Capítulo 2 de 3
El aroma a pólvora y azahar todavía flotaba en el aire, era una mezcla grotesca y empalagosa que se burlaba de mi ante tan inminente tragedia.
Afuera, la ciudad respiraba con una fuerte arrogancia que era intocable, ignoraban que tras los muros de una gran mansión, el mundo tal como lo conocíamos acababa de expirar.
Cuatro dinastías. Cuatro imperios construidos sobre la extorsión, silencio y cadáveres sepultados pudriéndose bajo los grandes cimientos de mármol. Durante años, una guerra fría nos mantuvo al borde del abismo, midiendo cada paso, cada palabra y cada traición en silencio. Cada día era ver como los reyes sacrificaban cada pieza de su tablero de ajedrez, con tal de sobrevivir, sin importarles cuánta sangre podrían derramar a su paso. Hasta que dos dinastías decidieron enfrentar sobre el tablero a sus dos piezas más letales, obligándonos a cruzar caminos en una jugada desesperada por contener el colapso.
Era un pacto simple en apariencia: la tregua supuestamente debía sellarse con una alianza sagrada: un matrimonio arreglado entre herederos para unir los cabos sueltos de los clanes y evitar la destrucción mutua. Una farsa vestida de blanco que aceptamos para sobrevivir. Pero ningún contrato de papel o tinta podía prepararnos para lo que venia después, Lo que prometía ser una fría y distante unión por conveniencia se transformo, casi sin darnos cuenta en una mutua obsesión. Aquella cercanía forzada encendió una chispa de incontrolable pasión y lujuria, era como un deseo devorador que rompía con todos los códigos del bajo mundo, haciendo que el acuerdo inicial se desbordara en algo mucho más oscuro y profundo de lo que jamás habríamos imaginado.
Creí que el mundo entero terminaría postrado a nuestros pies, que podíamos devorar la ciudad sin que nada nos detuviera. Jamás imaginé que la primera gran prueba de ese poder sería ver cómo el suelo de la sala principal estaba manchado de una sangre que ya no distinguía entre aliados y enemigos. A pocos metros de mí, el cuerpo sin vida de mi padre yacía frío sobre las opacas losas, con los ojos vacíos mirando hacia un techo que ya no le pertenecía. Más allá, la ausencia de mi hermano —la cual ya era una herida abierta que consumía lo poco que quedaba de nuestra familia— pesaba como un yunque invisible sobre mi pecho. Los clanes rivales habían cruzado los limites, rompiendo todo pacto para arrasar con todo lo que construimos.
Entre los escombros de aquella noche, recortado contra la luz cenicienta de los ventanales rotos, Dante seguía de pie. Su respiración era agitada y el rastro de la refriega manchaba su traje impecable. Su mandíbula estaba tensa, fija como el corsé que me oprimía bajo el vestido nupcial, mientras evaluaba el desastre que nos rodeaba y lo que estaba por venir. Era un hombre letal, moldeado por el mismo infierno que yo, pero en ese momento su presencia se sentía como el único refugio genuino en medio del caos.
Se acercó con paso firme, el sonido de sus zapatos resonando como un eco funesto sobre el silencio de los muertos, hacía que mi cuerpo se erizara. No hizo falta que hablara; con un solo gesto de su mano ensangrentada, la misma que horas antes había sostenido la mía frente al altar, prometiendo protegernos de la guerra que nos asediaba. Su rostro reflejaba una mezcla genuina de furia contenida y preocupación; era la viva imagen de un esposo dispuesto a arder con tal de defenderme. Resultaba tan excitante que el colapso de mi mundo quedó suspendido en el aire. Ante mis ojos, aquel peón comenzaba su coronación como rey.
Entrelacé mis dedos con los suyos, sintiendo el gélido metal de su anillo fundirse contra mi piel, buscando en su calor el único anclaje que me quedaba en este mundo. Y mientras el imperio de mi familia se desmoronaba en cenizas, nos jurábamos en silencio cazar a los responsables de esta traición, apreté su mano con la firme convicción de que, al menos él y yo, habíamos sobrevivido al infierno para mantenernos de pie, listos para empezar a construir nuestro propio imperio sobre un mundo que colapsaba y se sepultaba entre traición y sangre.
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