Capítulo 18 de 23
El tic-tac del reloj marcaba pasadas las doce del mediodía de un viernes caótico en el corporativo. Adrián revisaba las últimas páginas de los reportes financieros que debía presentar en la junta con los ejecutivos del despacho, intentando mantener la concentración entre números y proyecciones.
Un zumbido seco sobre el escritorio interrumpió sus pensamientos. Tomó el teléfono y la pantalla iluminó su rostro con un mensaje que hizo que el mundo corporativo se desvaneciera al instante.
Chat de Amelie:
"Hola señor portafolio, ando en el centro por fin tuve un rato libre"
Chat de Adrián:
"Exactamente por dónde andas?»
Chat de Amelie:
«Ni idea 😅 no me se las calles solo se que estoy por avenida Juárez, mira.»
Un recuadro de ubicación en tiempo real apareció en la pantalla de su teléfono. Amelie en lugar de mandar un punto fijo, había activado el rastreo en vivo. Adrián fijó los ojos en la pantalla, viendo como el puntito azul avanzaba lentamente por el mapa, marcando cada uno de sus pasos en medio del bullicio de la ciudad.
No lo pensó dos veces. Se levantó de golpe, estiró los brazos para enfundarse en el saco y cerró la carpeta de pendientes con un golpe sordo que resonó en todo el despacho.
En ese preciso instante, la puerta se abrió y Mateo irrumpió con una pila de informes bajo el brazo, deteniéndose al ver al director listo para huir.
— ¿A dónde demonios vas, Adrián? ¿Qué pasa con la junta de ejecutivos y todos los pendientes financieros? — preguntó Mateo incrédulo, bloqueándole el paso con los ojos abiertos de par en par.
Adrián le plantó la carpeta en las manos a medio camino, sin detener su marcha hacia la salida.
— Hazte cargo tú, Mateo, por favor. Tengo que salir — le soltó Adrián a toda prisa, cruzando la puerta sin mirar atrás.
Mateo dio media vuelta, persiguiéndolo a pasos largos por el pasillo privado, indignado y divertido a partes iguales.
— ¡Es por ella, verdad! — le reclamó Mateo con una fingida molestia, gesticulando en el aire —. ¡Te vas a saltar una junta directiva por ella! ¡Estás perdiendo la cabeza, Adrián!
Adrián ya estaba frente a las puertas del elevador, presionando el botón con desesperación mientras el aparato tardaba una eternidad en cerrar las puertas. Se giró un segundo hacia su amigo, dándole una última palmada en el hombro con urgencia.
— Confío en ti, Mateo — le gritó Adrián con una mezcla de súplica y absoluta determinación antes de que las puertas del elevador se abrieran y se cerraran, dejándoselo todo en las manos.
— Definitivamente perdió la maldita razón... — expresó Mateo con una sonrisa mientras negaba con la cabeza, mientras se dirigía a la sala de juntas.
El motor del auto rugió con violencia cuando Adrián pisó el acelerador a fondo. Con una mano aferraba el volante con desesperación, y con la otra sostenía el teléfono, mirando fijamente la pantalla iluminada donde el pequeño puntito azul se desplazaba lentamente, marcando en tiempo real cada paso que Amelie daba por el centro.
El corazón le latía desesperadamente en el pecho, golpeándole las costillas con una urgencia que rozaba el pánico.
En cuanto vio el letrero de un estacionamiento público, dio un volantazo brusco. El auto derrapó ligeramente antes de detenerse de golpe entre dos vehículos, empujó la manija, abrió la puerta de un portazo y bajó del coche a zancadas.
Con la vista clavada en la pantalla del teléfono comenzó a seguir la señal del mapa, doblando la esquina a toda velocidad y esquivando a la gente con la respiración agitada, decidido a alcanzarla antes de que fuera demasiado tarde.
