Capítulo 3 de 3
Alina
Definitivamente lo haría, mis pasos se aceleraron mientras buscaba la forma la de alcanzar a la camioneta. Fue entonces que vi una moto vieja estaba apoyada contra la pared lateral de una casa a unos veinte metros. Me senté, comprobé que arrancara y salí a la carretera.
La primera gota de lluvia cayó sobre el asfalto justo cuando aceleré. Luego otra. Luego el cielo decidió que ya había esperado suficiente y empezó una lluvia densa y fría que convirtió la carretera en un espejo negro que redujo la visibilidad a lo que alcanzaban los faros de la moto.
Es perfecto para mí.
Pésima para ellos.
El tiempo no se detenía, diez minutos de ventaja, carretera de prefectura, camioneta vieja con la carrocería dañada que no podía forzar demasiado sin arriesgarse a perder el control en el asfalto mojado. Dos rutas posibles hacia la salida de Yamanashi. Si mantenía este ritmo tenía margen.
Poco. Pero suficiente.
Los minutos cuentan. Muévete Alina.
Aceleré hasta donde la lluvia me lo permitía, inclinada sobre el manillar, con el agua golpeándome la cara y el frío metiéndose por las costuras del traje. Las farolas desaparecieron. Los árboles a ambos lados de la carretera se volvieron una mancha oscura y continua. El motor de la moto era el único sonido que competía con la lluvia.
Hasta que aparecieron las luces traseras en la curva siguiente.
Ahí estaba.
Doscientos metros aproximadamente. Todavía en movimiento, sin señales de que hubieran notado nada. Reduje la velocidad para mantener la distancia y empecé a calcular el ángulo. Necesitaba que frenaran de golpe no en carretera abierta donde tuvieran espacio para maniobrar, sino en el tramo siguiente donde la curva cerraba y los árboles se acercaban a ambos lados.
Metí la mano en la pantorrilla derecha.
La bomba de humo era compacta, diseñada para rodar y lo suficientemente pequeña para deslizarse bajo un vehículo en movimiento si el momento era el correcto. Aceleré hasta acortar la distancia a unos cincuenta metros, encontré el ángulo y la lancé rasante sobre el asfalto mojado.
Rodó de manera perfecta entre las ruedas traseras.
El humo salió denso y blanco, mezclándose con la lluvia, cegando al conductor en segundos. La camioneta dio un bandazo brusco con el instinto de quien no ve es siempre frenar y girar, justo en ese momento saqué la cuchilla.
El lanzamiento fue limpio. La hoja se clavó en el neumático trasero izquierdo con un sonido seco que se escuchó incluso sobre la lluvia. Las ruedas buscaron agarre en el asfalto mojado y no lo encontraron. La camioneta perdió el control completamente — derrapó hacia el lateral de la carretera, frenó en seco sobre la tierra empapada y terminó hundiéndose entre los primeros árboles con un golpe sordo que hizo temblar las ramas.
Con eso será suficiente por ahora.
En eso momentos solo el sonido de la lluvia acompañaba.
Detuve la moto. Bajé despacio.
Desde dentro llegaban voces confusas primero, luego más agresivas, buscando orientarse en la oscuridad y el humo que todavía no se había disipado del todo. La puerta del conductor se abrió de golpe. El hombre salió con la pistola en la mano apuntando hacia ningún lugar en concreto.
Me acerqué desde el ángulo que no cubría.
Cuando me vio fue demasiado tarde. Intentó ajustar la dirección del arma pero rápidamente puse mi mano en su muñeca, un giro seco hacia arriba quedando la pistola en el suelo. El impacto fue rápido y preciso, sin más fuerza de la necesaria.
El segundo hombre salió por el lado del copiloto pero recibió el codo en la mandíbula antes de que sus pies tocaran bien la tierra. Cayó contra la carrocería y se quedó ahí.
El tercero dudó desde la puerta trasera.
Medio segundo.
Demasiado.
Cuando el primero logró recuperarse lo suficiente para mirarme tenía la espalda contra la camioneta, la lluvia empapándole la cara y una cuchilla a una distancia que no dejaba dudas sobre lo que ocurriría si se movía.
