Capítulo 16 de 23
La tormenta había estallado con furia desde temprano, de esas que parecen suspender el ritmo del mundo y obligan a detener cualquier rutina. Con Ian a salvo en casa y sin clases por el temporal, Amelie se encargo de mantener entretenido al bebé mientras los truenos retumbaban a lo lejos. Aprovechando que Sergio había salido a trabajar temprano antes de que el clima empeorara, sacó el teléfono.
Adrián ya conocía a la perfección los horarios de cuando Sergio no se encontraba; le había bastado con que Amelie le mencionara casualmente su rutina una sola vez para que su mente analítica calculara cada vez en la que Sergio no estaba en casa.
La pantalla se iluminó de inmediato con un mensaje suyo, como si supiera exactamente en qué momento exacto podía buscarla.
Chat de Adrián:
«Está lloviendo mucho»
Chat de Amelie:
« Si, aquí también y bastante»
Chat de Adrián:
«¿Te gusta la lluvia, Cherry?»
Chat de Amelie:
«Sí, bastante... Tiene ese efecto de detener el tiempo, ¿no crees?»
Chat de Amelie:
«Y porque todo se siente más tranquilo»
Chat de Adrián
«Pensé que dirías algo como "porque puedo quedarme leyendo" 🤭»
Chat de Amelie:
«Si, también 😅😁»
Chat de Adrián:
«No me sorprende 😉»
Chat de Amelie:
«¿Y a ti? ¿Por qué te gusta la lluvia, Adrián?»
Chat de Adrián:
«Me gusta porque me obliga a detenerme»
Chat de Amelie:
«¿Tú sabes detenerte? 😱
Chat de Adrián:
«Poco. Si»
Chat de Amelie:
«Eso pensé 😉»
Chat de Adrián:
«Alguien tiene que mantener el mundo girando, Cherry. Alguien tiene que encargarse de que los contratos se firmen y las cifras cuadren, aunque afuera se esté cayendo el cielo a pedazos»
Chat de Amelie:
«Sí, el gran héroe corporativo sacrificando su paz mental por el bien de la economía mundial... Qué noble de tu parte. Pero dime la verdad, ¿cuándo fue la última vez que te detuviste de verdad a no hacer absolutamente nada?»
Chat de Adrián:
«Hace exactamente unos minutos... justo cuando abrí tu chat»
Amelie se quedó congelada con el teléfono en la mano, sintiendo como el calor le subía directo a las mejillas mientras procesaba sus palabras. Maldita sea - se reprochó - tenía treinta y tantos años, dos hijos, una casa que atender y una vida de la cual no sabia cómo escapar, pero él bastaba con un simple mensaje para desconcentrar a Amelie por completo y hacerla sentir como una estúpida adolescente como si fuera el primer amor de la secundaria.
Amelie sacudió la cabeza ligeramente, intentando recuperar la compostura mientras las risas de los niños la devolvían al presente. Mordió la esquina de la funda del celular y sus dedos volvieron a temblar ligeramente sobre el teclado mientras jugaba nerviosa con las perforaciones de su labio.
Chat de Amelie:
«No empieces a decir incoherencias a estas horas, señor de traje y portafolio... que la tormenta ya está bastante pesada como para que también me dejes sin argumentos»
Chat de Adrián:
«No son incoherencias, Cherry. Es simplemente una verdad bastante incómoda que te niegues a aceptar. Y hablando de la tormenta... ¿ya almorzaron o vas a tener que batallar con la cocina además de entretener a los niños?»
Amelie volvió a sonreír, sintiendo una calidez extraña en el pecho que desafiaba por completo el clima gris de afuera. La forma en que pasaba de la confesión sutil a la practicidad de cuidar cada detalle de su día era exactamente lo que lo hacía tan peligroso... y tan imposible de sacar de su cabeza.
El tintineo constante de la lluvia contra los ventanales de la oficina de Adrián se vio interrumpido por el tono de llamada de su teléfono. Al ver el nombre de Mateo parpadeando en la pantalla, deslizó el dedo para responder, imaginando que se trataría de alguna broma sobre su reciente discusión con Elena por la playeras.
- ¿Qué pasa, Mateo? ¿Ya te perdiste buscando refugio o qué? - preguntó Adrián con tono seco, reclinándose en su sillón.
Del otro lado de la línea solo se escuchaba el estruendo sordo de los truenos y la cortina de agua golpeando la carrocería del auto. La voz de Mateo sonaba tensa y notablemente agitada.
