Capítulo 1 de 1
La Torre de Climatización se elevaba trescientos metros sobre Atom City, con su fachada de vidrio reflectante devolviendo el cielo, de un color azul perfecto.
Dentro, en la cámara de control, Frank Shepard había bloqueado las puertas de acceso con sillas y escritorios. Mediante una clave especial, había deshabilitado los ascensores directos y las puertas automáticas.
Tenía cuatro rehenes, dos técnicos de mantenimiento, una supervisora de flujo de aire y una psiquiatra. Los tenía arrodillados en el centro, con las manos en la nuca. Salvó a la psiquiatra, a todos les había atado los tobillos con cables.
Shepard estaba de pie cerca del borde de la pasarela de servicio. Era un hombre demacrado, el uniforme gris con el que vestían a los pacientes psiquiátricos le colgaba de los hombros como un sudario.
Con la mano izquierda sujetaba por el cuello a la supervisora que lloraba en silencio. Con la derecha, sostenía en alto un amasijo tosco de cables envueltos en cinta aislante y una bobina de cobre que vibraba con un zumbido agudo.
La Dra. Ava Morgan mantenía las rodillas pegadas al suelo frío, con las manos entrelazadas en la nuca como él había ordenado. Un mechón de su cabello, castaño claro con reflejos dorados que le caía en ondas suaves por debajo de los hombros, se deslizó sobre su rostro, pero no hizo nada por apartarlo. Su postura, forzada por la situación, no lograba ocultar una complexión esbelta y proporcionada, unos hombros suaves y redondeados que daban paso a un cuello algo largo y firme. Su bata blanca, impoluta, contrastaba violentamente con el uniforme gris de los técnicos y el traje de paciente de Frank, pero no había pánico en sus ojos de forma almendrada.
Aquella mirada, de un tono híbrido entre el verde apagado y el gris, que hacía contraste con su piel color canela, permanecía fija en Frank con una intensidad pasmosa
A su izquierda, el técnico más joven temblaba sin control.
A su derecha, el segundo técnico, el más viejo, miraba al suelo con resignación.
Shepard se paseaba detrás de ellos, con el dispositivo zumbando en su mano derecha, con la izquierda aún enganchada al cuello de la supervisora. Cada vez que ella gimoteaba, él apretaba un poco más.
—Frank —dijo Ava, usando el tono que empleaba con el en la clínica— Suéltala. Tenemos que hablar.
Shepard la miró. Sus ojos inyectados en sangre brillaban.
—¿Hablar, doctora? Ya hemos hablado. Usted toma notas, ajusta mi medicación, me envía de vuelta a la celda. y todo sigue igual. Pero ya sé que no estoy enfermo. ¡Son todos ustedes los que lo están!
—Estás teniendo un episodio disociativo, Frank —dijo Ava, intentando mantener la poca la calma que le quedaba. Un gesto apenas perceptible endureció su mandíbula bien definida, y sus pómulos sutiles, que daban estructura a su rostro ovalado, se curvaron hacia arriba—. No has tomado tu medicación en tres días. tus niveles de serotonina están por el suelo. Nada de lo que piensas que ves o escuchas es real, Frank. Es tu cerebro descompensándose.
Shepard tomó a la supervisora del cabello y lo tenso. la mujer chilló y se debatió débilmente.
Los técnicos comenzaron a llorar. Se oyó un sonido de borboteo y un charco amarillento comenzó a formarse debajo del hombre viejo. se había orinado de miedo.
Shepard soltó una carcajada que terminó en una tos húmeda.
—¿Qué no es real? —Señaló hacia la ventana panorámica con el dispositivo—. ¿Ve ese cielo? El azul perfecto, las nubes blancas.
—Lo veo.
—Yo no lo veo así. no todo el tiempo.
—Es tu cerebro, Frank…
—¡Nooo! —la interrumpió con un grito desgarrador que la sobresaltó; la supervisora comenzó a llorar también—. Incluso después de tomar las pastillas y recibir las inyecciones que usted me daba, doctora Morgan, no mejoraba. Seguía viendo todo igual. Ahora sé que yo veo el mundo tal como es.
