Capítulo 3 de 4
❤️🔥.
Duskville, Carolina del Sur.
El motor del Chevrolet se apagó justo frente a una de esas casas enormes que parecían sacadas de un catálogo de “hogares perfectos”. La fachada blanca brillaba bajo el sol y todo estaba demasiado impecable: las ventanas relucientes, el césped recién cortado y el jardín cuidado hasta el último detalle.
Era... inquietante.
No porque fuera fea. Al contrario, me parecía preciosa. Pero tratándose de mi tío Tom, esperaba algo más... descuidado. Una casa con herramientas oxidadas en el porche, botas embarradas junto a la puerta, maleza creciendo entre las losas y rosas marchitas.
No esto.
—Ya llegamos. —anunció mamá con una sonrisa forzada mientras colocaba el auto en “parking”.
No respondí. Me limité a seguir mirando la casa, deseando que se prendiera fuego por sí sola y, con suerte, así evitarme todo esto.
—No pongas esa cara, Nailea —suspiró, girándose hacia mí como si tuviera diez años otra vez—. Tres semanas no son nada; sabes que no puedo posponer mi viaje a Colombia.
Me quité el cinturón de seguridad en silencio.
Mamá bajó primero sin prisa. Yo la seguí después, empujando la puerta con el hombro y estirándome como si el viaje de tres horas hubiera sido una travesía intercontinental. Caminé hasta la cajuela y saqué mi skateboard y mi maleta negra con brillantina—la única que tenía ruedas decentes—y empecé a arrastrarla con resignación por el sendero de piedra pulida.
—Podrías haberme dejado sola en casa —intenté una vez más razonar con ella.
—¿Sola Nailea? —Me miró con cara de horror—¿Es en serio lo que preguntas? No sabes lavar tus calzones, y si vas a cuidarte sola.
Bufé irritada, apretando los dientes. Era obvio que nada la haría cambiar de opinión. Ya lo había intentado en el rancho, en el auto, por mensajes, con indirectas pasivo-agresivas... y nada. Cuando llegamos al porche, me sentí incómoda al ver la cantidad de cámaras instaladas por toda la casa. Había una en especial que apuntaba directo a mi carota, como si esperara verme robar algo. Bajé la mirada y me concentré en mis zapatillas desgastadas, que no habían sobrevivido del todo a la lluvia de la semana pasada.
Mamá, sin inmutarse por la exagerada seguridad, tocó el timbre dos veces. Un minuto después, la puerta se abrió con un chirrido.
Ahí, de pie frente a nosotras, estaba mi tío.
Alto, de hombros amplios y brazos marcados, llenando por completo el marco de la puerta. Tenía el cabello rubio oscuro, algo despeinado y una barba bien recortada que le daba ese aire de chico rudo. Llevaba gafas oscuras—aunque el sol ya se escondía detrás de las casas—y una camisa verde ajustada que se aferraba a su cuerpo como si no hubiera espacio suficiente para la montaña de músculos que se cargaba.
Tuve que recordarme a mí misma que era mi tío.
Mi tío.
Y eso me molestó mucho.
—Hermana —sonrió levemente. Se acercó a mamá y la abrazó brevemente, sin estrujarla.
—Hola, Tomasito —dijo ella de forma amorosa, plantando un beso sonoro en su mejilla.
Mi tío levantó las gafas y el azul eléctrico de sus ojos me escanearon de pies a cabeza. Tragué saliva con dificultad; eran preciosos, casi los había olvidado.
—¿Micaela? ¿Cierto?
Rodé los ojos.
—Soy Nailea, tío. Na-i-le-a —recalqué cada sílaba con fastidio. ¿Tan difícil es mi nombre?
Tom alzó una ceja, como si la corrección le diera lo mismo, pero asintió.
—Nailea —repitió al fin sin disculparse y se hizo a un lado para dejarnos pasar.
Mi madre aprovechó el espacio como si fuera el último minuto que tendría para hablar en su vida.
—Tom, cuídala bien, ¿sí? Nada de fiestas, ni que salga con extraños, ni que se desvele viendo series coreanas... y, por favor, asegúrate de que coma bien. Sabes cómo es ella con las verduras. Y si llega a salir sola, que lleve el teléfono cargado y que te avise. Nada de caminar de noche, nada de amistades raras, nada de chicos malos. Ya sabes, lo de siempre.