- Adrián, no sé a qué hora voy a llegar - soltó Mateo sin rodeos, respirando hondo - Tuve que detenerme a la orilla de una calle. La tormenta está horrible, no veo absolutamente nada y así es imposible manejar sin estamparme contra alguien.
Adrián enderezó la postura de inmediato, frunciendo el ceño con preocupación genuina, dejando atrás cualquier atisbo de burla.
-¿Estás bien? ¿Te pudiste orillar en un lugar seguro? - preguntó Adrián, con la voz cambiando por completo de registro a la de un amigo alarmado.
- Sí, estoy bien no te preocupes, pero esto va para largo - respondió Mateo exhalando un suspiro de frustración, mientras se oía el sonido de los limpiaparabrisas detenidos y el repiqueteo furioso del agua -. Tendrás que esperar un rato más para seguir con los pendientes.
- No te preocupes por eso, idiota. Quédate ahí hasta que pase la tormenta y maneja con cuidado - le advirtió Adrián con firmeza -. No hagas estupideces por querer llegar temprano.
- Entendido, jefe... nos vemos al rato si el diluvio me lo permite - concluyó Mateo antes de colgar la llamada.
Mateo exhaló un suspiro, frotándose la nuca mientras intentaba calmar los nervios tras el tramo de carretera invisible que acababa de atravesar.
Giró la cabeza hacia la ventanilla empañada, dispuesto a perderse en el paisaje gris, cuando un movimiento apresurado a unos metros captó su atención.
En la acera de enfrente, junto a la entrada de un local comercial con la luz aún encendida, una mujer forcejeaba con una pesada cortina metálica. El viento huracanado la sacudía con violencia, amenazando con arrancársela de las manos mientras el agua caía a cántaros sobre su cabeza.
Mateo no lo dudó un solo segundo. Empujó la manija del auto, abrió la puerta y salió de golpe, enfrentándose de inmediato a la cortina de agua helada que lo empapó de pies a cabeza antes de dar tres pasos.
Cruzó la calle a zancadas y llegó justo a tiempo para sostener el extremo de metal que la mujer ya no podía contener. Con un giro firme de hombros y haciendo uso de su fuerza, tiró hacia abajo con decisión hasta que la cortina encajó en el riel con un estruendo seco. El candado quedó asegurado de un solo movimiento.
Ambos se quedaron de pie bajo dentro del local, completamente empapados, respirando con dificultad y con el agua escurriendo por la ropa. Mateo se pasó una mano por el cabello mojado para apartárselo de la frente y, al girarse para ver si ella estaba bien, el aire pareció escapársele de golpe.
La luz tenue del local iluminaba cada detalle de la mujer que tenía en frente. Llevaba puesta una melena larga y con ondas suaves y naturales que caían en cascada sobre sus hombros y su espalda, de un tono castaño claro que destellaba sutiles reflejos dorados y cobrizos bajo las gotas de lluvia. Su rostro con facciones delicadas y una tez clara de subidón cálido, salpicada por diminutas y naturales pecas que se extendían con gracia sobre la nariz y las mejillas.
Pero fueron sus ojos los que lo detuvieron en seco: grandes, expresivos, de un tono marrón oscuro, que lo miraban con una mezcla de sorpresa, alivio y una amabilidad directa que lo descolocó por completo. Su complexión era delgada y estilizada, enfundada en un vestido ligero de tirantes delgaditos, de un suave tono verde claro que se pegaba sutilmente a su piel por la humedad.
Mateo abrió ligeramente los labios, tragando saliva mientras el estruendo de la tormenta a su alrededor parecía volverse completamente imperceptible.
La mujer agitada por el intento forzoso tras intentar cerrar la cortina, no podía apartar la mirada de Mateo miraba la apariencia imponente y elegante de él, con rasgos afilados, ojos de color miel claro y penetrantes que denotan seriedad, cabello oscuro, bastante alto.
Mateo parpadeó un par de veces, intentando recordar cómo se articulaban las palabras normales después de haber sido atropellado de esa forma por la casualidad.
- Vaya... creo que llegué justo a tiempo antes de que la cortina decidiera volar hacia la siguiente cuadra - logró decir al fin, con una media sonrisa torcida que intentaba disipar la tensión, aunque su voz sonó un poco más ronca de lo habitual.
