulo 19 de 23
Las manecillas del reloj del despacho ya superaban las cinco de la tarde cuando Adrián repasaba los últimos expedientes de los próximos socios. En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Mateo entró con una carpeta bajo el brazo, dejándola caer sobre el escritorio.
- Aquí están los contratos que debes revisar y firmar - hablo Mateo dejando los papeles en el escritorio. - Por cierto, hoy me voy temprano - le dijo Mateo despreocupado.
- ¿Disculpa? - le respondió Adrián intrigado y arqueando una ceja.
- Sí, tengo una cita con Anaís - afirmó Mateo -. Y ni se te ocurra decirme nada ni reclamar. Te recuerdo que tú hace unos días me dejaste con la junta de los ejecutivos y los pendientes financieros por ir a ver a tú Cherry y ya no volviste.
- Está bien, Mateo, vete de una vez antes de que me arrepienta - contestó Adrián con molestia fingida - Pero que no se te haga costumbre.
- ¿Y tú sí? - replicó Mateo, cruzándose de brazos.
- Obviamente, yo soy el jefe, además te pago más que bien - dijo Adrián divertido - Ya vete, Mateo, o llegarás tarde a tu cita.
- Gracias, jefe. Por cierto, si necesitas un ramo de flores o velas aromáticas para tú Cherry, solo dime y se las encargamos a Anaís - dijo Mateo sonriendo.
- Ya vete - le ordenó Adrián negando con la cabeza, aunque una ligera sonrisa se dibujaba en su rostro.
En cuanto Mateo abandonó el despacho, Adrián tomó con delicadeza el colorido hongo que Amelie le había regalado, recordando el tierno beso en la mejilla que ella le había dado antes de subir al taxi. Aquel pequeño objeto sobre su escritorio era su refugio mental en medio del caos corporativo, un recordatorio constante de la razón por la cual su vida ya tenía un propósito.
Adrián tenía que apresurarse. Llevaba semanas buscando la casa perfecta para comprarle, un lugar propio y seguro, un refugio donde pudiera quedarse Amelie con sus hijos para cuando dejara definitivamente Sergio sin darle explicaciones a nadie.
Adrián sabía que Amelie jamás aceptaría su dinero o su ayuda directa por orgullo, así que había inventado un trabajo a su medida: un puesto ficticio de asistente remota, encargándose supuestamente de agendar horarios y acomodar algunos archivos digitales. Era una farsa elaborada, un empleo que no existía en la realidad de su empresa, pero era la única forma sutil que había encontrado para ayudarla, protegerla y cuidarla sin herir su independencia.
Adrián dejó escapar un suspiro mientras desbloqueaba la pantalla de su teléfono para revisar las opciones de la casa que le habían enviado esa misma tarde.
- seis millones, zona norte, jardín amplio - murmuró para sí mismo, deslizando las fotografías de una fachada moderna -. Tiene el estudio perfecto para sus libros y la privacidad que nesecita, cuatro habitaciones, es perfecta para ella y sus hijos.
Marcó directamente al agente inmobiliario, apoyando el teléfono contra su hombro mientras abría una carpeta digital con los planos de la propiedad.
- Buenas tardes, habla Adrián Valmont - dijo con la voz firme y seria de siempre, la misma que imponía respeto en las juntas directivas, aunque esta vez su mente estaba completamente en otro lugar. - Le llamo respecto a la propiedad en Lomas de Chapultepec. Quiero agendar una visita privada para este sábado a primera hora... Sí, exactamente como lo habíamos platicado, el pago se hará al contado y necesito que los trámites salgan a nombre de un tercero, sin que aparezca mi razón social por ningún motivo.
Colgó un par de minutos después, tras cerrar el trato preliminar. Sonrió con satisfacción al pensar en la expresión que pondría ella cuando descubriera que, sin esperarlo, por fin tendría un lugar propio al cual llamar hogar.
Pero, a pesar del miedo constante a perderla cuando la verdad saliera a la luz, había una certeza absoluta que lo sostenía: al menos tendría un lugar propio, un refugio seguro donde nadie, absolutamente nadie, la sacaría jamás.
Miró de nuevo el pequeño hongo de colores sobre su escritorio y murmuró en voz baja, como si ella pudiera escucharlo «Enojate conmigo todo lo que quieras, gritame y dime que soy un mentiroso... pero esta casa es tuya, y de ahí nadie te va a mover nunca».
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El tráfico del atardecer avanzaba con lentitud, pero los latidos en el pecho de Mateo iban a un ritmo completamente distinto. Mientras conducía hacia el local de Anaís, las manos se le aferraban al volante con una mezcla de emoción y un nerviosismo que hacía años no experimentaba.
