Capítulo 4 de 15
Advertencia: Esta historia incluye problemas emocionales, algunas acciones violentas, por lo que no tiene como finalidad promover este tipo de acciones y casos.
Marzo 2008
Sigue siendo un día más para mi insípida vida. El despertador resonando con ese sonido irritante que me vuelve loco de estrés; extiendo mi brazo y lo apagó de un solo golpe, quejándome de tener que despertar de mis sueños y levantarme de la cama. Los días se han vuelto pesados desde los últimos dos años a partir de que mis padres fallecieron en un accidente automovilístico, desde entonces he estado viviendo con mi tía, Abigail, la hermana de mi madre. Se mudo a mi casa tras ese día, aunque ha intentado animarme, podría decir que nada me logra consolar. Soy hijo único y sinceramente creo que mis padres tomaron la mejor decisión. Sin embargo... no lo se, aveces me siento tan solo... incomprendido. Me dirijo al baño afuera de mi habitación, y lo primero que veo, es a mi en el espejo; con mis ojeras grises cada vez más oscuras, mi cabello oscuro largo y ondulado, demasiado alborotado por los golpes de la almohada, mi camisa gris desgastada qué uso para dormir... mis ojos avellana cansados, como si no hubiera dormido casi todo el día.
Cepille mis dientes con tranquilidad mientras veo el reflejo de mis ojos en el espejo.
Recientemente he pensado que soy demasiado insignificante, quizás más de lo normal. Desde el accidente, no me preocupo por mi apariencia, a veces suelo saltarme algunas comidas, olvido beber agua... pero aun así Abigail no se ha rendido, siempre intenta animarme y lo se, aunque se que nada de lo que haga me ayudará.
Ha pasado mucho tiempo desde que dejé de ir a la escuela, no había tenido las fuerzas para ir; supongo que eso los directivos lo entendieron, me dejaron faltar algunas semanas. A pesar de ello, el tiempo terminó y al final, tengo que volver a ese lugar... donde tendré que soportar las condolencias y los comentarios de aquellos seres.
Caminé a mi habitación y abrí el armario para observar sin entusiasmo mis prendas de ropa. Sin pensar demasiado, elegí unos pantalones de mezclilla negros, una camiseta blanca sencilla y una sudadera azul cobalto.
Tome un poco de aliento antes de tomar mi peine y cepillar mi cabello. Había olvidado la última vez que me había arreglado de manera correcta para la escuela, en realidad, creo que nunca lo he hecho. Mis padres siempre me repetían constantemente qué me arreglara, que debía mantener una buena imagen aunque fuera para mis amigos, pero jamás me interesó. No me gusta ser llamativo, mucho menos que demasiadas personas me dirijan la palabra. Solo siento que a veces no me agradan las personas o que yo no les agrado, es complicado.
Cuando acomodo mi sudadera, puedo notar que estoy adelgazando un poco más. Se que no debo saltarme comidas, pero simplemente nada me apetece, es algo que jamás me dejará saciado.
Respire hondo y me dirige a la sala de estar. Mi casa no es demasiado grande, pero podría decirse que es decente; está pintada de un azul grisáceo, también tiene algunas fotografías de mi familia enmarcadas colgando en la pared, fotos donde éramos felices juntos, cuando no me negaba a querer a mi familia... si tan solo mi crecimiento no me hubiera alejado de ellos.
Si les soy sincero, jamás he estado solo; desde que nací, mis padres jamás se apartaron de mi lado, solía convivir con mis demás familiares, pero siempre me sentía fuera de lugar, me trataban como si fuera un bicho rodeado de mariposas; lleno de expectativas, deseos, esperanzas quizás. La mayoría de mis parientes son así, demasiado perfeccionistas... a excepción de Abigail, siempre ha sido muy fácil hablar con ella. Mi tía me apoya en todo lo que hago, aunque no esté de acuerdo, intenta apoyarme. Lo único que agradezco al universo es quedarme con ella, de ahí en más... lo demás ha sido una mierda.
