Capítulo 4 de 4
Ethan
Nori llevaba veinte minutos ignorándome y lo estaba haciendo con una dedicación que francamente merecía más reconocimiento del que yo estaba dispuesto a darle.
La pelota seguía exactamente donde había caído la última vez que la lancé — en el pasto, junto al rosal que bordeaba el jardín trasero — y Nori seguía exactamente donde había decidido quedarse desde que salimos: sentado frente a la cerca mirando hacia la calle con la expresión de alguien que tiene asuntos mucho más importantes que atender y que jugar conmigo.
—Técnicamente esto se llama ejercicio —le dije.
Levantó una oreja. Luego volvió a mirar la calle.
Me acabo de sentir ignorado por mi propia mascota.
—Bien —dije—. Los dos descansamos entonces.
Me senté en los escalones de la entrada con el café en la mano y lo dejé hacer lo suyo. Hanno un sábado por la mañana era exactamente lo que necesitaba ser — silencioso, con aire que olía a tierra húmeda y a pasto, sin ningún ruido que no tuviera origen claro. Nori estaba siendo difícil pero al menos estaba siendo difícil en mi jardín y no en el departamento donde sus ideas sobre el entretenimiento tendían a volverse más creativas y más costosas.
Los fines de semana eran míos. No en el sentido en que la gente lo dice sin pensarlo — eran míos de verdad, una línea que había trazado hace años y que la organización había aprendido a respetar porque era lo suficientemente bueno en mi trabajo como para que valiera la pena respetar mis condiciones. De lunes a viernes era lo que necesitaran que fuera. El sábado y el domingo pertenecían a Nori, al orfanato, a las caminatas por Hanno y a cocinar algo decente en lugar de comer ramen o yakisoba.
Era un sistema que funcionaba.
Miré el reloj y marcó las diez de la mañana.
—Tenemos que irnos en una hora —le informé a Nori.
Nori no respondió, pero lo interpreté como una aceptación.
💛
Lo vi venir desde que doble la esquina.
Bueno, los vi a ellos — dos cabezas asomadas por la ventana del segundo piso que desaparecieron en cuanto me notaron, y eso solo podía significar una cosa. Aceleré el paso pero ya era demasiado tarde porque Aoi bajó las escaleras con una velocidad que no debería ser legal para alguien de siete años y llegó a la entrada antes de que yo pudiera siquiera sacar las manos de los bolsillos.
Fin de la lectura
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—¡Ethan-nii! ¿Trajiste los materiales?
—Buenos días, Aoi, qué gusto verte, estás muy bien, gracias por preguntar —dije.
—Buenos días. ¿Los trajiste?
Levanté la bolsa. La tomó con las dos manos y desapareció hacia adentro como si nunca hubiera estado ahí. Haruka llegó medio segundo después, frenó frente a mí, me miró, miró el espacio vacío donde había estado la bolsa, y luego me volvió a mirar con una expresión de tragedia genuina que me pareció un poco exagerada para las diez de la mañana.
—Se llevó todo —dijo.
—Hay más —le dije—. Entra.
Haruka entró. Yo entré detrás. Sora estaba sentado en el último escalón de las escaleras interiores con los codos en las rodillas y la cara en las manos, mirándome llegar con la paciencia de alguien que lleva esperando mucho tiempo y que ha decidido que ya no vale la pena apresurarse. Cuatro años y ya tenía el desencanto existencial resuelto, básicamente.
—Ey —le dije.
Levantó los brazos hacia arriba sin decir nada.
Lo cargué. Seguimos adentro.
La mañana se ordenó sola de la manera en que siempre lo hacía aquí, me senté en el suelo del salón principal con cuatro niños a mi alrededor y empecé a doblar el papel. La idea original era hacer grullas de origami.
La idea duró aproximadamente doce minutos antes de que Haruka decidiera que su hoja de papel tenía mejores posibilidades como avión y que el avión tenía mejores posibilidades de volar hacia la cabeza de Aoi.
—Fue sin querer —dijo Haruka.
—Te vi apuntar —expresó Aoi.
—Estaba practicando la trayectoria.
—¿La trayectoria hacia mi cabeza?
—La trayectoria en general. No es culpa que tu cabeza sea tan grande.
Intervine antes de que la cosa escalara más.
—Haruka.
—¿Qué?
—¿Fue sin querer?
Una pausa larga y muy elocuente.
—...Más o menos.
—Bien. Aoi, acepta el más o menos.
—Eso no es una disculpa.
