Capítulo 11 de 13
El sonido de las palabras de Adrián todavía flotaba entre los pasillos de la librería, envolviéndolos en una burbuja donde el resto del mundo simplemente había dejado de existir. Las manos de Amelie, que aún sostenían el libro contra su pecho, temblaban de una forma que no podía controlar.
— ¿Cherry? — preguntó Amelie con duda, frunciendo ligeramente el ceño mientras intentaba procesar el apodo —. ¿Por qué me dices así?
Adrián parpadeó un par de veces sacudiendo su cabeza ligeramente, saliendo de golpe del trance en el que lo tenía sumido la cercanía entre ellos. Al darse cuenta de que se le había escapado el apodo con el que la nombraba en su mente - y en los rincones más privados de sus pensamientos -, un nerviosismo cruzó fugazmente por su mirada.
Un destello de pánico cruzó por la mirada de Adrián antes de que lograra recomponer la compostura, aunque la tensión en su mandíbula lo delataba.
— Yo... — balbuceó Adrián por un instante, buscando desesperadamente una excusa que sonara, por lo menos, un poco lógica.
Adrián soltó una exhalación suave, y una media sonrisa, cargada de una mezcla de nostalgia y complicidad, se dibujó en sus labios.
— Porque así te llamo desde el día en que chocamos aquella vez, hace meses, en la banqueta — respondió él en un susurro, sin apartar los ojos de los de Amelie — No sabía tú nombre, así que en mi mente te convertiste en Cherry.
Amalie al escuchar sus palabras, llegó el recuerdo de aquel tropiezo fugaz en la calle, el apuro, el caos de su día y la forma en que su mirada se había quedado grabada en ella por unos segundos antes de seguir cada quien su camino.
— Es cierto... — le confirmó Amelie con una sonrisa divertida y los hombros relajándose un poco, negando con la cabeza ante la coincidencia —. Pero eso no me lo dijiste mientras mensajeamos.
Adrián soltó una carcajada baja, un sonido cálido y genuino que rompió por completo la tensión que nos rodeaba.
«Si supieras que desde ese maldito segundo no he podido sacarte de mi cabeza», pensó él con una punzada de devoción absoluta en el pecho. «Ha pasado casi medio año desde aquel momento, y no ha habido un solo día en que no me haya arrepentido de no haberte pedido tú nombre entonces».
— Aquella vez ibas tan apresurada, con la mirada perdida cuando chocaste conmigo y apenas alcanzaste a murmurar una disculpa antes de huir casi corriendo... lo primero que pensé al verte fue en una cereza en medio de todo el gris de la calle. Por eso te bautice con ese nombre. — habló Adrián con voz suave, dejando que el recuerdo flotara entre los estantes de libros —.
Amelie soltó una risa ligera,que brotó de sus labios.
— Entonces, me compraras ese par de zapatos con suela antideslizante para evitar otro "accidente coordinado", como me lo prometiste. — Le recordó Amelie bromeando mientras reía levemente mientras se cubría su boca con el libro que tenía en sus brazos.
«Dios, es perfecta», pensó Adrián al ver su sonrisa iluminar el pasillo, sintiendo que el pecho se le llenaba de una calidez inmensa.
Adrián la miró fijamente, contagiado por su risa, cargado de una devoción infinita brillándole en el fondo de sus ojos.
— Jamás olvido una promesa... pero hay una condición — le dijo Adrián con media sonrisa.
Amelie se quedó mirándolo con curiosidad, sintiendo como la tensión que los había dejado sin aliento se rompió poco a poco, disolviéndose en el calor de una complicidad que ya no cabía en las pantallas.
— ¿Ah, sí? ¿Y cuál es esa condición? — pregunto Amelie arqueando una ceja, desafiando a Adrián mientras suaviza su mirada .
— Que me dejes invitarte un café, sin pantallas de por medio — respondió Adrián con una suavidad, dando un paso más hacia ella, acortando la poca distancia que quedaba - ¿Trato hecho? —.
«Por favor, acepta», rogaba Adrián en su mente con desesperación, mientras sus ojos esperaban la respuesta de Amelie, como si su vida misma dependiera de su respuesta. «Déjame tenerte frente a mí de verdad, sin distancias, sin chats de medianoche. Solo tú y yo.»
