Capítulo 2 de 3
xx de septiembre de 2026
Alina
Las 5:47 de la mañana.
Lo sé sin mirar el reloj. Mis ojos se abrieron antes de que la luz gris del amanecer se colara por las persianas que todavía no había aprendido a cerrar del todo. Mi cuerpo tiene su propio reloj y ese reloj no entiende de descanso. Entiende los turnos de guardia, de cuántas horas puede permitirse una persona estar inconsciente o cuanto tarda en caer un cuerpo antes de agonizar.
Quince años en Rusia no le han enseñado otra cosa.
Me quedé mirando el techo un momento. El departamento estaba en silencio, el tipo de silencio que en otro contexto significaría que algo salió mal, que alguien cortó la electricidad, que había que moverse. Aquí solo significaba que eran las 5:47 de la mañana y que nadie necesitaba nada de mí o de mis servicios.
Eso todavía me costaba procesarlo.
Me senté en la orilla de la cama y recorrí la habitación con los ojos por costumbre. La puerta, ventana, ángulo ciego junto al armario. Todo en orden. Todo exactamente donde lo dejé. El departamento era amplio para ser de una sola persona, más de lo que necesitaba, pero Samara había insistido en que si iba a empezar desde cero tenía que tener espacio suficiente para respirar.
Necesitas espacio para respirar, Lina.
No le dije que no sabía cómo hacer eso.
Me levanté. Tomé la toalla del respaldo de la silla. No del gancho junto al baño, del respaldo de la silla, porque los ganchos visibles son el primer lugar donde alguien busca cuando entra a un cuarto — y entré al baño.
El agua caliente tardó unos segundos en llegar. Me quedé bajo el chorro hasta que los músculos cedieron un poco, hasta que el frío que siempre se instala entre los hombros durante la noche se disolvió lo suficiente para que pudiera mover el cuello sin que crujiera. Una ducha larga. Eso era algo que la gente normal hacía. Ducharse sin calcular el tiempo, sin tener el oído puesto en la puerta. Sin estar alerta.
Lo intenté.
Funcionó aproximadamente por seis minutos.
Salí, me cambié, y fui a la cocina. Todo estaba exactamente como lo había dejado la noche anterior. El vaso junto al fregadero, la taza de café a medias sobre el comedor que no había terminado porque a las once de la noche decidí que si tomaba más cafeína no iba a cerrar los ojos hasta el mediodía. Un par de paquetes vacíos en la encimera. Nada más.
La nevera confirmó lo que ya sabía: tendría que salir.
Genial…
Me quedé parada frente a ella un momento, mirando el interior como si mágicamente fuera a aparecer algo que no estaba ahí. En otro tiempo ese problema se resolvía de otra manera, había estructuras, había recursos, había gente cuyo trabajo era asegurarse de que los operativos tuvieran lo que necesitaban para funcionar. Ahora era yo sola frente a una nevera vacía a las seis de la mañana en Japón decidiendo si salir a comprar o seguir mirando el interior como si eso fuera a servir de algo.
Tomé las llaves.
El aire de la mañana era fresco y limpio de una manera que todavía me resultaba extraña. Sin olor a metal, sin humedad de sótano, sin sangre derramándose por todos lados, sin el frío particular de Moscú que se metía en los huesos de una manera que ningún otro frío del mundo lograba imitar. Uenohara a las seis de la mañana olía a ciudad despertando, a café de las tiendas de conveniencia con las persianas a medio subir, a lluvia reciente sobre asfalto.
Caminé hacia la tienda más cercana con las manos en los bolsillos.
Catalogué las salidas de la calle sin pensar. La furgoneta aparcada en el lado izquierdo llevaba ahí desde ayer, misma posición, mismo ángulo, sin señales de movimiento reciente. El hombre del puesto de flores en la esquina era el mismo de siempre, con el mismo delantal verde, acomodando crisantemos con la eficiencia de quien lleva años haciendo lo mismo a la misma hora. Una mujer joven con auriculares cruzó la calle sin mirar tenía un punto ciego, sin conciencia del entorno, el tipo de persona que en otro contexto habría sido un problema.
No era otro contexto.
Era Japón. Era martes. Era una mañana normal.
Esto es una mañana normal, me recordé.
Mejor entro a la tienda de una vez.
La tienda de conveniencia tenía esa luz blanca y constante que hace que todo parezca igual de importante los onigiris junto a las baterías junto a los paraguas desechables. Me moví por los pasillos con más lentitud de la que me salía natural, mirando las opciones como Samara me había dicho que hiciera. Tómate tu tiempo, Lina. No tienes que decidir en tres segundos. Nadie te está cronometrando.
Tomé un onigiri de salmón. Luego otro. Consideré las algas cocidas y decidí que no. Café, ese sí, sin negociarlo.
