Capítulo 17 de 23
El ascensor del corporativo Valmont Group se abrió con un eco metálico y Mateo cruzó el umbral intentando adoptar una postura lo más disimulada posible. Llevaba la ropa de emergencia que Anaís le había prestado para no regresar empapado, mientras que en una mano cargaba su traje oficial dentro de una funda y en la otra sostenía con sumo cuidado la pequeña vela aromática envuelta en papel de regalo.
Dio dos pasos hacia el pasillo principal con la esperanza de escabullirse directo al baño de hombres, pero una voz seca y cortante lo congeló en seco.
- ¿Mateo? - lo llamó Adrián, apareciendo de la nada con los brazos cruzados y una ceja perfectamente alzada, evaluando de arriba a abajo el ridículo atuendo de su mejor amigo con absoluta incredulidad.
Mateo se encogió de hombros, esbozando una sonrisa nerviosa mientras intentaba ocultar la vela detrás de la funda del traje.
- Hola, Adrián... - balbuceó Mateo, riendo por lo bajo con una torpeza que jamás se le veía.
Adrián lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensada, sin dar crédito a la escena.
- Cámbiate de inmediato. Tenemos una junta por videollamada con los nuevos socios en menos de diez minutos y no vas a aparecer ante los inversionistas extranjeros luciendo como si acabaras de salir de una pijamada - le ordenó Adrián con voz firme, señalando la puerta de su camerino privado con un movimiento seco de barbilla - Muévete.
Mateo asintió a toda prisa, apretando la funda del traje contra el pecho y escurriéndose hacia el baño privado del despacho antes de que Adrián comenzara con un interrogatorio en regla. Sin embargo, en el apuro y la prisa por cambiarse, dejó la cajita con la vela aromática sobre la esquina del pulcro escritorio de Adrián.
Cuarenta y cinco minutos después, la pantalla de la computadora se apagó tras despedir cordialmente a los inversionistas extranjeros. La reunión había sido un éxito rotundo, pero en cuanto se cortó la transmisión, la tensión profesional se esfumó y el silencio regresó a la oficina, roto únicamente por el suspiro de alivio de Mateo al aflojarse el nudo de la corbata.
- La junta salió impecable, jefe - dijo Mateo, intentando desviar la atención hacia el trabajo mientras acomodaba los puños de su camisa.
Adrián no respondió de inmediato. Se reclinó en su sillón, juntando las yemas de los dedos mientras sus ojos se fijaban en la sudadera holgada que Mateo había dejado doblada sobre el sofá... y luego en la pequeña caja envuelta sobre su escritorio.
- ¿Vas a decirme qué te pasó realmente en la carretera o vas a seguir actuando como si nada? - habló Adrián con voz pausada, arrastrando las palabras con una calma calculadora.
Mateo tragó saliva, cruzándose de brazos mientras intentaba mantener una postura neutral, aunque un ligero rubor delató su nerviosismo.
- Ya te lo dije, me detuve en una calle a esperar que pasara el diluvio. - replicó Mateo, tratando de sonar tranquilo.
- Tú no compras velas aromáticas, Mateo. Ni siquiera sabes para qué sirven - replicó Adrián, tomando la cajita entre los dedos para examinarla - Y esa ropa no es tuya.
Mateo dejó caer los hombros con resignación, sabiendo que era imposible engañarlo.
- Ayudé a la dueña de un local a cerrar su cortina metálica porque la tormenta la le impedía cerrarla - confesó Mateo en un murmullo, mientras la imagen de la mirada de Anaís y sus pecas volvía a cruzarle la mente -. Estaba empapado y ella me prestó esa ropa... y me regaló esto en agradecimiento. Eso es todo.
Adrián enarcó una ceja, dejando el regalo sobre la mesa mientras una sonrisa burlona se dibujaba lentamente en su rostro.
- Vaya, vaya... - murmuró Adrián, reclinándose hacia adelante y devolviéndole el golpe a su amigo con la misma moneda -. Mírate nada más. ¿Y a ti qué te pasó en la cara, Mateo? Porque el que parece que está sonriéndole al aire y perdiendo el juicio ahora eres tú.