Al pasar por la cocina, me tope con mi tía preparando el desayuno de cada mañana. Ella sabía que aunque preparará el desayuno para ambos, me negaría a comer; pero aún así... no se rendía, insistía y solo se detenía cuando accedía. Ella es lo único que me mantiene con vida, aunque en realidad, algunas veces pienso que todo sería mejor si yo no estuviera aquí, en esta casa, en este mundo. Nadie me extrañaría, nadie me recordaría, sólo sería un alma más. Pero al menos podría ser feliz a donde quiera que fuera.
—Tienes esa mirada perdida de nuevo, Addam.— expresó Abigail con un tono suave, aunque detonaba preocupación. —¿Sucede algo?—
—Para nada... estoy bien.—
—De acuerdo... ahm... ¿quieres desayunar?, preparé tu favorito, huevos con tocino. Te gusta, ¿verdad?— Abigail me dedicó una sonrisa amigable, intentando aliviar mis penas.
—Por ahora no tengo hambre. Pero aun así gracias, aprecio el gesto.—
—Oh-okey... entonces puedes... ¿Puedes llevar una manzana?, o ¿quieres que te prepare un sándwich para que almuerces?
—No tía, en verdad, estoy bien. No quiero llevar nada.—
Abigail me dio una mirada inquieta, pero aun así, con un suspiro resignado, busco algo en su bolso qué estaba cerca a ella. Sacó un billete de su cartera y me lo extendió. —Ten. Si no vas a llevar nada para comer, por lo menos compra algo de camino a la escuela o dentro de ella.
Prométeme que intentaras comer algo hoy, aunque sea un durazno, un batido o simplemente una cucharada de avena.—
Observé el dinero y al comprender sus intenciones, lo acepté con agradecimiento.
—Gracias, por insistir y ayudarme... prometo comer algo, aunque sea poco. Te lo juro.—
Abigail sonrió con serenidad. —Me alegra que lo hayas prometido.
Ahora anímate, es tu primer día de escuela desde hace un largo tiempo; de seguro todos tus amigos te esperan emocionados.—
-Ah... si, creo que si.-
No tengo amigos, más bien... es un tema complicado. Nunca le he dicho a mi tía que no tengo amigos y que las cosas que le cuento que suceden, solo son chismes que escucho y finjo incluirme, aunque nunca estuve involucrado.
—Deberías irte, ya casi son las 6:30, llegarás tarde.—
Ante las palabras de Abigail, mis ojos buscaron el reloj de la cocina, que daba casi las 6:30 AM, justo como ella comentó.
—Cielos, tienes razón. Ya tengo que irme, te veré más tarde.—
—Suerte en tu primer día de escuela. ¡No te metas en apuros!—
Tomé mi mochila del sofá y salí de la casa, tropezando con mis propios pies.
Siempre voy a la escuela caminando, me ayuda a despejar mi mente y también para evadir las preguntas de mi tía en el auto... o simplemente para evitar cruzar palabras con las personas.
Mi vecindario es tranquilo, así que me da calma pasear por ello; hay casas pequeñas de color beige, algunas tienen árboles o flores plantados, otros tienen mascotas, como perros y gatos en sus patios. Es muy temprano, así que la mayoría de las personas están dormidas. Me agrada este ambiente, me relaja, me distrae. ***
Después de tanto caminar, llegué a la escuela; el Instituto Antiguo de Eldoria. Aquí estudio Historia del Arte, llevo dos semestres en esta universidad; es una carrera que siempre desee comprender. Amo la historia, tanto como me gusta el arte antiguo. Solo hay un pequeño problema... mis compañeros de escuela.
Habia olvidado a los pequeños grupos de personas, aquellos que se reunían en diferentes puntos del corredor; los deportistas, chicos con camisetas de equipos de fútbol y béisbol, las populares, las chicas abejas reina de la escuela, todas ellas con colores rosas y faldas de mezclilla, los nerds, ratones de biblioteca con ropa formal y vestidos como lo dicta el reglamento. Aunque también había demasiados más, pero no les tomé mucha atención, no son una amenaza. Todos se estaban riendo, conversando o escuchando música con sus reproductores MP3.
Camine hacia mi salón de clases, subiendo los dieciocho escalones de las escaleras para llegar al segundo piso.
Al doblar la esquina, uno de los chicos populares tiró de mi mochila, haciendo que se deslizara por mi hombro y cayera al suelo. Se marcharon a carcajadas por el pasillo como si hubieran visto lo más gracioso del mundo... que patético.