«Te necesito, Dioses, te necesito tanto que duele» pensaba con una urgencia que rozaba la locura, mientras el corazón le latía desbocado en las sienes. «Quiero dejar de verte a través de una pantalla, tengo unas malditas ganas inmensas de llegar hasta ti, de abrazarte fuerte»
Adrián seguía caminando desesperado siguiendo las indicaciones del puntito azul, hasta que notó que marcaba los desplazamientos de Amelie se habían detenido de golpe.
El punto estático señalaba un concurrido y bullicioso buffet de comida china a unas cuantas calles de su ubicación.
Rompió su habitual paso medido y comenzó a caminar a zancadas rápidas, casi rozando la carrera, esquivando a los transeúntes, al llegar al local al fin, ajustando su ropa desordenada un poco por la casi carrera que hizo por ir tras de ella, tomo aire para armarse de valor y entrar al local mientras se acomodaba la corbata.
A Adrián no le tomó más de dos segundos dar con Amelie: el inconfundible y vibrante tono rojo de su cabello corto destacaba entre los estantes, deteniendo el mundo a su alrededor en el instante exacto en que la encontró.
«Dios... Cómo es posible que con solo respirar logres desordenarme los días enteros», pensó Adrián, sintiendo el pulso acelerado mientras cruzaba con el saco mal acomodado y la respiración todavía un poco agitada por la urgencia de verla.
Avanzó entre los pasillos hasta detenerse justo frente a ella, con una mezcla de vértigo y profunda devoción en la mirada.
— Hola, Cherry — habló Adrián con la voz un poco ronca, intentando recuperar el aliento y la compostura mientras la observaba fijamente.
Justo en ese momento, Amelie estaba dando un trago largo a tu vaso con té helado para pasarse la comida. Su voz la sorprendió tanto que el líquido se le fue por otro lado, haciéndola toser levemente mientras un pequeño chorrito escapaba de sus labios al intentar responderle.
— ¡Adrián...! — exclamó Amelie a medias, tosiendo y parpadeando con sorpresa mientras el té salpicaba la mesa.
— Mierda... — reclamó al aire con frustración, tomando una servilleta a toda prisa para limpiarte la blusa y la comisura de los labios, con las mejillas encendidas por la vergüenza.
Adrián soltó una carcajada baja, un sonido genuino y cálido, mientras extendía otra servilleta para ayudarla con total naturalidad.
— Tranquila, respira — le dijo Adrián con una media sonrisa tierna, negando con la cabeza mientras la miraba con pura debilidad —. Tampoco quería darte un infarto preciosa.
— No te hagas el gracioso, que esto es culpa tuya Adrián, llegas de la nada y pretendes que actúe con normalidad... — le reprochó Amelie entre toses, intentando mantener la dignidad mientras se limpiaba la mano —. ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿ Qué no tienes trabajo?
— Tengo tiempo libre — contestó Adrián con total naturalidad, dando un paso más hacia la mesa — Además, como me mandaste tu ubicación en tiempo real, aproveché para buscarte.
— Yo no te envié ninguna ubicación en tiempo real — le dejó en claro Amelie, arqueando una ceja mientras lo retaba con la mirada —. Solo te mandé la dirección fija de dónde estaba porque no me sé bien las calles de esta zona.
Adrián ladeo la cabeza, intrigado, y sacó el teléfono del bolsillo con total calma.
— A ver... ¿cómo que no? — murmuró, girando la pantalla hacia mí para enseñarme la interfaz —. Mira, aquí dice...
Adrián se acercó un paso para enseñarle el mapa, y al leer las opciones de la aplicación, el calor se le subió de golpe por el rostro de Amelie.
— Oh... me equivoqué — confirmo con un hilo de voz, mientras apartaba la mirada, apenada por su torpeza tecnológica.
Adrián soltó una pequeña risa baja, un sonido cálido que retumbó en medio del ruido del local, y se inclinó levemente hacia la mesa.
— Tranquila, detective de tecnología — bromeó Adrián, guardando el teléfono de nuevo — Digamos que tu error jugó a mi favor.
Amelie tragó saliva, intentando recuperar la compostura mientras el olor a pollo agridulce flotaba alrededor.
