Capítulo 12 de 13
Adrián:
Los días siguientes se sintieron extraños, marcados por una tensa calma que a Adrián le sabía a cuenta regresiva. Cada vez que su teléfono vibraba con un mensaje de Amelie - una recomendación rápida de un libro de romance oscuro o una foto borrosa de otra flor extraña que había encontrado en la calle, hablando entre ellos de su rutina
diaria -, el pecho se le llenaba de una calidez inmensa, seguida de inmediato por un sentimiento de culpa de culpa.
Adrián sabía que el tiempo se le agotaba. Las mentiras, incluso las nacidas por el miedo y la autoprotección, tienen fecha de caducidad. Y el abismo entre la culpa y la verdad que parecía estallar en cualquier momento.
Cada hora en su oficina parecía estirarse el doble, con la mente dividida entre el peso de la confesión que tenía que hacerle a Amelie y el eco constante de su risa en el café.
Agenda de Adrián:
7:30 - Revisión financiera.
8:15 - Reunión con dirección.
11:00 - Presentación de inversiones.
13:00 - Adrián no salió a almorzar prefiriendo hablar con Amelie aprovechando el poco tiempo que tenían para hablar entre ellos por WhatsApp (mientras Mateo lo miraba extrañado desde el otro lado del escritorio).
14:30 - Revisión de contratos.
16:00 - Junta cancelada.
18:00 - Pendientes y cierre de día.
Mateo deslizó los datos en la pantalla mientras Adrián revisaba los gráficos con el ceño fruncido.
— Los números del trimestre pasado cerraron mejor de lo previsto, Adrián, pero el departamento de logística sigue pidiendo un ajuste de presupuesto — comentó Mateo sin apartar la vista del dispositivo.
— Aprueba lo de logística, pero recortale un diez por ciento a marketing digital; no quiero fugas innecesarias este mes — respondió Adrián con voz firme, firmando un par de documentos con la pluma.
Reunión con dirección.
La sala de juntas principal estaba llena de ejecutivos esperando directrices. Adrián encabezaba la mesa con una postura imperturbable.
— Necesitamos acelerar la expansión hacia el norte antes de que la competencia nos gane terreno — señaló el director de finanzas corporativas. — La expansión va solo si los estándares de calidad se mantienen intactos.
— No pienso comprometer el nombre de la empresa por prisas innecesarias — sentenció Adrián, cerrando el debate con autoridad antes de mirar el reloj con disimulo.
— Mateo, haste cargo de eso — le ordenó Adrián con autoridad mientras Mateo solo asentía con la cabeza asiendo anotaciones en su agenda.
El silencio del despacho se atenuó cuando Adrián se encerró. Aprovechó el breve respiro para abrir la única conversación que le interesaba.
— Diez minutos... solo quiero saber si ya leyó el primer capítulo del libro — murmuró para sí mismo, con una sonrisa involuntaria asomándose por la comisura de los labios.
Justo en ese momento, Mateo entró al despacho sin tocar, cruzándose de brazos y soltando una carcajada corta.
— Vaya, vaya. ¿Diez minutos libres y ya estás con esa cara de bobo otra vez? — se burló Mateo de su amigo, mientras le dejaba unos papeles en su escritorio. — Apuesto a que estás pensando en Amelie, ¿Verdad?.
Adrián apagó de inmediato su celular, regresando a su porte serio y calculador para recuperar la compostura, aunque el brillo divertido en sus ojos lo delató por completo.
— Cierra la puerta al salir, Mateo. Tengo asuntos que atender. — le ordenó sin mirar a Mateo para no delatarse.
— Sí, claro, "asuntos" — replicó su amigo con burla, dándose la media vuelta mientras negaba con la cabeza. — Solo no vayas a olvidar la presentación de las once por andar distraído.
Presentación de inversiones.