Me obligué a respirar con calma, manteniendo la compostura por ahora. Era mi primer día, no podía meterme en problemas tan pronto. Solo me incliné un poco y recogí mi mochila para volverla a colgar en mi hombro, no faltaría demasiado para llegar a mi clase de Historia del Arte Medieval.
Toqué la puerta del salón de clases y la abrí al escuchar el permiso de entrar.
—Joven Morvan, llega tarde. Encuentre su asiento, rápido, hoy veremos un tema muy importante.— Hablo el Sr. Maxwell Thomson con severidad, él es mi maestro de Historia del Arte Medieval.
Es un hombre de mediana edad, aunque parecía empezar a tener canas. Siempre vestía de camisa formal de cuadros blancos y cafés, zapatos al parecer de charol negro y lentes con armason rojo oscuro.
—Sí señor.— Asentí y después me dirigí hacia mi asiento asignado; estaba a un lado de la primera ventana del aula, daba al jardín exterior de la escuela. Agradezco que no cedieran mi asiento en mi ausencia.
—Muy buenos días a todos, el día de hoy abordaremos un nuevo tema en clase. Nos enfocaremos en el año 1220 d.c, exactamente el pueblo de Kinsley.— Comenzó a hablar el Sr. Maxwell, lo que significaba una infinidad de información llena de datos interesantes .—El reino de Kinsley fue gobernado por dos reyes altamente capaces; el rey Odysseus Desmond Roosevelt I y la Reina Odeliah D'ambrosio, quien después agregó a su apellido, De Roosevelt, al casarse con el rey. A los años, ellos tuvieron descendencia, los dos únicos príncipes herederos de la corona Kinsleana; el hijo mayor, el príncipe Killah Veldeman Roosevelt y el hijo menor, Nash Orpheus Roosevelt. Ambos jóvenes inteligentes y competentes que pensaban llevar a su reino a un futuro más próspero y abundante.
Sin embargo, en la edad media se toparon con muchos eventos que marcaron su historia, se preguntarán a qué me refiero con esto... Se rumoraba que el príncipe menor, Nash Roosevelt, había traicionado a su padre y que planeaba robar la corona Kinsleana. ¿Qué fue lo que hizo?, lo encarceló, y meses después, por recomendación del Padre Theobald, el sacerdote más confiable del rey; enviaron a calcinar a Nash Roosevelt, por el motivo de traición.
Esto se llevó a cabo a las orillas del pueblo, a inicios del bosque y del río Esperantia, el río más divino de Kinsley.
Los guardias reales ataron al pobre joven al tronco de un árbol, a la edad de 20 años, le gritaron su sentencia, y consciente, lo quemaron con vida.
Los ciudadanos del pueblo estaban rodeando el lugar y observaron la escena completamente aterrados.
Se dice que las cuerdas qué ataban al príncipe se rompieron, y como última esperanza para salvarse, se lanzó al río como un acto de fé para lograr aferrarse a la vida. Las historias revelan que tenía quemaduras demasiado profundas, que al nadar, era un dolor de mil espadas. Fue ahí cuando perdió la vida.
Las historias mencionan que los pueblerinos se quejaron con el rey ante tal acto despiadado que sufrió el príncipe, quien era muy querido por ellos.
El rey lleno de culpa e irritado por las quejas y repulsiones, creó una estatua de mármol en ese mismo lugar, con la leyenda "La luz del pueblo.", en honor a su amado hijo, con la esperanza de que el pueblo se calmara.—
Al escuchar la historia del maestro Maxwell, me sorprendió haber escuchado tales acontecimientos. No puedo creer que por una simple equivocación el rey enviará a ejecutar a su propio hijo.
—Esta semana haremos una excursión y visitaremos el pueblo de Kinsley para analizar la estatua. Podrán incluso visitar el museo, solo deben traer consigo un permiso de sus tutores.— Anunció el maestro antes de pasar por filas un documento de permiso, obviamente la escuela no se quería comprometer.