— Ya... ¿ya comiste? — le preguntó, señalando la silla a su lado.
Adrián negó con la cabeza, con los ojos fijos en los de Amelie.
— No, la verdad es que no. — Confeso Adrián mientras se quitaba el saco y lo colocaba en el respaldo de la silla.
— Pues sírvete y comamos juntos — le pidio Amelie entregándole el plato para que se fuera a servir, — No te voy a dejar pasar hambre después del viaje que hiciste por culpa de mi error con el mapa.
La plática transcurría con esa naturalidad y confianza que crecía entre ellos como una enredadera silenciosa, desafiando el caos de sus realidades y los muros que ambos cargában a cuestas.
Amelie tomo un trozo de pollo agridulce con los palillos, llevándose la comida a los labios mientras lo observaba acomodarse mejor en el asiento al otro lado de la mesa. Había algo profundamente magnético en la forma en que su mirada se posaba en ella.
— Y dime... — le habló Amelie con una ligera sonrisa, inclinándose un poco hacia adelante mientras masticaba con tranquilidad, —¿cuál es el pasatiempo favorito del señor de traje y portafolio cuando se le olvida que es un hombre de negocios?
Adrián soltó una exhalación suave, negando con la cabeza mientras una media sonrisa torcida se dibujaba en la comisura de sus labios. Dejó caer los cubiertos sobre el plato, tomándose un par de segundos antes de responder con esa honestidad desarmante que solo mostraba conmigo.
— Manejar sin rumbo fijo por la noche... detenerte en algún lugar tranquilo a tomar un café — confesó Adrián, volviendo a tomar un bocado de arroz frito — Y cocinar. Es lo único que realmente logra apagar el ruido en mi cabeza cuando los números y los problemas de la oficina amenazan con volverse insoportables.
— ¿Cocinar? — repitió Amelie, parpadeando varias veces incrédula — me cuesta muchísimo imaginarte con un delantal puesto.
Adrián soltó una carcajada baja, un sonido cálido y ronco, y se recostó en la silla con total soltura.
— No uso delantal, para empezar —respondió con una ceja alzada, fingiendo una falsa ofensa mientras tomaba su vaso con té helado —. Y te sorprendería saber que no todo en la vida se resuelve con balances financieros y juntas directivas. A veces, seguir una receta exacta es lo único que obedece cuando el resto del mundo es un desastre.
Su plática seguía su curso, saltando de sus pequeñas manías a anécdotas sin importancia, pero bastó un pequeño giro en la conversación para que la realidad volviera a colarse entre ellos, pesada y filosa.
— ¿Sabes lo difícil que es conseguir trabajo cuando tienes hijos, especialmente siendo mujer? — empezó a quejarse Amelie con un tono de frustración que llevaba semanas guardado, — Es una pesadilla absoluta. O las vacantes están a tres horas de distancia de casa, o pagan una miseria que apenas sirve para pagar el transporte.
Adrián se quedó en silencio, con la mirada fija en ella, escuchando cada una de sus quejas con una atención tan absoluta que por un instante la hizo sentir vulnerable, expuesta en toda su precariedad. Pero no pudo detenerse; la marea de la realidad ya se había desbordado.
— Y así... ¿cómo diablos se supone que lo logre? — seguía hablando, negando con la cabeza mientras la voz se le quebraba ligeramente de pura rabia y cansancio —. Así no podré salirme, no podré empezar una nueva vida lejos de todo esto. Me siento atrapada en un callejón sin salida, y cada puerta que toco parece cerrarse en mi cara solo por el simple hecho de ser madre y necesitar estabilidad.
Adrián extendió la mano por encima de la mesa, con los dedos firmes pero temblando ligeramente, hasta atrapar los de ella y detener sus movimientos nerviosos.
— Escúchame bien — dijo Adrián con la voz ronca, profundamente quebrada por la empatía y por una rabia contenida que apenas podía disimular — No estás sola en esto, y dejar de buscar salidas no es una opción, pero tampoco tienes que cargar el mundo entero tú sola sobre los hombros. No estás atrapada para siempre, aunque hoy todo parezca un maldito laberinto sin salida.
