Capítulo 13 de 13
Eran las dos de la mañana y la casa de Amelie estaba sumida en un silencio absoluto. Incapaz de conciliar el sueño, decidió subir una historia rápida a WhatsApp: una fotografía de una humilde taza de café humeante sobre la mesa de la cocina, acompañada por el subtítulo de «intentando dormir».
Del otro lado de la ciudad, Adrián revisaba su teléfono en la oscuridad de su habitación cuando la notificación iluminó la pantalla. Al ver la imagen y el texto, no pudo evitar morderse el labio, frunciendo el ceño con diversión y preocupación a la vez.
«Yo no podría dormir si tomo café a estas horas...», pensó él de inmediato, tecleando rápidamente para enviarle un mensaje.
Chat de Adrián:
«¿Tomando café a las dos de la mañana? Así jamás vas a poder dormir, Cherry».
Chat de Amelie:
«Conmigo la cafeína tiene un efecto completamente distinto... en lugar de desvelarme, me da sueño, soy rara lo se🤣» Y tú, ¿por qué estás despierto a estas horas, eh?, el "señor de portafolio" se la pasa trabajando hasta la madrugada?»
Chat de Adrián:
«¿Trabajo? A estas horas solo me persigue una mala costumbre... Y no, no es el café lo que me tiene con los ojos abiertos a las dos de la mañana.»
Chat de Amelie:
«¿Ah, no?, ¿Y se puede saber qué clase de "mala costumbre" te roba el sueño, o es un secreto de estado de tu agenda ejecutiva?»
Adrián escribía manteniendo el tono ligero, sin cruzar ninguna línea, pero dejando ver ligeras indirectas ante el gusto genuino que le daba coincidir con Amelie a esa hora.
Chat de Adrián:
«Digamos que me acostumbré a tener a alguien con quien platicar de la nada y de todo un poco antes de que amanezca. Aunque, pensándolo bien, creo que eres tú la que me contagia el insomnio con tus publicaciones nocturnas.»
Amelie soltó una carcajada silenciosa para no despertar a nadie, acomodándose mejor en el sillón tapada con una cobija mientras tecleaba su réplica mientras sonreía.
Chat de Amelie:
«¡Oye, no me culpes a mí! Yo solo documentaba mi lucha fallida contra el insomnio. Además, si el insomnio te trae por aquí a las dos de la mañana, al menos te sirve para no aburrirte.»
Chat de Adrián:
«Aburrirme, jamás. Menos si estás tú del otro lado del chat. Dime, ¿Ya empezaste con los libros que te compré de la librería?»
Chat de Amelie:
«Apenas empezaré a leer uno de ellos. ¿Y tú? ¿Sigues con papeles del trabajo o al fin decidiste apagar la laptop?»
Chat de Adrián:
«Apagada desde hace horas. Solo estoy aquí, Pero Amelie, hablando ya en serio... intenta descansar un poco. Mañana tienes otra batalla con los pequeños.»
Chat de Amelie:
«Lo intentaré si tú haces lo mismo. ¿Trato hecho? Descansa Adrián»
Chat de Adrián:
«Trato hecho. Descansa, Cherry»
Amelie dio un sorbo lento a la taza de café, que ya estaba a medio terminar y frío, mientras la conversación seguía rebotando en la cabeza como un eco suave, pero también Adrián aparecía seguido en su mente.
«¿Por qué carajos me siento tan a gusto con él?», se preguntó mentalmente, exhaló un suspiro lento mientras miraba el líquido café de la taza.
«¿Por qué me siento tan a gusto cuando hablo con él?», pensó, sintiendo una punzada de desconcierto mezclada con una calidez extraña en el pecho. «Apenas lo conozco literalmente, y sin embargo, hablar con Adrián se siente más natural que con cualquiera.»