El proyector brillaba al fondo de la sala mientras los inversionistas extranjeros esperaban atentos. Adrián se puso de pie, impecable con su traje gris oscuro, proyectando una seguridad absoluta.
— Como pueden observar en la tercera gráfica, el retorno de inversión proyectado supera el margen de riesgo estimado en un quince por ciento... — explicó Adrián con fluidez, dominando el espacio y la atención de todos los presentes.
Mateo, sentado en la primera fila, lo observaba de reojo con una sonrisa cómplice, sabiendo perfectamente que, a pesar de su seriedad durante el corporativo, la mente de su amigo ya estaba contando las horas para volver a ver a Amelie.
Almuerzo y mensajes.
Adrián decidió saltarse la salida a comer con el equipo corporativo; prefirió quedarse en su despacho con la pantalla del teléfono encendida y un café frío sobre el escritorio.
— ¿De verdad te vas a perder el catering de la junta directiva solo por quedarte pegado al celular? — le preguntó Mateo, asomándose por la puerta con un expediente en la mano alzando una ceja
— No tengo hambre, Mateo. Deja el expediente sobre el escritorio y ve a comer tú — respondió Adrián sin despegar los ojos de la pantalla, mientras sus dedos tecleaban con una rapidez inusual.
Chat de Amelie:
"Creí que estarías en junta mientras todos asienten como pajaritos una vez más. 🤣"
"¿No tienes un día pesado hoy?"
Adrián no pudo evitar reír al leer una vez más 'como pajaritos'.
Chat de Adrián:
"No, no tengo junta, es extraño pero tengo un rato libre y hoy es un día un poco tranquilo."
Guardo su celular para revisar el expediente que Mateo le había dejado antes de regresar a sus demás pendientes.
Revisión de contratos.
El despacho volvió a llenarse de carpetas de cuero y términos legales cuando el departamento jurídico entró para la validación final de las nuevas adquisiciones.
— Necesitamos que apruebe la cláusula de exclusividad del proveedor europeo, señor Valmont; hay un par de puntos grises en la redacción — advirtió la abogada principal, señalando el documento con un bolígrafo.
— Modifiquen la penalización por incumplimiento de plazos. Si ellos retrasan la entrega, el descuento debe aplicarse directo al pago final, no a la siguiente factura. — ordenó Adrián con voz firme, hojeando las páginas con absoluta concentración.
Amelie:
El comedor se había convertido en un campo de batalla improvisado entre cuadernos, lápices de colores y juguetes regados por todas partes. Mientras Adrián lidiaba con los números y las juntas en la oficina, Amelie intentaba mantener la cordura en casa con los niños.
Amelie se arrodilló en el suelo junto a la mesita baja, sosteniendo el cuaderno de matemáticas de Ian, que cursaba quinto año de primaria y batallaba con las fracciones.
— A ver, Ian, si tienes tres cuartos de una pizza y le das la mitad a tú hermano, ¿cuánto te queda? — preguntó Amelie con paciencia, señalando el ejercicio con el lápiz.
Ian frunció el ceño, mordisqueando su lápiz mientras pensaba intensamente.
— Ehh... ¿un cuarto y cacho? — respondió Ian con una sonrisa de nervios.
Amelie soltó una risa suave, negando con la cabeza.
— Casi, piénsalo bien... — le habló suavemente Amelie, volviendo a señalar el problema.
Pero, justo en ese instante, un silencio sospechoso inundó la sala. El pequeño Liam, que hasta hace apenas un segundo estaba entretenido haciendo rodar un camión de plástico en el suelo, se habia quedado completamente quieto junto a una maceta grande de la esquina.
— Oh, no... — murmuró Amelie entre dientes, levantando la vista de golpe.
Demasiado tarde
El pequeño, con una sonrisa de absoluta travesura en el rostro, metió ambas manos en la tierra húmeda de la planta y empezó a embarrarse de tierra por todo el cuerpo.