El calor de su piel sobre la de ella obligó a Amelie a tragar saliva, conteniendo el temblor que amenazaba con descomponerla por completo. Ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos; el eco de su promesa flotaba en el aire pequeño del local, tan denso y real que casi podía tocarse.
Amelie soltó un suspiro largo, sintiendo como el aire del local de repente se volvía demasiado denso para respirar, como si toda la frustración que acababa de vomitar en palabras se hubiera quedado suspendida en el ambiente.
— Y si salimos ya... creo que necesito aire — le sugirió a Adrián en un murmullo apartando la vista hacia la calle donde la tarde empezaba a teñirse con los tonos del atardecer.
Adrián asintió sin dudar ni un segundo, con esa mirada comprensiva y firme que siempre lograba desarmar sus defensas. Pagó rápidamente la cuenta sobre la barra a pesar de sus protestas silenciosas y le ayudó a recoger las bolsas de papel estraza y las compras que había dejado amontonadas junto al mostrador.
Salieron a la banqueta, donde el fresco de la tarde golpeó directo en sus rostros. Caminaron hombro con hombro, despacio, dejando que el ritmo acompasado de sus pasos llenara el espacio mientras la ciudad seguía su curso indiferente a su alrededor. El silencio entre ellos no era incómodo; era un respiro necesario, una tregua en medio del caos que cada uno cargaba por dentro.
— Oye... con curiosidad — empezó a decir Adrián con una ligera y genuina sonrisa asomándose en la comisura de sus labios — ¿Qué tanto compraste? Parece que llevas media tienda en estas bolsas.
— Es maquillaje, labiales rojos, mis tintes rojos y cosas de skincare — mencionó Amelie con orgullo, elevando ligeramente la barbilla como si estuviera presumiendo el mayor tesoro del mundo — ¿Qué esperabas? Una mujer necesita sus armas de supervivencia, sobre todo cuando siente que el mundo se le viene encima.
Una chispa de diversión y complicidad iluminó sus ojos de Adrián mientras memorizaba cada palabra de Amelie.
— Labiales y tintes rojos... anotado, lo tendré muy en cuenta para la próxima — contestó Adrián con una seguridad y un orgullo sutil que le dejó el corazón a Amelie latiendo a mil por hora, retomando el paso a su lado mientras el mundo exterior parecía desvanecerse por completo.
Amelie y Adrián caminaban sin prisa, dejando que el ritmo de sus pasos reemplazara el peso de la intensa conversación de hace unos minutos.
Mientras hablában de cualquier nimiedad — desde el mejor sabor del mundo hasta teorías absurdas sobre el clima — la mente de Amelie pareció soltar charlas por completo. Comenzó a gesticular de forma salvaje, agitando los brazos en el aire con dramatismo, abriendo los ojos de par en par y exagerando cada expresión facial mientras divagaba sobre una anécdota ridícula de su infancia que no tenía ni pies ni cabeza.
— Es que te lo juro, Adrián, el perro del vecino me miraba con una superioridad moral insoportable — le decía, haciendo ademanes circulares con las manos y lanzando una risa nerviosa al aire — O sea, ¿quién se cree que es para juzgar mis pasos a las tres de la mañana? ¡Tenía una cara de magistrado supremo que no podía con ella!
Adrián se detuvo un segundo en la acera, mientras la observaba con una mezcla de absoluta fascinación y una ternura tan profunda que le apretaba el pecho.
— ¿Un magistrado supremo? — replicó Adrián con voz ronca, negando con la cabeza mientras una chispa de diversión iluminaba su mirada —. Creo que el único que necesita un juicio aquí es el canino por difamación, porque dudo mucho que tuviera esa intención.
— ¡Claro que la tenía! Me miró de arriba a abajo con desprecio, te lo juro — contestó Amelie , encogiéndose de hombros con exageración y dando un pequeño trote hacia adelante para caminar de espaldas frente a él, señalándolo con el dedo índice con falsa acusación —. No lo defiendas, Adrián, tú no estabas ahí para ver la hostilidad en sus ojos peludos.