— Trato hecho — le contestó Amelie, sintiendo que por primera vez en años se atrevía a elegir algo para mí.
Un destello de emoción cruzó los ojos de Adrián al ver la sonrisa que se dibujó en los labios de Amelie ante la respuesta que tanto esperaba escuchar.
— Deja pago mis libros y nos vamos — le habló Amelie, mientras se acercaba a la caja para pagar el libro que tenía en sus manos y otros dos que había apartado.
Mientras la cajera escaneaba los tres libros (de romance, y darck romance) que Amelie había elegido, Adrián se adelantó con total naturalidad para pagarle la cuenta antes de que Amelie pudiera siquiera reaccionar.
— No, espera, yo iba a... — protestó Amelie en voz baja, mientras batallaba por encontrar su cartera dentro de su mochilita.
«Déjame consentirte, aunque sea en esto, por hoy», pensó Adrián, observando los intentos de Amelie en vano por detenerlo mientras el pago se procesaba de inmediato.
Amelie puso los ojos en blanco con molestia fingida, negando con la cabeza cruzando los brazos un segundo, aunque por dentro una calidez inmensa la recorría por completo, disipando cualquier rastro de frío que arrastrara desde su casa. Tomó la bolsa con los libros cuando se la entregaron y, juntos, caminaron hacia la salida de la librería, cruzando el umbral para adentrarse de nuevo en la tarde viva del centro.
El aire de la calle chocó contra sus caras, agitando el cabello de ambos.
— Muy gallito con el dinero, ¿eh, señor de traje y portafolio? — bromeó Amelie mientras caminaban juntos hacía el café.
Adrián soltó una carcajada suave, un sonido cálido que se mezcló con el bullicio de la ciudad, y le devolvió la mirada a Amelie con una devoción que no intentó disimular en lo más mínimo.
— Tómalo como parte de nuestro trato — le expresó Adrián, con una sonrisa de medio lado mientras ladeaba ligeramente la cabeza y el sol de la tarde le iluminaba los ojos —.
Caminaron por un par de calles esquivando a la gente hasta que llegaron a una cafetería pequeña y acogedora de fachada de madera, un refugio perfecto para apartarse de la gente. El lugar tenía un aroma embriagador a granos tostados y vainilla. En cuanto encontraron una mesa junto a la ventana.
Adrián se adelantó con un movimiento rápido, retiró la silla de madera y esperó a que Amelie tomara asiento, acomodándola con delicadeza cuando se deslizó hacia el frente.
— Gracias — le agradeció Amelie, regalandole una gran sonrisa.
— No hay de qué — contestó él, tomando asiento justo enfrente de Amelie.
«Respira, Adrián, no hagas tonterías», se repetía a sí mismo por dentro, tratando de frenar los nervios incontrolables de tener frente a frente a la mujer que ocupaba todos sus pensamientos, mientras hacía un esfuerzo gigantesco por no parecer un adolescente en su primera cita.
Poco después un mesero se acercó a la mesa con las cartas en la mano.
— Yo quiero un taro, por favor — pidió Amelie, cerrando el menú y devolviendoselo al mesero.
— Y para mí, un café negro, solo — añadió Adrián con absoluta seguridad.
— ¿Y de postre? ¿Van a querer algo para acompañar? — preguntó el mesero con una sonrisa amable.
— Un pay de queso con zarzamora para compartir — hablaron los dos al mismo tiempo, lo que hizo que se les escapara una risa cómplice.
Cuando el mesero se retiró con la orden, Adrián apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos mientras intentaba mantener a toda costa su habitual porte serio e imperturbable. Sin embargo, los ojos le brillaban con una intensidad inusual y un leve temblor en la comisura de los labios delataba los nervios que lo devoraban por dentro ante este reencuentro.
— Entonces... — rompió el silencio Amelie, arqueando una ceja con una sonrisa —. ¿De verdad viniste al centro solo por una casualidad, o tenías algún tipo de radar propio hoy?
Adrián soltó una risa baja, negando con la cabeza mientras se acomodaba mejor en la silla, como si el simple hecho de tenerla enfrente lo tuviera hipnotizado.
