Capítulo 1 de 2
—Ajusta bien la cámara, este reto nos traerá millones de seguidores.
Esteban me miró con cansancio, la cámara GoPro colgaba de su cuello. Como exploradores urbanos paranormales, esto debería habernos parecido perfecto: la fecha exacta para el especial de día de brujas, la trajinera que se deslizaba sobre el agua negra de Xochimilco a las once de la noche, la bruma que se enroscaba entre los remos. El lanchero —un hombre de manos agrietadas y playera de futbol tan lavada que ya no se distinguía el equipo— tardó media hora y el triple de la tarifa en aceptar llevarnos. Es común que los lugareños tengan historias. La diferencia es que aquí, algunas son reales.
—Luis, de verdad esta zona es muy peligrosa, las leyendas están basadas en hechos reales.
—Si tienes miedo, vete a casa —respondí, y el iPhone en mí bolsillo, vibró con una notificación de Instagram. Cuatrocientos likes en la historia del trayecto. Sonreí en la oscuridad como idiota. Fue de las últimas cosas en esta vida que me hicieron sonreír de verdad.
—Es más que obvio que son solo cuentos y que tendremos que crear una situación; pero de que habrá contenido, no hay duda —jugueteó Arturo, el encargado de los efectos especiales, ajustaba el micrófono que llevaba prendido a una chamarra North Face falsificada, comprada en Tepito por menos de lo que costaba el envío original.
El cielo de octubre lucía casi limpio esa noche, salvó por una nubes blancas que se movían despacio. El canto de los grillos, el ulular lejano de un búho. Todo el trayecto tenía la textura de una postal siniestra.
Conforme nos acercabámos, el lanchero empezó a girar la cabeza a los lados, un tic nervioso que no intentó disimular. Entre la vegetación, la isla apareció de golpe, sin permiso. Las figuras llenaban los árboles. Muñecas pequeñas, grandes, antiguas, rotas. Algunas colgaban de las ramas; otras permanecían sentadas entre la maleza.
Desembarcamos con todo el equipo —cámaras, tripiés, el power bank de emergencia que siempre se me olvidaba cargar—pero el lanchero no se movió de su asiento.
—Me quedaré aquí, si veo algo que no está bien, me iré —su nerviosismo fue tan real como el aroma a lodo podrido que empezaba a subir desde el agua.
—Oye, te pagamos lo que pediste, es justo que nos esperes —protesté molesto, aunque una parte de mí, pequeña y honesta que rara vez dejaba hablar, pensaba que tenía toda la razón del mundo en querer irse.
—Venga, Luis, debemos terminar —apremió Arturo.
Fue cuando el aire cambió. Una ráfaga helada cruzó la chinampa, con ella llegó un silbido gutural y bajo. Luego un silencio absoluto, del tipo que no existe en la naturaleza: ni los grillos, ni búhos, ni el chapoteo del agua contra la madera de la trajinera. Alguien había puesto mute al mundo.
—¿Qué ha sido eso? —Esteban miró nervioso a todos lados y la luz de su linterna tembló.
—El viento, pedazo de animal —solté, aunque no pude evitar sentir un escalofrío que me subió por la espalda.
Con linternas en alto, caminamos hacia el corazón de la isla. Las ramas se entrelazaban sobre nuestras cabezas y la tierra bajo nuestros Nike —los míos, edición limitada, comprados con tres meses de ahorro de patrocinios— se volvía irregular, blanda, parecía que camináramos sobre algo que alguna vez estuvo vivo.
El sendero terminaba frente a una construcción de madera, envejecida por el tiempo y la humedad del terreno. Instalamos el equipo ahí.
—Bien, está todo listo, ya tenemos para transmitir en vivo —dijo Arturo.
Hice una seña con la mano, Esteban ajustó la cámara. Y comenzamos.
—Hola, mis estimados suscriptores, al fin llegó el especial de la Isla de las Muñecas. Recordemos un poco esta leyenda, que cuenta que alrededor de la década de 1950, Julián vivía solo en esta chinampa, con la única compañía de un radio de pilas que se quedaba mudo cada vez que él más necesitaba una voz humana. Un día, durante uno de sus recorridos por los canales, algo pálido entre los lirios llamo su atención. «No es nada, es solo un trapo viejo», pensó.
No fue un trapo sino una niña, atrapada entre los tallos y raíces. Julián intentó ayudarla: metió las manos en el agua fría, apartó los lirios, pero el canal, paciente y sucio, ya la había reclamado.
Al terminar de hablar, el silbido regresó y está vez había crecido hasta convertirse en aullido. El sonido de los remos de la trajinera llegó a nosotros. Miramos justo a tiempo para verla alejarse y dejar una estela pálida sobre el agua negra.
—¡Ese hijo de puta cobarde nos dejó! —solté, molesto, con el estómago que ya se apretaba de un modo que no tenía que ver con el enojo.
—¿Y qué haremos? ¿Cómo es que vamos a regresar?
—Cálmate, Esteban, tenemos su número de teléfono, y vaya que va a tener que regresar por nosotros —masculló Arturo sacó su Samsung con la pantalla estrellada en una esquina y tecleó un mensaje de texto.
—Sigamos antes de que se vaya el público —insistí, decidí continuar con el relato, porque para entonces ya habíamos aprendido que el algoritmo no perdona las pausas.
