Capítulo 14 de 23
Pocos días después de aquella madrugada en la que Adrián estuvo a punto de cruzar la línea, ninguno de los dos volvió a tocar el tema. El aire se había vuelto un poco más denso, cargado de una tensión invisible pero dulce, aunque sus conversaciones siguieron fluyendo con la misma naturalidad de siempre, adaptándose al ritmo de sus rutinas.
Adrián metido en el mundo gris y pulcro de su corporativo, lidiando con juntas interminables y reportes financieros; y Amelie atrapada en el caos hermoso y agotador de ser mamá de tiempo completo, malabarismos entre tareas escolares, pañales y tazas de café frío.
Aquellos mensajes entre ellos, un precioso y clandestino escape de la rutina, se habían convertido ya en el hilo invisible que sostenía su día a día. Entre bromas improvisadas y charlas sobre absolutamente nada, la distancia digital comenzaba a desvanecerse.
Chat de Adrián:
«¿Ya comiste algo decente hoy o fingiste que lo hiciste?»
Chat de Amelie:
«Sí. Todo bajo control.»
Chat de Adrián:
«¿La respuesta real o la respuesta automática para que deje de interrogarte?»
Chat de Amelie:
... (Tres puntos que parpadean durante largos segundos)
Chat de Adrián:
Amelie.
No evadas.
Chat de Amelie:
«Está bien... Un café y una galleta de avena que encontré en la cocina.»
Chat de Adrián:
«Eso no es almuerzo, es un grito de auxilio con cafeína.»
Chat de Amelie:
«Mira quién habla.
El hombre que sobrevive a base de café negro y reuniones eternas que podrían haber sido un correo.»
Chat de Adrián:
«Tocado y hundido.
Me acabas de describir a la perfección. Pero eso no justifica que te saltes las comidas.»
Amelie sonrió frente al teléfono, sintiendo una extraña calidez inusual en medio de la fría tarde de su día.
Chat de Amelie:
«Al menos uno de los dos es honesto. Ve a comer algo tú también, o el café te va a terminar dando superpoderes.»
Chat de Adrián:
«¿Superpoderes para qué? ¿Para seguir aguantando este día interminable o para escribirte más rápido?»
Chat de Amelie:
«Para ambas, supongo. Pero prioriza la comida, por favor.»
Chat de Adrián:
«¿Te preocupo?, Cherry»
El silencio del otro lado de la pantalla duró apenas unos segundos, pero se sintió lo suficientemente denso como para acelerarle el pulso.
Chat Amelie:
«Si, señor de traje y portafolio»
«Mierda, ahora yo estoy hablando de más, mejor dicho escribiendo de más» se regaño Amelie mentalmente dándose cuenta de que estuvo apunto de hacer una declaración muy fuerte.
Chat de Adrián:
«Si prometes hacer lo mismo y comerte algo más sustancial que un café y una galleta te juro que ahorita mismo cierro la laptop y busco algo decente.»
Chat de Ameli:
«No pongas mis malos hábitos como condición para cuidar de los tuyos.»
Chat de Adrián:
«Es una negociación justa. Además, necesito la motivación de saber que alguien me está vigilando desde la distancia.»
Chat de Amelie:
«Eres un caso perdido, Adrián.»
Chat de Adrián:
«Pero soy tú caso perdido, ¿no?»
El corazón de Amelie dio un revuelo repentino. Ella se quedó helada con los dedos suspendidos sobre el teclado, sus mejillas ardiendo a pesar de la distancia. No supo si Adrián lo había escrito con una sonrisa burlona o con esa sinceridad desarmante que a veces se asomaba sin previo aviso.
Chat de Amelie:
«No te creas tanto. Solo no quiero que te desmayes en medio de una junta importante por culpa de tus mal pasadas»
Chat de Adrián:
«Guardo mi orgullo en el bolsillo. Considérame alimentado. Ahora te toca a ti, Amelie. Ve a la cocina.»
Chat de Amelie:
«Si, señor 🫡»
Chat de Adrián:
«Ese emoji de saludo militar me dice que vas a cumplir la orden a regañadientes, pero al menos la vas a cumplir.
«Y avísame en cuanto termines, por favor. No quiero que me dejes con la duda».
Había una ternura sutil en el trasfondo de las palabras palabras de Adrián, un cuidado implícito que ninguno de los dos se atrevía a nombrar del todo, prefiriendo abrigarse en la complicidad de las pantallas y la distancia. Amelie sonrió para sí misma, sintiendo que esa pequeña rutina se había convertido, sin previo aviso, en su lugar favorito del día.