— Te juro que fue pura y absoluta casualidad, Amelie — respondió él con una media sonrisa, aunque un brillo travieso en sus ojos delataba que no estaba siendo del todo honesto —. Digamos que el universo decidió ponerse de acuerdo conmigo por una vez en la vida.
— ¿El universo? — repitió Amelie soltando una carcajada suave, negando con la cabeza mientras me acomodaba mejor en la silla —. Mira que echarle la culpa a las estrellas de que hayas aparecido justamente en la librería y a la misma hora...
Adrián se inclinó un poco hacia adelante sobre la mesa, apoyando los codos y acercándose a Amelie con una mirada fija y cálida.
— Llámalo destino, casualidad o como prefieras — replicó él, bajando la voz en un tono tan íntimo que logro que el ruido de alrededor desapareciera por completo solo por un momento —. Pero no pienso quejarme del resultado.
Amelie tragó saliva con difícultad al tener a Adrián tan cerca, la hacía sentir como si estuviera flotando. Bajó la mirada un segundo hacia el borde de la mesa, intentando calmar los nervios.
— Bueno... supongo que el universo a veces se compadece de los que andamos buscando un respiro — murmuró Amelie con una sonrisa tímida, volviendo a levantar los ojos hacia él —. Aunque sigues sin convencerme del todo, detective.
Adrián soltó una carcajada suave, recostandose con más comodidad en el respaldo de la silla.
— No tienes que creerme, solo déjate llevar por la casualidad un ratito — respondió Adrián con un tono ligero y relajado, —. A veces las mejores historias empiezan justo cuando uno deja de buscarle explicaciones a todo.
«Tan solo quédate aquí, disfrutando de la tarde un momento conmigo, sin pensar en nada más», pensó Adrián con una tranquilidad repentina, saboreando el simple hecho de tener enfrente a Amalie.
Poco después el mesero se acercó con una bandeja nos entregó nuestro pedido, un reconfortante taro frío para Amelie, el café negro que Adrián había pedido, y una rebanada generosa de pay de queso con zarzamora que quedó justo en el centro, con la mermelada brillante chorreando con una tentación innegable.
— Muchas gracias — dijeron ambos al unísono, sonriéndole al chico antes de que se retirara a atender otra mesa.
Su plática fluía con calidez, ligera, sin ninguna intención oculta ni segundas intenciones de por medio; solo eran ellos dos, disfrutando del momento sin la presión de las pantallas, y, olvidando un momento sus vidas atareadas.
Sin embargo, bajo la superficie de la aparente tranquilidad, Adrián no podía evitar sentirse extrañamente abrumado.
Había imaginado ese momento tantas veces desde aquel tonto choque en la banqueta que dio inicio a todo, imaginando mil escenarios posibles en la soledad de su despacho.
«Es mil veces mejor...», pensaba mientras la escuchaba hablar, con el pecho comprimido por una mezcla de asombro y nervios. «Después de varios meses de lejanía, de hablarle únicamente a través de una pantalla fría, ahora la tengo aquí, a escasos centímetros, compartiendo un café».
Pero, ninguna fantasía en la cabeza de Adrián le hacía justicia a la forma en que el vapor de su taza se mezclaba con el aire, ni a la manera en que el sonido de la risa de Amelie llenaba los huecos del lugar.
«Por el momento para ti soy solo un amigo con el que puedes charlar un rato», pensó Adrián en un fugaz destello de vulnerabilidad, sintiendo un leve peso en el pecho al dimensionar la distancia que aún existía entre su realidad y lo que vivía Amelie. Pero ese pensamiento se desvaneció de inmediato en cuanto la vio sonreír, iluminada por la luz de la tarde que entraba por el ventanal. «Pero para mí eres lo mejor que me ha pasado en años. Y no pienso perderte...soy tuyo, completamente tuyo.»
— Y dime, tú ya sabes mi situación, así que... ¿estás casado, soltero? — preguntó Amelie de repente, mirándolo fijamente con una curiosidad sincera.
Adrián dejó la taza sobre el platillo con lentitud. La sonrisa relajada que tenía se desvaneció, reemplazada por una sombra de tensión al recordar el pasado, la pregunta pareció tomarlo por sorpresa un segundo, pero la sombra de una amargura sutil cruzó su mirada antes de responder.