—¿Quién diablos eres tú? —dijo en un japonés con acento que no era de aquí.
No respondí.
—¿Quién te envía? —Su voz intentó sonar amenazante a pesar de la situación—. No sabes con quién te estás metiendo.
Ustedes tampoco saben con quien se meten.
Miré el interior de la camioneta por encima de su hombro. En el asiento del copiloto, entre cables de teléfono y una chaqueta oscura, había un sobre. Grueso, con un cierre de lacre y un sello que no pertenecía a la yakuza. Es demasiado elaborado, demasiado cuidado para ser una operación local. El tipo de invitación que circula en ciertos círculos donde el dinero y la crueldad se visten de etiqueta.
Sera posible que...
Estoy segura que lo había visto antes.
Archivé esa información.
Luego miré al hombre.
—¿Crees que alguien va a venir por ti? —insistió, con menos convicción que antes.
—No. —Me aparté de él hacia la puerta trasera—. Tampoco va a venir nadie por ti.
Antes de que pudiera decir otra cosa mi cuchilla se clavó en su cuello inyectándole veneno, el suficiente para que colapsara lo más rápido posible sin dramatismo.
Abrí la puerta.
La niña estaba en el rincón del asiento trasero, con las rodillas apretadas contra el pecho y los ojos muy abiertos — ese silencio particular que tienen los niños cuando el miedo ya superó la capacidad de procesarlo. Tenía una cuerda fina en las muñecas. Miraba la puerta abierta sin moverse, como si no terminara de creer que estaba abierta de verdad.
Me agaché para quedar a su altura.
—Subete junchōdesu... "(Todo está bien...)" —Lo dije en japonés, despacio—. Ugokemasu ka? "(¿Puedes moverte?)".
Asintió sin decir nada.
Solté la cuerda en menos de diez segundos. La niña bajó de la camioneta con cuidado, pisando la tierra mojada, y se quedó parada junto a mí sin saber muy bien qué hacer con el espacio abierto que tenía ahora alrededor.
La lluvia seguía cayendo sobre las dos.
—¿Estás herida?
Negó con la cabeza.
—Bien. —Le puse la chaqueta que había tomado del asiento del copiloto sobre los hombros — no era mucho, pero era algo—. Tu tía te está esperando. Hay que ir a casa.
🖤
La moto la dejé donde la había encontrado.
Caminé de vuelta al departamento por la ruta más larga, la que no tenía cámaras, con la lluvia empapándome el traje y el sobre en la mente aunque no lo hubiera tomado. El sello. El tipo de papel. El lacre de un rojo demasiado específico.
Ese símbolo no era nuevo. Lo había visto años atrás en un trabajo en Inglaterra que nunca tuvo explicación completa y que archivé en el lugar donde van las cosas que no encajan todavía.
Ahora encajaba con algo.
Hacía meses que no sentía eso.
No de esta manera, al menos. No con esa claridad particular que aparece cuando hay un objetivo, un tiempo límite y las decisiones se toman solas porque no hay espacio para dudar. Pero esta noche mis pies habían sabido exactamente adónde ir y mis manos habían sabido exactamente qué hacer, y esa sensación de control absoluto que creía haber dejado atrás había vuelto con una naturalidad que me resultó incómoda de admitir.
No lo extrañaba.
O eso intentaba decirme mientras doblaba hacia la calle que llevaba al departamento. Una sombra salió del callejón sin hacer ruido, plantándose frente a mí con la calma específica de alguien que sabe exactamente dónde está y que no le preocupa en absoluto que yo también lo sepa. Me detuve en seco. Esto no me daba buena espina así que es mejor mantenerme en alerta. Su serenidad era demasiado calculada para ser casual, y las cosas demasiado calculadas merecían atención antes de cualquier otra reacción.
La figura habló.
—Смерть в малиновом. — "(Muerte Carmesí)".