Ambos regresaron a sus deberes diarios,
Adrián se encontraba en su despacho y frente a él, mateo explicaba como daban frutos los comercios internacionales de la inmobiliaria.
— Y con la última reestructuración en los puertos de Valencia, el margen de beneficio en las operaciones transfronterizas ha subido un cuatro por ciento este trimestre — explicaba Mateo, apoyando una tablet sobre el escritorio. — Los socios en Madrid están firmando los anexos esta misma tarde, lo que nos deja el camino libre para la expansión en Barcelona sin comprometer el fondo de maniobra.
A kilómetros de distancia, el ambiente en la casa de Amelie era radicalmente distinto. El cuarto de baño que se encontraba entre el comedor y en la sala, estaba impregnado por el aroma penetrante del tinte, Amelie se encontraba frente al espejo con los guantes de látex ya puestos, removiendo el cuenco de plástico mientras la música comenzaba a sonar con fuerza a través de la bocina inalámbrica.
En ese preciso instante, la vocecita aguda de Ian se coló por encima de los acordes de la canción.
— Mamá, ¿puedo hacer una videollamada con mi abu? — preguntó el pequeño, asomando la cabeza con el teléfono de la casa en las manos y los ojos muy abiertos por la expectativa.
— Sí, está bien, mi amor, pero ponlo aquí donde te vea — le contestó Amelie sin apartar la vista del reflejo, mientras se estiraba un mechón del cabello para comprobar el tono rojizo antes de aplicar el producto.
Ian asintió emocionado y, con la torpeza propia de su edad, comenzó a pulsar la pantalla con prisa, deslizando el dedo por el registro de llamadas sin fijarse en los nombres, colocó el teléfono directo a la entrada del bañó donde Amelie se movía al ritmo de la música, el teléfono conectándose de inmediato, empezó a emitir el tono de llamada en dirección al número de Adrián, convirtiendo de un simple descuido infantil en una colisión inevitable entre dos mundos que ni siquiera sabían cómo debían tocarse.
Adrián asentía despacio, con la vista fija en las proyecciones financieras, aunque su mente - por más que intentaba concentrarse - seguía recordando la última conversación de los mensajes. Sin embargo, antes de que pudiera emitir palabra alguna, el zumbido seco y vibrante de su teléfono rompió la atmósfera corporativa de su despacho.
Él ni siquiera se inmutó al principio, acostumbrado a ignorar las notificaciones de trabajo fuera de horario, pero el brillo de la pantalla captó su atención de inmediato. No era un correo ni un mensaje de texto. Era una videollamada entrante.
El contacto decía simplemente:
Amelie Cherry 🍒
— Por supuesto, si decidimos cerrar la adquisición antes del viernes, tendremos que mover los fondos de la cuenta principal, lo que significa que...
Adrián se habia quedado congelado a mitad del gesto, con la mano derecha apoyada en el borde del escritorio y los ojos fijos en el pequeño recuadro que parpadeaba con insistencia sobre la mesa. No sabía qué demonios estaba pasando del otro lado. ¿ Le había marcado por error? ¿Había sido a propósito? ¿O acaso se trataba de una emergencia? Su cerebro imagino mil escenarios en fracciones de segundo, debatiéndose internamente entre darle al botón verde para averiguar qué ocurría o ignorarla por completo para no parecer desesperado, mientras el zumbido constante seguía retumbando en el silencio del despacho.
— ...lo que nos dejaría con un margen de maniobra bastante cómodo frente a la competencia — seguía recitando Mateo, señalando un gráfico de barras ascendentes sin notar en absoluto que su jefe lo estaba ignorando de manera categórica, atrapado en el dilema de contestar o dejar que la llamada se desvaneciera.
Adrián, con la mandíbula tensa y el pulso acelerado por la indecisión, decidió acabar con el debate interno de un manotazo. Tomó la botella de agua fresca que reposaba a su lado, empezó a beber para calmar la sequedad repentina de su garganta y, justo en el momento en que el líquido frío llenaba su boca, deslizó el dedo sobre la pantalla para aceptar la llamada de una vez por todas.