«Es solo una cita casual. Bueno, casual para ella, porque yo llevo pensando en esto desde el maldito día de la tormenta.» pensaba, tamborileando los dedos contra el cuero del volante cada vez que el semáforo se ponía en rojo.
Mateo cerró sus ojos un segundo al recordar la imagen de Anaís luchando contra el viento para bajar la cortina metálica del local, sus diminutas y naturales pecas extendiéndose con gracia sobre su nariz y sus mejillas, resaltando bajo la luz tenue. Recordaba cada detalle: su melena larga y ondulada moviéndose al compás de sus risas, la forma en que inclinaba la cabeza cuando le contaba algo curioso, y cómo el tiempo pareció disolverse mientras hablaban de todo y de nada hasta que la tormenta pasó y las calles quedaron completamente despejadas.
- Tranquilo, Mateo, respira - se habló a sí mismo en voz alta, negando con una sonrisa tonta pintada en los labios antes de estacionar finalmente frente al local.
Apagó el motor, se acomodó el cuello de la camisa en el espejo retrovisor y bajó del auto dispuesto a no arruinar el momento.
Mateo tocó el timbre de la puerta que se encontraba justo al lado de la cortina metálica del local. No pasó mucho tiempo antes de que la cerradura hiciera clic y la puerta se abriera apareciendo Anaís justo después.
Mateo se quedó por completo mudo, con la mirada fija en ella, incapaz de articular palabra al verla enfundada en un hermoso vestido corto de estilo vintage con estampado floreado que le quedaba perfecto.
- Hola, Mateo. Pásate - dijo Anaís con una sonrisa cálida, viéndolo estancado en el umbral. - ¿O te vas a quedar ahí de piedra toda la noche?
Mateo parpadeó varias veces, recuperando el aliento con lentitud mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
- Hola... Yo... Disculpa - atinó a decir, pasando saliva con dificultad y rascándose la nuca con algo de timidez. - Es que... te ves increíble. De verdad. Dejé el cerebro en el coche.
Anaís soltó una suave carcajada, un tono divertido y cristalino que terminó por derribar los últimos nervios que él cargaba desde el camino.
- Muchas gracias, me alegro de que te guste - respondió ella, haciéndose a un lado para dejarle el paso libre hacia el interior. - Pasa antes de que los vecinos piensen que eres un repartidor perdido.
«Maldito idiota, respira, deja de mirarla como si fueras un estúpido adolescente en su primera cita», se regañaba Mateo internamente, apretando las manos en los bolsillos del pantalón mientras trataba desesperadamente de mantener la cordura y recuperar algo de dignidad masculina. «Te vas a desmayar aquí mismo y vas a hacer el ridículo».
Los nervios lo traicionaban de la peor manera, acelerándole el pulso y secándole la garganta con cada segundo que pasaba a su lado.
- Solo voy por mi bolsa y nos vamos - le habló Anaís con total naturalidad, regalándole una última mirada divertida antes de girarse y caminar hacia la parte trasera del pasillo.
- Sí... esta bien, tómate tu tiempo - logró articular Mateo con voz un poco más firme de la que en realidad sentía, aprovechando que ella le daba la espalda para exhalar un largo suspiro y sacudirse los nervios. - Definitivamente ese vestido debería ser ilegal - pensó de nuevo, negando con una sonrisa inevitable mientras esperaba junto a la entrada.
Salieron de la casa y, con una mezcla de cuidado y timidez, Mateo colocó su mano con delicadeza sobre la espalda de Anaís, guiándola con suavidad hacia el coche. Al llegar a la puerta del copiloto, se apresuró a abrirla y le ofreció su mano para ayudarla a acomodar la caída de su vestido al entrar.
- Gracias, lindo caballero - le dijo Anaís con una sonrisa divertida, tomando su mano y deslizándose con gracia en el asiento.
- Para servirle, señorita hermosa - respondió Mateo con una ligera reverencia fingida, cerrando la puerta con cuidado antes de rodear el auto para subir al lado del conductor.
Una vez dentro, encendió el motor mientras la miraba de reojo.
- ¿Y bien? ¿Se te antoja algún lugar en especial para cenar, lo dejó en mis manos esta noche? - le preguntó Mateo, tratando de sonar relajado a pesar de que el aroma a perfume floral que ella llevaba llenaba todo el interior.
- Mejor lo dejo en tus manos, a ver con qué sorpresa sales - replicó Anaís acomodándose el cinturón de seguridad y mirándolo con complicidad. - Más te vale que esté rico.
- No te decepcionaré, te lo prometo - aseguró Mateo antes de arrancar e incorporarse al tráfico de la noche.