— Y te digo que esas aves están conspirando contra nosotros, tienen una red de espionaje en los cables de luz y... — Amelie iba diciendo entre risas, justo antes de que su talón chocara contra un borde irregular de la banqueta.
El pie se le torció de golpe con un crujido seco, y el desequilibrio fue instantáneo. Sentía cómo el mundo se inclinaba hacia abajo y el estómago se le encogía: iba directo al suelo.
— ¡Cuidado! — exclamó Adrián con la voz ronca.
Los reflejos de Adrián fueron audaces. En una fracción de segundo, se abalanzó hacia adelante con gran velocidad. La atrapó por la cintura con firmeza justo antes de que su espalda tocara el asfalto, tirando de ella hacia su cuerpo con un movimiento brusco pero protector.
El impacto los detuvo en seco. Amelie quedó suspendida en el aire, sostenida firmemente contra su pecho por la fuerza de sus brazos, mientras sus manos se aferraban por instinto a las solapas de su saco.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros el uno del otro, tan cerca que podían sentir el calor de sus respiraciónes mezclándose y el latido descontrolado de sus corazones. Los ojos de ambos se abrieron de par en par por el susto, todavía asimilando la caída evitada.
«Estás tan cerca, Mierda...», pensó Adrián, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba hasta volverse doloroso. Lo único en lo que su mente lograba concentrarse era en la tentación absoluta de acortar los milímetros que separaban sus labios de los de Amelie. El impulso de besarla era una fuerza arrolladora, un deseo reprimido durante meses que amenazaba con romper todas las reglas que se había impuesto. Sus dedos, aferrados con firmeza a su cintura, temblaron apenas un segundo ante la urgencia de pegarla aún más a su cuerpo, de perderse en el sabor de sus labios y olvidar por un segundo el infierno que los rodeaba.
Los ojos de Adrián recorrieron su rostro con una intensidad devoradora, atrapados en un dilema silencioso entre la urgencia de mantenerla a salvo y el deseo salvaje de cruzar la última línea que les quedaba. Ninguno de los dos se atrevía a moverse, temerosos de romper el hechizo frágil que los sostenía.
—¿Estás... estás bien? —logró murmurar Adrián al fin, con la voz notablemente ronca conteniendo el aliento mientras sus ojos la recorrían con una mezcla de pánico y una intensidad devoradora —. ¿Te lastimaste el tobillo?
— Sí... — respondió Amelie, sin apartarse, incapaz de romper la magia de ese instante a pesar de saber el peligro que representaba —. Gracias a ti... si no me atrapas, me voy directo al piso.
Adrián esbozó una sonrisa diminuta, una curva suave en sus labios que rozó peligrosamente la comisura de los de ella al acomodarla con extrema delicadeza hasta que su pie lesionado volvió a tocar el suelo, aunque mantuvo una de sus manos firmemente apoyada en su cintura para asegurarse de que no volviera a caer.
— No pienso dejar que caigas, Amelie — prometió él en voz baja, con una intensidad en la mirada que la dejó temblando mucho más que el tropiezo — Nunca.
El calor de la mano de Adrián en la cintura de Amelie se sentía como una marca invisible que quemaba a través de la tela de su ropa, recordándole la cercanía de su cuerpo y el latido acelerado que ambos intentábamos disimular.
Adrián tomó una decisión por Amelie. No le preguntó si quería irse o si podía caminar sola; su instinto protector y dominante se activó de inmediato.
Sin decir una sola palabra, salió a la acera y levantó la mano con firmeza hasta que un taxi libre se detuvo rechinando los neumáticos frente a ellos, Adrián, le extendió el dinero abultado al conductor y le dio instrucciones claras y tajantes:
— Llévela a donde ella le diga, el cambio es suyo — le indicó Adrián al taxista con voz firme, sin admitir réplica.