— Divorciado — respondió Adrián con la voz baja, y cuando empezó a hablar de su divorcio, de cómo encontró a Camila en su cama con otro hombre, lo hizo con una sinceridad descarnada que pocas personas habían escuchado de él.
Con una sinceridad cruda, de esas que pocas personas habían escuchado de él, Adrián comenzó a hablar de su divorcio y de cómo encontró a Camila en su propia cama con otro hombre, y lo difícil que fue su divorcio.
— Fue difícil aceptar que alguien en quien confiaba tanto pudiera hacerme daño — admitió Adrián, bajando la vista un momento hacia su taza de café con los nudillos ligeramente blancos.
Amelie lo escuchó con atención absoluta, sin interrumpirlo, dejando que el peso de su confesión flotara entre ellos.
— Lo siento... nadie debería pasar por eso — dijo Amelie con genuina tristeza, suavizando el tono.
La respuesta de Amelie lo sorprendió. No intentó comparar su dolor con el de ella ni minimizar lo que había vivido con frases hechas; simplemente reconoció su herida, validando el peso de su historia. Ambos se entendían a la perfección, porque tenían una situación dolorosamente similar: cargaban con el peso de matrimonios rotos, solo que él sí había logrado cruzar la línea del divorcio mientras Amelie todavía seguía atada a ese proceso.
— Gracias, Amelie — murmuró Adrián, con una gratitud genuina iluminandole la mirada —. Saber que tú realmente lo entiendes... significa más de lo que imaginas.
Adrián se quedó en silencio, con la mirada fija en Amelie, quería decirle muchas cosas.
Quería preguntarle cómo había tenido que soportar tanto con Sergio, quería decirle que merecía algo mejor, pero sobre todo le quería ofrecerle su ayuda.
Pero se contuvo.
«¿Por qué demonios tuviste que soportar tanto con alguien como Sergio?», se repetía a sí misma su cabeza, sintiendo una rabia sorda e injusta hacia el pasado que me había lastimado. «Mereces el mundo entero, mereces que te miren como si fueras el tesoro más valioso e inalcanzable. Quiero sacarte de ahí, quiero ofrecerte mi ayuda, mis manos, un refugio donde nadie vuelva a hacerte daño nunca».
Las palabras le ardían en la punta de su lengua, urgentes y protectoras, rozando el borde de sus labios. Pero entonces, un destello de cordura lo detuvo. Vio la fragilidad con la que Amelie se sostenía frente a él y comprendió algo esencial.
Porque comprendió, con una lucidez extraña, que ese momento no se trataba de jugar al salvador ni de rescatarla de sus propias batallas. No era el momento de las soluciones precipitadas ni de los rescates heroicos.
— Hay silencios que pesan más que cualquier discusión, ¿verdad? — dijo finalmente Adrián, eligiendo la cordura en lugar del impulso, mientras su mirada se clavan en la de Amelie con una ternura contenida. — A veces, lo único que necesitamos es que alguien se quede sentado al borde del abismo con nosotros, sin intentar construir un puente de inmediato.
«Solo déjame estar a tú lado», añadió Adrián en silencio, mientras se acomodaba en su silla cruzando los brazos despacio para no abrumarla.
Amelie parpadeó un par de veces, sacudiéndose de golpe el pequeño trance en el que se había sumido en la intensidad de sus palabras, y decidió cambiar el tema antes de que el peso del pasado terminara por arruinarles la tarde.
— No hablemos de cosas tristes — le contestó Amelie, ladeando la cabeza con ligereza —. El día es demasiado bonito y, la verdad, no hay que desperdiciarlo en tristezas.
Y esa sonrisa volvió a aparecer en los labios de Amelie. La misma que a él tanto le encantaba, esa que tenía el poder exacto de desarmar al imponente Adrián Valmont en cualquier momento
Adrián contuvo la respiración por un segundo, y cuando la sonrisa se reflejó en el rostro de Amelie, una exhalación suave y rendida escapó de su pecho. Sus hombros cayeron, aliviados por el giro repentino, y la intensidad de sus ojos ámbar se ablandó hasta convertirse en pura fascinación.