Amelie sacudió la cabeza frenéticamente, intentando poner orden el tormento de sus pensamientos que amenazaba con desbordarse. No era solo que fuera atento o que le siguiera el juego apesar de ser un hombre serio; era la forma en que se había instalado en su día a día sin pedir permiso. El eco de su voz, la manera en que la miraba en la librería y en el café, el apodo absurdo que ya se había vuelto de ella.
Un escalofrío delicioso recorrió la espalda de Amelie, uno que jamás había sentido en bastante tiempo, eso la asustó un poco.
Adrián no encajaba en ninguna de las rutinas rutinas de Amelie. Era un director de empresas inmoviliaras - mejor dicho el dueño y fundador de Valmont Group - de traje impecable y vida estructurada, y Amelie era un torbellino de café frío, pañales, hijos, libros y ojeras crónicas.
Pero ahí estaba, logrando que un simple texto de Adrián sin importar la hora, le hiciera olvidar el cansancio acumulado.
No era solo la atención que Adrián le prestaba, ni los detalles como el pago de los libros o sus ocurrencias a deshora; era la forma en que lograba hacela sentir vista, incluso a través de una pantalla y a kilómetros de distancia.
Y eso era lo que empezaba a asustar a Amelie un poco. O a gustarle demasiado, más de lo que quería admitir.
El sol de la mañana ya iluminaba por completo los cristales del despacho cuando Adrián revisó su portafolio sobre su escritorio y frunció el ceño con molestia. Los documentos clave para la revisión de las diez con los socios europeos no estaban ahí. Los había dejado sobre la mesa auxiliar de su oficina personal en su casa.
— Mierda... — se reprochó a su mismo mientras tomaba su teléfono para marcarle a Mateo y pedirle el favor de ir por ellos.
— Mateo, necesito que vayas a mi casa — soltó Adrián apenas en cuanto Mateo le contesto la llamada, con el tono ejecutivo y firme de siempre. — Olvidé la carpeta azul con los balances de los socios europeos. Elena te los entregará ahí mismo, pídeselos por favor.
Al otro lado, la voz de su mejor amigo sonó con diversión y burla.
— ¿La carpeta azul? Vaya, vaya, Adrián. — se burló Mateo ante la petición de su amigo — ¿Qué, fue el estrés del cierre o es que fue por la chica de cabello corto teñido de rojo?.
Adrián soltó un suspiro pesado, mientras se masajeaba el puente de su nariz mientras una sonrisa involuntaria estaba por romper su compostura.
— Cierra la boca, Mateo, y ve por los malditos papeles antes de que se nos eche el tiempo encima — le exigió a su amigo quien se reía de él. — por favor —.
— Sí, señor enamorado, voy corriendo por tus papeles antes de que te dé un infarto — se burló Mateo entre risas antes de colgar la llamada.
El motor del auto se apagó con un suave suspiro frente a la fachada de la casa de Adrián. Mateo bajó de su automóvil intentando no tener una mirada burlona a causa de su mejor amigo de como últimamente está distraído.
Al presionar el timbre, el eco resonó al otro lado Elena apareció en el umbral, con la mirada curiosa y esa facilidad suya para leer entre líneas que siempre ponía a Mateo en alerta. Sostenía entre las manos la carpeta azul e impecable
— hola, aquí tienes, Mateo. Adrián me pidió que te la diera en cuanto llegaras para que no perdieras más tiempo — habló Elena en tono suave, extendiendo la carpeta.
— Gracias, Elena — respondió él, esbozando una sonrisa rápida mientras comenzaba a girarse hacia la salida, ansioso por concluir la encomienda y regresar rápidamente al despacho.
— Alto ahí, Mateo — la voz de ella sonó firme, deteniéndolo en seco antes de que pudiera dar el primer paso asía a fuera.
Mateo paró en seco y se giró lentamente, ladeando la cabeza con una mezcla de desconcierto y curiosidad contenida, encontrándose con la mirada penetrante y curiosa de Elena.
— Sí, ¿Qué pasa? — preguntó él, intentando mantener un tono de voz neutral, aunque sus manos se apretaron ligeramente alrededor de la carpeta.