—Hola de nuevo, tuvimos un pequeño contratiempo, pero sigamos con esta fascinante historia: Poco tiempo después la encontró, una muñeca que flotaba entre los lirios, cerca del mismo recodo del canal donde había aparecido el cuerpo. Julián la saco del agua con las manos temblorosas, no de frío, sino con la certeza sorda que a veces tienen los hombres solos: ella volverá por su muñeca.
La colgó de la rama más baja de un árbol viejo, con el mismo cuidado con que uno acuesta a un niño pequeño. Pensó que así le haría compañía. Que así la niña dondequiera que estuviese, no lloraría entre los canales. No fue así, eso fue el principio.
Empezó a afirmar, primero así mismo y después a cualquier lanchero que se acercara lo suficiente para escucharlo, que la niña seguía ahí. Que la sentía caminar por la chinampa cuando el radio de pilas se quedaba mudo sin razón. Que la escuchaba reír entre el chapoteo de los remos ajenos.
Así que siguió recogiendo muñecas abandonadas en la basura, las que encontraba enredadas entre los lirios durante sus recorridos, muñecas rotas que nadie mas quería. Los vecinos cruzaban del otro lado del canal cuando lo veían. Nadie se ríe del hombre que le reza a mil muñecas mudas pero tampoco nadie se queda a averiguar por qué.
Pasó el tiempo y con él, los años. La madera de su choza se pudrió al mismo tiempo que su razón. Julián seguía ahí entre las muñecas, hablándoles por las noches. Hasta que en el año dos mil uno lo encontraron flotando en el recodo exacto donde había sacado del agua a su primera muñeca. Los que lo conocían —los pocos que quedaban dispuestos a hablar con él— juraron que la niña, después de tres décadas de espera, por fin había ido a buscarlo.
Desde entonces, se cuenta entre los canales que la niña nunca se fue. Que Julián solo le hizo compañía un tiempo, y que ahora, ronda sola en la chinampa a la espera de curiosos que irrumpen en su isla, ella no se limita a asustarlos. Se queda con algo de ellos. Dicen que quien entra completo a la isla, no vuelve igual.
Movimos las cámaras despacio por el paisaje, deteniéndonos en cada rostro de plástico y porcelana. La lámpara iluminaba mejillas cubiertas de moho verdoso, ojos agrietados, bocas entreabiertas en muecas que el tiempo pulió hasta volverlas casi humanas.
La señal de internet murió sin aviso. La transmisión se cortó de golpe y para siempre.
—Luis corta estamos fuera —dijo Arturo
—¡Joder lo que faltaba!, que les parece si continuamos con la grabación y subimos un capítulo entero.
—No será lo mismo pero ni que hacerle.
El viento volvió a soplar, más suave esta vez, y las muñecas se mecieron con él. Todas al mismo tiempo, en la misma dirección. Las que colgaban de las ramas más altas giraban despacio sobre sí mismas; las atadas a los palos de madera se balanceaban hacia adelante y hacia atrás, con un crujido seco de cuerda vieja.
—Oigan... —dijo Esteban, bajando un poco la cámara—. ¿No sienten que no estamos solos?
—Son muñecas, Esteban, ninguna cobrará vida como Chucky—contesté, aunque no pude evitar notar que, a dónde girara una cara de porcelana parecía observarnos.
Arturo caminaba y revisaba su teléfono en busca de señal, un poco distraído, al girar entre dos ramas rozó sin querer una de las muñecas más pequeñas, colgada justo a la altura de su hombro. La figura osciló con fuerza, chocó contra otra que colgaba cerca, y esta a su vez contra una tercera. En segundos, media docena de muñecas se mecían entre sí, golpeándose unas con otras con un sonido hueco.
Arturo se quedó quieto.
—Perdón señorita —murmuró, más para las muñecas que para nosotros, y dio un paso atrás sin apartarles la vista.
Nadie se rió del comentario. Ni siquiera yo, que en ese momento ya había dejado de creer del todo en mí propio personaje del tipo duro que nada lo asusta.
Seguimos adelante, más callados que antes, en busca de el mejor ángulo para la grabación. Fue Esteban quien se detuvo primero, señalando hacia el agua entre los árboles.
—Luis esa es nuestra trajinera.
Estaba volcada en la orilla, medio hundida entre los lirios. El lanchero seguro leyó el mensaje de Arturo, debió arrepentirse de su cobardía a tiempo para regresar y a destiempo para salvarse. Algo lo había recibido antes de que pudiera siquiera acercarse. Se encontraba tirado sobre el lodo, la ropa empapada pegada al cuerpo, un corte profundo en la frente, los ojos entreabiertos y apenas conscientes, miraba algo que ninguno de nosotros tres, todavía podía ver.
—Está vivo —dijo Arturo, arrodillándose junto a él—. Apenas, pero está vivo.
Fue cuando lo vi: a unos metros del cuerpo, medio enterrada en el lodo, se encontraba una muñeca. Nueva, no como las demás, colgadas y quietas desde hacía decadas. Esta estaba boca arriba, con los ojos de vidrio hacia el cielo, y una de sus manos de trapo señalaba, directo hacia la construcción de madera. El viento sopló una vez más. Y entre el rugido: una risa de una niña.
Inquietante de una buena manera. Insisto en que me encanta esta faceta del escritor.
Esta interesante En una parte si me espante porque junto entraron donde yo estaba y azotaron la puerta. Si está solo si te intriga un poco