La imagen tardó una fracción de segundo en estabilizarse. Del otro lado apareció el pequeño rostro de Ian, quien miró fijamente la pantalla, abrió los ojos de par en par con absoluta inocencia y soltó un fuerte:
- ¡Uy! -
Sin dar tiempo a más, el niño dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad, dejando el teléfono apoyado y la videollamada completamente en curso, enfocando de lleno el interior de la estancia.
Allí estaba Amelie, con la música sonando a todo volumen por la bocina y dejándose llevar por la letra del tema mientras impregnaba su cabello rojizo con el tinte. Se movía al ritmo de la melodía con absoluta libertad, cantando a todo pulmón:
'Amor prohibido murmuran por las calles, porque somos de distintas sociedades...'
Para colmo de males, su atuendo estaba lejos de cualquier formalidad:
Amelie llevaba únicamente una blusa de tirantes delgaditos, sumamente ajustada a su silueta, que remarcaba con total naturalidad cada una de sus curvas y esos pequeños rollitos que a Adrián tanto le fascinaban y enloquecían en la intimidad. Abajo, cubriendo lo justo, portaba unos tiernos y coquetos calzones cacheteros en color rosa palo.
El impacto fue tan violento que Adrián no pudo procesarlo.
El agua fresca que acababa de beber se le fue directamente por el camino equivocado; abrió tanto los ojos con pánico, escupió de golpe el líquido sobre el escritorio, y comenzó a toser de manera descontrolada, golpeándose el pecho con el puño cerrado mientras se atragantaba con desesperación, intentando recuperar el aliento, poniendo el teléfono boca abajo sin colgar la llamada.
Mateo, que un segundo antes gesticulaba con absoluta naturalidad frente a las gráficas financieras, se quedó completamente paralizado.
La carpeta con los informes comerciales y su tablet resbalaron ligeramente de sus dedos, y sus ojos se abrieron con genuina preocupación al ver a su amigo doblarse sobre el escritorio, escupiendo agua a medio tragar y golpeándose el pecho con el rostro enrojecido por la falta de aire.
— ¿Adrián? ¡Demonios, cálmate! — exclamó Mateo, dando un paso al frente con el rostro desfigurado por la alarma, mientras veía a su amigo doblarse sobre sí mismo y golpearse el pecho con desesperación, intentando recuperar el aire mientras el agua escurría por la madera — ¿Qué te pasa?
Adrián seguía tosiendo con fuerza, con los ojos llorosos y la respiración entrecortada. Con la mano izquierda, temblorosa y con los nudillos blancos, se aferró con desesperación el borde del escritorio para no caerse del sillón, mientras su mirada volvía a desviarse de forma casi como un imán hacia la pantalla encendida.
La música seguía sonando al fondo, ininterrumpida, y Amelie continuaba, concentrada en masajear el tinte en su melena pelirroja al ritmo de la melodía, completamente ajena al caos absoluto que acababa de desatar a cientos de kilómetros. La blusa de tirantes finos se ceñía con traición, y los cacheteros rosa palo dejaban al descubierto sus piernas con una naturalidad que amenazaba con terminar de fracturar los restos de sanidad mental de Adrián.
— A ver, ¿se puede saber qué estás... — empezó a decir Mateo, entrecerrando los ojos hacia él teléfono de Adrián con la pantalla hacia abajo.
El eco de la música seguía flotando en el baño, mezclándose con el aroma químico del tinte. Justo en ese momento, Amelie termino de masajear el último mechón de su cabello y me quitó los guantes de látex con un movimiento rápido, arrojándolos al cesto.
Fue entonces cuando el silencio repentino de Ian la hizo fruncir el ceño.
— ¿Ian? — le habló suavemente, extrañada por su ausencia.
Amelie salió del baño con pasos ligeros, secándose las manos en un extremo de la toalla, dispuesta a buscarlo para ver qué travesura andaba haciendo. Caminó hasta la mesa donde había dejado el teléfono móvil y se detuvo en seco al ver la pantalla iluminada.
La videollamada seguía activa.
Pero lo peor no era eso; lo verdaderamente alarmante fue mirar el nombre y la foto del contacto que aparecía en la esquina superior.
No era la abuela.
Era Adrián.
El corazón de Amelie latía frenéticamente. Sus ojos bajaron lentamente para si misma, consciente de lo que llevaba puesto - la blusa de tirantes y los cacheteros rosa palo -, y un frío repentino le recorrió la espalda mientras la respiración se le quedaba atrapada en la garganta.