—No, pero es lo mejor que vas a conseguir hoy. —Me senté en el suelo con Sora todavía colgado de mi cuello como si eso fuera una posición completamente sostenible a largo plazo —. ¿Seguimos con las grullas o alguien tiene una idea mejor?
—¡Barcos! —dijo Haruka.
—¡Mariposas! —dijo Aoi.
Sora no dijo nada pero aplastó su hoja de papel con la palma de la mano de una manera que sentí como un voto.
—Vamos a hacer las tres cosas —dije— y el que termine primero ayuda al siguiente. ¿Trato?
Trato.
Mientras estaba explicándole a Haruka por tercera vez por qué el barco de papel necesitaba el doblez central cuando el teléfono vibró en mi bolsillo.
Lo ignoré.
Volvió a vibrar.
—Está sonando —observó Haruka.
—Lo sé.
—¿No vas a contestar?
—Estoy ocupado.
Haruka miró el barco de papel a medio terminar entre sus manos, luego me miró a mí, y su expresión sugería que no estaba del todo convencido de que esto calificará como ocupado en la escala de cosas que justificaban ignorar un teléfono. No dijo nada más, lo cual agradecí.
El teléfono vibró por tercera vez.
Saqué el teléfono, vi el número y exhale por la nariz de una manera que no era exactamente un suspiro pero que se le parecía bastante.
Mi jefe. Un sábado. A las once y cuarenta.
Por favor que no sea algo de urgencia. Por favor.
—Ahora vuelvo —les dije, y salí al pasillo antes de contestar—. Qué pasa.
No era una pregunta.
—Tenemos algo urgente —dijo la voz al otro lado, con esa calma profesional que usaba cuando quería que la conversación fuera rápida y sin margen para discutir.
Maldición si era algo urgente.
—. Se va a realizar una subasta clandestina por la noche con protección de alto nivel. Necesito que te infiltres y elimines al objetivo antes de que el evento termine.
—Es sábado.
—Lo sé.
—Mi día libre.
—También lo sé. Por eso te llamo en lugar de mandarte directamente el sobre. —Una pausa breve—. Es importante, Kozuki.
Apoyé el hombro contra la pared y miré hacia el salón. Haruka había abandonado el barco de papel y estaba intentando convencer a Sora de que le prestara el monstruo feliz. Sora lo sostenía contra el pecho con ambas manos con la determinación silenciosa de quien no piensa ceder bajo ninguna circunstancia.
—¿Qué tipo de subasta? —pregunté, y algo en mi voz cambió de tono antes de que pudiera evitarlo.
—Trata de personas —dijo mi jefe, y esas cinco palabras aterrizaron en el pasillo con un peso específico que no tenían ninguna otra combinación de palabras en ninguna otra conversación—. Hay un comprador nuevo. Anónimo, bien financiado, creciendo dentro del bajo mundo más rápido de lo que nadie anticipó. Y a estado haciendo compras millonarias dentro de mercado negro tanto de objetos como de niños. La subasta es su próximo movimiento y es la única ventana...
El pasillo se quedó muy quieto.
O quizás era solo que algo dentro de mí se quedó muy quieto — ese silencio interno que precede a cuando el cerebro recibe algo que el cuerpo ya reconoció primero. Porque las palabras de mi jefe seguían sonando, los detalles, la fecha, la ubicación, pero debajo de todo eso había algo más moviéndose, algo que no venía de la llamada sino de algún lugar mucho más adentro y mucho más atrás.
Un espacio cerrado. Demasiadas personas para el tamaño del lugar. Voces que no reconocía hablando sobre cosas que no entendía del todo, y entre ellas una voz que hablaba con la frialdad de quien está haciendo una transacción cualquiera, sin urgencia, sin emoción, como quien revisa una lista.
Vendido.
La palabra llegó sola, sin imagen, sin año, sin cara. Solo el sonido y el frío que la acompañaba, y algo que podría haber sido miedo si hubiera sabido exactamente a qué le tenía miedo.
—Kozuki.
Parpadeé.
—Te escucho —dije. Mi voz sonó más tranquila de lo que me sentía por dentro, lo cual era una habilidad que había perfeccionado durante suficientes años como para que ya saliera sola.
—Eso es todo la información de la misión.
—Entendido. Manda el sobre esta tarde. Estaré listo.
—Bien. Y Kozuki — su voz bajó un tono, lo justo para que sonara como algo más que instrucciones de trabajo—. Sé que es fin de semana.