— Dime la verdad... ¿Qué le pasa a Adrián? Últimamente parece distraído, distante, como si su cabeza estuviera en completamente otro lugar — inquirió Elena, dando un paso al frente hacia el umbral, cruzando los brazos con una postura que exigía respuestas sinceras -. Ya sabes cómo es él, perfeccionista hasta el extremo, pero esto es diferente. Comete errores tontos, suspira de la nada, no deja de revisar su teléfono cuando apenas y lo agarraba para llamadas o mensajes de trabajo, y, francamente, me preocupa. ¿Te ha comentado algo?
Ante la pregunta directa, Mateo sintió que un nudo sutil se formaba en su garganta. Su mente comenzó a vacilar, atrapada en un dilema repentino: ¿debería revelarle la verdad sobre el reciente encuentro de Adrián, confesarle que había conocido a alguien que parecía haber puesto su mundo de cabeza, o debía mantener el secreto y proteger la confidencia de su amigo?
El silencio se prolongó por un par de segundos, pesado y cargado de una tensión palpable, mientras Mateo intentaba decidir si cruzaba la línea o si guardaba silencio.
— No sé de qué hablas, Elena — contestó Mateo, aclarandose la garganta y esforzándose por que su voz sonara completamente plana.
Elena no se movió ni un milímetro y lo analizó de arriba a abajo, buscando cualquier microgesto que lo delatara.
— Por favor, Mateo. Los conozco desde hace años; sé perfecto cuándo están ocultando algo o les pasa algo — replicó ella, entrecerrando los ojos con imterrogancia —. No tiene los cinco sentidos en su sitio, y no me vengas con cuentos, Mateo.
Mateo soltó un suspiro corto, intentando restarle dramatismo a la situación mientras ajustaba la carpeta azul entre sus manos.
— Ya sabes como es Adrián, nunca dice nada — le contestó Mateo, encogiéndose de hombros con una falsa despreocupación —. Siempre está metido en sus cosas, dándole vueltas a mil proyectos a la vez. No hay ningún misterio oculto, te lo aseguro.
Elena entrecerró los ojos aún más, dudando de cada palabra, pero antes de que pudiera replicar o acorralarlo con otra pregunta, Mateo levantó una mano en señal de despedida.
— Habla con él si tanta curiosidad tienes — soltó Mateo, ya con la mano en la manija de la puerta de la entrada principal de la casa, antes de abrir de golpe sin mirar atrás — ¡Pregúntale tú misma!
— Condenados muchachos, a cual más ocultándose sus cosas... — murmuró ella con los brazos cruzados, observando cómo se alejaba —. Solo espero que mi Adrián esté bien.
El eco de los pasos de Mateo resonó en el pasillo justo cuando Adrián revisaba el reloj en su muñeca, ajustándose los puños de la camisa con una mueca de impaciencia. La puerta del despacho estaba entreabierta y el maletín ya descansaba sobre el sillón.
— Llegas tarde — le soltó Adrián sin levantar la vista, tecleando rápido en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo del pantalón —. Los socios europeos están a cinco minutos de conectarse. ¿Trajiste la carpeta?
— Aquí está, relájate — respondió Mateo con la respiración algo agitada, tendiéndole el fólder azul sobre el escritorio —. Tuve que lidiar con un interrogatorio en el camino, por si te sirve de algo.
Adrián detuvo el movimiento de inmediato. Sus ojos oscuros se alzaron para clavarse en los de su amigo, con la mandíbula tensa.
— ¿De qué hablas? — preguntó Adrián intrigado.
— Elena me preguntó que te está pasando — soltó Mateo, cruzándose de brazos y recostándose contra el borde del escritorio con una ceja alzada —. Dice que andas en las nubes, distraído. Casi tuve que inventar un doctorado en física cuántica para que no me sacara la sopa sobre por qué tu cabeza ya no está aquí.
