Capítulo 3 de 3
El despacho del patriarca olía a cuero viejo, tabaco de pipa y a la pesada decadencia de un imperio que amenazaba con desmoronarse por las costuras. Afuera, la imponente Milán se sumergía bajo un cielo plomizo, indiferente al pulso de la sangre y poder que latía tras los ventanales blindados de la mansión.
Tenía dieciséis años cuando vi por primera vez a Dante Visconti al otro lado de esa pesada mesa de caoba. Mi mente, a veces, viaja de regreso a aquella tarde estéril donde el aire parecía cortarse con navajas invisibles. En aquel entonces, mi cabello caía más corto y mis ojos apenas comenzaban a comprender el peso de la obsidiana con la que estaba forjada nuestra estirpe. Su padre y el mío hablaban de porcentajes de importación en el puerto de Génova como quien discute el menú de la cena, mientras nosotros éramos solo fichas de un tablero que iban a mover a su antojo para evitar que el norte entero se convirtiera en un cementerio de deudas.
—Acostúmbrate, Bianca —me había dicho mi hermano Lorenzo en un recuerdo que se grabó a fuego en mi memoria, apretándome el hombro con una protección casi dolorosa, sus diecinueve años rebosantes de una arrogancia juvenil que pronto sería aplastada—. En este mundo nos casan con la horca o con la corona.
Aquel encuentro forzado no tuvo miradas románticas ni promesas de juventud; solo fue el sonido seco y lapidario de un apretón de manos entre patriarcas que sabían que sus arcas estaban vacías y sus enemigos acechando en las esquinas más oscuras de la Lombardía.
—La tregua no es un favor, Lucio —había sentenciado Federico Visconti con esa voz grave y cortantes que resonaba como un trueno sordo—. Es una necesidad mutua. Si los Galli huelen debilidad en las rutas del puerto, nos devorarán a ambos antes de que termine el invierno.
Dante, con apenas diecinueve años entonces, no había parpadeado. Su mirada ya poseía esa frialdad quirúrgica, un vacío absoluto que no denotaba miedo, sino un cálculo milimétrico de las bajas necesarias para alcanzar la victoria. Vestido con un traje impecable que contrastaba con su juventud, se limitó a observarme de reojo. Sus ojos negros como la noche se cruzaron con los míos durante una fracción de segundo, un instante efímero donde entendí, con terrorífica claridad, que aquel muchacho no estaba allí para acatar órdenes, sino para consumirlas.
—Los Moretti cumplirán su parte del trato —intervine entonces, rompiendo el silencio impuesto por los hombres, enderezando la espalda bajo mi vestido de lino oscuro con una altivez que hizo que mi padre me mirara con una mezcla de sorpresa y advertencia—. Pero no somos una carga que puedan arrastrar a su conveniencia. Si los Visconti quieren nuestra alianza, pagarán el precio de respetarnos en la mesa.
Federico soltó una carcajada seca, un sonido áspero que no contenía gracia alguna, mientras Dante esbozaba una sonrisa imperceptible, un destello de peligrosa fascinación cruzando su semblante. Aquella tarde marcó el inicio de nuestra condena compartida.
El presente volvía a reclamarme con la urgencia de un latido desbocado. Me encontraba en el ala oeste de nuestra mansión, frente al tocador de madera oscura, ajustando los últimos detalles de mi indumentaria. Mi estilo, definido por el rigor de la elegancia que caracterizaba a las mujeres de nuestra dinastía, exigía perfección absoluta. El negro absoluto de mi vestido de alta costura contrastaba de forma violenta con la palidez de mi piel, un recordatorio constante de que en nuestro mundo la belleza era otra forma de armamento letal.
—Señorita Bianca, el comité de los distritos portuarios ha enviado los registros actualizados —murmuró Teresa, nuestra fiel ama de llaves, acercándose con pasos quedos y ceremoniales portando una carpeta de cuero sobre una bandeja de plata—. Domenico insiste en que debe revisarlos antes de que caiga la noche. Los movimientos en el muelle tres presentan anomalías que no cuadran con los manifiestos de los Visconti.
Tomé el dossier con dedos firmes, sintiendo el relieve del papel bajo mis uñas perfectamente cuidadas con esmalte carmesí.