El rostro de Mateo se tiño de un rojo intenso que bajó de inmediato hasta el cuello de su camisa recién desabotonada. Trató de respirar para ganar tiempo, pero el tartamudeo lo traicionó antes de poder articular una sola palabra de defensa.
- Yo... o sea, no es que... - balbuceó Mateo, esquivando la mirada inquisitiva de su amigo y pasándose una mano por la nuca -. Solo fue una gentileza, Adrián. No empecemos con tus teorías conspirativas.
Adrián se cruzó de brazos, ladeando la cabeza con una media sonrisa de triunfo absoluto, disfrutando cada segundo de la incomodidad de su amigo.
- ¿Te gustó esa mujer, verdad? - le preguntó Adrián con tono directo, clavando los ojos en él sin dejarle margen de escape.
Mateo abrió la boca para volver a negarlo, pero al recordar el tono suave de su voz, las ondas castañas cayendo sobre sus hombros y aquellas diminutas pecas bajo la luz del local, el argumento se le desmoronó por completo. Soltó un suspiro de derrota, dejando caer los hombros mientras una sonrisa inevitable rompía su fachada.
- ¡Aja!. Por eso tartamudeas como un adolescente y traes esa cara de bobo desde que entraste por la puerta - replicó Adrián con tono seco, disfrutando demasiado el momento -. Admítelo de una vez, te dejó completamente flechado en medio del aguacero.
- Está bien... ¡Sí, de acuerdo! - bufó Mateo, pasándose las manos por la cara con resignación -. ¿Contento? Sí me gustó, ¿okey? Tiene unos malditos ojos que... y una sonrisa... No lo sé, simplemente me voló la cabeza, ¿satisfecho, jefe?
Adrián asintió despacio, sabiendo perfectamente lo que se sentía perder el control ante una presencia inesperada. Pero antes de que pudiera seguir burlándose, la expresión de Mateo cambió de golpe; la diversión se desvaneció de su rostro y dio paso a una seriedad pensativa.
Mateo se recargó en el borde del escritorio, cruzándose de brazos y mirando a Adrián con fijeza.
- Vaya, vaya. Así que el cínico e incorregible Mateo cayó abatido por una mujer bajo la lluvia. Quién lo diría - bromeó Adrián, sacudiendo la cabeza con diversión.
Pero Mateo, lejos de apenarse más, entrecerró los ojos y aprovechó el momento para cobrar venganza, inclinándose hacia adelante con una media sonrisa letal.
- No te hagas el gracioso ni vengas a darme lecciones de desapego, Adrián - le reto con la mirada, señalándolo con el dedo - Mírate a ti mismo. Te pones exactamente igual de idiota cada vez que te llega un maldito mensaje de Amelie.
Adrián se quedó mudo al instante. La sonrisa se le borró de golpe de los labios, y la mandíbula se le tensó con una rigidez repentina.
- No sé de qué hablas, Mateo - respondió Adrián con voz baja y gélida, intentando levantar el muro de nuevo.
- No te hagas el ciego, Adrián. Te conozco desde hace años - le cortó Mateo sin darle tregua, bajando el tono a un susurro cómplice pero firme -. Te pones tenso, te brillan los ojos como nunca antes y te da por sonreírle a la pantalla de la oficina como si el mundo corporativo no existiera. La única diferencia entre tú y yo es que yo acabo de conocer a Anaís y tú... tú llevas meses cargando con una culpa monumental porque te enamoraste perdidamente de una mujer misteriosa.
Un silencio sepulcral que cayó sobre el despacho fue tan espeso que el zumbido del aire acondicionado pareció duplicar su volumen. Adrián apretó los puños sobre el escritorio, conteniéndose para no estallar y sin poder replicar una sola palabra ante la verdad innegable que acababa de arrojarle en la cara.
Adrián soltó un suspiro pesado, frotándose las sienes mientras el ambiente en la oficina se volvía de pronto denso y opresivo, apoyó los codos sobre el escritorio, mirando a su amigo con una gravedad que rara vez mostraba.
