Capítulo 8 de 8
SUEÑOS
El sueño, una realidad perfecta que se desea desde el interior, el alma se libera, y los pensamientos imposibles se disfrazan de imágenes tan reales como el reflejo de un objeto; no se presentó como el confortante paraíso que es, sino como un montón de raíces.
Erandi se despertó, varado en un bosque, uno que conocía como si fuera una extensión de lo que él es. La niebla era espesa, oscura, y arruinaba lo que él recordaba como su hogar de infancia, pacífico y lleno de alegría. El viento cargaba consigo el olor de la tierra húmeda, la madera de los árboles y algo podrido. Con cada paso lento que daba, las hojas a sus pies crujían de una forma tan extraña que provocaba un miedo irracional en Erandi.
—¿Papá? —llamó sin pensarlo, su voz más aguda y joven, desprotegida.
De entre los arbustos apareció una figura alta, desfigurada, cubierta por musgo y flores marchitas. Parecía sufrir, Erandi lo sentía en los huesos, y eso lo desesperaba, no quería sentir aquello, deseaba correr hacía él, ayudarlo, pero sus pies estaban pegados al suelo, raíces comenzaban a consumirlo, impidiéndole moverse.
—¿Dónde? —la voz de Erandi estaba rota, lágrimas angustiadas inundaban sus ojos.— ¿Dónde estás? ¿Cómo te encuentro?
La figura no respondía, se movía y respiraba con dificultad, cada vez más desconectado de sí mismo. Veía fijamente a Erandi, buscaba algo, pero no sabía qué.
—¡Respóndeme, papá! —Erandi gritaba, ansioso por obtener al menos una pequeña pista, una esperanza—. ¡Papá!
La figura, completamente fuera de sí, rugió y gritó, abalanzándose a Erandi, oscureciendo todo.
Mientras el brujo soñaba con raíces, Samin soñaba con luz.
Despertó sentado en el largo comedor de su castillo, la madera parecía más vieja de lo normal, y la neblina no le permitía ver nada. Se levantó confundido y temeroso, caminó por los pasillos, entre vitrales rotos y grietas en los pilares de mármol. Al llegar a la sala de trono, este estaba tapizado con hierba, moho y hongos brillantes que palpitaban como si de un corazón se tratasen.
—¿Padre? —llamó, avanzando lentamente.
Al acercarse, pudo notar al rey, su padre. Tenía un semblante moribundo, fuera de la realidad, su rostro no se distinguía, pero sabía que era él, venas oscuras subían por su cuello como raíces. Cada vez que intentaba tocarlo, este desaparecía y aparecía en un lugar más lejano, más difuso.
—Yo busqué ayuda, padre… —susurró inquieto—. Vas a curarte, vas a estar bien.
El rey alzó la cabeza, sus movimientos eran flojos, como si se tratara de una marioneta, vio a Samin por unos segundos y comenzó a reír, una risa burlona que retumbó en los oídos del príncipe.
—Casi es tarde, principito —dijo una voz que era todas las voces a la vez—. tic, tac, tic, tac.
—No… —jadeo, podía escuchar los rápidos latidos de su corazón—. Aún no es tarde, aún podemos hacer algo.
Intentado alcanzar a su padre una vez más, tropezó, y cuando sus ojos se abrieron, ahora él estaba en el lugar del rey. Quiso gritar, patalear, hacer lucha, pero la neblina lo envolvió.
Samin despertó de golpe.
La habitación estaba en completo silencio, interrumpido parcialmente por el crujido de las ramas de árboles que se filtraban por la ventana. Se llevó la mano al pecho, su corazón latiendo como si se le fuera a salir, sentía su alma desprendida de su cuerpo.
Se sentó en la cama, observando su alrededor miró a Erandi, dormido con el rostro hacía la pared. Los movimientos del brujo le parecían extraños, anormales incluso. Frunció el ceño, algo no estaba bien, el brujo no roncaba, apenas se movía y su respiración era inaudible.
Con cuidado se acercó a la cama del brujo, antes de poder tocar su hombro, dudó de la situación, en su lugar buscó un mechero en el bolso de viaje. Cuando acercó la luz cálida y temblorosa, pudo observar un reflejo, uno que apenas y distorsionaba el aire.
—No es real… —murmuró sin saber qué sentir. No sabía si lo que creía era la verdad, y tenía demasiado miedo de confirmar su sospecha, arriesgándose a tocar el supuesto reflejo de Erandi. Dio unos pasos hacia atrás, titubeante. Al estar lo suficiente cerca de la ventana que daba al balcón pudo distinguir voces provenientes de fuera y, curioso, decidió investigar.
Al salir, buscó el lugar de donde provenía el sonido, dando con el techo. Miró hacía arriba siguiendo el murmullo de las voces que descendían como humo desde la copa del gran hongo. Había un camino de pequeños hongos que sobresalían de las paredes como escaleras, dudó, pero las subió, quedando justo al ras del techo, lo suficiente cerca para que las voces fueran claras.