Miré a mamá con la boca abierta y un tanto indignada.
—También, que tome sus medicamentos para la ansiedad y sus pastillas de planificación, por si...
—Sara... —mi tío la frenó de golpe, cortando toda su verborrea, rascando su barba rubia.
—¿Sí? —dijo mamá con una enorme sonrisa, llevando un mechón de cabello atrás de su oreja.
—Micaela estará bien conmigo. No te preocupes por eso. Ve tranquila.
Lo miré con odio. ¿Otra vez con lo de Micaela? Ya estaba haciendo listas mentales de todas las formas en que podía vengarme sin ir a prisión.
—Nailea —corregí por segunda vez, cruzándome de brazos.
Tom bajó la vista hacia mí con una sonrisa apenas perceptible. Como si lo hiciera a propósito. Como si disfrutara irritarme.
Mamá suspiró y luego me abrazó con fuerza.
—Son solo tres semanas, cielo. Estarás bien.
Yo no dije nada ni asentí. Solo esperé a que se despidiera de su hermano y se alejara por los escalones, subiéndose a su auto. Cuando quedamos solos, me giré para verlo y achiqué mis ojos.
—Tienes cara de querer prenderle fuego a mi casa, o algo peor —cerró finalmente la puerta tras de sí.
—¿Tan obvio se me nota? —Pregunté observando el interior.
Todo era aún más pulcro de lo que imaginé. Cada cosa en su lugar, muebles de cuerina negra, piso de madera pulida, lámparas de luz cálida, plantas… cuadros y medallas de honor.
Vaya, Thomas Kein era un obsesivo con la limpieza y el orden.
—Un poco. Pero tranquila, tengo extintores —se encogió de hombros mientras se quitaba las gafas y dejaba las llaves sobre una mesita metálica llena de... ¿balas?
—¿Eso es real? —Señalé el pequeño bowl repleto de casquillos y proyectiles.
—Sí. Son recuerdos de mis enfrentamientos. ¿Tienes problema con eso?
—Perfecto —murmuré para mí misma—. Estoy viviendo con John Wick versión exmilitar.
Tom caminó hacia la cocina sin ofrecerme un tour ni fingir hospitalidad. Lo seguí, no porque me interesara charlar con él, sino porque...bueno, estaba en su casa. Y aún no sabía dónde dormiría, o si había una cama decente, o internet del cual pudiera colgarme.
—¿Dónde está mi habitación? —La paciencia comenzaba a tomar poder sobre mi cuerpo.
—Arriba, segunda puerta a la derecha. Tiene baño propio y ventana que da al huerto del vecino.
Abrió la alacena y sacó una taza metálica de camping para servir café negro recién hecho.
—¿También tienes WiFi?
Tom se giró lentamente, alzando una ceja como si acabara de preguntarle si cazaba unicornios en el bosque por deporte.
—¿Crees que esto es un hotel de cinco estrellas?
—No, pero...
—Tenemos WiFi, pero es inestable —me interrumpió—. Hay un mapache que rodea en ocasiones el vecindario y le gusta hacer de las suyas. Se mete en las casas para morder los cables.
—¿Un mapache? Qué emocionante —fingí entusiasmo— ¿También tengo que sacrificar una gallina para cargar el celular?
—No, con una danza tribal y un poco de fe basta.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír un poco.
—¿Tú siempre fuiste así de encantador? ¿O lo aprendiste en el ejército?
—Lo aprendí lidiando con adolescentes que preguntan mucho.
—Amargado—murmuré.
—Malcriada—respondió de vuelta, sin subir la voz.
Y por algún motivo, ese cruce de palabras me sacó una pequeña risa.
Tal vez esto no sería tan malo. O tal vez sí. Con mi suerte, seguro ambos.
Jijijiji, interesante este mi primer capítulo, un tío buenorro en la historia, y Nailea muy linda ✨
Ufff Colombia 🇨🇴 que bonito viaje Amigaaaa esta historia promete muchísimo 🙂↕️💛