- Hay algo que no te he dicho, Mateo - le dijo Adrián bajando el tono de voz, con un matiz de absoluta cautela - Sobre Amelie.
Mateo dejó caer los brazos, frunciendo el ceño de inmediato al notar el cambio radical en la actitud de su amigo. Dejó de lado las bromas y se inclinó hacia adelante con total atención.
- ¿Qué pasa con ella? - preguntó preocupado.
- Tiene dos hijos. - Confesó Adrián, armándose de valor para soltarle tremendo secreto sobre Amelie.
Mateo parpadeó procesando la información sin ver todavía dónde estaba el obstáculo.
- ¿Y el problema? - preguntó Mateo con naturalidad, arqueando una ceja -. ¿Te asustan los niños, Adrián? Por Dios, convives con contratos multimillonarios todos los días, un par de críos no deberían ser...
- Es casada, Mateo - le confesó Adrián interrumpiéndolo en seco, con la voz apenas en un susurro grave.
Mateo abrió los ojos de par en par, con la boca muy abierta a medio camino entre la incredulidad y el espanto.
- ¡¿Casada?! - exclamó Mateo, incorporándose de un salto y perdiendo por completo la compostura, con los brazos abiertos en señal de total desconcierto - ¡Adrián, estás completamente loco! ¡Te has metido con la esposa de alguien! ¿En qué demonios estabas pensando?
Mateo paseaba de un lado a otro frente al escritorio, agitando los brazos en el aire con una mezcla de indignación y furia sorda, incapaz de procesar la magnitud de lo que acababa de escuchar.
- ¡Es que no me entra en la cabeza, Adrián! - estalló Mateo, deteniéndose frente a él con los ojos clavados en su amigo -. ¿Acaso perdiste la razón? ¿Ya se te olvidó lo que Camila te hizo? ¿Todo el infierno por el que pasaste con ella, las mentiras, la traición, cómo te dejó por los suelos? ¡Te estás metiendo en un matrimonio ajeno! ¡Estás jugando con fuego, maldita sea!
- Mateo - le habló Adrián con voz baja pero cortante, intentando frenar el torrente de reproches antes de que el control se le fuera de las manos.
Pero Mateo, cegado por la frustración y la preocupación de ver a su mejor amigo directo al abismo, ni siquiera se detuvo a respirar, continuando con su letanía de advertencias.
- No, no me calles, Adrián. Si el marido llega a enterarse de esto, si alguien de la alta sociedad los descubre... tú reputación, tú empresa, tú vida entera se va a ir a la mierda en cuestión de segundos. ¡Despierta de una maldita vez!
- ¡Mateo!, siéntate y déjame hablar - le exigió Adrián, levantándose de golpe del sillón con una autoridad tan implacable y un tono tan oscuro que finalmente logró congelar a su amigo en medio del despacho.
Mateo lo miró con las cejas fruncidas, todavía intentando asimilar el tamaño del problema.
Adrián soltó un gran suspiro pesado, negando con la cabeza mientras un atisbo de amargura cruzaba sus facciones.
- Ni siquiera nos hemos besado, Mateo - le aseguró Adrián con total firmeza, mirándolo directo a los ojos -. Juro que no hay nada de eso.
Mateo parpadeó, deteniendo cualquier réplica ante la absoluta seriedad con la que lo pronunció. El silencio volvió a instalarse en la estancia, permitiéndole a Adrián abrir por fin la compuerta de todo lo que llevaba cargando en solitario durante meses.
- Sufre violencia económica por parte de su marido - empezó a explicar Adrián, con la voz tensa, cargada de una rabia contenida que le quemaba por dentro -. Hace más de un año que su matrimonio murió de verdad. Él la controla, la asfixia financieramente, la aísla. Ella se convirtió en un mueble más dentro de esa casa, atrapada en un lugar del que aún no puede salir por completo y, lo peor de todo, es que ahora mismo no tiene a dónde ir ni cómo sostener a los niños por su cuenta. Está acorralada.
El rostro de Mateo mudó de la indignación a una profunda y sobria preocupación. La ligereza con la que había juzgado la situación unos minutos antes se desvaneció al comprender la magnitud del drama que su amigo llevaba cargando a sus espaldas.