— Tienes toda la razón — respondió él, dejando escapar una suave risa baja mientras se recostaba con más comodidad, disfrutando del giro de la conversación —. Que atrevimiento de mi parte intentar deprimir una tarde tan perfecta. Prometo enmendar mi error.
«¿Cómo demonios lo haces? ¿Cómo puedes pasar de la vulnerabilidad absoluta a iluminarlo todo con una sola sonrisa?». Pensaba Adrián mientras sus ojos se detenían un instante en sus labios, mientras un impulso repentino y feroz le recorría el cuerpo. «Dios... lo único que quiero ahora mismo es inclinarme más sobre esta mesa, olvidarme de todo lo demás, y besarte hasta borrar cualquier rastro de tristeza que hayas conocido».
Así que cambiaron de tema.
Hablaron de libros, gustos, cosas cotidianas, pequeñas historias sin importancia que, para Adrián, terminaron siendo más interesantes que muchas reuniones importantes, mientras anotaba mentalmente sobre cada cosa que le gusta a Amelie.
Pero, como si le hubieran dado cuerda a Amelie, o alguien hubiera pulsado un botón invisible en su interior, su mente olvidó cualquier rastro de timidez y comenzó a hablar sin control, hilando una anécdota tras otra sobre cosas sin la menor importancia.
— Es que no entiendes — le decía Amelie, gesticulando con las manos mientras un rayo de energía repentina le iluminaban los ojos —. El otro día me puse a pensar en qué pasaría si un elfo oscuro se encontrara de pronto en una oficina moderna teniendo que lidiar con Excel; o sea, colapsaría en cinco minutos, pero créeme que organizaría las juntas a punta de ballesta. Y hablando de cosas absurdas, ¿ Has visto como que los perros parecen juzgarte? Te juro que si tuviera un perro me miraría como si me fuera a dar una charla motivacional cada vez que pongo una playlist dramática...
Adrián se quedó completamente inmóvil, con la taza de café suspendida a medio camino de sus labios. No dijo una sola palabra para interrumpirla.
«Dios bendito...», pensó Adrián, conteniendo una carcajada, completamente embaucado por el torrente de palabras que brotaba de sus labios y como explicaba con tanta dedicación sin la menor pausa.
«Por lo que más quieras... no pares de hablar», súplicaba Adrián en su mente, haciendo un esfuerzo sobre humano para que su mirada no delatara su fascinación por ella, «Podría pasar el resto de mi vida entera sentado aquí, viéndote, admirarte y escuchandote decir tonterías con esa pasión absurda, y jamás me aburriría. Eres todo lo que ni siquiera sabía que estaba buscando».
— ...Y lo peor es que compré una planta la semana pasada y ya le estoy hablando como si fuera mi compañera de piso, ¿tú crees que estoy perdiendo la cabeza? — remató Amelie por fin, soltando una risita al darse cuenta de lo rápido que había divagado.
Adrián dejó la taza sobre el plato con calma, apoyó la barbilla en la palma de su mano, mirándola con una fascinación tan transparente que quemaba, y negó con la cabeza mientras una sonrisa suave y cómplice se le escapaba sin remedio.
— No estás perdiendo la cabeza Cherry, solo estás siendo tú — respondió él en voz baja, con un tono tan cálido que parecía una caricia —.
A Adrián le encantaba escucharla reír; ese sonido despreocupado y cristalino que rompía con cualquier rastro de tensión acumulada.
Le fascinaba descubrir detalles de Amelie que no estaban escritos en ninguna parte: la forma en que fruncía ligeramente la nariz cuando algo le parecía exagerado, el brillo travieso en sus ojos al contar una anécdota absurda, o los pequeños gestos espontáneos con las manos que revelaban su entusiasmo mucho antes de que lo decían sus palabras. Esos matices íntimos, invisibles para cualquiera, pero para Adrián se habían vuelto su tesoro favorito.
Cuando el sol comenzó a descender y llegó el inevitable momento de despedirse, ambos se quedaron en completo silencio al mirar las manecillas del reloj. Se sorprendieron de que el tiempo hubiera pasado tan increíblemente rápido, evaporandose entre risas, historias de libros y las tazas de café tibias de Adrián que ya se habían enfriado por completo y los frappé de Amelie que terminaron derretidos.
