Capítulo 1 de 21
Estaba terminando mis últimas planeaciones. El reloj marcaba casi las diez y la fecha límite me respiraba en la nuca. Tener jefa (en este caso, una directora) no es algo que uno disfrute demasiado; o cumples a tiempo, o pronto recibes una llamada de atención.
Entre el sonido de las teclas y mi propia impaciencia, escuché un maullido.
Ese cálido y diminuto sonido que pide atención y cariño.
Sentí algo rozar mis pies: un cuerpo suave, tibio, con ese andar silencioso que sólo los gatos dominan. Vi cómo frotaba su cabeza contra mí, antes de echarse con aire de confianza, como quien sabe que será acariciado.
—Has vuelto a entrar —murmuré, mientras deslizaba mi mano por su lomo.
—¿Vienes a visitarme o solo por comida, eh, gatito? Confiesa. Estos dueños que ya ni cuidan a sus mascotas.
—Miau —respondió.
Y cada vez que decía algo, él contestaba. Como si realmente me entendiera.
Por alguna razón que no termino de comprender, nunca me han gustado los gatos. Me parecen almas demasiado libres. Y quizá por eso los respeto tanto. Porque, cuando se cansan de su dueño, cuando sienten que ya aprendieron lo que debían aprender, se van. Persiguen su libertad sin mirar atrás.
Tal vez esa sea la razón: siempre he temido el abandono. Ese vacío que deja alguien que se va… pesa. Y arde.
—Mochis —dije al reconocerlo—. Mochis.
Volví a escuchar pasos en el pasillo y toques suaves en la puerta.
—Entró de nuevo, aquí anda, vino a darse una vuelta —dije al abrir.
Era su dueña. Cabello negro con reflejos rojizos, ojos perfectamente delineados, estilo cat eye. Bellos.
Ya la conocía de otras veces, cuando su gata había decidido visitarme sin invitación. Sabía algunos datos básicos: que no era de aquí, que tenía que viajar más de cinco horas para llegar a su pueblo, que estudiaba estilismo (con razón esa habilidad para delinearse los ojos con tanta precisión).
Siempre me pareció una buena vecina. Tranquila. De esas personas que transmiten paz desde la primera palabra.
—Mochis está aquí, me está acompañando —dije sonriendo, para que entendiera que no me molestaba la intrusión.
Noté que estaba apenada.
—Disculpa, es que cada vez que abro la puerta, ella aprovecha para salirse. Y cuando cerré, no me di cuenta de que se había escapado. Vino directo aquí, como siempre —dijo, sin levantar la mirada de su gata.
—Descuida, no pasa nada. Se aburre y viene a distraerse acá —respondí.
—Bueno, cuando la veas, ciérrale la puerta para que no te moleste —dijo, intentando sonar despreocupada.
—No te preocupes, no me molesta —le aseguré.
—Disculpa, puedo pasar por ella, porque si no, no se irá sola —añadió.
—Claro, pasa —contesté, algo nervioso. Mi habitación no estaba del todo ordenada; el orden y yo llevamos años en desacuerdo.
—Gracias, y disculpa otra vez —dijo, por tercera vez, mientras se acercaba a Mochis.
—De verdad, no hay problema —respondí, y sonreí para aligerar su pena.
Me pareció curioso. Mochis no lo sabe, pero su dueña es una persona introvertida. Lo he notado en estos meses que llevo aquí. Casi no la veo, y cuando lo hago, siempre parece estar en su propio mundo. Vivimos pared con pared; su puerta está a menos de tres metros de la mía. Compartimos un pequeño balcón, aunque creo que ella jamás lo ha usado.
La primera vez que hablamos, la conversación fue breve. Pregunta y respuesta. Silencios largos, pero cómodos. Y me agradó.
Porque yo también soy introvertido. Me gusta simplemente estar: sentarme, mirar, pensar. Disfruto las compañías silenciosas, esas donde no hace falta hablar de nada, donde el silencio también dice algo.
Y Mochis no lo sabe.
No sabe que al colarse en mi habitación provoca un encuentro inesperado: el de dos personas introvertidas intentando romper su propio silencio.
No sabe la pequeña batalla que libramos con cada palabra.
Mochis no lo sabe.
O tal vez...
¿sí lo sabe?
Nunca sabes cómo el amor puede volver a encenderse. A veces se incendia con una sonrisa, una mirada, o en un “buenos días”. O simplemente con la intrusión de un gato.
Así empezó nuestro FUEGO.
Nuestro Amor.
🧡