- Mierda... - murmuró Mateo en un tono bajo, bajando la guardia -. No tenía idea de que las cosas estuvieran así de mal.
- No terminas de saberlo todo - prosiguió Adrián, frotándose el puente de la nariz, dejando salir culpas que llevaba guardando como espinas clavadas en el pecho -. Al principio, cuando nos conocimos, el miedo a que me buscaran por interés me consumía. Esa maldita duda se apoderó de mí, sobre todo después de lo que pasó con Camila y cómo terminaron las cosas con ella. Estaba lleno de paranoias, de prejuicios... creí que todas venían por el mismo camino.
Mateo asintió despacio, recordando los estragos que aquella anterior relación había dejado en la armadura emocional de su amigo.
- Por eso hice lo que hice al principio... - confesó Adrián, desviando la mirada hacia la ventana, avergonzado de sus propios métodos -. Creé un perfil falso en redes. Quería tantear el terreno, probarla, ver quién era en realidad cuando creía que hablaba con un completo desconocido desde el anonimato.
- ¿Un perfil falso? - repitió Mateo con los ojos abiertos de par en par, negando con la cabeza -. Te pasaste de la raya, Adrián. Eso es de lo más bajo.
- Lo sé - replicó Adrián sin defensas, aceptando el reproche. - Pero fue ahí donde descubrí la verdad. Durante semanas, conversé con ella a través de ese perfil y, al mismo tiempo, como yo mismo en persona. Y lo que me destrozó fue comprobar que no mentía. Su vida era exactamente el páramo gris y desolado que me contaba. Vi su desesperación, su inteligencia, la forma en que intentaba proteger a sus hijos a pesar de tener las manos atadas. Y lo más importante: nunca le he dicho que soy el dueño de Valmont Group. No sabe mi posición, no sabe el dinero que manejo.
- Estás jugando un juego peligroso, Adrián. No, peor que eso. Estás parado sobre dinamita pura. ¿Qué plan tienes? ¿Vas a dejar que siga atrapada ahí indefinidamente mientras tú te muerdes las manos desde tu despacho? - murmuró Mateo al fin, pasando una mano temblorosa por su cabello, con una sonrisa amarga e incrédula.
- No me voy a quedar cruzado de brazos, Mateo - respondió Adrián con la voz firme, grave, marcando cada palabra como un juramento. - Estoy moviendo fichas por debajo, estructurando las cosas con abogados y asesores financieros para asegurarme de que, en cuanto dé el paso, ella tenga una salida limpia, blindada y sin que ese imbécil pueda quitarle a sus hijos. No puedo ofrecerle una ayuda a medias.
Mateo se quedó observando a su amigo, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, intentando asimilar la magnitud de lo que acababa de escuchar. Pasó una mano por su cabello, soltando un silbido seco antes de romper el hielo.
- ¿Cuándo piensas decirle la verdad? ¿Cuándo planeas confesarle lo del maldito perfil falso y que no eres exactamente el simple empleado que ella cree? - le soltó Mateo con severidad, sin apartar la vista de él.
Adrián apretó la mandíbula, tensando los músculos del cuello mientras recargaba los codos en el escritorio, con la mirada clavada en la madera.
- No lo sé, Mateo... - admitió Adrián en un susurro áspero, por primera vez sonando genuinamente vulnerable y acorralado por sus propias decisiones -. Cada día que pasa se vuelve más difícil. Si le digo ahora, con todo lo que está cargando en su casa, con el infierno que vive con Sergio... va a sentir que todo lo que hemos construido, toda la confianza que nos tenemos, es una completa farsa.
- Pues claro que lo es, ¡porque empezó siendo una farsa! - le reprochó Mateo sin rodeos, golpeando levemente el brazo del sillón con la palma de la mano -. Tienes que estar preparado para cuando se entere, porque créeme que se va a enojar, y con toda la maldita razón del mundo, Adrián. Le ocultaste quién eres y jugaste a ser un espía con su vida cuando ella ya está al límite. Cuando se entere de lo del perfil falso, te va a querer arrancar la cabeza. Y no la vas a poder culpar.