Shepard sonreía, pero era una sonrisa desesperada, la de un hombre que sabe que nadie le creerá.
—No —dijo Ava, y esta vez su voz tenía un tono de autoridad. Sus cejas delgadas y arqueadas, de color castaño, subieron en su amplia frente—. Frank, escúcheme…
—¿Cómo es que no pueden verlo?
Miró hacia arriba, hacia las luces de neón blanco.
—No hay cielo —dijo, con los ojos febriles, casi llorando—. Arriba hay un techo de acero oxidado, doctora. Soldaduras viejas, parches, grietas por donde se cuela la lluvia negra y fría. ¡Vivimos en una lata de conservas gigante!
—Frank, escúchame. Lo que crees ver son alucinaciones inducidas por la fatiga sináptica…
—¡Mentira! —rugió Frank— El suelo está podrido. Huele a carne descompuesta y a óxido. Y las ratas… Hay ratas del tamaño de perros royendo los cables que salen de estas paredes de metal oxidado, pero ustedes no las ven. no se huelen a sí mismos.
—Frank —dijo ella en voz más baja—. Si has visto cosas que no encajan, podemos hablarlo.
—usted piensa que es hermosa, doctora. se mira al espejo y se ve hermosa, deseable. todas las mujeres aquí son hermosas, todas, deseables, con cuerpos esbeltos y sin ningún defecto. ¿Y nadie se da cuenta? los hombres no se quedan atrás, pero yo los veo como son. la veo ahora doctora. ¿ve su cabello? casi no tiene en realidad. ¿su cuerpo? no es esbelto, ni sus pechos son tan firmes y generosos. tiene los labios agrietados y le faltan algunos dientes. estamos casi desnudos, todos llevamos harapos mugrientos, dejando la piel enferma al descubierto. mi cara tampoco es esta. es más vieja, con una cicatriz de una herida que no recuerdo haberme hecho nunca. usted huele a sudor, y a esta sustancia para alejar las ratas. ¡Nos estamos pudriendo en vida!
—Frank, eso son síntomas de tu enfermedad. Los he visto antes. Alucinaciones olfativas, táctiles, incluso visuales.
—¿Pero no se supone que hoy en día no ya no existen las enfermedades? ¿no es eso lo que dice el estado?
—y para la mayoría de la población es cierto, Frank… pero incluso con los avances médicos es imposible erradicar todos los males… así como tu hay otros… es biología y genética humana… permíteme ayudarte…
—No, doctora. ya he hablado con quién me ayudó a ver realmente. debo llevar esto hasta el final…
—Déjame ayudarte Frank—repito ella — Regresemos a la clínica.
Frank la miró. levantó el dispositivo, aquella bobina y el amasijo de cables, tan rápido que soltó alguna chispa y el zumbido se intensificó.
— ¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó ella con miedo.
— esperarlos a ellos. a uno en particular.
—el Cuerpo de Supresión Directa. se encargan de las personas que violan las leyes de no violencia, Frank… ellos te harán daño.
—¿Si nuestra sociedad es tan perfecta, doctora, por qué existe un cuerpo así? y no me diga que se debe a factores genéticos de nuevo.
La doctora Morgan no respondió, pero ahora tenía miedo.
El vehículo negro se detuvo en la base de la torre con un chirrido de neumáticos sobre el asfalto limpio. Las puertas se abrieron antes de que el motor eléctrico dejara de vibrar, y el calor las rejillas de purga golpeó las piernas de los agentes cercanos
Era un modelo que pocos ciudadanos de Atom City llegaban a ver de cerca. El Manta-Ray Nuclear Sedán, los agentes del cuerpo lo llamaban el yunque, medía más de cinco metros de acero cromado, con un frontal que parecía la máscara de un insecto gigante, faros dobles encastrados en órbitas cónicas, una parrilla ovalada que sonreía con dientes de metal. El parachoques no era una barra, era una cuña diseñada para partir multitudes. Las ventanillas, pequeñas y oscurecidas, devolvían la imagen de quien se atrevía a mirar. El logo de Nuclear Motors, átomo y rayo, latón y esmalte rojo, brillaba en la parte trasera como el ojo de un cíclope. Los anchos neumáticos parecían hundirse en el asfalto, como si el coche pesara más de lo que aparentaba. No tenía tubos de escape. En su lugar, unas rejillas exhalaban un vaho de calor silencioso. El motor zumbaba, con una frecuencia grave que se sentía en el pecho antes de oírse. En el capó, el emblema del Cuerpo de Supresión Directa, un puño de acero cerrado sobre un martillo, estaba incrustado en la pintura.
