Capítulo 2 de 4
El aire de Milán sabía a pólvora fina, a cera derretida y al dulzor enfermizo de los azahares que una semana atrás habían decorado nuestro altar. Era una combinación grotesca; una burla perfumada suspendida sobre los escombros de un mundo que acababa de expirar. Allá afuera, la ciudad continuaba su curso con esa arrogancia intocable que ignoraba lo que ocurría tras los muros blindados de nuestra mansión. Ignoraban que las cuatro dinastías —los pilares de mármol y extorsión sobre los que se sostenía el norte de Italia— se acababan de fracturar para siempre.
Durante años, el equilibrio había sido una farsa sostenida por hilos invisibles. Los Moretti en las finanzas, los Visconti en los puertos, los Vandelli en el lavado y los Gatti en las calles, mantuvimos una guerra fría donde cada paso se medía en plazos de sangre y cada alianza se firmaba con la punta de un estilete. Nos creíamos reyes intocables en un tablero de ajedrez donde las piezas se sacrificaban sin parpadear. Hasta que el tablero se rompió.
El matrimonio pactado entre Dante y yo debía ser la sutura perfecta: una farsa vestida de blanco para unir los flancos débiles de nuestras familias y blindar los patrimonios frente a la voracidad de los clanes rivales. Un contrato de conveniencia blindado con tinta y acero. Pero ningún tratado comercial, por más frío que fuera, pudo prepararnos para el voraz incendio que desató nuestra convivencia. Aquella cercanía forzada se transformó, casi sin darnos cuenta, en una obsesión simbiótica y oscura que desafiaba todos los códigos del inframundo.
Y entonces, a apenas siete días de haber sellado nuestro enlace, el infierno cobró la factura.
El suelo de la sala principal ya no distinguía entre aliados y enemigos; estaba bañado por una marea carmesí que reflejaba la luz cenicienta de los ventanales rotos. A pocos pasos de mí, el cuerpo de mi padre yacía inmóvil sobre las losas, con los ojos vacíos mirando un techo que ya no le pertenecía. La ausencia de mi hermano —una herida abierta que consumía lo poco que quedaba de nuestra sangre— pesaba como un yunque invisible. Los Gatti y los Vandelli habían cruzado la línea final, destruyendo el santuario que habíamos tardado décadas en construir.
En medio de aquel cementerio de ambiciones, recortado contra la tormenta, Dante seguía de pie.
Su traje impecable llevaba el rastro violento de la refriega, y su mandíbula estaba tensa, esculpida en una frialdad absoluta. No era el enemigo que los libros de historia criminal señalaban; en ese instante, en medio del colapso total de mi estirpe, su presencia era el único anclaje real que me quedaba en el mundo.
Se acercó con paso firme, rompiendo el silencio sepulcral de la estancia. No hizo falta que pronunciara una sola palabra. Con un gesto seco, extendió hacia mí la misma mano ensangrentada que días atrás había sostenido la mía frente al altar, jurando protegernos de la guerra. En sus ojos no había rastro de derrota, sino una furia contenida, calculadora y letal; la viva imagen de un hombre dispuesto a quemar Milán entera con tal de defender lo suyo.
Entrelacé mis dedos con los suyos, sintiendo el gélido metal de nuestros anillos fundirse contra mi piel. Mientras el viejo mundo de los clanes se desmoronaba y los cuervos acechaban en las esquinas, apreté su mano con una certeza inquebrantable. Ya no éramos simples peones intentando sobrevivir en un tablero ajeno. Éramos los herederos de las cenizas, listos para devorar los restos de una ciudad que se sepultaba en sangre, y fundar sobre sus ruinas nuestro propio imperio.
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