Capítulo 10 de 15
Julio 2008
Me adentré en el museo corriendo lo más rápido que podía, dejando de lado los gritos de Addam pidiendo que me detuviera, no pude mirar hacia atrás, algo me impulsaba a continuar y no parar.
Las paredes ardían de un rojo intenso, carcomiendo los retratos y devorando el ambiente. Cuadros cayendo y rompiéndose, otros quemándose lentamente, como si eliminaran la escena de un crimen.
Me detuve en medio de las salas, envuelto entre las llamas infernales; observando a mi alrededor, buscando algún indicio de aquel anciano que había visto antes.
De pronto, una silueta se movió hacia una sala de retratos, lo que me hizo seguirlo de cerca lo más que pude.
Había rostros que no pude vislumbrar, estatuas que no logré reconocer.
No había nadie a mi alrededor, solo el piso comiéndose a sí mismo y propagando su oscuridad; escombros en cenizas y ruinas.
Mi cabeza me comenzaba a dar vueltas, mi mente giraba en un torbellino que parecía succionarme de manera que quisiera llevarme a un abismo.
El café del lugar, los pergaminos con mil historias y gritos de desesperación resonaron en mi mente. Me dejé caer de rodillas y cubrí mis oídos ante las súplicas y llantos. Cerré mis ojos con rapidez y mis dientes con fuerza, implorando que esto terminara, una lágrima cayó de mi mejilla.
—Orpheus, ¿qué sucede?, no estás prestando atención. Padre se enojará si no estás cumpliendo con tus deberes.—
Ante aquella voz, abrí mis ojos y volví mi mirada hacia ella. Era un chico alto, mucho mayor que yo, pero joven. Tenía una mirada seria pero sincera y afectuosa. Vestía un traje azul oscuro, con hombreras doradas y guantes blancos cubriendo sus manos.
Tenía un gran parecido a mí, sin embargo, tan diferente.
«¿Qué?»
—Sí hermano— Mencionó alguien detrás de mí con voz penosa y baja.
Era yo, mucho más joven… un niño.
…Tenía cortes en mis muñecas y mi cabello recogido… algo andaba mal, la vibra era muy pesada, casi negativa.
Al acercarme más a mi yo joven, una regla golpeó contra la mesa en un ruido sordo.
—Dejen de hablar, tienen una nación que enorgullecer, no pueden holgazanear. ¿O quieren terminar como unos vagos que se ganan la vida en malditas estupideces?
—Yo… lo siento— Dijo el pequeño juntando sus manos temblorosas, llenas de diminutos cortes con telas.
—¡Cállate Orpheus!, no quiero escucharte hablar de nuevo, lee el maldito libro de una vez.
—Si señor.—
«¡Cómo te atreves a llamarme así!»
Mi voz no sonaba en la habitación, estaba hueca y ni siquiera salía de mi, solo existía en mi mente y nada más.
«¿Por Qué no puedo escuchar mi voz?»
Agarré mi cuello con un reflejo y toque mi boca, estaba cerrada, no podía hablar ni aunque quisiera.
—¡Orpheus!, no estás leyendo.—
—Pero me dijo que no hablara…—
—¡Qué no te escucho!—
La regla voló y chocó contra el costado del cuello de aquel niño de mi misma alma, haciendo un corte limpio en una herida, ni siquiera parecía un rasguño accidental.
«Por favor, sáquenme de aquí…¡Sáquenme de aquí!»
Los gritos de dolor comenzaron a intensificarse, al igual que aquel sonido chocando con rabia contenida, coraje, furia que ni siquiera era justificada.
«¡No, detente!»
El pequeño cayó al suelo, agarrando su cuello y presionando la herida con desesperación, escupiendo un líquido rojo de sus labios. Sus ojos cansados y sus quejidos amortiguados por las lágrimas.
«¡Basta!»
—¡Orpheus, no llores! Los hombres no lloran, levántate en alto… ¡Qué te levantes he dicho!
Aquella criatura intentó levantarse, pero fue recibido por un golpe en la pantorrilla, cortando su carne y dejándolo caer de nuevo.
«¡¡Saquenme de aquí!!»
El piso debajo de mí se quebró, dejándome caer en un hueco oscuro mientras gritaba con todas mis fuerzas e intentaba sujetarme a la nada, un vacío que no tenía final hasta que no pude ver mis propias manos.
La oscuridad, la nada misma donde soldados han caído, mucho más lejos de la muerte y peores destinos que un acantilado.
Me abrazo a mi mismo, con un charco de lágrimas en medio de un pasillo desconocido. Alfombra rubí, un corredor profundo y cortinas de seda en una habitación oscura a la que no le encuentro un final.
«¿Qué es este lugar?»
—Majestad, no podemos seguir negando que estas blasfemias son verdad.—
—¡No, me niego que sea realidad!—
Las voces hicieron temblar mi cuerpo, dejaron mis piernas flácidas y, mis dientes rechinando, no podía moverme, estaba petrificado.
Frente a mí, pasaban de largo el rey y un sacerdote mayor, que al verlo, me hizo hervir la sangre de rabia.
—Debe de dejar de mentirse a sí mismo, majestad. Si es verdad, nuestra nación puede caer y usted con ello.—
—¡Detente!, No quiero escuchar una palabra más sobre este asunto—
—Pero…—
—¡Es mi hijo, por todos los dioses!—
«¿Qué?»