Adrián soltó un suspiro pesado, pasando una mano por su cabello con frustración antes de desviar la mirada hacia la ventana que daba a la calle.
— No es asunto suyo... ni tuyo tampoco — masculló, aunque la rigidez en sus hombros delataba que el comentario le había dado exactamente en el blanco.
— Como digas señor enamorado, pero si sigues con esa cara de imbécil los socios alemanes van a pensar que estamos al borde de la bancarrota — replicó Mateo con una sonrisa torcida, señalando la pantalla que comenzaba a parpadear —. Apúrate, ya van a entrar.
El zumbido breve del teléfono de Adrián interrumpió el silencio tenso del pasillo, justo a pocos pasos de la puerta de cristal de la sala de juntas.
Adrián sacó el dispositivo con fastidio, listo para silenciarlo ante la inminente llamada con los socios europeos. Sin embargo, al ver la pantalla, la notificación capturó toda su atención:
Chat de Amelie:
«Espero no tengas un día pesado hoy, Adrián»
Un destello sutil apareció en sus ojos, se suavizó su expresión mientras tecleaba una respuesta rápida.
Chat de Adrián:
«Gracias Cherry, espero hoy tus hijos te den tregua y no tengas un día pesado, ten lun indo día. 😉»
A su lado, Mateo, que revisaba los últimos documentos en su tableta, de reojo captó el cambio drástico en la postura de su amigo. Una sonrisa burlona se dibujó instantáneamente en sus labios.
— No me digas... — se burló Mateo, ladeando la cabeza —. ¿Esa carita de cordero degollado es por un mensaje de Cherry? Porque juraría que hace diez segundos estabas a punto de morderle la cabeza a los de contabilidad.
Adrián guardó el teléfono de golpe, intentando recuperar el semblante serio, aunque el leve rastro de una sonrisa en la comisura de sus labios lo traicionó por completo.
— Cierra la boca, Mateo, y entra a la sala de juntas de una maldita vez — replicó Adrián, dándose la vuelta con paso firme para abrir la puerta de cristal.
— Sí, patrón. Lo que mande el jefe enamorado — murmuró Mateo por lo bajo, riéndose entre dientes mientras lo seguía al interior de la sala.
La reunión avanzó con la frialdad y precisión de siempre: números, balances trimestrales, proyecciones de crecimiento y discusiones técnicas sobre los mercados internacionales. Sin embargo, para alguien que conociera los ritmos de Adrián, había algo sutilmente diferente.
Cada vez que uno de los socios tomaba la palabra para extenderse en explicaciones innecesarias, los dedos de Adrián golpeaban con suavidad rítmica la madera de la mesa, y su mirada, en lugar de perderse en el vacío del cansancio como en semanas anteriores, volvía fugazmente hacia su teléfono boca abajo junto al bloc de notas.
Al cumplirse la hora exacta, la llamada por fin concluyó con un intercambio formal de despedidas. La pantalla se apagó, dejando la sala en un silencio denso.
— Sobrevivimos — comentó Mateo con una sonrisa de suficiencia, cerrando su libreta de golpe —. Y lo más importante: nadie notó que tu cabeza seguía en el mundo de los cuentos de hadas. Aunque, la verdad, estuve a nada de proponer un receso para que le respondieras el mensaje a tu misteriosa musa.
Adrián le lanzó una mirada fulminante, aunque ya sin la menor intención de disimular. Tomó el teléfono con calma y, antes de ponerse de pie, leyó de nuevo el breve texto que Amelie le había enviado.
— Cállate, Mateo — respondió Adrián con una media sonrisa que ya no pudo contener, negando con la cabeza mientras se acomodaba el saco —. Vámonos de aquí antes de que se te ocurra otra estupidez.