— ¡No, no, no... por favor, dime que esto es una pesadilla! — susurró Amelie para sí misma, con los ojos bien abiertos y el pulso acelerado, incapaz de apartar la mirada de la pequeña cámara del teléfono que seguía transmitiendo en alta definición cada maldito centímetro de su atuendo semidesnudo.
Amelie colgó rápidamente llevándose sus manos a su rostro para tapar la vergüenza que sentía.
A kilómetros de distancia, en aquel despacho, el panorama era aún más caótico.
Mateo, que había alcanzado a asomar los ojos, se quedó pasmado un segundo procesando la imagen fugaz que acababa de ver.
— Espera... — murmuró Mateo, parpadeando con incredulidad y mirando de la pantalla apagada a su jefe, que seguía intentando recuperar el aliento con el rostro congestionado — ¿Era Amelie?
— ¡Por Dios, Adrián! ¿Te ibas a ahogar con un trago de agua solo porque viste a Amelie por videollamada? — se burló Mateo, cruzándose de brazos y negando con la cabeza entre risas — Tampoco es que te haya llamado un cliente pesado o el mismísimo presidente, ¡era ella! Aunque, bueno... no sabía que te ponías tan sensible con solo verla en la pantalla. ¿Acaso te dio un infarto de la emoción?, ¿Pues cómo la viste que casi hace que te haogues?
— ¡Cierra la boca, Mateo! ¡No digas estupideces y cállate de una maldita vez! — le reclamo Adrián con un hilo de voz furioso, mientras finalmente lograba presionar, sumiendo el despacho en un silencio tenso, pesado y absolutamente mortífero.
Mateo soltó una gran carcajada que hizo eco en el silencio del despacho, incapaz de contener la diversión al ver a su estoico amigo hecho un completo manojo de nervios.
— Tranquilo jefe, quita ese carácter. Pero para la próxima, ten a la mano una toalla en lugar de un vaso de agua; se nota que Amelie te deja sin aliento con solo aparecer — remató con burla, volviendo a tomar su tablet para disimular la risa que aún le cosquilleaba en el pecho.
La casa estaba completamente en silencio cuando Adrián por fin cruzó la puerta de su habitación, pero la quietud del ambiente contrastaba de forma violenta con el huracán que llevaba dentro de su cabeza. Se aflojó el nudo de la corbata con un movimiento brusco, la arrojó sobre la mesa de noche y se dejó caer al borde de la cama, pasando ambas manos por su rostro con un suspiro pesado y tembloroso.
Había intentado concentrarse en los informes, mantener la compostura frente a Mateo y fingir que una simple videollamada accidental no lo había descolocado por completo.
Pero era una batalla perdida.
— Maldita sea, Cherry... — murmuró Adrián para sí mismo en la penumbra, con la voz rota por un susurro incrédulo y una sonrisa involuntaria apareció en sus labios.
Cerró los ojos, y de inmediato la imagen de Amelie regresó a su mente con una nitidez abrumadora. No solo se trataba del desastre de haber escupido el agua o de la ocurrencia del pequeño Ian; era ella.
Su cabello rojizo impregnado de tinte, bailando con esa torpeza tan suya, cantando a pleno pulmón mientras se dejaba llevar por la música. Pero sobre todo, era su cuerpo. La blusa de tirantes finos ceñida a su piel, la suave redondez de sus caderas y esos rollitos tan naturales, tan reales, que a él le enloquecían y le enternecían a partes iguales, enfundados en unos diminutos cacheteros rosa palo.
Si Adrián ya había admitido desdé aquel día que se reencontraron, que estaba irremediablemente enamorado de ella. Pero verla así, tan vulnerable, tan despreocupada, dueña absoluta de su propio espacio y de su propia piel sin saber que él la estaba devorando con los ojos a través de una pantalla, había provocado que algo dentro de él se rompiera de la manera más hermosa posible.
Ya no era solo la ternura infinita que le provocaba su risa, sus ocurrencias o la forma en que entrelazaban sus mensajes cada oportunidad que tenían; era un deseo denso, urgente y febril que le apretaba el pecho y le encendía la sangre.
La quería.
La quería cerca, de verdad, sin pantallas de por medio, para poder rodear su cintura con las manos y besarla hasta dejarla sin aliento.