Ambos hombres entraron a una sala al final del pasillo. Recolectando todas mis fuerzas, tomé valor y los seguí sin pensarlo.
Me pegué a la puerta para escuchar mejor su conversación, mi mano contra la madera fría y mi mente calculadora cuál rayo.
Solo murmullos atrapados contra la madera que no se permitían salir.
—Nash no es así…—
—No lo se, mi señor… no me confiaria mucho de él—
«¿De qué están hablando?... ¿qué está pasando?»
—¡Nash!— Escuché una voz gritar detrás de mí, pero al girarme no había nadie.
Al volver de nuevo a la puerta, esta se había alejado. Me levanté y la seguí, pero entre más corría, el pasillo se volvía más angosto, lo que no me permitía llegar. Tropece y me arrastré hacia ella lo más que podía.
—¡Nash!—
—¡Nash!—
—¡Nash!—
—¡NASH!—
Al último grito, algo me jalo bruscamente hacia atrás, levantándome del suelo.
***
Abrí los ojos de golpe y volví el rostro de un lado a otro, solo para encontrarme con la mirada preocupada de Addam.
—¿Qué sucede? Entraste de golpe—
—La sala… el rey… el sacerdote…—
—¿De qué hablas?, ¿te refieres al cuadro?—
Mi mirada observó el cuadro frente a mí, unos ojos entrecerrados y fijos en los míos con una mirada calculadora y fría, como un halcón, lo que me hizo respirar ansiosamente, me sudaban las manos y comencé a temblar en los brazos de Addam.
Aquel hombre en la pintura era mi padre, Odysseus Desmond Roosevelt.
—Ya no quiero estar aquí… no puedo—
Me solté de su lado y me encaminé hacia la salida, cubierta ahora por cenizas.
Al cruzar el umbral, me encontré con un gran grupo de personas reunidas junto a unos vehículos de colores rojo y blanco. Algunos heridos eran atendidos con premura, mientras otros aguardaban, aún conmocionados por lo sucedido.
Me aparté de la multitud y seguí el camino rojizo que se extendía ante mis pies.
— ¿Nash a donde vas?... ¿Estás bien?— Escuche decir a Addam detrás de mí. —Podemos hablar…—
—¡Déjame en paz!— Grite con un temblor en mi voz y empuje a Addam —¡No quiero verte, no quiero escucharte, solo quiero que me dejes solo!—
Addam parecía petrificado ante mis palabras, solo lo ignoré y me gire para irme.
***
Había caminado sin rumbo durante las últimas dos horas, hasta que llegué a la orilla de un extenso río. Seguí el curso de la corriente hasta dejarme caer sobre la hierba, donde un suspiro de alivio escapó de mis labios.
Hundí las manos en el agua cristalina, sintiendo cómo jugueteaba y se arremolinaba entre mis dedos con una pureza casi irreal.
Árboles de frondosas copas se alzaban en todas direcciones. Había llegado a un bosque que no existía en mis recuerdos. Sobre mí, el cielo comenzaba a teñirse de oro, rosa y lila, como si el día se despidiera con calma. No tardaría en anochecer.
Mis ojos se reflejaron en el agua, los veía cansados, abandonados por un alma alegre que parece irse poco a poco.
Mis rizos ondeaban con el leve viento, una briza que me consideraba una amiga.
— Ay Dios mío… ¿Qué debo hacer?...—
Cascadas cayeron por la porcelana craquelada de mi piel hasta llegar a mi barbilla, con una suave caricia antes de regresar al agua.
— No tengo ningún rumbo… ni siquiera sé quien soy… solo un objeto con una etiqueta que jamás debió ser. —
La luna abrazó el cielo, ocultando el brillo del bello atardecer para reconfortarme en su oscura paz.
Volví mi mirada hacia las estrellas, con mis ojos brillantes ahogados en penas, con mi mano en mi corazón pesado y confundido.
—¿ Madre?... Te pido que me des una señal… dime… ¿Qué es bueno para mí?—
Me quedé en silencio unos minutos, como si esperara una respuesta que no llegaría.
— Me siento… incomprendido… tengo a todos en mi contra y… siento que mi corazón se está rompiendo…—
Trague saliva con fuerza mientras mi pulso golpeaba mi pecho a toda velocidad.
—Se que no me puedes escuchar… o responder… Pero… por ahora quiero que sepas que aunque no recuerdo lo que pasamos juntos … sé que fuiste bondadosa y me amabas… así que por favor… guíame… no me dejes caer…—
***
Regrese al sendero que daba a la entrada del bosque, con pasos tranquilos y ligeros.
Me detenía para admirar la belleza de la luna y las hermosas flores que está iluminaba en medio de la tempestad.
En la entrada del lugar, pude vislumbrar a Addam sentado debajo de un árbol, dormido, abrazando al oso de peluche que él había ganado para mi.
La vista hizo que de mis labios tiraran una leve sonrisa. Me arrodille y aparté un mechón ondulado de sus ojos, que aunque cerrados, parecían contener la paz y calma de las nubes.
— Estuviste esperandome todo este tiempo…— Murmuré más para mi que para él.
Me senté a su lado y recosté la cabeza sobre su hombro, dejando que el fresco aire nocturno llenara mis pulmones.
Volví el rostro hacia él y lo contemplé en silencio.
— Gracias por esperarme… eres un angel.—
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