El vehículo no tenía matrícula. No la necesitaba.
Rex Larson abrió la pesada puerta del copiloto. Sus botas de suela gruesa tocaron el suelo sin hacer ruido, plantándose con firmeza. Al enderezarse, el torso macizo de Larson hizo crujir las costuras del uniforme negro del Cuerpo. La tela sintética, ignífuga, con blindaje, diseñada para resistir desgarros e impactos de proyectiles, se ceñía a sus hombros y brazos como una segunda piel, marcando la tensión contenida en unos bíceps que recordaban a troncos nudosos.
Los ciudadanos de Atom City se agolpaban contra una línea de contención amarilla, pero los agentes del cuerpo mantenían el perímetro mediante barras cinéticas y miradas glaciales.
Rex no perdió el tiempo. Avanzó hacia el perímetro ignorando los murmullos de los agentes que se apartaban a su paso. Larson tenía la mandíbula cuadrada, tan pronunciada que parecía la pieza de fundición de un motor pesado. Los pómulos altos y afilados daban a su rostro una estructura pétrea, rematada por un cabello castaño oscuro cortado casi al ras en las sienes. Pero eran sus ojos los que detenían en seco a cualquiera, eran dos esferas de un azul glacial. Esos ojos que no parpadeaban mientras escaneaban la mole de cristal y acero que se elevaba sobre ellos.
Tres figuras lo esperaban cerca de la entrada de la torre.
Al llegar frente a ellos, Larson simplemente dejó caer sus brazos pesados a los costados y tensó los nudillos.
A la cabeza del grupo estaba su superior, el Agente Simón Holt. era un hombre de una delgadez crónica, de facciones tan afiladas que parecían que podrían cortar papel y ojos azules, translúcidos y gélidos, Su uniforme negro le quedaba holgado, como si no pudiera llenarlo del todo.
A la derecha de Holt estaba un hombre alto, de mediana edad, de piel oscura y mirada penetrante, con los brazos cruzados y una expresión de profundo fastidio en su rostro.
a la izquierda, más baja que los tres hombres, una mujer que llenaba el rígido uniforme oscuro de una manera que desafiaba las estrictas normas de sastrería del cuerpo, el corte entallado acentuaba sus curvas sin restarle un ápice de letalidad. Se pasó una mano por el cabello castaño y miró a Rex con una media sonrisa.
—Rex —dijo Holt a manera de saludo.
Larson, de una mirada rápida tomó nota que aquellos dos agentes tenían el mismo rango que él, oro doble. también estaban entrenados y autorizados para matar si era necesario.
—Situación —dijo.
Holt deslizó un dedo por la pantalla de la tableta.
—Frank Shepard, ex-técnico de nivel 4 —respondió Holt con la voz pausada y cortante que lo caracterizaba—. recluido en el centro para Disonantes crónicos 26 desde hace ocho meses. de alguna forma escapó con una psiquiatra, Ava Morgan, de rehén, ahora tiene tres rehenes más en la cámara de control de la planta 50. demanda que se le otorgue permiso para hablar por la emisora nacional. dice que quiere mostrar la verdad del mundo, sea eso lo que sea. Es un caso especial, Larson. El Comisionado Burgess está monitorizando esto directamente. Vas a trabajar con los agentes King y Petersen en esta incursión.
—sabes que trabajo mejor solo, Simón.
—en este caso no, Larson —intervino el agente Nikolas King. Su voz arrastrada y desafiante vibraba con hostilidad—. Ahora trabajas con nosotros, grandullón. Son órdenes directas de arriba, te guste o no.
Hannah Petersen intervino antes de que Rex pudiera responderle a King, mientras sus ojos recorrían la imponente figura de Larson.
