De tus blancos pelos nace la impureza.
Impolutos pies descalzos,
pasos que ya no caminan.
En tu azul ombligo, en tus negras cejas
—portales de ofrenda—
se entrelazan rigideces de percepción
con mis manos de madera.
Tus pétalos al aire,
mis labios se desencarnan
de asperezas,
mientras nace el alba
y mi voz permanece quieta.
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