Ella se llevó una mano al pecho, todavía recuperando el aliento, y una sonrisa genuina - suave y cálida a pesar del frío - se dibujó en sus labios, haciendo que las pequeñas pecas de sus mejillas parecieran moverse con el gesto.
- No tienes idea de cuánto te lo agradezco - respondió ella, con una voz melodiosa que compitió sin esfuerzo contra el ruido de la lluvia -. Estaba segura de que el viento iba a ganarme la partida. Pása, por favor, vas a agarrar una pulmonía allí afuera.
Mateo no se hizo de rogar.
Mientras ella se giraba para buscar una toalla seca tras el mostrador, él se pasó las manos por los brazos intentando entrar en calor, aunque su mente seguía repitiendo la imagen del vestido verde claro y esos enormes ojos oscuros que lo acababan de dejar completamente descolocado en medio de una tarde gris.
Mateo apartó la mirada de ella por un segundo para observar el entorno, descubriendo estantes repletos de arreglos florales frescos y de hileras de frascos de vidrio con velas aromáticas que desprendían un suave aroma a lavanda,vainilla y más.
- ¿Trabajas aquí? - preguntó Mateo, rompiendo al fin el silencio con la voz un poco ronca, mientras aceptaba con un gesto de agradecimiento la pequeña toalla seca que ella le tendía con torpeza.
Anaís se abrazó los brazos por un instante para espantar el frío, sacudiendo la cabeza con una sonrisa tímida.
- Sí, el local es mío - le contestó ella, con la voz ligeramente temblorosa por la humedad -. Soy Anaís, por cierto... y muchas gracias otra vez, de verdad no sé qué habría hecho si la cortina se me zafa por completo.
- Mateo, me llamo Mateo - respondió él con media sonrisa, extendiéndole la mano con naturalidad.
Anaís la aceptó sin vacilar, sellando el saludo con un apretón firme y cálido que hizo que Mateo se quedara mirando sus ojos un segundo más de lo prudente, olvidándose por completo de todo.
Anaís, todavía con el aliento agitado y el vestido verde claro pegado a la piel por la humedad, lo miró de arriba a abajo, notando cómo el agua escurría de su traje y zapatos.
- Vaya que nos agarró desprevenidos... Por favor, pasa al interior - lo invitó Anaís con una sonrisa amable, señalando una puerta trasera que comunicaba del local con la parte habitable - Pasando la puerta está mi casa; puedes secarte antes de que te enfermes.
- Muchas gracias, te lo agradezco - le respondío, siguiendo sus pasos a través del pasillo hasta una acogedora sala donde el calor del hogar disipaba el frío exterior.
Sin perder tiempo, Anaís desapareció por un pasillo corto y regresó un par de minutos después, ya cambiada con ropa cómoda y seca, cargando una sudadera holgada y unos pantalones deportivos en las manos.
- Ponte esto, espero que no te moleste... era de mi marido, falleció hace tres años - le dijo Anaís con la voz ligeramente quebrada por el nerviosismo, bajando la mirada un instante mientras le extendía las prendas.
Mateo tomó la ropa con suavidad, mirándola a los ojos con una sinceridad absoluta, despojándolo de cualquier rastro de incomodidad.
- Descuida, no te preocupes. Mil gracias por el gesto, y de verdad lamento mucho lo que pasó con tu esposo - le contestó con un tono cálido y respetuoso.
Anaís esbozó una media sonrisa, un tanto aliviada por sus palabras, mientras se abrazaba a sí misma con los brazos.
- Tranquilo, estoy bien... Ya ha pasado un tiempo - respondió con una serenidad que reflejaba el peso de los años superados -. Pensé que ya había donado toda su ropa, pero hace poco, al hacer una limpieza profunda en el altillo, me di cuenta de que había quedado olvidada una caja al fondo.
Mientras Mateo se dirigía deprisa al baño para cambiarse con la ropa seca, su voz me alcanzó desde la cocina abierta:
- ¿Gustas un café caliente? ¿O algo de comer para espantar el frío? - le ofreció con hospitalidad, haciendo que aquel inesperado refugio en medio de la tormenta se sintiera, extrañamente, como un lugar seguro.
- El café me parece perfecto - le contesto Mateo alegremente.
El calor de la taza de café recién hecho contrastaba con el frío de la tormenta que seguía golpeando la cortina del pequeño local. Mateo se acomodó en la silla de madera del comedor, enfundado en la ropa limpia y seca que ella le había prestado, mientras la observaba sentarse frente a él con su propia taza humeante entre las manos.