El ruso llegó limpio, sin acento forzado, como el de alguien que lo habla desde siempre o que lleva suficiente tiempo usándolo para que ya no se note la diferencia. Me quedé quieta, evaluando su altura, postura, distancia, manos visibles. Ningún movimiento agresivo todavía, pero eso no significaba nada.
Luego cambió de idioma sin pausa.
—O forse dovrei dire “l’assassina degli assassini”. — "(O debo decir la asesina de asesinos)".
Pero que carajos.
El italiano sonó igual de natural, igual de directo, y algo en mi pecho se tensó de una manera que no tenía que ver con el peligro físico sino con lo que significaba que alguien supiera que esos dos nombres me pertenecen.
La figura dio un paso hacia la luz suficiente para que pudiera verle la cara. Hombre, cuarenta y tantos, rasgos que no ubicaba en ningún archivo conocido. Un desconocido completo. Y sin embargo sabía demasiado para serlo.
—Señorita Fontana —dijo finalmente, ahora en japonés, cerrando el círculo de los tres idiomas con una precisión que no era accidental—. Llevaba tiempo buscándola.
Moví la mano hacia la pantorrilla derecha casi sin pensarlo, pero él levantó las suyas antes de que yo terminara el gesto.
—No vine a pelear. —Su voz era tranquila, del tipo que no necesita subir el volumen para que se sienta el peso detrás—. Vine porque necesito sus servicios como asesina, y porque lo que ocurrió esta noche en Yamanashi confirma que sigue siendo esa persona aunque haya decidido ya no serlo.
—Son muy pocas las personas que saben quien soy —dije—. Ninguna de ellas mandaría a un desconocido a las tres de la mañana.
—Tiene razón. Por eso vine yo mismo. —Metió la mano despacio en el interior de la chaqueta, con la deliberación de alguien que no quiere malentendidos, y sacó dos sobres. Los sostuvo hacia mí sin avanzar—. El primero ya lo conoce.
Lo miré. Era idéntico al que había visto en el asiento del copiloto de la camioneta — mismo papel, mismo lacre, mismo sello que no pertenecía a ninguna organización que pudiera nombrar pero que esta noche había aparecido dos veces en menos de una hora. Esa clase de coincidencia no existía.
—Niños y mujeres —continuó—. Están desapareciendo con demasiada regularidad y demasiada limpieza para ser operaciones separadas. Hay un comprador nuevo, alguien que opera en anonimato y que está creciendo dentro del bajo mundo más rápido de lo que nadie anticipó. No sabemos su nombre. No sabemos su cara. Sabemos lo que deja atrás. —Señaló el segundo sobre—. Todo lo que tenemos está ahí dentro.
—¿Por qué yo? —pregunté.
—Porque usted ya los encontró esta noche sin estar buscándolos —dijo—, y porque hay muy pocas personas en el mundo capaces de moverse en los círculos donde esta persona opera sin que lo vea venir. Usted es una de ellas.
Miré los dos sobres, luego al hombre.
—No trabajo —dije.
—Lo sé. —No retiró la mano—. Por eso el segundo sobre también incluye el nombre de la persona que la contrató. Además del lugar en donde se realizará una subasta por trata de blancas ahí encontrará al objetivo que tiene que eliminar. Estoy seguro que le interesará la información que está en el sobre sobre esa persona.
No dije nada más. Él tampoco. Se giró y desapareció por el callejón con la misma calma con que había salido de él, como si la conversación hubiera terminado exactamente donde tenía que terminar y no hubiera nada más que agregar.
Me quedé sola en la calle con los dos sobres en la mano y la llovizna enfriándome los dedos, mirando el punto donde la sombra había desaparecido.
Subí al departamento, dejé los sobres sobre la mesa sin abrirlos y me senté frente a ellos en la oscuridad durante un buen rato, con el silencio de la madrugada alrededor y la sensación de que algo acababa de cambiar de dirección aunque todavía no hubiera decidido nada.
O eso me decía.
Pero los sobres seguían ahí, y yo seguía mirándolos, y en el fondo sabía perfectamente que una persona que de verdad hubiera decidido no volver a ese mundo no los habría tomado.
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