— Eres mi perdición absoluta... — volvió a murmurar en la oscuridad, negando con la cabeza mientras sacaba el teléfono del bolsillo, acariciando con el pulgar la pantalla apagada, tentandose peligrosamente al impulso de llamarla en plena madrugada — aunque sabía perfectamente que estaría despierta — y confesarle de una vez por todas que acababa de cometer el mejor y peor error de su vida.
La imagen de Amelie a través de esa maldita pantalla seguía quemándole las retinas, latiendo con una fuerza inusitada en su memoria: verla moviéndose con esa libertad hermosa y magnética, con la piel descubierta y esos contornos reales, suaves y perfectos que le robaban la cordura y le encendían el pulso.
Había sido el golpe final, el empujón que terminó por derrumbar el último muro de contención que le quedaba en pie.
El silencio absoluto de la habitación se quebró de golpe con el sonido seco y nítido de una notificación. El teléfono, que Adrián aún sostenía entre los dedos, se iluminó sobre la sábana.
Era ella.
El corazón de Adrián dio un pulso salvaje en el pecho, como si el universo entero se hubiera confabulado para poner a prueba su recién confesada rendición. Con el pulso descolocado, desbloqueó la pantalla y leyó el mensaje.
Chat de Amelie:
«¿Estás despierto?»
Chat de Adrián:
«Si Cherry, ¿Pasa algo?»
Chat de Amelie:
«Lo que pasa. Quería disculparme por lo que pasó.»
Adrián leyó sus palabras una y otra vez, sintiendo como una sonrisa inevitable, mezcla de incredulidad y ternura, se dibujaba lentamente en sus labios.
Chat de Adrián:
«¿Disculparte?»
Chat de Amelie:
«Sí... Ian marcó por error y sé que viste todo. Qué vergüenza, de verdad. Quería morirme cuando me di cuenta.»
Adrián soltó una suave exhalación que sonó casi como una risa ahogada en el silencio de la madrugada, antes de volver a teclear con una mezcla de picardía y absoluta sinceridad.
Chat de Adrián:
«Si te sirve de consuelo, creo que el que estuvo a punto de morir fui yo, pero no por vergüenza, Cherry.»
Chat de Amelie:
...
Chat de Adrián:
«Créeme, lo último que sentí al verte fue vergüenza ajena. De hecho, sigo intentando convencer a mi cerebro de que no fue una alucinación hermosa.»
Chat de Amelie:
¡Adrián! Eso no me ayuda. 😑
Adrián soltó una carcajada baja, una que apenas se escuchó en la quietud de su habitación. La idea de imaginarla sonrojada al otro lado, mordiéndose el labio de la pura pena, le provocaba una mezcla de ternura infinita y un calor que nada tenía que ver con el frío de la noche.
Chat de Adrián:
«Lo siento, perdón. No pude evitarlo, solo soy sincero. Aunque, si te sirve de algo, te prometo guardar el secreto... o usarlo a mi favor cuando menos te lo esperes.»
Chat de Amelie:
«Muy gracioso, señor de traje y portafolio»
Chat de Adrián:
«Acepto la derrota en ese punto; Digamos que destruiste mi reputación de hombre inmutable en tres segundos exactos.»
Chat de Amelie:
«Culpa a Ian, no a mí. El pobre solo quería hablar con la abuela y terminó traumando al socio serio de la inmobiliaria.»
Adrián se quedó mirando el mensaje, y una sonrisa cálida curvó que sus labios.
Quería decirle tantas cosas.
Estuvo a punto de teclearle que no había sido un trauma, sino el mejor accidente de su vida, y que cada una de las curvas que había visto se le habían grabado a fuego en la memoria.
Pero se frenó a tiempo.
Aún no era el momento de revelarle toda la verdad de golpe; prefería construir el camino con calma, recordándose que las mejores confesiones merecen ser hechas mirándose a los ojos.
Chat de Adrián:
«Pues dile a Ian de mi parte que le debo una. Oficialmente ha sido mi cómplice favorito del día.»
Chat de Amelie.
«No le digas eso, o va a empezar a marcar más veces por error.»
Chat de Adrián:
«Que lo haga. Si el resultado es el mismo, no tengo ninguna queja.»
Del otro lado, el silencio se prolongó unos segundos, y Adrián pudo imaginar perfectamente cómo Amelie habría rodado los ojos con esa media sonrisa que él tanto adoraba, sintiendo que su corazón le latía un poco más tranquilo y feliz de saber que, a pesar del desastre, la noche los había dejado un poquito más cerca.
Chat de Amelie:
«Eres incorregible, de verdad.»
