Capítulo 15 de 23
Un sábado por la tarde, la sala de Adrián se había convertido en el refugio habitual de fin de semana. Entre botellas sobre la mesa de centro y la televisión de fondo transmitiendo un partido, Mateo daba un trago largo a su vaso mientras revisaba algo en su teléfono.
De repente, la puerta principal se abrió y Elena apareció en el umbral cargando un par de bolsas de papel con una sonrisa tranquila.
— Les traje algo muchachos — mencionó Elena con una sonrisa divertida, dejándo las bolsas caer con suavidad sobre la mesita de centro frente a ellos.
Mateo frunció el ceño con curiosidad, arqueando una ceja mientras se inclinaba para tomar una de las bolsas. Adrián, con una mezcla de intriga y cautela, hizo lo mismo con la segunda.
— A ver con qué sorpresas vienes hoy, Elena... — bromeó Mateo metiendo la mano y sacando una prenda doblada que desplegó de inmediato — ¿Qué es esto?
En sus manos quedó suspendida una playera de diseño llamativo, con colores vibrantes y un estampado gráfico - un gato con lentes oscuros tocando una guitarra eléctrica - completamente alejado de los trajes sastre y camisas formales que ambos usaban de lunes a viernes.
Adrián, intrigado, sacó la suya de la bolsa y la extendió sobre las rodillas. Exactamente la misma prenda colorida.
Mateo se quedó mudo por un segundo, parpadeó incrédulo y luego desvió la mirada hacia Adrián, sosteniendo la playera a la altura del pecho como si se tratara de una broma pesada.
— ¿Nos compró lo mismo? —preguntó Mateo con los ojos muy abiertos, conteniendo una carcajada.
Adrián miró su playera, luego la de su amigo, y finalmente levantó la vista hacia Elena con una media sonrisa burlona, negando lentamente con la cabeza.
— Parece... — respondió Adrián con voz seca, aunque el brillo divertido en sus ojos lo delataba por completo —
Elena se cruzó de brazos con orgullo mirando a ese par con sus playeras nuevas.
Mateo soltó una carcajada, acomodandose en el sillón mientras sacudía la prenda con orgullo.
— Sí. Porque ustedes dos siempre compran ropa negra. Parecen viudos — replicó Elena sin titubear, señalando las camisas oscuras que solían usar como si fuera su uniforme oficial.
Mateo soltó una carcajada escandalosa que hizo retumbar la sala, sacudiendo la playera de colores mientras hasta que un detalle en la etiqueta de la bolsa llamó su atención. Frunció el ceño, comparando la prenda con la de su amigo.
— Oye Elena, una duda existencial — dijo Mateo, mirándola con una sonrisa traviesa — ¿Y por qué la mía es talla diferente?
Elena lo miró de arriba a abajo con total naturalidad, y sin filtros.
— Porque usted sí come — le soltó Elena con sequedad, como si fuera la verdad más absoluta del mundo.
Mateo estalló en otra carcajada aún más fuerte, doblándose sobre el sillón y dándose palmadas en las rodillas, mientras Adrián se quedaba completamente inmóvil, observándolos a los dos con una expresión inescrutable y los ojos fijos en Elena, el rostro de Adrián era un poema de absoluta inexpresividad: los labios sellados en una línea recta y los ojos fijos en los de Elena con una mezcla de incredulidad y reproche silencioso.
— ¿En serio acabas de decirle a tu jefe que está desnutrido mientras a mí me llamas gordo, Elena? — logró decir Mateo entre risas ahogadas, secándose una lágrima de la risa.
— ¿Terminaron su momento de comedia los dos? — preguntó Adrián al fin, con la voz más seca y plana del mundo, aunque una ligera y traicionera sonrisa delató que le costaba un triunfo no reírse — Porque mi dignidad como director corporativo acaba de morir oficialmente gracias a esta... cosa.
El teléfono de Adrián, que había permanecido olvidado boca abajo sobre la mesa de centro, vibró con fuerza justo en medio de las risas y las burlas por las playeras de colores.
Chat de Amelie:
«¿Qué tal tu sábado?»
Al leer el mensaje, la expresión seria y fingidamente ofendida de Adrián se desvaneció por completo, reemplazándose de inmediato por una sonrisa involuntaria que suavizó todos sus rasgos.
Chat de Adrián:
«Mi sábado mejoró drásticamente hace exactamente dos minutos, cuando decidiste interrumpir mi sesión de bullying con las playeras.¿Y el tuyo? ¿Ya sobreviviste al caos de los niños?»
Chat de Amelie:
«¿De qué hablas?, ¿ Qué playeras? »
Adrián soltó un suspiro divertido antes de seguir explicándole mandarle una foto de la playera:
Chat de Adrián:
«Sí, unas playeras... Y no cualquier playera, Cherry. Son de un diseño sumamente llamativo y colorido, totalmente alejadas de cualquier cosa que Mateo y yo usaríamos en nuestra vida, un regalo de Elena la señora que trabaja conmigo desde hace años.»
Chat de Amelie:
«jajajaja, 😅🤭»
Chat de Adrián:
«por si fuera poco, la de Mateo es de una talla más grande porque según ella "él sí come". Así que sí, fui víctima de bullying textil un sábado por la mañana.»
Chat de Amelie:
«Pero si eres enorme, quiero verte con esa playera puesta.»