—Domenico ve fantasmas donde solo hay transacciones de rutina, Nonna —repliqué con voz pausada, sin apartar la vista de mi reflejo en el espejo veneciano—. Los Visconti manejan el contrabando pesado con una precisión aritmética; no dejarán que una rendija en el sistema permita que los Galli filtren su veneno en nuestras cuentas. ¿Dónde está mi madre?
—Doña Caterina se encuentra en el salón de música con el abogado De Luca, ultimando los detalles de las escrituras de las propiedades en Como —respondió Teresa con esa sumisión respetuosa y castrense que imperaba en el servicio—. Pero hay algo más, señorita. Afuera, apostado en los límites de la propiedad, se ha visto circular un vehículo con placas de Monza. Nadie de nuestra confianza lo reconoce.
Un escalofrío gélido recorrió mi espina dorsal, pero mi rostro permaneció inalterable, esculpido en la misma piedra fría que el de los hombres que gobernaban la ciudad. Monza significaba una sola cosa: territorio de influencia de los Galli, y más específicamente, la sombra persistente de Alessandro.
—Que Pietro y los hombres refuercen los perímetros —ordené con tono cortante, girándome hacia ella—. No quiero a nadie rondando los jardines sin autorización. Si esa sabandija de Alessandro cree que puede acercarse a tantear el terreno antes de la cena de delegación, se llevará una desagradable sorpresa de "El Mudo".
—A la orden, Bianca —asintió Teresa antes de retirarse en silencio, fundiéndose con la penumbra de los pasillos revestidos de caoba.
Dejé la carpeta sobre el tocador y caminé hacia el ventanal. Desde allí, la vista de los extensos jardines amurallados bajo la neblina vespertina parecía sacada de una tragedia clásica. Milán entera respiraba con una arrogancia intocable, ignorando que cada adoquín de sus calles estaba bañado en una sangre silenciosa que los patriarcas se empeñaban en ocultar bajo alfombras persas.
Los recuerdos del pasado reciente amenazaban con fracturar la coraza que con tanto esfuerzo había construido. La desaparición de Lorenzo, mi hermano mayor, seguía pesando como un yunque sobre mi pecho. Aquella noche en los sótanos de la bodega familiar, cuando me mostró los recibos falsificados que apuntaban directamente a Fabrizio Moretti y su confabulación con los Galli, sus ojos habían brillado con una mezcla de furia e impotencia.
—Dante lo sabe —me había susurrado Lorenzo aquella vez, con la respiración agitada mientras la luz de la bombilla colgante oscilaba sobre nuestras cabezas—. Me juró que lo detendríamos antes de que los Galli usaran esto como pretexto para la guerra.
Pero Lorenzo había cometido el error de confiar en la palabra de un hombre moldeado por el abismo. Pocos meses después de aquella confidencia clandestina, mi hermano se esfumó sin dejar rastro. Los Visconti se encargaron de minimizar su ausencia, tildándola de una huida cobarde provocada por deudas de juego, una versión oficial que mi madre aceptó para preservar las apariencias, pero que en mi interior supe que era una monumental mentira. Alguien lo había borrado del mapa para evitar que su testimonio destruyera los cimientos de la frágil tregua. Y ahora, casada con el heredero de los Visconti, yo caminaba de la mano del principal sospechoso de haber orquestado mi propia soledad, mientras una peligrosa y absorbente obsesión mutua nos ataba con cadenas de acero.
Un suave carraspeo en la puerta interrumpió mis pensamientos. No hizo falta que girara el rostro para saber quién era; el aroma a tabaco limpio y sándalo oscuro que precedía sus pasos era inconfundible.
—La reunión con los delegados de Nápoles se adelantó, Bianca —la voz de Dante resonó en la habitación, profunda, magnética y cargada de una autoridad natural que exigía sumisión sin alzar la voz.
Me giré lentamente, encontrándome con su imponente figura recortada en el dintel de la puerta. A sus veintisiete años, Dante Visconti era la viva imagen del poder absoluto. Su traje de sastrería milanesa a medida se ajustaba a la perfección a su altura de un metro noventa, marcando una presencia tan letal como magnética. Sus ojos oscuros me evaluaban con esa intensidad devoradora que convertía cada encuentro en un duelo de voluntades.
—Los napolitanos pueden esperar a que termine de revisar los libros del puerto, Dante —respondí con una fría sonrisa en los labios, cruzando los brazos sobre mi pecho mientras acortaba la distancia entre ambos—. No pienso presentarme ante Irina Petrova con las manos vacías ni con dudas en los márgenes de ganancia. Sé muy bien lo que los socios del sur exigen: garantías absolutas, no promesas a medias.