La casa de Amelie estaba envuelta en un silencio absoluto, con los niños ya profundamente dormidos. Con la luz de la lámpara de noche iluminando apenas la habitación, se acomodó entre las sábanas, sintiendo el cansancio del día disiparse por fin. En ese momento, la pantalla de su teléfono se iluminó sobre la mesita de noche con un mensaje nuevo de Adrián.
Chat de Adrián:
«¿Sobreviviste al día de hoy?»
Amelie sonrió para si misma, acomodandose mejor contra las almohadas y comenzó a teclear.
Chat de Amelie:
«no tienes idea. Los niños hoy parecían tener pilas infinitas, corrieron por toda la casa hasta hace una hora. ¿Y tú? ¿Sobreviviste a tus socios europeos o terminaste aburriéndote hasta el sueño?»
Chat de Adrián:
«La junta fue eterna, pero digamos que tuve... un incentivo para mantener los ojos abiertos. Digamos que el día mejoró considerablemente a mitad de la mañana.»
Chat de Amelie:
«¿De verdad? Qué milagro. Por lo general terminas con la paciencia agotada después de esas llamadas con los europeos. ¿Qué fue lo que salvó tu día, eh?»
Chat de Adrián:
«Un mensaje en el momento exacto. Una pequeña distracción que apareció en la pantalla justo cuando estaba a punto de perder la cabeza en la oficina... Alguien que sabe cómo arruinarme la concentración de la mejor manera.»
Chat de Amelie:
«Vaya, vaya... Con que una distracción, ¿eh? Espero que haya sido una buena distracción como para quitarte esa cara de amargado con la que andas casi siempre.»
Amelie mordió levemente su labio inferior, sintiendo el calor subir en sus mejillas a pesar de la distancia, había algo que aún no entendía - o se negaba a haceptar - Adrián empezaba a meterse de más en su cabeza, hablar con él hacia que su día a día se sintiera menos pesado y la casa nfianza en tre ellos crecía poco a poco.
Chat de Adrián:
«Crée me que fue la mejor de todas. Aunque ahora mismo cambiaría cualquier cosa por estar ahí y no aquí escribiendo en una pantalla.»
Chat de Amelie:
«¿Ah, sí? ¿Y qué harías si estuvieras ahí?
Chat de Adrián:
«Te quitaría el teléfono de las manos, lo dejaría boca abajo en esa mesita de noche y me aseguraría de hacerte olvidar por completo el cansancio de todo el día.»
Amelie parpadeó un par de veces, con el corazón acelerándose de golpe ante la intensidad de sus palabras. La pantalla se quedó en silencio mientras él, del otro lado de la ciudad, parecía apenas procesar lo que acababa de teclear.
En su propia habitación, con el teléfono aún en la mano, Adrián se quedó congelado. Sus ojos recorrieron lo que acababa de enviar y la sangre se le congeló por una fracción de segundo ante la revelación que hizo.
Adrián soltó el aire de golpe, pasándose una mano por la nuca con desesperación, maldiciéndose internamente por lo idiota que había sido al dejar al descubierto un detalle tan íntimo sin planearlo.
— Mierda... — susurró para sí mismo en la oscuridad de su cuarto, con el pulgar suspendido sobre el teclado, sin saber si atreverse a dar una excusa absurda o asumir de una vez por todas lo que sus pasos lo habían estado guiando mucho más cerca de ti de lo que jamás se atrevió a admitir.
El peso de esa revelación flotaba en el aire digital, volviendo cada segundo de un silencio insoportable. Ninguno de los dos sabía cómo manejar el torrente de implicaciones que acababa de colarse en la conversación. Para evitar que la tensión rompiera el frágil hilo de lo que se estába construyendo, Amelie decidió cortar por lo sano antes de que alguien dijera de más.
Chat de Amelie:
«Creo que es hora de dormir, ¿no crees? »
«Cobarde... Idiota...», pensó Adrián. Había estado a un paso de romper la última barrera de distancia, de admitir que está enamorado de Amelie, y ahora el miedo a asustarla lo ataba de manos.