Chat de Adrián:
«Solo contigo, Cherry. Solo contigo.»
Chat de Adrián:
«Oye...»
Chat de Amelie:
«Oigo»
Chat de Adrián:
«¿El tinte rojo quedó bien? O al final el desastre del teléfono te arruinó el trabajo »
Chat de Amelie:
«Quedó perfecto, gracias por preguntar. 😊
Adrián:
«Me alegra leer eso»
Chat de Amelie:
«Creo que deberíamos descansar. Mañana nos espera un día largo.;Buenas noches, Adrián. Duerme un poco.»
Chat de Adrián:
«Descansa, Cherry. Sueña bonito.»
Amelie intento buscar explicaciones lógicas, pero ninguna encajaba. No era simplemente vergüenza por haber sido vista en ropa interior frente al hombre más serio, impecable y formal del mundo corporativo.
Había algo más profundo, un retorcimiento extraño y vértigo en el estómago que llevaba días carcomiéndole por dentro.
«Qué te está pasando, Amelie? ¿Por qué te pones así con él? » se pregunto en un susurro, mientras el eco de sus propios latidos resonaba en el silencio.
Cada vez que el teléfono de Amelie vibraba con un mensaje de Adrián, el pecho se le llenaba de una expectativa tonta. Se descubría sonriéndole a la pantalla como una adolescente, esperando sus respuestas con una urgencia que no sentía con nadie más, en lugar de causarle el pánico absoluto - que debería -, le había dejado una sensación cálida y temblorosa que le asustaba y la embriagaba a partes iguales.
— Mierda... — murmuró Amelie, negando con la cabeza mientras sentía que el nudo en la garganta se apretaba — Me importa. Me importa demasiado lo que piense, lo que sienta, lo que hay detrás de esa fachada de traje y corbata.
El eco de sus propios pensamientos se tornó amargo, y la culpa, esa sombra silenciosa y pesada que llevaba cargando demasiado tiempo, volvió a arrastrarse sin piedad por cada rincón de la mente de Amelie.
El contraste era insoportable. Por un lado estaba este torbellino nuevo, vivo, vibrante y eléctrico que Adrián despertaba en Amelie sin proponérselo; por el otro, la realidad gris, estática y asfixiante que la ataba a un matrimonio muerto. Un matrimonio con un hombre conformista, un compañero de casa con el que ya no compartía ni los silencios, atrapados ambos en la inercia de los años .
Una ola de frustración y vergüenza le recorrió de pies a cabeza. ¿Qué derecho tenía Amelie a sentir esto, a sonreírle a otro hombre, a temblar de emoción por un mensaje, cuando seguía portando un apellido que ya no significaban nada? Se sentía como una traición, no tanto hacia el fantasma de la relación que alguna vez tuvo, sino hacia ella misma, por permitirse sembrar en una vida que ya no le pertenecía.
Amelie sentía una mezcla de rabia e impotencia. No era justa con Adrián, que merecía algo real y sin ataduras, Adrián merecía una mujer libre y sin cicatrices. Las lágrimas de frustración amenazaron con desbordarse mientras Amelie miraba el teléfono inactivo sobre la cama, atrapada entre el miedo a dar el paso que sabía que tarde o temprano tendría que dar, y la culpa asfixiante de desear, con todas sus fuerzas, un futuro que no le pertenece ya no quedaba espacio para las dudas, ni para los escudos con los que solía blindar su existencia.
Para Adrián, aquello no era una simple atracción física ni el capricho efímero de una noche que se disipaba con el alba; era la violenta y hermosa constatación de que su alma, su rígida estructura mental y hasta el último fragmento de su legendario autocontrol se habían derrumbado como un castillo de naipes ante una mujer que ni siquiera hacía el menor esfuerzo por conquistarlo.
— Soy tuyo, Amelie... maldita sea, completamente tuyo — confeso Adrián en la penumbra de su habitación.
Sintió el pecho preso, no por el miedo, sino por la magnitud abrumadora de lo que sentía. Ya no importaba la vulnerabilidad que implicaba amar de esa manera tan visceral, tan ciega y desbocada, un amor que amenazaba con desordenarle los cimientos. Estaba atrapado, sin reservas ni planes de rescate, profundamente entregado a la innegable certeza de que su vida, de ahí en adelante, ya no le pertenecía; llevaba el nombre de Amelie, su compás y su aroma impregnado en cada latido.
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