Adrián cerró los ojos un instante, dejando escapar un suspiro de absoluta resignación, sabiendo que su amigo tenía razón.
- Lo sé... - murmuró Adrián con un nudo en la garganta, asintiendo lentamente mientras la culpa lo consumía por dentro -. Sé perfectamente que tengo una bomba de tiempo en las manos. Pero lo que más me pavor da no es que me grite o que me odie por haberle mentido al principio... lo que de verdad me horroriza es perderla. Es lo único real que tengo en mi maldita vida.
Mateo se quedó en silencio observando a su amigo con una mezcla de frustración y una profunda, innegable empatía. Las capas de frialdad y control milimétrico con las que Adrián siempre se manejaba en el mundo corporativo y su vida se habían desmoronado por completo frente a él, dejando al descubierto una vulnerabilidad que jamás le había visto.
- Wow... realmente la amas, ¿verdad? -preguntó Mateo en un tono inusualmente suave, casi como si decirlo en voz alta fuera a romper la tensión de la habitación.
Adrián no respondió de inmediato. Apartó la vista hacia el ventanal, donde la tormenta desapareció dejando solo una ligera llovizna, dejando caer gotas perezosas sobre el cristal.
- Sí, la amo. La amo bastante, Mateo... y es lo único que verdaderamente me importa - confesó Adrián con la voz rota por un hilo de absoluta sinceridad -. Y daría lo que fuera por sacarla de ese infierno hoy mismo, aunque al final termine pagando el precio de su odio cuando descubra todas mis mentiras.
El trayecto de regreso a casa se le hizo eterno a Adrián. Al cruzar la puerta de su casa, la penumbra del recibidor lo recibió con un silencio sepulcral que le pesaba en los hombros como un abrigo mojado, se dejó caer de golpe en el sofá de la sala principal, exhalando un suspiro largo que parecía arrastrar el cansancio acumulado de toda la semana corporativa y el peso asfixiante de su confesión a Mateo.
La inquietud de la noche se rompió de inmediato cuando el teléfono, tirado boca arriba sobre el cojín a su lado, vibró con un destello de luz blanca. Adrián giró la cabeza con lentitud, alargó la mano y encendió la pantalla.
Chat de Amelie
«¿Sobreviviste a la tormenta y a tus interminables juntas? ¿Cómo estuvo tu día?»
Una sonrisa involuntaria, suave y genuina, iluminó su rostro cansado, suavizando las duras facciones del director frio que todos conocían en Valmont Group. Sus dedos se movieron con una naturalidad inusual sobre el teclado, dispuesto a responder de inmediato a ese pequeño refugio en medio de su tormenta personal.
- ¿Me dirás quién es ella? - preguntó de repente una voz firme y cargada de una curiosidad que resonó en la penumbra de la sala.
Adrián dio un respingo en el sofá, ocultando el teléfono contra su pecho con un reflejo casi defensivo, como si lo hubieran atrapado en pleno acto delinquibo.
Elena estaba de pie junto al arco que conectaba la sala con el comedor, sosteniendo una bandeja con una taza de té humeante.
- ¿De qué hablas, Elena? - respondió Adrián con voz firme, intentando recuperar de inmediato la máscara de frialdad y recortes corporativos que tan bien le funcionaba en la oficina.
Elena dio un paso al frente, depositando la bandeja sobre la mesa de centro con un movimiento pausado antes de mirarlo directo a los ojos, sin dejarse intimidar por su tono.
- Hablo de la forma en que sonríes cada vez que miras ese teléfono, Adrián. Una sonrisa que no le he visto en años - le recriminó Elena, arqueando una ceja con absoluta franqueza y dulzura -. No soy tonta. He visto cómo te distraes, cómo suspiras, cómo te cambia la cara un sábado por la noche cuando se supone que debería estar revisando balances financieros. Así que te pido que me digas quién es ella, porque esa mujer te está desmoronando por completo, niño.