Chat de Amelie:
«Descansa, señor de traje y portafolio. 😉 Linda noche Adrián 😊
Chat de Adrián:
«Sí... Tienes razón. Es tarde. Descansa Cherry, sueña bonito. »
«¿Qué demonios acabo de hacer?», se dijo Adrián, sintiendo como el calor le subía de inmediato por el cuello.
Sus ojos se quedaron clavados en la frase luminosa: «Te quitaría el teléfono de las manos, lo dejaría boca abajo en esa mesita de noche...».
El aire se le atragantó en la garganta. ¿En qué momento su subconsciente había decidido traicionarlo de esa manera?
«Soy un idiota. Un maldito imbécil», pensó, pasándose ambas manos por el rostro con desesperación, frotándose los ojos mientras maldecía en voz baja en la oscuridad de su cuarto.
El pánico lo recorrió de pies a cabeza. ¿Y si se asustaba? ¿Y si cruzaba la línea demasiado rápido y decidía poner distancia de por medio? Llevaba semanas caminando sobre la cuerda floja, cuidando cada palabra, guardándose las ganas inmensas de memorizar cada detalle de su vida para no parecer un demente obsesivo... y en un segundo de debilidad, por culpa del cansancio y de las ganas acumuladas de estar con Amelie, acababa de tirar todo por la borda.
«No te alejes Cherry, por favor...» Adrián suplicaba al universo que su atrevimiento no la alejara de él.
Las palabras de Adrián se quedaron suspendidas en el aire de la habitación de Amelie, repitiéndose en su cabeza como un eco persistente y traicionero:
«me aseguraría de hacerte olvidar por completo el cansancio de todo el día».
Una y otra vez.
«Estás alucinando...» murmuró Amelie para sí misma en la oscuridad, abrazando la almohada con fuerza como si intentara anclarse a la realidad.
Amelie intento convencerse de que era el cansancio. Tenía que ser eso. El agotamiento acumulado de lidiar con los niños todo el día, las horas interminables de su rutina, buscar un trabajo para poder salir de con Sergio, la soledad que a veces jugaba malas pasada en la madrugada. Su mente, hambrienta de un poco de atención y calidez, simplemente había interpretado de más una frase genérica. Seguro que cualquier hombre diría algo así por inercia, por coquetear sin pensar. Se intentaba convencer Amelie, aunque fue inútil.
No podía hacerse ilusiones. No con su situación. Su vida era un engranaje complejo del que no podía ni debíapartar los pies de la tierra: responsabilidades, cargas familiares, un espacio donde el margen para el error - o para enredarse con alguien como Adrián - simplemente no existía.
Apretó los párpados con fuerza, obligando a su respiración a calmarse, mientras se repetía en un susurro interno que era solo una coincidencia, una frase al aire de la que pronto se reirían... aunque, muy en el fondo, el hueco en el estómago le gritaba que nada volvería a ser igual.
Aunque las pantallas se habían apagado y los escudos habían vuelto a levantarse para proteger la prudencia, la verdad ya se había filtrado por las grietas del chat.
Ninguno de los dos se atrevió a pronunciarlo, pero la realidad era innegable. Podían intentar disfrazarlo de casualidad, de simple cansancio o de un coqueteo inofensivo; podían poner distancia, cerrar los ojos y fingir que las líneas no se habían cruzado. Sin embargo, bajo la superficie, un hilo invisible ya los sostenía atados.
El sentimiento había empezado a crecer de manera silenciosa, tejiéndose en cada mirada cuando tenían oportunidad de verse, en cada mensaje furtivo a altas horas de la noche. Era una corriente subterránea y terca que avanzaba sin pedir permiso, más fuerte que el miedo, más pesada que las circunstancias y los roles que cada uno debía mantener.
Ya no había vuelta atrás.
Estaban atrapados en una marea de la que ninguno de los dos quería ser rescatado, condenados a dejar que eso que crecía entre ellos terminara por desbordarse.
Fin de la lectura
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