Capítulo 4 de 4
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Subir esas escaleras fue una tortura digna de entrenamiento militar. Y no, no por lo empinadas, sino porque iba arrastrando mi maleta de veintitantos kilos como si llevara un muerto, mientras mi encantador tío se limitaba a quedarse abajo, tomándose su café como si yo fuera la mujer invisible.
—Gracias por tu ayuda, Hulk —murmuré entre dientes, con la lengua casi colgándome del esfuerzo.
Al llegar al final del tramo, me sostuve del pasamanos como si fuera una sobreviviente de una expedición al Everest. Me tomé un segundo para respirar y continuar mi camino, arrastrando mi equipaje detrás de mí.
Cuando llegué a la puerta, me detuve un momento para recuperar el aliento. Conté hasta tres y...
Mierda.
Estaba realmente impresionada.
La cama, que reposaba en el centro de la habitación, tenía varios almohadones sencillos de color blanco, y las frazadas, al igual que la extensa alfombra mullida, eran de felpa rosa claro. También había un armario empotrado que ocupaba toda la pared, un tocador con pequeñas bombillas en forma de hadas, un escritorio con un portátil, un portalápices de Hello Kitty y unas cuantas fotografías familiares que, por cierto, no recordaba haber visto nunca.
Mis labios formaron una perfecta O.
Todo era realmente precioso y, para mi desgracia, exactamente de mi gusto.
Pero lo que realmente llamó mi atención fue el tragaluz.
Justo sobre la cama, un gran rectángulo de vidrio me permitía ver el cielo azul profundo, con nubes formando figuras sin sentido. Sabía que, por la noche, las estrellas tendrían su propio espectáculo reservado para mí.
Por primera vez desde que había llegado, sentí que quizá las cosas no serían tan terribles.
Quizá.
Me dejé caer sobre el suave colchón, hundiéndome lentamente en él. Cerré los ojos por primera vez en todo el día, sin la voz de mamá taladrándome el oído, diciéndome qué hacer y qué no hacer.
¿Realmente me quedaría tres semanas?
Quién sabe.
Pero no podía quejarme de que, al menos, podía tener mi propio espacio durante estas minivacaciones.
No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando abrí los ojos de nuevo, ya era de noche. Muy entrada la noche.
¿Cuánto tiempo había dormido? ¿Una, dos, tres horas?
Bueno, no importaba.
Me incorporé de golpe, frotándome los ojos. Todo estaba en completo silencio, salvo por el leve zumbido de algún aparato eléctrico de la casa.
Parpadeé un par de veces, todavía algo aturdida.
El tragaluz mostraba ahora un cielo negro y profundo. Las estrellas brillaban con intensidad, regalándome una vista hechizante.
La puerta seguía abierta y yo tampoco me había molestado en recoger mi maleta. Esta última continuaba tirada en el suelo, a medio abrir, con la ropa arrugada apenas asomándose por uno de los lados.
Bufé
Me levanté para estirar mi oxidado cuerpo, pero algo me hizo fruncir el ceño. Había una taza humeante sobre el escritorio.
Me acerqué un poco. Era té verde, con un dejo de menta. Mi favorito.
Mamá siempre me lo preparaba cuando despertaba de la siesta.
Fruncí el ceño.
¿Cómo sabía él que me gustaba?
Estaba a punto de tomar la taza cuando un leve toque en la puerta me hizo sobresaltar.
Me giré bruscamente, con el corazón en la garganta.
—Espero que el té me haya quedado como te gusta, Micaela —dijo Tom, apoyándose en el marco de la puerta.
Y dele con lo de Micaela.
¿Por qué le gustaba fastidiarme con ese nombre tan feo? ¿Qué no tenía nada mejor que hacer?
Me irrité, pero no dije nada. Solo me quedé en silencio unos segundos, mirando la taza antes de dirigirle una mirada desconfiada.
—Si lo bebo... ¿no muero en el intento? Recuerda que soy hija única.
Tom soltó una carcajada profunda y luego me fulminó con la mirada.
—Te juro que no. Todavía no tengo razones suficientes para envenenarte, querida sobrina... o, bueno, no de esa manera.
Aquello último me hizo abrir los ojos de par en par.
Estaba a punto de soltarle una réplica cuando...
GRRRRRUUUUUMMMMBL.
El escandaloso rugido de mi estómago interrumpió la escena como si un camión viejo se hubiera estrellado contra un árbol.
Me quedé tiesa.
Él arqueó una ceja.
—¿Qué fue eso? ¿Acabas de reventar por dentro? —bromeó, aguantándose otra risa.
Yo deseé desaparecer.
Mis mejillas ardían de la vergüenza.