— ¡No, no, no! ¡Alto ahí, pequeño monstruo! — exclamó Amelie soltando el cuaderno de inmediato y lanzándose a gatas para detenerlo antes de que Liam pensará que sería bueno comer tierra.
Ian soltó una carcajada al ver como Amelie batallaba por quitarle a Liam con un poco de desesperación de sus puños que parecían.
— ¡Mamá, creo que Liam quiere ser un árbol! — bromeó mi Ian, agitando los brazos divertido mientras el caos, una vez más, se apoderaba de nuestra tarde.
Adrián:
Junta cancelada.
El teléfono de la oficina timbró con el aviso de última hora: la reunión con los socios de la filial internacional se pospone para la semana entrante.
— Junta cancelada, jefe. Parece que los dioses de las corporaciones se apiadaron de ti hoy — anunció Mateo asomándose de nuevo, con una sonrisa burlona mientras cruzaba los brazos en el marco de la puerta.
— Menos bromas, Mateo. Aprovecha ese espacio para reprogramar las auditorías de inventario — replicó Adrián fingiendo severidad, aunque por dentro exhaló un suspiro de alivio ante la inesperada hora libre.
Cierre de pendientes.
Con la caída de la tarde pintando los cristales del edificio con tonos ámbar, el ritmo de la oficina comenzó a apagarse mientras los últimos correos del día salían despachados.
— Listo, lo del inventario quedó agendado para el lunes a primera hora. Te veo mañana, Adrián. No te quedes hasta tarde — se despidió Mateo, tomando su maletín y dándole una palmada cómplice en el hombro al salir.
— Descansa, Mateo — contestó Adrián, guardando la pluma y echando un último vistazo a la pantalla del móvil antes de apagar el ordenador y abrocharse el saco, listo para terminar el día.
La noche había caído por fin sobre la ciudad, y mientras Amelie se entregaba al descanso después del ajetreo diario, en su habitación Adrián revisaba con calma su teléfono celular, pasando los dedos por la pantalla mientras curioseaba los estados de WhatsApp.
Entre las notificaciones y publicaciones habituales de sus contactos, apareció de pronto una actualización de Amelie.
Dos historias seguidas.
Deslizó el dedo para ver la primera.
En la pantalla apareció la fotografía de los libros nuevos que había comprado en aquella librería del centro. Había algo extrañamente íntimo en verlos ahí, un reflejo silencioso de sus gustos y de esa tarde compartida. No era información vital, pero esas pequeñas elecciones hablaban de quién era su Cherry, sobre los mundos en los que le gustaba refugiarse.
Una sonrisa ligera se dibujó en los labios de Adrián al reconocerlos.
Luego, deslizó el dedo de nuevo.
Y apareció la segunda fotografía.
Era Amelie.
Sin una sola gota de maquillaje.
Adrián se quedó completamente quieto sentado en la orilla de su cama, con el teléfono suspendido frente a sus ojos.
Amelie tenía una expresión mucho más relajada que en cualquier otra fotografía anterior.
Sus ojos grandes, de un profundo color café oscuro, brillaban con autenticidad, acompañados por unas ligeras ojeras que delataban el cansancio del día a día y las risas con los niños. En su piel, de tez morena clara se apreciaban con total naturalidad cada uno de sus detalles, imperfecciones, el cansancio notorio y pequeños rasgos que la hacían real, terrenal y magnética.
Adrián se quedó completamente quieto, con el pulgar suspendido sobre la pantalla. No fue el factor sorpresa de verla diferente lo que lo dejó sin aliento; fue exactamente lo contrario. La imagen pertenecía a un instante cotidiano, puro, sin poses ni la más mínima intención de impresionar a nadie.
«Dios mío...», pensó mientras su pulgar acariciaba involuntariamente el cristal de la pantalla, como si pudiera tocarla a través de ella. «Eres hermosa de todas las formas posibles, pero así... al natural, sin filtros ni defensas, eres simplemente perfecta.»