Entiendo que esto sea algo académico, pero no puedo evitar emocionarme por visitar el pueblo de Kinsley. He escuchado que es un reino lleno de misterios, con una cultura enriquecida y además de ello... Me llamó la atención la historia de este joven... Nash Orpheus Roosevelt... tiene un nombre un tanto extraño. ***
Habían pasado pocas horas desde que regresé a casa de la escuela, fue un día muy agotador, había olvidado lo cansado que solía ser llevar todas mis materias en un día.
Me di una ducha y me cambié la ropa para dormir, es mucho más cómoda que cualquier otra.
Tome el permiso de excursión y salí de mi habitación para buscar a mi tía Abigail por toda la casa. Nunca me había entusiasmado tanto por nada desde hace un tiempo, es extraño, confuso... pero a la vez, se siente maravilloso.
Encontré a mi tía mirando un programa de televisión atentamente en la sala de estar.
Me aclaré un poco la garganta para no asustarla y así hacer notar mi presencia.
—¿Tía, puedo hablar contigo?—
Abigail movió su mirada de la televisión y me observó fijamente con calma. —Si claro, adelante, cuéntame.—
Tomé una bocanada de aire, encontrando un poco de valor en ello y me senté a su lado en el sofá.
—Hoy en la escuela el maestro Maxwell nos anunció que saldríamos de excursión para hacer un análisis de una estatua y... quería saber si me dejarías ir.—
—¿Lo dices enserio?, ¿de verdad quieres ir?— Cuestionó Abigail incrédula al saber que estaba escuchando. —Quiero decir, si. Es solo que nunca has querido salir en ese tipo de eventos y que de un momento a otro me lo preguntes... me alegra que estés intentando adaptarte de nuevo. Y si este viaje es importante para ti, entonces tienes mi permiso para ir.—
—Waoh... no puedo creer que me dejaras ir tan fácil. Pensé que me pondrías más obstáculos y preguntas— Estaba tranquilo, alegre de que ella pudiera entender lo importante que se había vuelto este viaje para mi en tan poco tiempo.
Coloque mi cabeza en el regazo de Abigail con paz y serenidad, un gesto que solíamos compartir cuando era más joven.
—¿Por qué lo haría?, eres mi primer sobrino, solo quiero lo mejor para ti. Y si este viaje significa que dejaras esa tristeza tan derrotadora, entonces si, puedes ir a todos los viajes que quieras. Solo prométeme que regresaras a casa sano y salvo.—
—Lo juro, regresaré a casa en una sola pieza... Gracias.— pensé un poco y después le extendí el permiso para que lo firmara. Ella lo tomó con gusto y con una caligrafía fluida, lo firmó.
*** Esa misma noche en mi recamara, no pude evitar pensar en la historia que nos había contado mi maestro. Nash Roosevelt... suena a un nombre que he escuchado en algún lado, aunque no lo recuerdo. Quizás lo escuché en los murmullos de un sueño o en la confusión del pensamiento incoherente.
Solo sé que tengo una sensación qué no puedo explicar, nunca me había sentido de esta manera. Es una sensación peculiar.
***
Los autobuses escolares estaban en la entrada de la academia, con los maestros de varias materias en cada vehículo para guiarnos.
Llegué justo a tiempo para formarme en la fila con mis demás compañeros. Esta vez se nos pidió llevar uniforme, así que llevaba una camisa formal blanca, corbata azul, pantalón negro y un saco azul oscuro; la mayoría tenia el logotipo escolar, una lechuza extendiendo sus alas y el bordado en dorado: "Instituto Antiguo de Eldoria".
—¡Todos cálmense y escuchen!, subirán a los autobuses y me entregarán sus permisos firmados, ¡quien no los tenga suspenderá esta práctica!- Gritó el Sr. Maxwell con un megáfono a todo nuestro grupo. Creo que piensa que no lo escuchamos, es demasiado exagerado.
Uno a uno pasamos y le entregamos los permisos para viajar. Al llegar mi turno, le entregué el permiso al maestro con paciencia y como a todos los demás, solo lo observo y lo devolvió.
Subí al autobús, dejándome caer en el asiento, mi pierna izquierda estaba inquieta y temblorosa contando ritmos inexistentes, no podía creer que esto estaba pasando de verdad. Aun así... lo recordé; al observar a todos mis compañeros en el autobús, mi respiración se volvió irregular y cerré los ojos de golpe. Jamás había estado en un lugar cerrado por un largo tiempo con muchas personas.