—Esa es la idea —dijo una voz conocida—. Pero el plan no se verá afectado, tenemos la ventaja que faltan pocos días para el baile de las flores.
—¿Estás seguro que funcionará?
—Aunque no fuera a funcionar, tenemos el factor alteza real.
—Le tienes mucha fe a ese tal factor —dijo una tercera voz—. ¿Qué lo hace tan especial?
—Es fácil de confiar en él —respondió la voz conocida—. Por lo bobo que es.
—¿Bobo? —repitió Samin en un murmuro. Al querer asomar más la cabeza para ver de quienes se trataban, su pie descalzo resbaló por la humedad de la corteza. Trató de agarrarse a algo pero cayó de bruces sobre el balcón.
”¡Uf!” soltó entre dientes, conteniendo un grito de dolor—. Maldición…
El impacto había sido lo bastante ruidoso como para alertar a cualquier persona alrededor. Samin se quedó paralizado, escuchando atento.
—¿Quién anda allí?
Se asomó una de las personas para ser silenciada por otra, asomándose igualmente. Sin perder tiempo, Samin se levantó rápido, lanzándose a la puerta y entrando a la habitación. Cerró la puerta del balcón sin quitarle los ojos, jadeando, dio unos pasos hacia atrás.
—¡Príncipe! —le llamó abruptamente Erandi desde el marco en la entrada, espantándolo—. ¿Dónde estaba? ¡Me preocupó!
—Estaba en… estaba el balcón.
—¿Qué hacía en el balcón?
—Un ruido me despertó. Quise ver qué era.
—¿Y descubrió de qué se trataba?
—Algún animal. Ya sabe que no conozco la fauna de aquí. Son muy interesantes.
—Claro, claro. Vuelva a la cama, alteza —Erandi se dirigió a su cama y se sentó sobre el colchón. Samin hizo lo mismo, con la excepción de que se recostó con su cabeza sobre sus manos, lucía inquieto—. ¿Algo le pasa?
—Me gustaría creer que no.
El brujo no dijo nada, recargó su cabeza en la almohada, viendo a Samin. Sus ojos azules podían ahogar a cualquiera que no supiera nadar en ellos. Pero los de Samin, oh esos bellos ojos ámbar parecían iluminar tanto como el sol incluso en el peor de los días. Se observaron mutuamente por un rato antes de que alguien se atreviera a hablar.
—No puedo dormir —susurró Samin, mirando al techo.
—¿Pesadillas?
El príncipe asintió.
—¿Quiere hablar o tal vez arrastrarme a su insomnio?
—No lo sé —Samin hizo una pausa—. Últimamente siento que me vuelvo loco.
—¿Loco cómo en la poesía? ¿O el tipo de loco al que las personas deberían temer?
—La clase de loco que no sabe si lo que sueña es real. El que empieza a escuchar cosas, a sentirse paranoico de su alrededor. Uno que no sabe lo que realmente quiere.
Erandi se mantuvo en silencio. Luego bajó el tono de su voz.
—¿Es por el rey?
Samin asintió, abriendo una puerta que no le restringía soltar todo lo que guardaba en su pensamiento.
—Lo he estado viendo en sueños. Me habla, a veces se ríe de mí, por buscar salvarlo. No parece ser él, voces me dicen que mi tiempo se acaba, y luego me ponen en su posición.
—¿A qué se refiere?
—Soy él, soy el rey. Yo no estoy preparado para eso. No quiero estarlo. No tan pronto, no así —pausó—. ¿Acaso sólo busco salvarlo para no ser el siguiente?
Erandi se vio mortificado, sin saber cómo ayudar, se levantó de su cama para sentarse en la de Samin, cruzando los brazos sobre sus rodillas.
—Yo soñé con un bosque —se animó a decir—. También quiero salvar algo, príncipe, y en mi sueño no podía. Ni siquiera podía acercarme, raíces sujetaban mis pies al suelo.
—¿También siente que se vuelve loco?
Erandi esbozó una sonrisa triste.
—Desde hace un par de años, sí. Pero no es tan grave, te acostumbras con el tiempo.
Ambos rieron, un poco más honestos que de costumbre. Luego, el príncipe se volvió hacia él con los ojos entrecerrados.
—Tal vez… —bostezó—. Todos los demás están locos, excepto nosotros…
—Puede ser —Erandi sonrió, haciéndose espacio en la cama y cubriéndose con la manta—. Tal vez ya perdimos la cabeza.
Samin soltó una risa floja, a punto de quedarse dormido murmuró.
—Gracias por no reírte…
—Gracias por ser diferente.
En la misma cama, ambos cerraron los ojos, cayendo en un sueño profundo. Envueltos por el silencio, una pequeña distancia entre ellos, unidos por el peso de sus pasados y la incertidumbre de su futuro.
Fin de la lectura
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