Enseguida, regresó con Amelie, tomó las bolsas y las acomodó con extremo cuidado en el asiento trasero del vehículo, antes de girarse y esperarme pacientemente, sosteniéndola de los antebrazos para ayudarla a subir sin que lastimara el pie.
— Espera... — le pidió Amelie antes de entrar al taxi, deteniéndolo con un gesto rápido con la mano.
Adrián parpadeó, completamente desconcertado por el detalle. Bajó la mirada hacia el colorido hongo que reposaba en la palma de su mano y luego hacia el rostro de Amelie, mientras una expresión de profunda y genuina ternura suavizaba las líneas duras de su semblante. Tomó la figurita con delicadeza, como si se tratara de algo sumamente frágil, y la guardó con cuidado en el bolsillo de su saco, cerca del corazón.
— Gracias, Amelie... — murmuró él con la voz más suave que jamás le había escuchado regalándole una mirada cargada de promesas silenciosas.
— Adrián... — Amelie le habló suave, con un hilo de voz que apenas logró competir con el zumbido del motor del auto.
— Si, Cherry — contestó Adrián en un tono bajo y cálido, dando un paso más hacia ella, con las manos ligeramente metidas en los bolsillos del pantalón como si quisiera retener el último segundo de cercanía.
— Gracias... — Amelie hizo una pausa, tragando saliva mientras aparecía un nudo en su garganta, —. Gracias por escucharme... por no juzgarme, y, de alguna manera, por empezar a darle un giro a mi vida cuando más lo necesitaba.
Adrián. Gracias por chocar en mi camino.
Sin darle tiempo a procesar el agradecimiento y sin previo aviso, Amelie se puso de puntitas acortando la poca distancia que quedaba entre los dos, y le dió un beso suave, lento y lleno de una inmensa ternura directamente en la mejilla de Adrián, rozando sus labios en su piel, dejando que sus labios permanecieran un segundo más de lo prudente antes de que Amelie se apartará.
El cuerpo de Adrián se quedó completamente rígido, paralizado por la sorpresa del contacto, mientras Amelie abría la puerta del taxi, y se deslizaba al asiento trasero y le pedía al chófer que arrancara, no sin antes despedirse una última vez hasta su próximo encuentro, dejándo a Adrián de pie en la acera con el reflejo de una sonrisa temblorosa en los labios.
El taxi arrancó de golpe, dejando escapar un susurro de neumáticos sobre el asfalto alejándose entre el tráfico de la avenida.
Adrián se quedó completamente inmovilizado en medio de la acera, incapaz de apartar la vista del lugar exacto donde ella había estado hacía apenas un segundo. Su mano subió lentamente, con una torpeza impropia de él, hasta rozar el punto exacto de la mejilla donde los labios de Amelie acababan de dejar una huella cálida, suave y devastadoramente tierna.
«Maldita sea, estuve a nada de perder la cabeza por completo y girarme para atraparla de verdad. Quise besarla hasta dejarla sin aliento. Esa caricia tan simple me acabó de una manera que ningún negocio, ningún contrato millonario y ninguna estructura corporativa han podido lograr jamás», expresó Adrián en su mente aún con sus dedos sobre su mejilla aún siento los labios de Amelie. « Estoy completamente perdido por ella, atrapado, en cada sonrisa y en cada pedazo de su alma»
«Por primera vez en años, el miedo no es lo único que siento; siento que hay un rayo de esperanza encendiéndose en el fondo de mi alma, y tengo tanto miedo de que se apague.» pensaba Amelie mientras dejaba caer su cabeza hacia atrás soltando un suspiro de resignación y esperanza al mismo tiempo.
Mientras el vehículo avanzaba serpenteando entre el tráfico. El silencio del coche se convirtió en su refugio, un espacio para dejar caer la coraza que llevaba cargando durante años de supervivencia silenciosa. Amelie se quedó mirando a través de la ventanilla, sentía aún el calor de la mano de Adrián cuando la tomo en el buffet, la textura de su piel en sus labios cuando beso su mejilla.
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