Justo entonces una pelota rodó hasta mis botas.
La recogí por instinto — objeto en movimiento, trayectoria controlada — y miré alrededor buscando el origen. No había nadie cerca. Me agaché y la sostuve en dirección al pasillo de donde había venido, y entonces apareció un niño de no más de cuatro años que se detuvo en seco al verme.
Me miró.
Su cara fue perdiendo el color de manera bastante notable.
Me giré para revisar qué había detrás de mí. Nada. Me volví hacia el niño, que seguía sin moverse, con los ojos muy abiertos y la pelota todavía en mi mano extendida hacia él.
Salió corriendo.
Me quedé un momento con el brazo todavía extendido, procesando lo ocurrido. Luego dejé la pelota en el suelo junto al estante más cercano y fui a pagar.
Quizás debí haberle dicho que no se corre en lugares cerrados. O quizás el problema era otro. No lo sabía con certeza, y eso me molestó más de lo que debería.
Salí a la calle con el café en una mano y el mochi que agarré en el último momento. El sol había subido un poco y la furgoneta seguía en el mismo sitio.
El teléfono vibró.
Vi el nombre en la pantalla y contesté.
—¡Hola! ¿Cómo está la persona más increíble y letal del mundo?
—Normal. Buenos días, Sam o debería decir jefa.
—Me haces sentir vieja cuando me dices jefa y me haces sentir ignorada cuando me respondes así de seca. —Una pausa dramática—. Tu mejor amiga está haciendo una videollamada para saber cómo estás y eso es todo lo que obtengo.
—Acabo de hacer las compras.
—¿A esta hora? —Su cara se acercó a la cámara—. ¿Estás tomando té de nuevo?
—Café.
—Menos mal. ¿Cómo está el departamento?
—No se. No le he preguntado.
—Alina.
—Grande. Está grande y en orden.
—Eso es un avance. —Se recostó en lo que parecía ser una silla de oficina, con ojeras que no recordaba haberle visto antes—. Yo en cambio llevo cuatro días sin dormir más de tres horas. El papeleo de los últimos veinte años no se arregla solo y encima mi proyecto quieren que sea presentado en Berlín.
La miré un momento. Samara siempre había sido así una mujer capaz de cargar con demasiado sin decir que pesaba hasta que ya no podía más.
—No puedes despreocuparte ahora — dije—. Pero tampoco tienes que destruirte en el proceso.
—Lo sé. —Un suspiro—. ¿Todavía vas a seguir rechazando mi propuesta?
—Samara.
—Está bien. Lo entiendo. —Me miró a través de la pantalla con esa expresión que tenía cuando quería decir algo más y decidía no hacerlo—. Solo no quiero que estés sola.
Ella me miró.
—Puedes hablar conmigo cuando quieras. Excepto los martes… tengo reuniones y los viernes superviso las cargas y los sábados…
Hubo un silencio breve. Luego Samara se rio, suave, casi para ella misma.
—Tengo una gran agenda.
No respondí, pero algo en mi cara debió cambiar porque ella sonrió más.
—Te llamo cuando pueda. Cuídate. Te adoro.
—Cuídate tú también.
La llamada terminó.
Me quedé un momento con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada. Samara tenía razón en una cosa. Ella tenía agenda. Reuniones, cargas, un trabajo.
En cambio yo no tenía la menor idea de qué hacer con el resto de mi tiempo.
Mordí el mochi y seguí caminando.
Esto es una nueva vida. Ya encontraré algo.
🖤
El resto del día transcurrió de manera normal. Demasiado normal.
Apenas llevaba unas semanas aquí y ya había establecido una rutina que consistía básicamente en existir sin propósito concreto, lo cual resultaba ser considerablemente más difícil de lo que sonaba. Me senté frente a la ventana un rato. Luego me levanté. Luego volví a sentarme. En algún punto consideré reorganizar el armario pero ya estaba organizado — lo había reorganizado dos veces desde que llegué porque era lo único que sabía hacer bien sin que nadie me lo pidiera.
¿Qué hace la gente normal?
No encontré respuesta antes de que el reloj marcara las 10:30 de la noche.
Buena hora.
Me puse uno de los trajes ajustados, comprobé que las botas no crujieran al caminar y salí del departamento.
Pasear por las calles de noche se había vuelto un hábito desde que llegué a Yamanashi. La única parte del día en que el silencio se sentía justificado en lugar de vacío. Esta noche caminé más lejos de lo habitual, hacia las afueras de la prefectura donde las casas se espaciaban y la ciudad perdía esa densidad constante que a veces resultaba demasiado. Aquí la oscuridad tenía más textura. Más silencio real entre los sonidos.
Mi tipo de silencio.
