Capítulo 2 de 2
El lanchero abrió la boca para hablar, un hilo de saliva rosada escurriéndole por la comisura.
—Salgan de aquí... ella viene por ustedes.
Su muerte no fue tan simple como cerrar los ojos. Vi el corte de su frente, el que yo creí producto de una caída contra la lancha, empezaba a abrirse más, igual que una costura que cede: la piel se separaba en los bordes con un sonido húmedo, un rip diminuto, por dentro, en lugar de hueso y sangre, asomó algo blanco y poroso, igual al relleno de un peluche viejo, algodón podrido por la humedad de cien años bajo tierra. Sus manos, se curvaron hacia adentro con un chasquido que sonó igual a un dedo plástico de una Barbie hasta romperlo. El hombre —el que hacía diez minutos nos había cobrado de más por el viaje, con la playera de futbol descolorida— dejó de tener forma de humano. Su torso se hundió sobre sí mismo con un siseo de aire, como un colchón inflable al que alguien acaba de sacarle el tapón, lo que quedó tendido sobre el fango ya no medía lo que debía medir, ni conservaba la proporción correcta de nada, un guiñapo de tela vieja y relleno gris con dos botones donde antes había ojos.
—¡Les dije que no era buena idea! —gritó Esteban, y su voz se quebró a la mitad de la frase, no de miedo, sino porque ya empezaba, sin que él lo supiera todavía, a dejar de ser una voz humana.
La risa se escuchó más fuerte, y está vez pude ubicarla: venía de la muñeca medio hundida en el fango, la misma que señalaba con su mano de trapo hacía la construcción de madera. Sus labios pintados no se movían pero salía de ella de todos modos, la risa de una niña que ha esperado años para volver a jugar.
A mí lado, Esteban soltó la cámara —el equipo que compró con el dinero destinado a su renta— la vi caer al lodo con un chapoteo sordo, la lente todavía grababa el cielo, ajena al hecho de que su dueño estaba a punto de dejar de necesitarla.
«No es real, no es real, no es real» me repetí incluso cuando dejó de ser cierto.
Vi la tierra bajo los tenis de Esteban empezar a cambiar. No sé hundía: se endurecía. Lo miré tambalearse, intentar dar un paso y escuché el chasquido seco de una rodilla que ya no doblaba del todo bien, con el sonido de una articulación de plástico barato, del tipo que uno encuentra en los juguetes de las tiendas de a peso.
—¡Luis! —gritó o intentó gritar, porque su voz salió más aguda de lo que debía, más pequeña.
Corrí hacía el y lo que ví me hizo desear, por primera vez en mi vida adulta, no tener ojos. La piel de sus brazos había perdido color, un blanco de porcelana vieja extendiéndose desde las muñecas hacía los codos, se cuarteo en líneas finas. Donde antes había vello y pecas ahora una superficie fría, pintada con el rosa artificial de una mejilla de muñeca.
—Me pica —dijo Esteban y ya sonaba distinto, con ese eco de lata vacía que tienen las voces grabadas y reproducidas por un altavoz barato—. Luis, me pica todo, no puedo, no puedo doblar los...
Sus palabras se cortaron de golpe frente a mí. Su mandíbula quedó fija a medio movimiento, sus ojos, los únicos que aún le pertenecían, se llenaron de un terror líquido y consciente, atrapado detrás de un rostro que ya no le obedecía. «Todavía está ahí dentro» y ese pensamiento fue peor que cualquier grito. «Todavía está ahí dentro, me mira y no puede ni parpadear para pedir ayuda».
—¡Arturo, ayúdame a levantarlo!
Cuando giré hacía él entendí que Arturo ya no podía ayudar a nadie. Seguía arrodillado junto a lo que quedaba del lanchero —ese amasijo de tela y relleno que ya ni siquiera temblaba—, con el celular de pantalla estrellada resbalándole de la mano, y su luz caía sobre el lodo que ya no era solo eso: tenía vetas de una resina dorada y espesa, que le trepaba por las rodillas, se le pegaba a los pantalones, a la piel con la firmeza de un molde.
—No siento las piernas —me dijo parecía no entender lo que ocurría—. Luis, ¿por qué no siento las piernas?
—Vamos a sacarte, vamos a...
Lo tomé de los brazos para levantarlo y mis dedos resbalaron sobre algo que no parecía tela ni piel: era madera, con vetas visibles bajo una capa de barniz apenas seco, bajo esa superficie, si apretaba lo suficiente, todavía sentía el calor de un cuerpo que se resistía, en algún rincón diminuto de sí mismo, a dejar de serlo.
«Esto no está pasando. Esto no está pasando. Esto no está...»
El aullido volvió, y está vez no fue el viento sino cientos de voces pequeñas, todas reían al mismo tiempo, venían de los árboles, de las ramas, de cada muñeca colgada de aquella isla maldita. La risa de la niña estaba en el centro de todas ellas, dirigía el coro con una batuta hecha de hueso.
Arturo dejó de hablar a la mitad de una palabra. Su boca quedó abierta frente a mí, congelada en el gesto de una sílaba que nunca terminaría de pronunciar, y sus ojos —Dios, sus ojos— se volvieron de vidrio, vacíos por fuera y llenos por dentro.
Corrí. No hacía la lancha volcada, no hacía ningún lugar con sentido, solo corrí, porque el cuerpo hace eso cuando la mente ya no tiene instrucciones que dar. Las ramas me arañaban la cara. Mis Nike de edición limitada se hundían en un lodo que ya empezaba a sentirse tibio bajo mis pies.
«No voy a mirar atrás. Si miro atrás tal vez...»
Miré atrás. Esteban y Arturo ya no estaban de pie: se encontraban colgados. Algo los levantó sin que yo lo notará y los coloco entre las ramas más altas, junto a las demás, con la misma indiferencia con la que un niño ordena su colección en un estante. Sus rostros, ya por completo de porcelana brillaban bajo la luna con una calma perfecta, y supe, sin poder explicar como lo sabía, que en algún lugar detrás de esos ojos pintados algo que llevaba el nombre de Esteban y Arturo seguía ahí, con la vista fija en el mundo, sin poder parpadear jamás.
Fue entonces cuando sentí el frío subir por mis propios tobillos. El iPhone se me resbaló de la mano y quedó encendido sobre el lodo, con la pantalla en alto: la última notificación que jamás llegaría a revisar. Quinientos me gusta.
La niña en algún lugar entre los árboles, dejó de reír. Fue lo último que escuché con los oídos que todavía me pertenecían. Sentí la lengua espesarse dentro de mi boca, convertirse en un bulto de goma fría que ya no cabía entre mis dientes, y cuando intenté gritar solo salió un chillido agudo de aire que se escapó por una válvula, idéntico al de los muñecos de granja que berrean si les aprietas el vientre.
Y en el silencio absoluto que siguió, tan hondo como el que había abierto aquella noche, una nueva muñeca —de tenis Nike edición limitada, con la boca fija en una sonrisa que jamás pedí y unos ojos de vidrio que aún, por dentro, gritaban— se sumó, quie
ta, a la colección de Julián.
Fin de la lectura
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Espero ver más de esta escritura de terror pronto.
Interesante, este final no me lo esperaba, me gustaría leer una continuación de la lectura en caso de que la hubiera