El trayecto de regreso se sintió demasiado corto, descendiendo por las cuadras que los habían llevado al café. Cada paso sobre la banqueta parecía empeñarse en acortar el camino, convirtiendo el trayecto en una prórroga involuntaria de una tarde que ninguno de los dos quería clausurar.
— Se supone que solo nos tomaríamos un café rápido — murmuró Adrián con una media sonrisa nostálgica, reacio a ponerle punto final a la tarde —. Creo que tu reloj y el mío se pusieron de acuerdo para robarnos las horas.
— Aunque, pensándolo bien, ha sido el mejor robo de tiempo que he tenido en semanas. — le confesó Amelie, mientras le sonreía con ternura.
Pero, por mucho que alargaron los pasos y detuvieran la marcha a mitad de la banqueta para rematar cualquier ocurrencia, llegaron al punto exacto donde las rutas se dividían y cada uno tenía que tomar rumbos diferentes para regresar a su respectiva rutina.
«No quiero que te vayas», pensó Adrián con una punzada de frustración, sintiendo que cada segundo a su lado se había vuelto un bien demasiado escaso. «Quiero llevarte a cenar, quiero seguir escuchándola hablar de cualquier tontería, quiero que este día no tenga final».
Sin embargo, Adrián se contuvo de pedirle que me quedara un rato más. Sabía que debían irse, que la realidad exterior los esperaba con sus puertas abiertas, pero también sabía que algo fundamental había cambiado entre ellos en esas pocas horas.
Se quedaron allí, de pie frente a frente en la esquina de la calle, suspendidos en ese espacio donde el bullicio de la ciudad parecía difuminarse por completo. Ninguno de los dos parecía tener la menor intención de dar el primer paso para alejarse, como si al cruzar esa línea invisible de la despedida tuviera que regresar a realidades que de repente se sentían demasiado pesadas.
«Mírala...», pensaba Adrián con el pulso acelerado, perdiéndose por completo en esos grandes ojos cafés oscuros de Amelie. «Podría perderme en esos ojos el resto de mi vida y jamás buscaría la salida. Tienen todo el universo guardado, una profundidad que me hacen olvidar mi propio nombre. ¿Cómo se supone que me dé la vuelta y te deje marchar ahora, cuando lo único que quiero es seguir mirándote así para siempre?».
«¿Por qué me pasa esto?», pensaba Amelie, sintiendo un nudo extraño y tibio en la boca de su estómago mientras el silencio se alargaba entre ellos. «No entiendo por qué siento que no quiero irme».
— Creo que... este es nuestro cruce — susurró Amelie con una sonrisa tímida, rompiendo por fin la quietud, aunque sus pies se negaban a obedecer la orden de dar media vuelta.
Adrián ni podía apartar la mirada de los ojos de Amelie, estaba completamente hipnotizado ante ellos - y, ante ella -.
«Hay algo en tus ojos que no sé explicar bien», pensaba Adrián completamente embelesado, perdiéndose en el reflejo de la mirada de Amelie como si fuera el único refugio que tiene después de mucho tiempo.
«Siento una paz tan absoluta, tan profunda, que por primera vez en años no necesito buscar respuestas en ninguna parte. Solo sé que, al encontrarte, estoy exactamente donde quiero estar; en el único lugar al que, por fin, pertenezco».
— Sí, supongo que este es el cruce — respondió él, con la voz un tono más bajo de lo habitual, cargada de una resistencia evidente —.
Sin embargo, antes de que cualquiera de los dos diera el paso para alejarse, la expresión de Adrián cambió, iluminandose con un destello de absoluta determinación. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, sacó su celular y lo extendió hacia ella con total naturalidad, aunque sus dedos le temblarán apenas un segundo.
— Me das tu número, por favor — añadió Adrián en voz baja, mirándola fijamente a los ojos mientras le entregaba el celular con la pantalla lista para guardar el contacto —. Prometo no escribirte a las tres de la mañana para hablar de libros oscuros... a menos que tú empieces.
Amelie soltó una risa suave, con las mejillas ligeramente tibias, tomó el celular para teclear su número con calma. Después de devolvérselo y ver cómo él hacía lo mismo con el de ella, guardando su nombre de inmediato, el celular de Amelie vibró casi al instante con una llamada perdida de prueba.