—No lo tome como algo personal, agente Larson —dijo con un tono suave pero firme— este caso es delicado. Hay que atraparlo vivo. o suprimirlo si es necesario, pero la prioridad es retenerlo vivo.
—Yo no pedí estar aquí, Larson. Tú tampoco. Pero aquí estamos. Así que bajas las defensas y cooperas— dijo King mientras avanzaba un paso.
Holt miró su reloj de pulsera, un armatoste de acero que emitía un tic-tac metálico y rítmico.
—Cada minuto que pierden midiéndose las pollas es mortal para los rehenes —sentenció Holt con voz neutra.
Rex asintió de mala gana, conteniendo la tensión en sus hombros macizos.
—¿Está armado? —preguntó.
—No —respondió King, con una sonrisa que no mostraba dientes—. El dispositivo que lleva no cuenta como arma. Es una amalgama de cables y quién sabe qué más. Y no tiene cuchillos, ni pistolas, ni nada que pueda hacer daño a distancia.
—Entonces, ¿cómo tiene a los rehenes?
—sujeto sus tobillos con cables —dijo Hannah— y les ha dicho que, si alguien entra, mata a la supervisora.
—Los rehenes también podrían reducirlo —dijo Larson, pensando en voz alta—. Son cuatro contra uno.
King soltó una carcajada seca.
—En teoría. Pero aquí nadie pelea, Larson. Aquí todos son ciudadanos modelo. La violencia está erradicada, ¿recuerdas? Se desmayan si ven sangre. Seguro que la supervisora y la psiquiatra se han meado encima, el técnico joven está temblando, y el viejo… el viejo ya se habrá orinado y cagado también. Los rehenes no van a tocar a Shepard. Para eso estamos nosotros.
Larson asintió. Una vez.
—Para eso nos pagan—replicó con frialdad.
Sin decir más, Rex desabrochó el seguro del arnés. sus dedos gruesos desabrocharon la correa que aseguraba la pistola. La sacó. El metal brilló bajo las luces de neón.
Hannah hizo lo mismo. King también. Holt observó sin moverse.
Los tres operativos depositaron sus armas de fuego en el contenedor de seguridad que sostenía uno de los agentes del perímetro.
recibieron cada uno armas de pulsos eléctricos.
En una sociedad que aborrecía la violencia física directa, la policía de choque operaba bajo estrictas reglas de neutralización no letal en los casos que lo ameritaba.
Holt los detuvo con una mano en el aire.
—Shepard bloqueó las puertas automáticas con sillas y escritorios, y desactivo los ascensores usando algún tipo de hackeo. la central de seguridad logró recuperar el funcionamiento de uno de los ascensores con códigos internos de mantenimiento. El acceso está completamente desbloqueado. Pueden subir sin obstáculos.
Larson no respondió. Ya estaba dentro. King y Hannah lo siguieron.
La puerta se cerró tras ellos con un silbido hidráulico.
El ascensor se deslizó hacia arriba suavemente, con un sonido apagado. A través del ventanal de plexiglás reforzado Atom City se desplegaba en toda su gloria artificial, rascacielos de líneas aerodinámicas, autopistas suspendidas por las que se deslizaban autos eléctricos bajo un cielo de un azul perfecto.
Los números se sucedían rápidamente mientras el elevador ascendía. Aunque amplio, Rex llenaba la cabina con su presencia y obligaba a Petersen y a King a pegarse a las esquinas.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Larson sin mirar a nadie, rompiendo el silencio.
—espero que usted proponga algo —masculló Nikolas King jugueteaba con la empuñadura de su pistola de pulsos eléctricos, con la mirada clavada en la nuca de Larson— el comisionado Burgess nos dio instrucciones precisas de colocarnos bajo sus órdenes.
—el comisionado parece tenerte en buena estima Agente Larson—tercio Hanna Petersen.
—Apenas si conozco al comisionado, Agente Petersen.
—pues a él parece gustarle tu estilo.
King intervino, hosco.
—Vamos por el piso veinticinco. ¿Ha pensado en algo?
—ya lo había pensado cuando venía en el yunque, agente King. voy a entrar de frente. voy a hablar con él. que se distraiga conmigo. ustedes entran después, flanqueando.