—Te cobraré las horas extras —dije, y la ironía fue que era verdad, para este tipo de trabajo siempre había importado menos de lo que debería—. Hasta luego.
Colgué.
Me quedé en el pasillo con el teléfono en la mano esperando a que esa sensación — la palabra, el frío, el sonido de voces en un espacio que no podía ver — se disolviera como se disolvía siempre. A veces tardaba segundos. A veces más. Nunca sabía exactamente qué era, solo que aparecía en momentos específicos y que cada vez que intentaba mirarlo de frente se desvanecía antes de que pudiera enfocarlo, dejando solo el peso y ninguna imagen concreta.
Mi mentor me dijo una vez que hay cosas que el cerebro protege a propósito. Que no recordar no es debilidad sino supervivencia.
Nunca decidí si eso me hacía sentir mejor o peor. Seguía sin decidirlo.
Las personas que tenían ese tipo de negocios, no merecen vivir en el mismo mundo que gente inocente. Al final son escorias que están podridas que su único propósito es llegar más arriba sin importar cuántos cadáveres deban sacrificar.
Bien.
El trabajo nunca descansa. Haré que sus muertes sean tan dolorosas para que sigan sufriendo en el infierno.
Guardé el teléfono y volví al salón.
💛
Esta tarde llegó el sobre. Lo leí una vez, memorice los detalles importantes y dejé el papel sobre la mesa sin volver a mirarlo.
A las ocho y cuarto Hanno ya estaba oscuro. Me puse el traje frente al espejo del baño con la rutina de siempre — chaqueta, corbata, la pistola con silenciador ajustada donde no se notara, los parches en el bolsillo interior por si la situación lo requería. Nori me observaba desde el umbral con esa expresión suya de juicio silencioso.
—No digas nada, esto solo es trabajo —le dije. —Te traeré algo.
No respondió, lo cual no mejoró las cosas.
Entonces salí.
Encendí el auto y maneje en la dirección señalada. El edificio era discreto por diseño — fachada limpia, entrada sin señalización, el tipo de lugar construido para no llamar la atención precisamente porque lo que ocurría adentro no podía permitírselo. Entré con la invitación en la mano y la misma calma de quien ha hecho esto suficientes veces como para que los nervios sean un lujo innecesario, identifiqué las cámaras en los primeros cuarenta segundos y encontré el pasillo lateral antes de que nadie tuviera razones para mirarme demasiado.
El guardia en el pasillo no llegó a girarse. El parche hizo su trabajo en silencio y lo dejé donde estaba, que era el suelo, que era donde necesitaba estar.
La puerta al fondo tenía cerradura electrónica. La tuve abierta en menos de veinte segundos, entré y cerré detrás de mí.
El cuarto era pequeño, con luz de emergencia solamente, y había un cuerpo en el suelo.
Me detuve.
Hombre, traje oscuro, auricular en la oreja — seguridad del lugar. Y junto al cuerpo, de espaldas a mí, una figura que en ese momento guardaba algo con la eficiencia de quien lo ha hecho suficientes veces como para que el movimiento sea completamente automático.
Una cuchilla, pude ver antes de que desapareciera.
Alguien se me adelantó.
Genial... Sabía que no debía detenerme en esa tienda de mascotas.
La figura se giró rápidamente en menos de un segundo tenía dos cuchillas apuntando en mi dirección con una precisión que no dejaba margen para malentendidos, y mi mano encontró la pistola antes de que mi cabeza terminara de procesar la orden.
Nos quedamos así — ella con las cuchillas, yo con el arma, el cuerpo entre los dos como el único testigo de que este cuarto tenía demasiada gente para el trabajo que cada uno había venido a hacer.
La luz de emergencia era suficiente para verle los ojos.
Una mujer.
El resto de la cara desaparecía detrás de una mascarilla oscura que no dejaba nada a la interpretación. Solo la mirada, que era suficientemente clara para que el mensaje llegara sin necesidad de palabras: sabía exactamente lo que estaba haciendo y no le preocupaba en lo más mínimo que yo también lo supiera.
Con una calma en la postura que no era tensión contenida sino algo más parecido a un estado natural, como si apuntarle a un desconocido en un cuarto oscuro fuera una situación completamente dentro de sus parámetros normales.
Probablemente lo era.
El reloj en mi muñeca marcaba las nueve menos diez. En algún lugar al fondo del edificio la subasta estaba a punto de empezar y los dos teníamos exactamente el mismo problema y exactamente el mismo tiempo para resolverlo.
¿Y esta quién es?
🪻
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