Un destello de triunfo tranquilo iluminó la mirada de Adrián al ver que ya estában conectados.
— Listo — dijo él, guardando su celular con un aire de satisfacción, aunque la urgencia de irse seguía sin aparecer por ninguna parte.
— Hasta luego, Adrián... — murmuró Amelie con un hilo de voz agudo, obligándose a romper el hechizo que los retenía en esa esquina.
— Hasta luego... — murmuró él, con la voz rota por un amago de ruego que apenas tuvo fuerzas para contener.
Al verla dar media vuelta, Adrián sintió que el suelo se le movía bajo los pies.
«No te vayas. Volteate otra vez, como aquella vez que chocaste conmigo hace meses. Quédate un poco más», suplicaba Adrián en silencio, mientras la veía alejarse paso a paso por la banqueta. Quiso correr tras ella, atraparla del brazo y obligarla a romper los planes, a inventar cualquier excusa absurda para alargar la tarde. Pero se quedó en la esquina, inmóvil y el pecho comprimido por una mezcla de vértigo y devoción absoluta. «Maldición... ya estoy totalmente perdido por ti, y apenas es el principio».
Adrián se quedó allí de pie unos segundos más de los necesarios, exhalando un suspiro lento, sabiendo con una certeza aterradora y hermosa, que, pase lo que pasase, ya no había marcha atrás.
«¿Qué demonios estás haciendo?», se repetía Adrián en silencio, mientras el eco de sus propias palabras aún flotaban en el aire.
— Cherry, Te conocí demasiado pronto para poder tenerte y demasiado tarde para no quererte. — susurro Adrián para sí mismo — Quizá eso significa encontrarse a destiempo:
llegar cuando el corazón ya eligió, pero la vida todavía no.
Adrián se pasó ambas manos por su rostro con un gesto de frustración y derrota absoluta, despeinándose el cabello con torpeza mientras una sonrisa incrédula y temblorosa se dibujaba en sus labios.
— Estoy completamente enamorado de ti, Cherry... — se confesó por fin, soltando la frase con una mezcla de vértigo y alivio, como si sostener ese secreto un segundo más fuera a asfixiarlo por completo.
Y por primera vez en mucho tiempo, esa revelación no le asustó en lo más mínimo; al contrario, le devolvió la vida.
Ya no había excusas, ni dudas, ni escudos que valieran. No importaba el desastre de su pasado, ni el miedo a volver a apostarlo todo. Su mente y su corazón habían tomado una decisión mucho antes de que él pudiera frenarlos. Estaba perdido, rendido y cautivado hasta los huesos por Amelie, su risa, por sus rarezas, por la forma en que iluminaba su mundo con una sola mirada.
Al gran Adrián Valmont Reyes se enamoró de una mujer que no era libre por el momento, con una vida nada sencilla, donde Amelie había aprendido a sobrevivir en un matrimonio que dejó de sentirse como un hogar hace años, pero Adrián estaba dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario, dispuesto a demostrarle que después de años sobreviviendo, le demostrará que todavía merece ser feliz y amada.
Pero Adrián sabía que, antes de dar cualquier paso hacia adelante, antes de atreverse a confesarle lo que sentía, tenía que arrancar de raíz la mentira que había sostenido desde el principio - el perfil falso y el ocultar su verdadera posición -.
«Tengo que decírselo», se prometió con una mezcla de vértigo y urgencia, sabiendo que el precio de su cobardía inicial podría ser perderla para siempre en el momento en que ella descubriera que el hombre del que empezaba a tenerle confianza, le había mentido desde el primer día.
Adrián sabía que no podía seguir ocultándose. El amor que acababa de admitir para sus adentros era demasiado puro, demasiado grande, como para sostenerse sobre los cimientos podridos de una mentira. Si quería una oportunidad real con Amelie, si quería tener derecho a besar sus labios como tanto deseaba, tenía que despojarse de su mentira.
La verdad iba a estallarle en las manos en cualquier momento, y lo único que rogaba al cielo era que el peso de su pasado no terminara costandole el futuro que tanto deseaba formar con su Cherry.
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