Adrián soltó un suspiro pesado, un aire cargado de rendición que parecía sacarse años de encima. Pasó las manos por su rostro, apretándose los ojos con frustración antes de bajar las manos y mirarla a los ojos. Ya no tenía fuerzas para levantar muros. Tal como se lo había confesado a Mateo horas antes en la oficina, se lo contó a ella, la única figura materna que le quedaba en el mundo.
- Se llama Amelie, Elena... - comenzó Adrián con la voz áspera y quebrada, inclinándose hacia adelante con los codos en las rodillas -. Y no es una aventura pasajera. Está atrapada en un matrimonio horrible, su esposo la asfixia económicamente y tiene dos hijos. Empecé mal, con miedo, usando un perfil falso para tantear el terreno porque creí que me buscarían por interés... y ahora estoy completamente enamorado de una mujer a la que ni siquiera me atrevo a tocar, sabiendo que en cualquier momento todo esto va a explotar en mil pedazos.
Cuando Adrián finalmente se detuvo, con la garganta seca y la mirada clavada en el suelo esperando el reproche, el silencio en la sala se volvió absoluto.
Elena dio dos pasos lentos hacia él. No gritó, no lo llamó loco como lo había hecho Mateo. Simplemente extendió una mano firme y arrugada, apoyándola con suavidad sobre el hombro de Adrián, sacudiéndolo apenas.
- ¡Ay, muchacho tonto! - exclamó Elena, negando con la cabeza con una mezcla de indignación y profunda compasión, mientras se cruzaba de brazos otra vez -. ¿Un perfil falso? ¿Qué tenías en la cabeza, Dios mío? ¡A una mujer que ya carga el mundo sobre los hombros se le habla con la verdad, no con jueguitos de espía!
Adrián bajó la mirada, apretando los labios sin atreverse a defenderse.
Elena soltó otro suspiro, suavizando la expresión mientras observaba la vulnerabilidad de aquel hombre que todos veían como un titán intocable.
- Pero mirate nada más... Estás perdido hasta los huesos, ¿verdad? - le reprochó en un tono más suave, con los ojos brillándole de empatía -. Pobrecita muchacha, la que le ha tocado vivir... Si esa mujer te ha devuelto las ganas de vivir y de sonreír en medio de este desierto, más vale que dejes de comportarte como un cobarde. Endereza el camino, Adrián. Y cuando le digas la verdad, aguantas lo que te toque, porque se ha ganado el derecho a gritarte. Pero no la sueltes; si vale la pena, vas a tener que aprender a luchar de verdad.
- Ay, mi muchacho... - murmuró Elena, con la voz quebrada por una mezcla de infinita compasión y tristeza.
El consejo de Elena se quedó suspendido en la sala, tan cálido y firme como el de una madre que conoce todas las debilidades de su hijo. Adrián asintió en silencio, con la mirada fija en el fondo de su taza de té fría, asumiendo por fin que el secreto ya no le pertenecía solo a él.
Cada segundo que pasaba Adrián a solas era una condena. Su mente, habitualmente afilada y calculadora, incapaz de tropezar jamás en los negocios, se enredaba ahora en un laberinto sin salida. Pasó los dedos con lentitud por el borde frío de la cerámica, mientras las advertencias de Mateo y el regaño cargado de verdad de Elena resonaban en su cabeza como un eco incesante. Había construido un imperio sobre la base del control absoluto, pero se daba cuenta de que, por primera vez en su vida, todo lo que de verdad le importaba se le escapaba de las manos por culpa del miedo.
Adrián pensó en Amelie, en la forma en que su sonrisa lograba romper la coraza de hielo que llevaba años protegiéndose asi mismo, y en el infierno silencioso al que ella regresaba cada vez que cerraba su chat. Se odió a sí mismo por el estúpido perfil falso, por haber desconfiado, por haber jugado a las escondidas con el corazón de una mujer que ya estaba al límite de sus fuerzas. El terror a perderla no era una idea abstracta; era un nudo físico en la garganta, una certeza amarga que le recordaba que la mentira que sostenía era una bomba de tiempo a punto de estallar en cualquier momento y cuando ese momento llegara, tendría que estar dispuesto a pagar el precio de sus engaños.
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