Dante dio dos pasos hacia mí, su andar seguro y silencioso como el de una pantera asechando a su presa. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficientemente cerca para que el calor de su cuerpo se fundiera con la frialdad de mi vestido de gala. Su mano derecha, de dedos largos y fuertes, se alzó con parsimonia para rozar un mechón de mi cabello negro, deslizando sus dedos por mi cuello con una posesividad que rozaba la amenaza.
—Eres demasiado terca para tu propio bien, mi querida reina —murmuró con una nota de oscura diversión en su tono grave, inclinando ligeramente el rostro hacia el mío—. Crees que controlas cada ficha del tablero, pero olvidas quién diseñó las reglas de este juego.
—No olvides quién sostiene las piezas financieras es quien mantienen a flote tus barcos, Visconti —repliqué sin apartar la mirada de sus ojos oscuros, sintiendo el pulso acelerarse bajo su tacto—. Si los napolitanos intentan pasarse de listos con los porcentajes de distribución de armas, no necesitaré tu intervención para ponerlos en su lugar. Demostré mi valía en la mesa de negociación cuando tu tío intentó boicotearnos el mes pasado.
Dante soltó una suave risa gutural, un sonido que vibró en su pecho y contra el mío cuando acortó por completo el espacio entre nosotros, aprisionándome sutilmente contra la madera noble del tocador.
—Lo sé —admitió con voz ronca, bajando la mirada para fijarla en mis labios con una avidez que encendía chispas de peligrosa adrenalina en mi interior—. Por eso te amo tanto, Bianca. Eres la única criatura en esta maldita ciudad que no tiembla ante el abismo, sino que se atreve a mirarlo de frente y retarlo a un pulso.
Su cercanía era una droga embriagadora. Entre sábanas de seda y la tensión de cuerpos que se buscaban con una urgencia casi desesperada en nuestras madrugadas en el refugio blindado de la via Manzoni, habíamos construido un imperio de complicidad intelectual y deseo devorador. Pero en su mirada había algo más, un destello indescifrable que a veces, en los silencios más profundos de la noche, me hacía dudar de si el monstruo que nos acechaba desde fuera era realmente nuestro peor enemigo.
—Hablando del abismo —murmuré, endureciendo ligeramente el gesto al recordar el reporte de Teresa—, nuestros informantes han detectado movimientos extraños en los límites de Monza. Alessandro Galli está perdiendo la cabeza. Sus deudas en los burdeles clandestinos lo tienen al borde del colapso, y sus ataques frontales contra nuestros convoyes demuestran que ya no respeta los códigos tradicionales.
La mandíbula de Dante se tensó al instante. Su expresión pasó de la fascinación a una furia contenida y glacial, la misma expresión que lucía el día en que los cimientos de la ciudad amenazaban con venirse abajo.
—Alessandro es un cadaver ambulante que aún no se ha enterado de que está muerto —sentenció Dante con voz gélida, apretando ligeramente su mano sobre mi cintura—. Si ese imbécil se atreve a cruzar la línea de nuestra jurisdicción, no dejaré ni el polvo de su apellido para que la historia lo recuerde. Sus arranques de celos enfermizos hacia ti se acabarán esta misma semana.
—No subestimes la desesperación de un hombre cuyo ego ha sido pisoteado, Dante —le advertí, apoyando las manos firmemente sobre su pecho, sintiendo el latido firme y seguro de su corazón bajo la tela de la camisa—. Él no busca solo territorio; busca quebrarme a mí para golpearte a ti en lo que considera tu punto flaco.
—Nadie puede quebrarte, Bianca, porque tú estás hecha del mismo acero oscuro que yo —respondió él con una convicción aplastante, inclinándose para rozar sus labios contra los míos en una promesa muda que sellaba tanto nuestra pasión como nuestra guerra—. Y el que se atreva a intentarlo, descubrirá que el infierno se queda corto al lado de lo que soy capaz de hacer para proteger nuestro trono.
Permanecimos allí en un instante eterno, suspendidos en el centro de un mundo que se desmoronaba por las costuras, mientras afuera la noche milanesa cubría con su manto de sombras los cadáveres del pasado y las conspiraciones del porvenir. Éramos dos depredadores disfrazados de reyes, listos para devorar la ciudad antes de que la ciudad nos devorara a nosotros.
Fin de la lectura
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