—¿Y los rehenes? —preguntó Petersen.
—considerando que Shepard no tiene armas… pero siempre hay un riesgo.
El ascensor llegó a la planta 50 con un repique metálico.
En la cámara de control, el sonido del timbre hizo que Frank Shepard se tensara. Soltó bruscamente el cabello de la supervisora, que cayó al suelo sollozando sobre sus tobillos atados. Frank se colocó de cara a las puertas del ascensor, alzando el dispositivo con la mano derecha que vibraba salvajemente. La bobina emitió un chillido agudo.
La Dra. Ava Morgan lo observó desde el suelo.
—Llegó —susurró Frank.
Las puertas se abrieron. Rex Larson dio un paso al frente, con las manos abiertas a la altura del pecho, mostrando sus palmas. King y Petersen se deslizaron rápidamente detrás de él, colocándose a izquierda y derecha de Shepard, apuntando con sus armas.
Frank levantó el dispositivo.
—Alto—dijo con voz ronca. los tres agentes se detuvieron.
los rehenes veían la escena expectantes, sin saber qué hacer.
—Frank Shepard. Soy Rex Larson, del Cuerpo de Supresión Directa. Baja el dispositivo—Larson avanzó un paso.
—No has venido a hablar, agente —dijo Frank.
—Tus rehenes están vivos. Eso es bueno. Podemos llegar a un acuerdo.
—Todos sabemos que no me darán lo que pido. De hecho, no me darán nada.
—Entonces puedes hacer esto más fácil. Entrégate sin resistencia. No tiene que haber sangre hoy.
Shepard lo miró. Una sonrisa triste y perturbadora se dibujó en sus labios agrietados.
—Sabía que te enviarán a ti. Siempre te envían a ti a este tipo de situaciones. él me lo dijo.
—¿quién te lo dijo, Frank?—Larson dio un nuevo paso.
—alguien que te conoce bien.
Rex avanzó otro paso.
— Los rehenes están asustados. Déjalos ir. Luego hablamos tú y yo. Solos.
Frank negó con la cabeza.
— No lo entiendes, agente.
Frank se agachó y, con un movimiento rápido, pareció recoger algo invisible del suelo de linóleo limpio. Lo lanzó con fuerza hacia el agente King.
—¡Cuidado! —gritó Larson.
Nikolas se agachó con presteza, esquivando, mientras Petersen observaba; hizo un gesto de utilizar su arma contra algo en el suelo, pero la desvió hacia Shepard inmediatamente cuando King se enderezó.
Larson y la Doctora Morgan arrugaron el ceño confusos, mientras miraban el suelo impoluto.
—¡Una rata! —rugió Frank, levantó de nuevo el dispositivo—, pero tú no puedes verla, agente Larson. Al igual que ellos.
señaló a los rehenes. King y Petersen estrechaban el cerco.
—cuando me hicieron hacer esto, me dijeron que tú vendrías—dijo Shepard, mirándolo fijamente— Lambert.
—Mi nombre es Rex Larson.
—Debo llevar esto hasta el final, Lambert —sentenció Frank.
Sin previo aviso, apretó el gatillo improvisado de su amalgama de cables.
El disruptor emitió un estallido electromagnético cegador.
Rex Larson sintió como si un hierro incandescente le atravesara el cráneo. Sus ojos azules se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron.
Por un instante vio el techo de placas de plastiacero, las luces de neón, los conductos de climatización, cambiar a uno de acero oxidado, marañas de cables, algunos chisporroteantes, y chorros de agua negra escurriendo por él.
mientras caía vio a la doctora Morgan y a los rehenes chillar y tomarse las sienes con las manos mientras se retorcían.
A través del zumbido que le taladraba los oídos, escuchó las detonaciones secas de las armas de pulsos de King y Petersen. Frank Shepard fue sacudido por las descargas eléctricas y cayó hacia atrás como un muñeco de trapo.
Rex apoyó las palmas de las manos en el suelo, tratando de no vomitar. La oscuridad avanzaba por las esquinas de sus ojos. Lo último que registró su conciencia antes de apagarse por completo fue el nombre que Shepard le había impuesto.
Lambert.
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