Sin darme cuenta estaba hiperventilando , así que tome asiento en una esquina apartada, cerca de la entrada. Me pegué a la ventana, que tenía las cortinas cerradas. A veces me revolvía en el espacio reducido, pero a pesar de todo, aún tenía ánimos de querer ir a la excursión, no podía dejar que un simple miedo me derrotará.
Me senté firme en mi asiento, intentando precipitar este sentimiento.
El conductor mencionó que comenzariamos a tomar rumbo hacia el pueblo Kinsley, lo que hizo que todos vitoreaban de entusiasmo; yo por mi parte, no sentí lo mismo. ***
Era un pueblo extremadamente hermoso, esa era la única palabra con la que puedo describir tal magnífico lugar. Podía apreciar arquitecturas de piedra, como casas y tiendas, árboles por doquier, al igual que flores de diversos colores; era como ver un bosque dentro de una ciudad.
Finalmente llegamos al corazón de Kinsley, el museo Diarious de Luz; un museo que contenía relatos, pinturas, objetos y todo tipo de cosas de sus raíces pasadas.
Todo estaba hecho de madera, piedra y oro, era un contraste demasiado divino.
En el momento que pase por esas puertas, me detuve, mi cuerpo y mi mente se quedaron paralizados... Al ver el exquisito retrato de Nash Roosevelt. Era la primera vez que veía el retrato de un hombre tan deslumbrante. Podía sentir como mi corazón latía con fuerza, pero eso era ridículo, solo era una pintura. No podría querer a una pintura.
Agite mi cabeza, negando mis pensamientos y continúe caminando con el grupo. Había desde retratos de la familia real, pinturas del reino y por una confusa razón, noté que había incontables retratos del príncipe. En cada uno, mostraba una faceta diferente. Lo que me hizo preguntarme y sin querer, lo dije en voz baja. —¿Cómo será realmente Nash Roosevelt?—
—¡Chicos no se separen, iremos a ver la estatua!— Exclamó el Sr. Maxwell con firmeza, sacándome de mi ensoñación.
Corrí a seguir al grupo rápidamente, no quería perderme ningún detalle.
***
Mientras todos observamos la majestuosa estatua de mármol del príncipe, pude percibir que había muchos vendedores a las esquinas, probablemente pensaron promocionarse mientras había turistas.
Saqué mi pequeña cámara y capturé fotos exquisitas de la estatua. Estaba en muy buenas condiciones, tallada, pulida y en especial, limpia. Media 4.7 metros de alto, más la base con la leyenda "La luz del pueblo: el corazón del reino, Nash Roosevelt". Que lindo, una leyenda hermosa para alguien que fue considerado muy importante para su pueblo.
En ese momento, un hombre mayor me llamó, sacándome de mis pensamientos. —Buenos días, muchacho. Lamento interrumpirte, pero ¿de casualidad, no le gustaría comprarme alguna de estas velas? Son creadas de la manera más antigua y tradicional que hay aquí.
Pero como es un visitante, se la daré a mitad de precio... dos dólares por una vela—
—Si claro, me encantaría llevarme una.— De manera casi entusiasta le entregué el dinero al hombre, quien sonrió muy amablemente y me tendió la vela.
—Aquí tienes, solo que... ay... había algo que debía decirte, creo que lo olvide. Lo siento.—
—Está bien, no se preocupe. Se como usar una vela, si eso es lo que pensaba.
Muchas gracias.—
Cuando menos lo espere, mi grupo estaba regresando al autobús, por lo que me despedí de aquel hombre y adelante el paso para llegar lo más rápido posible a mis tutores. ***
Ya era de noche, el día había sido maravilloso, nunca pensé que me sentiría tan cómodo rodeado de historia. Casi parece una fantasía alocada.
Observé la vela entre mis manos con curiosidad. Olvide preguntar que tipo de vela era, quizás ¿aromática?
Suspire y después la encendí con un pequeño encendedor de cocina, siempre estoy uniendo cosas con calor, así que siempre está en mi habitación; la creatividad no descansa.