De cerca, Anaís desprendía una calma que parecía suspender el caos del exterior.
- Te agradezco otra vez el rescate de la cortina - dijo Anaís, rompiendo el silencio con esa voz suave y directa que lo había descolocado desde el primer segundo -. Si no es por ti, sigo luchando con ese fierro hasta la medianoche.
Mateo soltó una risa ligera, negando con la cabeza mientras le daba un sorbo al café.
«Definitivamente, esta no es la forma en la que pensé que iba a pasar mi día», pensó, sintiendo un extraño revuelco en el pecho al notar la naturalidad con la que ella lo miraba, sin rastro de prisa ni de pretensiones.
- No hay de qué, de milagro andaba por aquí esquivando el diluvio - respondió Mateo, devolviéndole una sonrisa que le sacó un brillo curioso a los ojos de la chica -. Aunque creo que salí peor librado yo con el baño improvisado.
- De hecho, iba rumbo al corporativo de un amigo, mi jefe, lidiando con reportes y juntas interminables, cuando esta tormenta decidió secuestrarme el día. - confesó Mateo alegremente mientras debía de su café.
Anaís soltó una risita suave y acogedora.
«Tiene una risa increíble», notó Mateo para sus adentros, sintiéndose inusualmente charlatán. «No está a la defensiva, no te juzga con la mirada... Es refrescante hablar con alguien así después de lidiar toda la semana con los berrinches de Adrián y las exigencias de la junta».
«Conque así se siente el idiota de Adrián cuando está y habla con su Cherry. Definitivamente jamás creí que me pasará » se confeso mentalmente Mateo sin poder dejar de mirar a Anaís.
Anaís ladeó la cabeza, intrigada, mientras sus ojos color avellana brillaban con genuina curiosidad bajo la luz cálida de la lámpara del comedor.
- ¿Trabajas en corporativos? - comentó ella con una risueña pizca de incredulidad, recorriendo con la mirada -. Aunque viéndote ahora con ropa prestada, apostaría a que prefieres mil veces estar aquí atrapado por la lluvia que revisando balances financieros.
Mateo soltó una carcajada sincera, sintiendo una comodidad instantánea que rara vez encontraba con personas que apenas acababa de conocer.
- Tienes toda la razón. Trabajo con mi amigo, Adrián, que se la pasa respirando estrés y números veinticuatro siete - explicó Mateo, gesticulando con las manos - Yo le hago segunda en la oficina, aunque a veces siento que él se empeña en convertir su vida en una prisión de cristal. Por suerte, hoy el clima decidió ponerme un alto... y vaya que valió la pena.
Anaís bajó la mirada un segundo hacia su taza, con un rubor sutil tiñéndole las mejillas ante el cumplido implícito, antes de alzar de nuevo los ojos hacia él con una sonrisa cómplice.
- Bueno, al menos este refugio improvisado tiene café caliente y alguien con quien conversar mientras el mundo se cae a pedazos afuera - respondió ella con suavidad, empezando a hablarle un poco más de su propia vida, de cómo había decidido abrir aquel pequeño local de diseño y manualidades buscando un respiro del caos de la ciudad - Y cuéntame, Mateo... ¿tan insoportable es tu jefe como para que huyas de las juntas apenas se presenta la primera nube?
Mientras tanto, a kilómetros de distancia de aquel improvisado refugio, el mundo de Adrián se reducía a la pantalla de un teléfono y al eco de los mensajes con Amelie. La tormenta golpeaba los cristales de su casa con la misma fuerza, pero el calor de la charla con Adrián lograba disipar cualquier rastro de frío, tejiendo esa red invisible de complicidad que ambos sabían que era peligrosa, inevitable y profundamente adictiva.
Mateo no lo sabía todavía. Estaba convencido de que él era el espectador sensato de la historia de su amigo, el único con los pies en la tierra que juzgaba las debilidades ajenas desde la comodidad de un sillón. Pero bastaron un par de ojos cafés oscuros, una melena ondulada castaña escurriendo agua y una sonrisa desprevenida para que la vida le cambiara los planes en cuestión de segundos.
Sin planearlo, sin ver venir el golpe y sin darse cuenta de la ironía, Mateo acababa de dar el primer paso por el mismo camino torcido, clandestino y fascinante en el que su amigo Adrián ya llevaba meses metido.
