Capítulo 10 de 13
Conforme pasaban los días, el chat entre Adrián y Amelie se había transformado en un terreno seguro, un espacio donde el tiempo parecía detenerse y las paredes de la realidad de ambos se desvanecían por un instante. Sus mensajes ya no se sentían como los de un extraño, sino como la parte más honesta de sus jornadas.
Chat de Amelie:
«A veces me sorprende lo fácil que es hablar contigo. Es como si te conociera desde antes de chocar contigo en esa oficina.»
Del otro lado, el chat de Adrián, acompañado de esa calma que lograba transmitirle incluso a kilómetros de distancia.
Chat de Adrián:
«Me pasa exactamente lo mismo, Amelie. Es curioso cómo, a veces, un completo desconocido termina sabiendo más de lo que uno le muestra al resto del mundo.»
Chat de Amelie:
«Aunque... me da curiosidad. Me has escuchado contar toda mi vida, mis frustraciones y mis enredos, pero sigues siendo un misterio en muchos aspectos.
Ocultas algo, Adrián Reyes? 🤭»
Adrián soltó una carcajada silenciosa al leer su reproche velado, sintiendo el impulso de querer acortar la distancia física que los separaba.
Chat de Adrián:
«¿Yo? ¿Ocultar algo? Qué imaginación tienes, Amelie 😂 Simplemente prefiero leerte. Me interesa mucho más lo que tienes que decir tú que hablar de mi aburrida rutina de oficina.»
Los días se convirtieron en un ritual silencioso. A medida que las horas avanzaban y la casa se sumergía en el sueño, o en los ratos libres que ambos tenían, el teléfono vibraba suavemente, convirtiéndose en el único puente hacia un mundo donde Amelie no era una sombra invisible.
Hasta que una oportunidad se presentó y Adrián no dejaría pasar.
Era un viernes por la noche cuando la pantalla del teléfono parpadeó en la penumbra de su habitación.
Chat de Amelie:
«Mañana al mediodía iré al centro a caminar un poco, necesito salir un rato. y buscar unos libros. A despejar la cabeza, aunque sea un par de horas.»
Chat de Adrián:
«¿A qué hora exacta vas a estar por el centro, Amelie? »
Chat de Amelie:
«No lo sé... tipo doce, o un poco más tarde, ¿Por qué la pregunta tan específica?»
Chat de Adrián:
«Por nada... solo cuídate mucho por allá»
Lo que Amelie no sabía, lo que ni remotamente alcanzaba a imaginar en ese momento, era que Adrián ya tenía la mente puesta en ese mismo centro, en esa misma hora, y en una coincidencia perfectamente planeada que estaba a punto de dejar de ser casualidad.
*******************
El aroma del café negro impregnaba la cocina moderna. Adrián ni siquiera se había sentado a desayunar; tenía la taza humeante en la mano mientras revisaba la hora en su reloj con una impaciencia impropia de él.
— ¿A dónde vas con tanta prisa, Adrián? Ni siquiera tocaste el pan — preguntó Elena, una mujer de cincuenta años con la autoridad moral que le daban tres décadas cuidando de él.
Elena cruzó los brazos desde el umbral, observándolo con el ceño fruncido y esa familiaridad de quien lo conoce desde que era un muchacho de veinte años.
Elena no era simplemente la encargada de la casa; era su mano derecha, su confidente y una de las poquísimas personas - la única - en el mundo que podía regañarlo a la cara sin que él se atreviera a levantar la voz. Había visto pasar por esa casa sus mejores épocas, sus fracasos, el infierno de su matrimonio anterior, el divorcio y el muro de hielo que Adrián había levantado alrededor de su corazón tras ser traicionado.
Adrián detuvo el paso un instante, suspiró y dejó la taza sobre la isla de la cocina, intentando mantener la compostura bajo la mirada inquisitiva de la mujer.
— Tengo un asunto que atender fuera, Elena. Algo importante — respondió Adrián con voz controlada, esquivando sus ojos.
Elena ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos con duda mientras lo analizaba, notando la chispa inusual en su mirada.
— ¿Asunto importante? — le recriminó Elena con tono seco, dando un paso al frente, — un asunto que te tiene sin desayunar —.