El trayecto transcurrió entre bromas ligeras y risas que disiparon por completo cualquier rastro de tensión previa. Minutos después, Mateo estacionaba el auto frente a un pequeño restaurante de comida italiana con una terraza iluminada por hileras de luces cálidas y rodeada de plantas trepadoras; un sitio acogedor, perfecto para conversar sin ruidos molestos.
Mateo bajó rápidamente para abrirle la puerta, manteniendo la misma atención caballerosa de antes.
- Llegamos - anunció, ofreciéndole una mano para ayudarla a bajar. - Espero que te guste la pasta, porque es mi carta de presentación infalible.
Anaís tomó su mano con naturalidad, bajando del auto y observando la fachada del lugar con evidente aprobación.
- Me parece perfecto - respondió ella, regalándole una mirada que hizo que a Mateo le volvieran a temblar ligeramente las manos. -
- No te arrepentirás - murmuró él, guiándola hacia la entrada con la mano apoyada suavemente en su espalda, listos para descubrir lo que esa noche tenía reservada para ambos.
Un mesero los condujo hasta una mesa íntima en la esquina de la terraza, justo bajo una enredadera iluminada por pequeñas luces cálidas. Tras ordenar un par de copas de vino tinto y una pasta artesana para compartir, la conversación fluyó con una naturalidad asombrosa, pasando de anécdotas cotidianas a risas cómplices que acortaban cualquier distancia.
En un momento de pausa, mientras Anaís inclinaba ligeramente la cabeza para escuchar una historia sobre las ocurrencias matutinas de Adrián en la oficina que volvían loco a Mateo, la luz de la vela central delineó con total claridad su rostro.
Mateo se quedó en silencio un segundo, perdido en la constelación de pequeñas pecas que salpicaban con gracia su nariz y sus mejillas, esa imagen que tantas veces había repasado en su memoria desde el día de la tormenta. Sin pensarlo demasiado, una sonrisa tierna se dibujó en sus labios y la palabra salió de su boca de forma totalmente involuntaria.
- Sabes, pecosita... - murmuró Mateo con voz suave, deteniéndose de golpe al darse cuenta del apodo cariñoso que acababa de soltar.
Anaís parpadeó sorprendida, deteniendo el movimiento de la copa de vino a mitad de camino y una chispa de genuina diversión y un brilló en sus ojos.
- ¿Pecosita? - repitió ella con una ceja arqueada, conteniendo una sonrisa evidente mientras lo observaba fijamente. - Vaya, veo que la confianza se gana rápido por aquí, señor director de operaciones ejecutivas.
- Lo siento... Perdón, lo siento, se me salió por completo - se disculpó rápidamente, rascándose la nuca con torpeza y riendo lleno de nervios. - Es solo que... bueno, es imposible no notarlas. Son... hermosas. De verdad.
Anaís bajó la mirada un segundo antes de volver a mirarlo con un brillo de auténtico encanto en los ojos.
- Pecosita - repitió ella con una risita suave, sintiendo que el corazón le daba un vuelco en el pecho. - Sabes qué... me gusta. Me gusta como suena viniendo de ti.
Mateo sintió que el aire volvía a faltarle, pero esta vez no por los nervios del miedo, sino por la certeza absoluta de que esa noche se estaba convirtiendo en algo infinitamente mejor de lo que jamás había imaginado.
La cena transcurrió entre risas cómplices, anécdotas de sus respectivos días y una cercanía que parecía desafiar el poco tiempo que llevaban conociéndose. Cuando el mesero retiró los platos vacíos y ofreció la carta de postres, ninguno de los dos mostró prisa por terminar la velada. Al contrario, las horas en ese rincón iluminado parecían estirarse a su favor.
Al salir del restaurante, la brisa fresca de la noche los recibió, haciendo que Anaís se cruzara de brazos con un ligero escalofrío. Sin pensarlo un segundo, Mateo se quitó el saco y lo colocó con delicadeza sobre sus hombros.
- No quiero que te enfermes, pecosita - le dijo con una sonrisa cálida mientras ajustaba la tela para abrigarla mejor.
Anaís se acomodó la prenda, sintiendo el calor que él aún conservaba y el sutil aroma a su colonia. Inclinó la cabeza hacia un lado, mirándolo con gratitud y una ternura que le abrigaba el pecho tanto como el saco.
- Gracias, Mateo. Eres demasiado atento - respondió ella en un susurro mientras caminaban de regreso hacia el auto.
- Solo con quien lo merece - replicó él, abriéndole la puerta del copiloto con la misma galantería del principio.
El camino de regreso a casa mantuvo esa misma atmósfera ligera y dulce. Ya frente al local de Anaís, Mateo apagó el motor y bajó rápidamente para acompañarla hasta la entrada. Ella se quitó el saco para devolvérselo, pero Mateo la detuvo con un suave toque en el antebrazo.