El aguacero torrencial fue perdiendo fuerza poco a poco, transformándose en una llovizna mansa que golpeaba con suavidad el suelo ya anegado. Las horas dentro del pequeño local de Anaís habían transcurrido con una ligereza extraña, suspendidas en el tiempo mientras compartían anécdotas, bromas y risas que hacían olvidar el frío de la ropa mojada.
Cuando el cielo finalmente comenzó a abrirse y la tormenta dio tregua, Mateo supo que el deber lo llamaba de vuelta; Adrián y los pendientes del despacho no tardarían en reclamarle su ausencia.
- Bueno... parece que el clima ya me dio tregua y tengo que volver a la civilización - dijo Mateo, pasándose una mano por la nuca con una inusual timidez que no encajaba con su habitual desparpajo - Aunque, la verdad, no me arrepiento de haberme quedado varado.
Anaís río suavemente mientras le entregaba su traje ya seco y doblado, sus dedos rosaron un segundo apenas lo suficiente para que ambos sintieran un ligero escalofrío recorrer sus espaldas.
- Yo tampoco me arrepiento de haber tenido ayuda con esa maldita cortina. Te habrías ganado un catarro seguro, Mateo. - respondió Anaís con nerviosismo mientras lo acompañaba a la salida.
Mateo dio un par de pasos de regreso hacia ella, respirando hondo antes de jugárselo todo en una sola jugada. Sacó el teléfono del bolsillo.
- No quiero que esto se quede solo en una anécdota de tormenta, Anaís... - admitió Mateo con una franqueza inusual en su voz, mirándola fijamente a los ojos - ¿Me das tu número? Me gustaría mucho invitarte a salir un día de estos, sin truenos de por medio.
Anaís parpadeó con sorpresa, pero una chispa de genuino interés iluminó su rostro antes de tomar el aparato de sus manos para teclear su número y guardarlo, devolviéndole una sonrisa que hizo que a Mateo se le olvidara por completo el frío de la tormenta.
- Espera!... - le gritó Anaís antes de que mateo de fuera. Dio media vuelta hacia el interior y regresó en un par de segundos con una pequeña caja rectangular envuelta con pulcritud, extendiéndosela con ambas manos. - Toma, es lo menos que puedo hacer. Es una vela aromática para tu despacho; te juro que el olor a lluvia y sándalo te va a despejar cuando tengas un mal día.
Mateo parpadeó, sorprendido por el detalle, y extendió los dedos para recibir la cajita, sintiendo el leve roce cálido de la mano de ella al entregarla.
- De verdad no era necesario, pero... muchas gracias - respondió Mateo, tragando saliva con una torpeza poco habitual en él mientras guardaba el obsequio bajo su chamarra para protegerlo del agua -. Cierra bien y cuídate.
- Igual tú al manejar, ve con cuidado - se despidió ella con un gesto tierno antes de internarse de nuevo en su local.
Mateo entro a su automóvil pero no emprendió su marcha.
Se quedó completamente inmóvil en el asiento del piloto, con las manos apoyadas sobre el volante y la mirada perdida en el vaho que cubría el parabrisas. El olor sutil que desprendía la pequeña cajita que llevaba en el regazo flotaba en el ambiente reducido del coche. Sacudió la cabeza con incredulidad, sintiendo cómo el eco de unos ojos y una sonrisa salpicada de pecas seguía rebotando en su mente, deshabilitando por completo en una tarde que había empezado como cualquier otra rutina de su día a dia.
«Se metió en tu cabeza en menos de lo que canta un gallo, idiota», se admitió para sus adentros, sintiendo una punzada de inquietud en el pecho que poco tenía que ver con el frío de la tormenta.
«Esas pecas...», repitió para sus adentros, sintiendo una punzada de pura fascinación que le recorrió la espina dorsal.
Una sonrisa irónica y resignada se dibujó lentamente en sus labios al recordarse a sí mismo apenas unas horas antes, sentado en la sala de Adrián, burlándose sin piedad de las tonterías que su amigo hacía por Amelie. Se había reído de su torpeza, de su postura defensiva, de la forma en que el temido director corporativo suspiraba por los rincones como un adolescente atrapado en un amor imposible.
«Y mírate ahora...», pensó con un destello de pura ironía, negando con la cabeza mientras apretaba ligeramente la cajita de la vela.
Se había burlado del cazador, y ahora él mismo terminaba cayendo exactamente en la misma trampa del destino, sin defensas y con una extraña chispa de ilusión latiéndole en las costillas.
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