Elena lo miró en silencio unos segundos más, midiendo la expresión de su muchacho, antes de negar con la cabeza, soltando un suspiro que mezclaba el regaño y la más profunda complicidad.
— Pues ve con cuidado, y no hagas tonterías que luego no puedas sostener — lo despidió Elena con voz suave.
Adrián asintió con una media sonrisa, dio media vuelta y salió de la casa con el pecho latiéndole a un ritmo que no sentía desde hacía una eternidad.
Mientras conducía sus manos aferraban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, la velocidad real ocurría dentro de la cabeza de Adrián.
«¿Qué estoy haciendo?», se repetía una y otra vez, con el eco de sus propios pensamientos. «Es una locura. La ciudad es enorme, las calles están abarrotadas... las probabilidades de que cruce justo frente a ella son casi nulas. ¿Y si no la encuentro? ¿Y si se arrepintió de salir y se quedó en su casa? ¿Y si me ve y piensa que soy un lunático obsesivo merodeando por su zona?»
— Voy a encontrarte, Cherry... tengo que hacerlo — murmuró Adrián en voz alta dentro de su automóvil, como si al decirlo en voz alta pudiera obligar al destino a encontrarlos.
El motor se apagó en cuanto Adrián estacionó el auto en el primer estacionamiento libre que encontró. No esperó ni un segundo; bajó de prisa, adentrándose en el bullicio del centro.
El calor del mediodía y el murmullo de la gente se desvanecieron frente a la única obsesión que ocupaba su mente. Caminaba por las aceras adoquinadas con la vista fija en la multitud, girando el cuello a diestra y siniestra, escaneando cada rostro con una urgencia desesperada. Buscaba una seña particular, un detalle inconfundible entre tantas cabezas, buscando desesperadamente aquel corte de cabello tan único de Amelie: el undercut bob corto rojo, rapado de un lado, un detalle que había grabado a fuego en su memoria desde la primera vez que la vio.
«¿Dónde estás?», se repetía Adrián en un susurro áspero, pasando de largo junto a puestos callejeros, escaparates sin prestarles la más mínima atención.
Las piernas de Adrián no se detenían. Dio vuelta en una esquina, abriéndose paso entre los transeúntes con la mandíbula tensa, aferrado a la ciega esperanza de que el destino, por una sola vez, decidiera jugar a su favor.
Adrián camino tanto hasta que se detuvo en la esquina de una calle, exhalando un suspiro denso mientras pasaba una mano por su cabello, convencido de que la idea de buscarla en medio de entre tanta gente había sido una estupidez monumental.
«Es una estupidez», pensó con amargura, negando con la cabeza mientras exhalaba un suspiro pesado. «¿Qué creía? ¿Que la vería caminando entre tanta gente como si el universo fuera a confabular a mi favor?»
Cuando sus esperanzas de encontrar a Amelie estaban por morir, un presentimiento sordo, un latido más fuerte de lo normal, lo hizo girar el rostro hacia la acera de enfrente, donde se encontraba la fachada de una librería.
Y entonces, la vio.
Ahí estaba, de pie justo frente a la puerta de cristal, vestida con unos pantalones de mezclilla claro, una blusa de manga larga amarilla ajustada a sus curvas, una singular pequeña mochila con pines y llaveros de diferentes estilos y colores, pero ese inconfundible cabello corto rojo rebelde que se movía al ritmo del viento. No había duda; era ella, su Cherry.
— Te encontré... al fin puedo verte, Cherry — murmuró Adrián para sí mismo, sintiendo que el aliento se le atragantaba en la garganta y que el corazón le latía tan fuerte que le costaba respirar.
Y bastó sólo con verla para que la dureza de su mirada se quebrara en un instante. Solo hizo falta tenerla cerca para que la severidad de sus ojos se desvaneciera, dejando escapar una ternura que, hasta entonces, se había empeñado en ocultar.
Adrián se quedó paralizado en la acera, con los pies clavados en el pavimento mientras una tormenta de dudas le estallaba en la cabeza.
