Capítulo 1 de 3
19 de marzo de 2007
No entiendo qué está pasando.
Solo sé que el auto huele a cuero nuevo y a tabaco, y que el frío se mete por todas partes aunque las ventanas estén cerradas, y que a mi lado hay otros niños que lloran y yo quiero llorar también pero algo dentro de mí se cerró cuando el auto arrancó y desde entonces no encuentro cómo abrirlo.
Pego la mejilla contra el vidrio.
Busco el vestido azul entre las sombras de la calle que se aleja.
Ya no está.
Todo pasó muy rápido.
El hombre llegó a la mansión como llegan todos los hombres de traje oscuro cuando la abuela tiene visitas — sin hacer ruido, con esa clase de calma que da el dinero o el poder o las dos cosas juntas. Yo aprendí hace tiempo que cuando llegan esos hombres hay que desaparecer. Quedarme quieta en algún rincón y no preguntar.
Pero la abuela me llamó por mi nombre.
Alina.
Y algo en su voz hizo que el estómago se me cerrara antes de entender por qué.
Me pusieron una venda. Me dijeron que no hiciera ruido. Y yo, con las manos temblando y el corazón golpeándome tan fuerte que podía escucharlo, me aferré al brazo de mi abuela porque era lo único que se me ocurrió hacer, porque ella siempre sabe qué hacer, porque mientras esté con ella nada puede salir demasiado mal.
Se apartó.
Despacio. Con cuidado. Como quien aparta algo que está en el camino equivocado.
—Abuela. —Mi voz no sonó como mi voz—. Abuela, por favor.
Nada.
La espalda recta. Los hombros sin moverse. El vestido azul que yo conozco tan bien porque es el que usa cuando quiere impresionar, cuando quiere que todos sepan que tiene el control de todo lo que la rodea.
El auto arrancó y grité su nombre. Una vez, dos, hasta que la garganta me ardió y las palabras dejaron de tener forma y solo quedó el vidrio frío contra mi mejilla y la calle alejándose y la mansión haciéndose pequeña hasta que desapareció.
Mi abuela nunca giró la cabeza.
Ni una sola vez.
Al final del viaje en aquel auto llegué a un lugar con demasiado frío. Los hombres que venían conmigo me llevaron a un habitación con el resto de niños.
Huele a humedad y a algo que no sé nombrar.
Las paredes son grises. El suelo es gris. Hay una bombilla en el techo que parpadea y hace que las sombras se muevan como si tuvieran vida propia. Cuento a los otros niños sin saber por qué — doce, creo, algunos más pequeños que yo — y casi todos lloran o tiemblan o las dos cosas a la vez. Una niña en el rincón repite algo en voz baja en un idioma que no reconozco. Un niño junto a mí tiembla tan fuerte que puedo sentirlo aunque no lo esté tocando.
Yo me siento contra la pared y aprieto las manos sobre mi falda.
No llores.
La puerta se abre.
El hombre del traje entra despacio, sin apresurarse, y los llantos se van apagando solos porque hay algo en su presencia que ocupa todo el espacio disponible y no deja lugar para nada más. Sus pasos resuenan. Se para en el centro de la habitación y nos mira a todos como si estuviera contando algo.
Habla primero en un idioma que no entiendo — duro, cortante, cada sílaba como algo que cae.
—Слушайте внимательно: вы здесь с единственной целью — соблюдать правила ассоциации, понятно. "(Escuchen bien están aquí con una sola misión: seguir las reglas de la asociación, entendido?)"
Luego cambia.
—Ustedes serán mis nuevos soldados, aprenderán a hacer el trabajo que se les indique. A deshacerse de la basura aunque eso signifique mancharse las manos.
Nadie dice nada.
El látigo golpea la pared y el sonido es tan seco y tan fuerte que todos nos encogemos al mismo tiempo y yo me odio por eso, me odio por no poder controlar las manos que se aprietan solas sobre mi falda, me odio por temblar cuando me prometí que no lo haría.
—Su entrenamiento comienza mañana niños. Bienvenidos a Moscú.
Sale.
La puerta se cierra y el caos vuelve — llantos, nombres gritados hacia ningún lugar, súplicas que nadie escucha. Pero yo me quedo quieta en el centro de todo ese ruido con una sola pregunta dando vueltas en mi cabeza.
¿Qué hice mal?
¿Qué hice para que la abuela decidiera no girar la cabeza?
No voy a encontrar la respuesta. Lo sé aunque tenga seis años y aunque no tenga palabras para saberlo. Las personas que podrían dármela eligieron no hacerlo.
Mi abuela eligió no hacerlo.
Me quedé en esa habitación que huele a frío y a miedo ajeno aprendiendo sin querer lo que significa que alguien que debía quererte decida que no.
El frío de Moscú no pedía permiso.
Nunca lo haría.
Solo tengo que sobrevivir.
Por ahora esa es mi única misión aunque quiero creer que es una mal sueño.
Por favor, despierta.
Alina.
Por favor, Alina.
¡DESPIERTA!
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