Chat de Adrián:
😑
« tal vez más al rato y si te mandé foto de como me queda».
Mientras Adrián sonreía inconscientemente mirando el teléfono con la calidez del mensaje reflejada en sus ojos, Elena irrumpió en la sala con una bandeja que llevaba un par de vasos con agua, deteniéndose al notar la expresión en su rostro.
— ¿Todo bien Adrián? — preguntó Elena, ladeando la cabeza.
— Sí — respondió Adrián de inmediato, sin apartar los ojos del teléfono.
— Estás sonriendo, Adrián — le replicó Elena con una ceja alzada y soltando una pequeña risa, cruzándose de brazos con total confianza.
En una fracción de segundo, la sonrisa se borró del rostro de Adrián. Su mandíbula se tensó y su expresión volvió a ser la de un director de corporativo a punto de firmar un contrato.
Mateo, que seguía tirado en el sofá observando toda la escena con una sonrisa de oreja a oreja, no pudo contenerse.
— Sí estabas sonriendo, jefe. Yo te vi clarito — intervino Mateo con una sonrisa burlona, señalándolo con la playera colorida aún en su mano.
Adrián giró lentamente la cabeza hacia su amigo, fulminándolo con la mirada.
— Tú tampoco estás ayudando, Mateo — espetó con sequedad.
Elena los observó a ambos en silencio, alternando la mirada entre el director serio y el amigo burlón.
— Qué raro estás últimamente, Adrián... Definitivamente ya no es el mismo — le dejó en claro Elena mientras negaba con la cabeza mientras retomaba sus labores.
— Estoy igual, Elena — concluyó Adrián con una seriedad fingida, cerrando los ojos un instante como si intentara invocar toda la paciencia del mundo.
Elena lo miró fijamente un segundo más, con esa perspicacia silenciosa que dan los años de conocer hasta el último rincón de esa casa.
— Claro... — murmuró ella con una media sonrisa indescifrable antes de dar media vuelta y perderse hacia la cocina.
Mateo esperó a que Elena se fuera antes de inclinarse hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas con una expresión de absoluto análisis.
— Creo que sospecha — soltó Mateo en voz baja, arqueando una ceja.
Adrián frunció el ceño, tecleando una rápida respuesta para Amelie sin levantar la vista.
— ¿De qué? — gruñó Adrián por lo bajo, mirando con seriedad fingida a su amigo.
— No te hagas el desentendido, Adrián — respondió Mateo, negando con la cabeza y cruzando los brazos — De Amelie. Pero sospecha fuerte.
— No sé de qué hablas, Mateo. — recalcó Adrián mirando para un punto ciego.
— Claro que lo sabes. No le has dicho nada a Elena — le recuerda Mateo, gesticulando con incredulidad — Y para colmo, Elena no tiene ni la menor idea de que existe Amelie. Para ella sigues siendo el ermitaño de la oficina que solo come cafeína y estrés. De repente te ve sonriéndole a la pantalla como un adolescente enamorado un sábado por la mañana... Obviamente va a atar cabos. O al menos va a intentar descifrar qué demonios te pasa.
Adrián apreto los labios, sintiendo cómo el eco de su propia discreción se vuelve en su contra. Las palabras de Mateo golpean justo en la verdad que intenta mantener bajo llave, recordándole lo mal que oculta lo mucho que su "Cherry" ha trastocado su ordenada y predecible rutina.
— Hablando en serio, Adrián... ¿Hasta cuándo piensas seguir ocultándolo? — preguntó Mateo, bajando el tono de voz con una seriedad fingida — Porque caminas por el corporativo con cara de querer ejecutar a todos, pero te llega un mensaje de ella y te transformas en el Grinch al que le acaban de regalar un cachorro.
Adrián exhaló un suspiro pesado, arrojando el teléfono sobre la mesa de centro con desdén, aunque sus ojos no se apartaban del aparato.
— A ver, piénsalo, Adrián — continuó Mateo, moviendo las manos con determinación — Tienes treinta y tantos años, vives metido en ese corporativo, tu dieta se basa en café negro y reuniones, desde tú divorcio no sales con nadie y de la nada un sábado estás aquí sentado sonriéndole a la pantalla como si te hubieran regalado la lotería. ¿Qué esperabas? ¿Que Elena pensara que estabas revisando un Excel muy divertido?
Adrián apretó la mandíbula, sintiendo que la presión de su amigo daba en el blanco exacto. Sabía perfectamente que Mateo tenía razón: mantener las cosas en secreto frente a su entorno más cercano se estaba volviendo insostenible, sobre todo cuando su propia expresión lo traicionaba a la primera de cambio.
— No es el momento adecuado — murmuró Adrián al fin, con un tono más bajo y contenida frustración.
Mateo se le quedó viendo en silencio unos segundos, notando el destello de genuina vulnerabilidad que su amigo intentaba ocultar tras su fachada impenetrable.
— Como digas, Adrián — concedió Mateo al fin, levantando las manos en tregua antes de tomar su vaso de la mesa.
Mateo ignoraba por completo la realidad: que Amelie estaba casada y que cada interacción entre ellos caminaba sobre una cuerda floja, desafiando límites que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta.
Mateo lo quedó mirando unos segundos, sorprendido por la muralla repentina que su amigo acababa de levantar, sin sospechar siquiera la verdadera razón por la cual Adrián prefería morderse la lengua antes de pronunciar la palabra prohibida.
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