—Lo siento... —murmuré, llevándome una mano al abdomen, como si así pudiera callarlo—. No comí mucho hoy...
—Se nota.
Se dio la vuelta y comenzó a dirigirse hacia las escaleras.
—Baja ahora mismo.
—Sí.
Me quité los zapatos uno por uno, empujándolos con el talón y sin ningún cuidado, mientras me recogía el cabello en un chongo improvisado.
Tenía muchísima hambre.
Demasiada.
El té tendría que esperar. Lo tomaría antes de dormir, si es que el sueño regresaba.
Bajé las escaleras detrás de él, manteniendo cierta distancia.
La verdad es que estar cerca de mi tío me ponía bastante nerviosa. No quería que notara lo mucho que su presencia me afectaba. Mucho menos quería darle otro motivo para molestarme.
El aroma a comida caliente me envolvió apenas llegamos a la planta baja.
Mi estómago volvió a emitir un leve gruñido, pero esta vez, por suerte, más discreto.
Entramos en la cocina.
La luz cálida caía justo sobre la isla central, donde ya había cubiertos y servilletas dobladas como en un restaurante. Me senté sin preguntar y observé cómo él servía un vaso de agua y dos platos generosos de pollo al horno con papas doradas y espárragos.
¡Puaj!
—Odio las verduras —dije al ver cómo ponía el tazón lleno de palitos verdes en el centro de la isla—. Mamá lo dejó claro hoy. ¿Sufres de demencia?
Él me miró de reojo y luego abrió el refrigerador.
—Entonces comerás el doble.
Replicó aquello con esa sonrisa que era más una advertencia que una muestra de simpatía.
Sacó una cerveza fría, la destapó con un chasquido y bebió un trago largo antes de sentarse frente a mí.
Lo observé unos segundos.
—¿Sabes que eso es abuso de poder, verdad?
—¿Y quién va a detenerme? ¿Tú?
Arqueó una ceja y llevó el tenedor a su boca con toda la calma del mundo.
Me limité a bufar, tomando el cubierto con desgano.
Odiaba con todo mi ser las verduras. Y era obvio que me costaría esta vida y la otra poder tragármelas.
En cuanto al pollo...
El pollo olía demasiado bien como para seguir con mis dramas internos.
Tom me observó mientras pinchaba una papa con el tenedor.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro y mucho.
—Puedo mirar donde quiera, Micaela.
Lo señalé con el tenedor.
—Deja de llamarme Micaela, soy NAILEA. NAILEA.
—¿Y qué con eso?
Lo miré fijamente.
Por alguna razón, ninguno de los dos apartó la mirada.
Sus ojos se encontraron con los míos y, durante unos segundos, olvidé por completo que tenía un tenedor en la mano. Tragué con dificultad, sintiendo cómo el calor comenzaba a subir lentamente por mis mejillas.
Genial.
Definitivamente, pasar tres semanas con mi tío iba a afectarme mucho más de lo que había imaginado.
—Nada... —murmuré finalmente.
Tom arqueó una ceja, como si estuviera esperando que dijera algo más.
Aparté la mirada y clavé el tenedor en uno de los espárragos.
Mi enemigo natural.
Lo observé durante un par de segundos, como si estuviera a punto de enfrentarme a una criatura peligrosa.
Suspiré.
—Por mamá —murmuré.
Me llevé el espárrago a la boca y comencé a masticarlo lentamente, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no poner una cara de absoluto desprecio.
Para mi desgracia...
No estaba tan mal.
Eso no significaba que me gustara. Ni de cerca.
Las verduras seguían siendo mi némesis.
Tragué con demasiada fuerza y bebí un poco de agua antes de volver a mirarlo.
—Solo llámame Nailea.
Tom dejó el tenedor sobre el plato y me observó con esa expresión divertida que empezaba a resultarme irritantemente encantadora.
—Está bien, Micaela.
Abrí los ojos de par en par.
—¡Nailea!
Se echó a reír.
—Lo siento. Tenía que hacerlo.
—Eres insoportable.
—Y tú eres muy fácil de molestar.
Entrecerré los ojos.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Así.
—No estoy haciendo nada.
—Exactamente. Ese es el problema.
Su sonrisa se ensanchó.
Yo bufé y volví a concentrarme en mi plato, decidida a ignorarlo.
Aunque, por alguna razón, podía sentir sus ojos sobre mí.
Y eso solo consiguió que mis mejillas volvieran a arder.
Perfecto.
Tres semanas.
Solo eran tres semanas.
¿Qué podía salir mal?
Bueno...
Conociendo a Tom, probablemente absolutamente todo.
Fin de la lectura
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