- Quédatelo, por esta noche - le pidió con una sonrisa suave. - Así tendré una excusa perfecta para verte mañana y pasar a recogerlo.
Anaís se quedó mirándolo unos segundos, con una mezcla de sorpresa y una profunda ilusión reflejada en el rostro. Apretó el saco contra su pecho y asintió lentamente.
- Me parece un trato justo, Mateo -respondió ella con una sonrisa radiante. - Nos vemos mañana entonces.
Mateo se despidió con un beso tierno y respetuoso en la mejilla, sintiendo el aroma de su perfume por última vez antes de verla abrir la puerta y entrar a su hogar. Subió a su auto con el corazón latiendo a mil por hora, convencido de que, de todas las vueltas que daba la vida, esa tormenta había sido lo mejor que le había pasado.
Al día siguiente, las luces de la oficina apenas comenzaban a reflejarse en los ventanales cuando Mateo cruzó la puerta del despacho de Adrián con una taza de café humeante en la mano y una sonrisa de oreja a oreja que no cabía en su rostro.
Adrián, sentado detrás de su impecable escritorio y revisando unos informes financieros, levantó la vista un segundo y entrecerró los ojos al notar el aire triunfal y relajado con el que su amigo caminaba.
- Vaya, vaya. ¿A qué se debe esa cara de que te regalaron la lotería? - inquirió Adrián con una ceja arqueada, apoyando la pluma sobre la mesa. - Pensé que vendrías arrastrándote por el cansancio de la cita de anoche.
- Para nada, jefe. Al contrario, amanecí con una energía envidiable - respondió Mateo dejando el café con total ligereza sobre el escritorio, adoptando una postura sumamente orgullosa. - Digamos que la velada fue todo un éxito rotundo.
Adrián soltó una carcajada corta y sarcástica, recargándose en el respaldo de su sillón mientras lo miraba con una mezcla de diversión y burla contenida.
- ¿Éxito rotundo? Por favor, Mateo. Si ayer parecías un cachorro temblando bajo la lluvia antes de irte con Anaís - lo tundió Adrián sin piedad, imitando con sorna la postura nerviosa que su amigo había tenido el día anterior. - Apostaría a que lo único que rescataste de la noche fue sobrevivir sin desmayarte.
Mateo frunció el ceño de inmediato, cruzándose de brazos y fingiendo una profunda ofensa mientras apuntaba con el dedo índice hacia su jefe.
- ¡Oye! Eso es totalmente falso y lo sabes. Además, ¿De qué te ríes tanto, eh? Si tú estás igual o peor - contraatacó Mateo con una sonrisa de suficiencia, inclinándose hacia el escritorio. - Te la pasas todo el día suspirando frente al teléfono, inventando contratos fantasma y comprando una casa a escondidas para tu preciosa Cherry. Así que guárdate tus burlas, gran galán de telenovela corporativa, porque al menos yo no tengo que fingir puestos de secretaria ejecutiva para acercarme a la mujer que me gusta.
El comentario de Mateo le cayó como un balde de agua fría ante la fingida superioridad de Adrián, quien detuvo de golpe cualquier rastro de risa. La expresión divertida de su rostro se transformó en una mirada de advertencia, abriendo los ojos de par en par mientras se ponía derecho en su lugar.
- ¿De qué diablos estás hablando? - le espetó Adrián entre dientes, fulminándolo con la mirada mientras sentía cómo el calor le subía ligeramente a las mejillas. - Cuida tus palabras, Mateo, o vas a terminar archivando facturas hasta el año 2040.
- Lo que escuchaste, jefe - respondió Mateo riéndose a carcajadas, dándose la vuelta con total tranquilidad hacia la puerta antes de que Adrián pudiera lanzarle un pisapapeles. - Pero no te preocupes, tú secreto está seguro conmigo... pecador.
- ¡Largo de mi despacho, imbécil! - gritó Adrián fingiendo molestia mientras le tiraba una carpeta ligera que Mateo esquivó con una risa burlona antes de cerrar la puerta.
Las risas de Mateo aún resonaban al otro lado de la puerta cuando Adrián se dejó caer contra el respaldo de su sillón, pasándose una mano por el rostro con un gesto de exasperación.
- Maldito idiota - murmuró para sí mismo, negando con la cabeza mientras una pequeña sonrisa involuntaria se dibujaba en la comisura de sus labios.
Adrián negó con la cabeza, dejando caer la pluma sobre el escritorio. La verdad es que Mateo tenía razón en algo: su fachada de jefe implacable se desmoronaba por completo en cuanto pensaba en su Cherry. Miró hacia el colorido hongo que reposaba junto a su laptop y recordó el beso que Amelie le dio en su mejilla.
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