«¿Qué demonios estoy haciendo? Si cruzo ahora mismo y me ve, voy a arruinarlo todo. Va a asustarse, va a pensar que estoy loco o que la estoy vigilando, y la perderé para siempre», se debatía Adrián por dentro, dando un paso al frente y luego otro hacia atrás, con la mano aferrada al marco de su saco. «No debo acercarme. No es el momento, pero, si no lo hago, cuándo podré verla de nuevo».
Pero la fuerza que lo había empujado hasta el centro de la ciudad pudo más que la prudencia. Al verla entrar tras la puerta de cristal de la librería, la idea de quedarse a mirar desde la distancia desapareció por completo.
— A la mierda con la prudencia — se dijo con la mandíbula tensa y los ojos fijos en el umbral.
No lo pensó más, y atravesó la calle sorteando los autos con paso firme ignorando por completo el semáforo en luz verde, empujó la puerta de la librería y se adentró, dispuesto a descubrir qué se sentía, por fin, tenerla frente a frente.
Adrián cruzó el umbral y se detuvo un instante para dejar que sus ojos buscarán lo único que le importaba de entre los pasillos repletos de libros.
No se acercó.
No buscó llamar su atención ni cruzar miradas.
Simplemente comenzó a caminar unos cuantos pasillos más atrás, manteniendo una distancia prudente y calculada para no espantarla.
Desde ese rincón discreto, sus ojos se posaron en ella.
«Cherry...», pensó, sintiendo que un nudo invisible se le formaba en la garganta mientras la observaba hojear un libro.
Adrián noto el cansancio en el rostro de Amelie, era evidente para alguien tan observador como él. No se trataba de que ella se viera mal, sino de los pequeños rastros de agotamiento que una persona común pasaría por alto, pero para él, con los sentidos alerta, capturó de inmediato: la forma en que los hombros se le encorvaban ligeramente al sostener el libro, las ligeras sombras tenues bajo sus ojos y la expresión contenida de alguien que llevaba demasiado tiempo cargando responsabilidades ajenas sobre la espalda. En su rostro esas pequeñas imperfecciones humanas que en lugar de alejarlo, le rompían el alma y lo hacían querer envolverla en un refugio seguro.
No se acercó.
No pronunció su nombre ni buscó llamar su atención; la prudencia que tanto le estaba costado mantener lo ancló al suelo, recordándole que un paso en falso podía echarlo todo a perder.
Se limitó a caminar unos pasos más atrás, manteniendo una distancia prudente mientras la veía caminar distraída entre los pasillos.
Y entonces la vio sonreír.
Esa pequeña sonrisa genuina, la misma que tanto le encantaba desde aquel momento donde meses atrás habían chocado y ella se detuvo únicamente para sonreírle, y que tanto le gustaba contemplar también a través de las fotos mediante sus redes sociales, se dibujó en sus labios al encontrar el libro que buscaba.
Al verla, un dolor agudo y dulce le apretó el pecho a Adrián.
— Maldición, esa sonrisa, cada vez que sonríes así, me vuelves loco Cherry — murmuró Adrián para sí mismo, deteniéndose un instante al ver cómo la luz de las lámparas reflejaba su cabello rojo.
— Tan hermosa... y tan lejos del alcance de mis manos en este preciso instante — susurró apenas moviendo los labios, con una sonrisa triste y rendida —. Pero qué daría por ser el único dueño de esa sonrisa cada día de mi vida.
«Quiero abrazarte, quiero atraparte y sacarte de aquí ahora mismo.», pensaba, con la mandíbula tensa y el pulso acelerado, «Quiero enterrar mi rostro en tu cuello, respirar tu aroma hasta grabármelo en la piel y llevarte a un lugar donde nadie más pueda mirarte, donde solo existamos tú y yo para cuidarte como mereces.»
Perdido en sus propios pensamientos, Adrián avanzó un paso más sin calcular la distancia, dejándose arrastrar por la tentación de tenerla cerca.
Fue un segundo, un parpadeo distraído.
Amelie giro dispuesta a cambiar de pasillo, y, de repente, el aire pareció evaporarse del pasillo entero, ahí estaba él, el mismo Adrián Reyes estaba frente a ella.
Adrián contuvo el aliento de una forma tan abrupta que le dolió el pecho. No podía apartar los ojos de los de Amelie; estaba completamente perdido en ese bello abismo, incapaz de procesar otra cosa que no fuera la cercanía de su rostro, el calor sutil que emanaba de su piel y la locura hermosa de tenerla por fin frente a frente.