Deje la vela en mi mesita de noche, a un lado de mi cama. Apagué las luces y me coloqué bajo mis sábanas con calma, respirando el aroma dulce de la vela.
Con el tiempo, al llegar la madrugada, desperté para cubrirme de nuevo con mis sábanas, qué ahora estaban tumbadas en el suelo. En ese momento, pude apreciar que la llama de la vela se había vuelto de un tono amarillo brillante e intenso, eso no era normal en una vela.
Mis ojos estaban tan fijos en la llama, que en ese momento... alguien sopló y esta se apagó.
Di un fuerte grito y corrí hacia el interruptor de la luz a como pude, chocando con mis muebles en el proceso. Al encenderlo, frente a mí estaba nada más y nada menos, que Nash Roosevelt.
—Q-que... t-tu... no, no, Addam, estas soñando, despierta, tienes que despertar.—
Me di pequeñas bofetadas a mis propias mejillas.
Sus ojos miel llenos de interés estaban fijos en mis proporciones. Llevaba un traje dorado tan hermoso... Tenía una tez clara y tersa, sus mechones de cabello castaño mediano y rizado sobre su rostro radiante, adornado de diminutas pecas y tres lunares en forma de triángulo en su ojo izquierdo. Era mucho más bajo que yo, cuanto, no lo sabría con exactitud.
—¿Por qué parece que estás tartamudeando?, ¿no hablas bien?— Comentó Nash como si fuera un encuentro casual. Se acercó con calma y curiosidad, invadiendo mi espacio personal por accidente. —¿estas enfermo?—
—Ah... ¡no!, no lo estoy. Solo un poco sorprendido. Es que tu... se supone que estás muerto y... ¿Qué haces aquí?— Pregunté casi con curiosidad, pero descubrí que eso debió sonar descortés. —Ay dios mío, lo siento, no quería... dañar o mencionar algo así, disculpa.—
Nash parecía confundido ante mis palabras. —No hay ningún problema, aunque si soy consciente de que he fallecido. Pero con total sinceridad, no se porque estoy aquí.— Nash, con una mente inquieta, chocó su dedo índice con la mejilla de Addam, esperando que se hundiera de forma espectral; pero esto no sucedió, simplemente lo picó un poco. —Esto es raro—
—Demasiado extraño...—
Nash dio una risa agradable y divertida antes de sentarse alegremente en la cama de Addam. —Ay no, mis más sinceras disculpas. Esto es... hilarante, supongo.
Bueno, me presentaré como se debe; soy Nash Orpheus Roosevelt, encantado de conocerte.—
—Addam Morvan Melfyer, un gusto.—
Un silencio pesado reinó la habitación por un pequeño periodo de tiempo, algo que se noto demasiado natural.
Hasta que Nash decidió hablar.
—Entonces, ¿tienes alguna idea del porqué estoy aquí?, esto no me pasa seguido ¿sabes?—
—Con total sinceridad, no tengo idea. Solo estaba durmiendo y me diste el susto de mi vida— Declaré con una sonrisa alegre. Conversar con este chico era… agradable.
Nash dio una risa divertida, disfrutando del encuentro. —Bueno, lo siento por eso, Addam.—
—Cierto, ahm... aún es de noche, ¿piensas... quedarte aquí o volver a donde estabas?—
—No se como volver a donde sea que estaba, quizás era el cielo. No estoy seguro.—
—¡¿Eso significa que te quedaras aquí?!— Exclamé con incredulidad. Esto se estaba saliendo de mis manos, no podía creer que tuviera al príncipe de una nación entera en mi cuarto, ¿qué pensaría Abigail?, ¿no sería extraño que al amanecer me encontrara en cama con este chico?... ay no, eso sonaría muy mal, pero... tampoco lo puedo dejar desamparado. —Pensándolo bien... creo que podrías quedarte, pero solo hasta mañana—
—¡Ay, gracias, gracias, gracias!— Nash dio una cálida sonrisa y saltó de la cama. Se acercó a mí con entusiasmo y me abrazó agitandome a los lados.
—¿No hay de que?— Mencioné con confusión ante el gesto, nunca nadie me había abrazado, no de esta manera. Estaba tan nervioso que no sabía qué hacer, así que, solo lo abracé por la cintura y enterré mi rostro en su clavícula.
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