Fue cuando el motor de una camioneta lo rompió antes de que pudiera verla.
Negra. Vieja. Pasó lo suficientemente cerca para que pudiera registrar los detalles en el orden en que importaban — velocidad, dirección, número de ocupantes visibles. El parachoques trasero estaba doblado hacia adentro en el ángulo específico que produce un impacto lateral, no frontal. Reciente. Las placas no eran de esta prefectura.
Me detuve.
Este tipo de vehículo no tenía nada que hacer por aquí a esta hora.
No.
Tranquilízate. Esto no es San Petersburgo.
Seguí caminando. O lo intenté.
No llegué a cien metros cuando desde una casa al borde de la carretera llegaron los gritos. Después el llanto. Después el silencio abrupto que es peor que las dos cosas juntas.
Una mujer salió por la puerta delantera con los pasos de alguien que no tiene fuerza suficiente para correr pero que lo intenta de todas formas. Cayó de rodillas en plena carretera. Sus manos golpearon el asfalto y se quedó así, mirando hacia el horizonte donde las luces traseras de la camioneta ya casi no se veían.
—Akane... —Su voz era un hilo—. Por favor... devuélvanme a Akane...
Miró hacia ambos lados de la carretera con los ojos de alguien que busca algo sin saber qué forma tendría si lo encontrara. Las manos seguían abiertas sobre el asfalto. Le temblaban los hombros.
—Que alguien me ayude.
Silencio.
Las casas de alrededor permanecieron cerradas. Ninguna luz se encendió. Ninguna puerta se abrió.
—Por favor. —La voz se quebró del todo—. Por favor, que alguien me ayude.
Las súplicas se volvieron menos palabras y más sonido, el de una persona que ha llegado al límite de lo que puede sostener y que ya no tiene control sobre lo que sale. Se dobló sobre sí misma en mitad de la carretera, con las manos en el asfalto y la frente casi tocándolo, y lloró con esa clase de llanto que no busca ser escuchado porque ya no queda esperanza de que escuchar sirva para algo.
Me quedé quieta en las sombras un momento más.
Luego salí.
Me acerqué despacio. Lo suficiente para que me viera sin que mi presencia la asustara más de lo que ya estaba.
La mujer levantó la cabeza. Sus ojos tardaron un segundo en enfocar estaban hinchados, desorientados, y cuando lo hicieron algo en su expresión cambió. No alivio. Algo más parecido al pánico de quien no sabe si lo que tiene enfrente es otra amenaza.
—¿Está herida?
Se arrastró hacia atrás sobre las rodillas, alejándose.
—Por favor... —Su voz era un susurro deshecho—. Máteme si quiere, pero primero devuélvame a mi sobrina. Prometo que traeré el dinero. Ella no hizo nada, ella no hizo nada...
—No la conozco. —Me puse en cuclillas frente a ella para quedar a su altura—. No soy parte de esto. ¿Que fue lo que pasó?
Me miró fijamente. Buscando algo en mi cara. Lo que fuera que encontró fue suficiente para que las palabras empezaran a salir.
Vinieron a cobrar una deuda. Ella no tenía el dinero — no todo, no a tiempo. Le dijeron que tendrían que llevarse algo de valor equivalente. Ella les suplicó. Les ofreció más tiempo, le ofreció lo poco que tenía en casa, les ofreció lo que no tenía. Aquellos hombres no negociaron. Tomaron a la niña mientras la mujer gritaba en el umbral de la puerta sin que nadie del vecindario abriera una sola ventana.
Escuché todo sin interrumpir.
Luego miré hacia la carretera.
Algo se acomodó en mi pecho con un clic que reconocí aunque llevaba meses sin sentirlo. No era urgencia. Era esa claridad particular que solo aparece cuando hay un objetivo concreto y un tiempo limitado para alcanzarlo.
Lo había echado de menos más de lo que quería admitir.
—Escúcheme. —Esperé a que sus ojos se anclaran en los míos—. Entrar en pánico no le va a devolver a la niña. ¿Me entiende?.
La mujer asintió despacio, como si el movimiento le costara.
—Necesito que vaya adentro y espere.
—Pero usted... ¿qué va a hacer? —Su voz temblaba—. Son varios hombres, tienen armas, yo no puedo—
—Adentro. —Me puse de pie y la miré directamente—. Y cierre la puerta con llave.
—¿Quién es usted?
No respondí.
Las carreteras de Yamanashi tienen pocas salidas. La camioneta estaba dañada, no podían forzarla demasiado.
Todavía es alcanzable.
—Espere — la voz de la mujer llegó desde atrás, más pequeña—. Por favor... tráigala de vuelta.
No me detuve.
Pero lo escuché.
Eso haría.
Aún no hay comentarios
Inicia la conversación sobre esta publicación.