«No me apartes... por favor, no te alejes». Pensó Adrián con el corazón retumbándole en las sienes, sintiendo una mezcla de pánico y éxtasis puro. «Si supieras cuánto he soñado con este instante...»
El tiempo pareció detenerse entre los pasillos. Ninguno de los dos se movió; sus miradas se quedaron fijas, atrapadas en un imán invisible que desafiaba cualquier lógica.
— ¿Adrián...? — Amelie susurró su nombre, rompiendo el silencio denso que los envolvía, incrédula de tenerlo frente a ella.
Ese leve susurro, pronunciado su nombre en sus labios, fue la estocada final para terminar con el autocontrol de Adrián por completo .
El corazón de Amelie, que llevaba meses latiendo a la defensiva, a un ritmo cansado y agrio por los gritos de su día a día , dio un cambio tan violento que le dolió el pecho.
«No puede ser él... ¿Qué hace aquí?», se repetía Amelie frenéticamente en la cabeza, sentía que las piernas le temblaban y que el suelo bajo sus pies se volvía de pronto inestable.
«¿Eres tú de verdad?», pensó Amelie, apretando el libro entre su pecho con una mezcla caótica de incredulidad, vértigo y un asombro que le paralizaba su cuerpo por completo. «¿Cómo es posible? ¿Qué hace aquí, en esta librería, mirándome así, justo el día en que decidí salir a buscar un poco de aire?»
Un temblor sutil le recorrió las manos, y por un instante cruzó la mente de Amelie tenía el impulso de dar un paso atrás, de huir antes de que esa fantasía se volviera demasiado real y peligrosa. Pero la forma en que él le sostenía la mirada - sin presiones, sin exigencias, con una devoción silenciosa que le abrazaba el alma - la mantuvo quieta incapaz de moverse.
«Dioses, sus ojos...», continuó pensando Amelie, completamente perdida en el fondo de sus iris, donde parecía reflejarse una mezcla de alivio, temor y una calidez. « Está aquí. Conmigo. Ahora mismo.»
Amelie no podía apartar la vista de la de Adrián; se sentía hipnotizada, desnuda y, por primera vez en mucho tiempo, increíblemente viva, temblando, nerviosa, y, un poco asustada.
El silencio entre los pasillos de la librería se volvió absoluto, tan espeso que parecía tener peso propio. Ninguno de los dos se atrevía a dar un paso, a parpadear, a romper el hechizo, prisioneros del mismo terror irracional: el miedo de que, al menor movimiento, todo aquello desapareciera como humo y despertarán de golpe en la fría y dura realidad.
«Si esto es un sueño, juro que no quiero despertar jamás», pensó Adrián con desesperación, sintiendo que el pecho se le contraía dolorosamente ante la fragilidad del momento. «Tengo miedo de que una sola palabra rompa el hechizo, de que, se asuste y retroceda... Dios, es real, es hermosa, y está respirando frente a mí. Que el tiempo se detenga aquí, por favor, que se detenga exactamente aquí».
«¿Es real? ¿Es él de verdad, aquí, frente a mí, o me estoy volviendo loca de remate por tanto encierro?», la mente de Amelie retumbaba en su cabeza mientras el temblor en sus manos amenazaba con delatarla.
— ¿Adrián...? — susurró Amelie su nombre una vez más, con los labios temblando a causa de los nervios que estaban a nada de traicionarla.
«Si supieras las ganas que tengo de ignorar al mundo entero y besarte aquí mismo...», pensó Adrián con desesperación, sintiendo las manos temblorosas a sus costados, para evitar la tentación extrema de rodearle la cintura y atraparla contra su pecho.
— Hola, Cherry... — Adrián logró murmurar, con la voz extrañamente ronca, apenas un soplo de aire que cargaba con tiempo de anhelo reprimido.
Ninguno se movía. Bastaba un suspiro mal calculado, un paso en falso, para que la burbuja se rompiera y el mundo real volviera a aplastarlos. Pero ahí estában, suspendidos al filo de lo imposible, negándose a romper ese momento.
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