Se quedó mirando la fotografía durante largos minutos, sintiendo que la distancia entre su habitación y la mía se desvanecía por completo, con el corazón latiendo a un ritmo que ya no le pertenecía.
Y eso le gustó. Mucho más de lo que su mente racional y calculadora estaba dispuesta a admitir - o que ya admitía, después de confesarse de que está enamorado de ella -. Sin pensarlo dos veces, sus dedos comenzaron a redactar una respuesta, incapaz de quedarse callado ante lo que acababa de ver.
Chat de Adrián:
«Veo que los libros ya encontraron un buen hogar... Aunque no sé si el de romance te quite el sueño o el de dark romance te de ideas peligrosas, Cherry »
Chat de Amelie:
«¡Oye! El dark romance es inofensivo... en teoría. Y el de romance es para compensar el caos de la casa ».
Chat de Adrián:
« Oye Amelie, ¿Te molesta si te sigo diciendo Cherry?»
Chat de Amelie:
«Para nada... de hecho, creo que ya me acostumbré. Aunque a este paso vas a lograr que me convierta en fruta oficial 🤣🤭»
La charla fluyó ágil, ligera, llena de bromas y brumas sutiles que servían como un escudo perfecto.
Chat de Amelie:
«Oye, si el universo de verdad estuviera de nuestro lado, ya nos habría regalado un clon para que tú hagas la tarea de matemáticas de Ian mientras yo sobrevivo a las juntas que hablan de edificios. 🤗»
Adrián soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza y tecleaba una respuesta rápida, cuidando el tono para no cruzar la línea que todavía se guardaba para sí mismo.
Chat de Adrián:
«Si existieran los clones, te aseguro que el mío estaría intentando negociar con tus hijos para que te dejen descansar en paz, no en la oficina.
Aunque, pensándolo bien, un "accidente coordinado" con las matemáticas de quinto año suena a peligro biológico.»
Chat de Amelie:
« ¡Oye! Mis métodos pedagógicos son impecables, bueno lo intento 🫣, lo que pasa es que el bebé intentó plantarse a su mismo 🤣.
Punto para el caos, cero para mí 🫠»
Chat de Amelie:
« Y dime, ¿qué haces despierto a estas horas, gran director inmobiliario? ¿O es que el trabajo de oficina no te deja dormir?»
Chat de Adrián:
«Alguien tiene que vigilar que las finanzas no se derrumben, aunque confieso que tus reportes de caos doméstico son bastante más entretenidos que los del corporativo.
Y ya que mencionas la hora, ¿tampoco piensas descansar?»
Chat de Amelie:
«Claro que dormiré, pero primero un capítulo más de mi libró y ya me voy a dormir, es una promesa señor de traje y portafolio 😁,»
Chat de Adrián:
«Más te vale cumplir esa promesa, Amelie, no te desveles mucho.
Descansa, que te hace falta.»
Amelie dejó su celular sobre la mesita baja de la sala, dispuesta a abrir su libro de dark romance que tanto le urgía devorar. Apoyó la espalda contra las almohadas y pasó la primera página, pero las letras empezaron a desdibujarse frente a sus ojos.
Intentó concentrarse en la trama, pero sus pensamientos se negaban a obedecer y se deslizaban una y otra vez hacia Adrián. Se descubrió repasando mentalmente la forma en que la miraba en el café, el tono de su voz, e incluso la naturalidad con la que se había "cruzado" en el camino.
«¿Por qué no logro concentrarme?», pensó Amelie, mordiéndose el labio inferior mientras miraba hacia el techo oscuro de la sala y enseguida se tapo el rato con el libro.
Aunque Amelie, no terminaba de entender el motivo exacto, una certeza se instaló en ella: se sentía increíblemente a gusto platicando con Adrián, como si su presencia - incluso a través de un chat - empezaba a tener el poder de desordenarle los pensamientos de la forma más bonita posible.
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